Faltaban veintitrés días para mi boda cuando descubrí que el príncipe Cassiel planeaba matarme después de convertirse en emperador.
Esa misma noche, mi padre apareció muerto.
Solo tenía una forma de escapar de mi prometido: casarme con su hermano mayor.
Killian, el príncipe maldito que todo el Imperio temía.
Creí que estaba eligiendo al menor de dos monstruos.
Hasta que llegué al Norte y miles de soldados se arrodillaron ante mi esposo.
—Bienvenido a casa, mi rey.
Entonces se arrodillaron ante mí.
—Bienvenida, mi reina.
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Capítulo 15: La corona que el Norte eligió.
Descubrí que existía una diferencia considerable entre casarse con un hombre al que todos llamaban rey y presenciar cómo veinticuatro familias nobles conspiraban para coronarlo.
Lo primero podía atribuirse a una decisión desesperada. Lo segundo empezaba a parecer un problema de proporciones históricas.
—No voy a ser coronado —declaró Killian por cuarta vez aquella mañana.
—Por supuesto, mi rey —respondió Ronan sin levantar la vista de sus documentos.
—Deja de llamarme así.
—Como ordene, mi rey.
Killian apretó la mandíbula mientras yo escondía una sonrisa detrás de mi taza.
—¿Siempre es así de obediente? —pregunté.
—Solamente cuando sabe que está siendo insoportable —respondió mi esposo.
—Entonces debe obedecerte muchísimo.
Ronan soltó una carcajada. Killian me dirigió una mirada que habría intimidado a cualquier persona con un mínimo instinto de supervivencia.
Afortunadamente, yo había perdido el mío cuando acepté casarme con él.
La gran sala de Draeven estaba irreconocible. Desde antes del amanecer llegaban nobles, comandantes y representantes de las ciudades libres. Había contado diecisiete estandartes diferentes antes de rendirme, aunque todavía continuaban entrando hombres armados por las puertas principales.
—¿Cuántas casas gobiernan el Norte? —pregunté.
—Veinticuatro —respondió Killian.
—¿Y todas vienen a verte?
—Aparentemente.
—Vaya. Debes ser bastante popular.
—Alamea.
—¿Qué? Solamente intento comprender por qué veinticuatro familias han decidido reunirse para hacer algo que tú llevas toda la mañana asegurando que no permitirás.
Ronan dejó un pergamino sobre la mesa.
—Las veinticuatro casas confirmaron su asistencia. También estarán presentes los comandantes fronterizos y los representantes de las ciudades libres.
Killian examinó el documento con evidente irritación.
—Los convoqué para discutir la amenaza imperial, no para organizar una coronación.
—Y eso discutiremos —respondió Ronan—. Pero comprenderás que resulta complicado preparar una guerra contra el emperador mientras continuamos fingiendo que obedecemos sus órdenes.
—No necesito una corona para defender estas tierras.
—Entonces tendrás que convencerlos a ellos.
Killian se levantó bruscamente.
—Eso haré.
Lo observamos abandonar la habitación antes de intercambiar una mirada.
—Realmente no quiere ser rey —comenté.
Ronan sonrió, aunque su expresión perdió parte de su habitual ligereza.
—Killian lleva doce años gobernando el Norte, Alamea. Cuando falta alimento, recurren a él. Cuando una fortaleza cae, esperan sus soldados. Cuando el Imperio abandona una ciudad, es Killian quien la reconstruye.
—Entonces ¿por qué necesitan coronarlo?
Ronan contempló las montañas nevadas a través de las ventanas.
—Porque hasta ayer todavía podíamos fingir que pertenecíamos al Imperio. Cassiel terminó con esa mentira cuando envió treinta mil soldados hacia nuestras fronteras.
La reunión comenzó al mediodía.
Killian ocupó la cabecera de una enorme mesa y yo me senté a su derecha. Los señores del Norte observaron mi presencia con una mezcla de curiosidad y desconfianza que, sinceramente, empezaba a resultarme familiar.
Una mujer de cabello blanco rompió el silencio.
—Antes de discutir una guerra, quisiera saber por qué una Aster participa en nuestro consejo.
—Porque es mi esposa —respondió Killian.
—Eso explica su lugar a tu lado, muchacho. No explica por qué debemos confiarle nuestros asuntos.
Killian entrecerró los ojos.
—Ten cuidado, Yrsa.
—He sobrevivido suficientes inviernos como para no temblar ante tus amenazas.
Decidí intervenir antes de que mi esposo iniciara una guerra adicional contra una anciana.
—Tiene razón.
Ambos me miraron.
—Llegué hace pocos días —continué—. Desconozco sus leyes, sus costumbres y buena parte de su historia. Si estuviera sentada en su lugar, tampoco confiaría en mí.
Yrsa pareció satisfecha.
—Al menos la muchacha tiene sentido común.
—Sin embargo, hay algo que debería saber antes de decidir si pertenezco a este lugar.
Saqué el colgante que llevaba escondido bajo el vestido. El símbolo plateado brilló suavemente bajo la luz de los ventanales.
La transformación fue inmediata.
Yrsa se levantó tan deprisa que su silla retrocedió sobre el suelo.
—¿Dónde conseguiste eso?
—Era de mi madre.
—¿Cómo se llamaba?
—Helena.
La mujer rodeó lentamente la mesa.
—¿Helena qué?
Tragué saliva.
—Helena Vaelar.
Una copa cayó al suelo. Nadie se molestó en recogerla.
—Imposible —murmuró uno de los señores—. La familia Vaelar desapareció cuando destruyeron Vaelgard.
Yrsa se detuvo frente a mí y examinó el colgante con manos temblorosas.
—Conocí a Helena —susurró.
Sentí que el corazón me golpeaba las costillas.
—¿Qué?
—Era mi prima. Crecimos juntas en Vaelgard, mucho antes de que todo se perdiera.
Durante un instante olvidé dónde estaba. Olvidé a los nobles, a Cassiel y al ejército que avanzaba hacia nuestras fronteras.
—¿Cómo era? —pregunté, casi sin voz.
Yrsa me observó con una tristeza inesperada.
—Tenía tus ojos. Y esa misma manera de levantar la barbilla cuando alguien intentaba decirle lo que debía hacer.
—¿Por qué nunca me habló del Norte?
—Porque conocía demasiado bien lo que podía ocurrirte si alguien descubría quién eras.
Quise hacerle mil preguntas. Sobre mi madre, sobre Vaelgard, sobre aquella familia cuya existencia apenas comenzaba a comprender. Pero uno de los señores golpeó la mesa.
—¡La sangre de Vaelgard ha regresado!
Los murmullos se multiplicaron hasta que Killian se puso de pie.
—Basta. Tendremos tiempo para discutir el pasado cuando hayamos asegurado nuestro futuro. Cassiel concentra treinta mil soldados al sur y su coronación está prevista dentro de seis días.
Un hombre corpulento, de barba gris, se levantó.
—Precisamente por eso hemos venido.
Desenvainó su espada.
Me tensé instintivamente, pero en lugar de atacar, el hombre depositó el arma sobre la mesa.
—Mi casa no jurará obediencia a Cassiel Valtheris.
Una segunda espada cayó junto a la primera.
—Ni la mía.
Después una tercera y una cuarta. El sonido del acero comenzó a recorrer la sala mientras Killian observaba a sus señores con creciente severidad.
—¿Comprenden lo que están proponiendo? —preguntó—. Declarar nuestra independencia significará una guerra abierta contra el Imperio.
—La guerra ya viene —respondió Yrsa.
—No aceptaré una corona solamente porque tengan miedo de mi hermano.
El señor de barba gris soltó una risa áspera.
—Muchacho, si crees que te elegimos por miedo a Cassiel, entonces has pasado demasiado tiempo encerrado en este castillo.
Killian frunció el ceño.
—Lord Harken...
—Te elegimos cuando tenías dieciocho años y llegaste aquí después de Vhalen, apenas capaz de mantenerte sobre tu caballo. El Imperio nos envió un príncipe al que consideraba desechable. Nosotros encontramos a alguien dispuesto a quedarse.
Otro señor se levantó.
—Cuando llegó el invierno de las Tres Tormentas y la capital dejó de enviarnos grano, abriste los almacenes de Draeven.
—Reconstruiste Harken cuando nadie quiso ayudarnos.
—Expulsaste a los saqueadores del Este —añadió otro.
—Y nunca exigiste que nos arrodilláramos para recibir tu protección.
Escuché aquellas historias con una emoción difícil de explicar.
Mientras el Imperio llamaba monstruo a Killian, aquel hombre había pasado doce años sosteniendo un territorio que todos los demás habían abandonado.
Yrsa apoyó ambas manos sobre la mesa.
—No estamos decidiendo si convertirte en rey, Killian. Estamos decidiendo si dejamos de fingir que no lo eres.
El silencio que siguió fue interrumpido por un cuerno.
Las puertas se abrieron y un soldado entró apresuradamente.
—¡Mensaje urgente de Veridian!
Ronan recibió la carta. Conforme avanzaba en su lectura, su expresión se endureció.
—Cassiel adelantó la coronación.
Killian levantó la mirada.
—¿Cuándo?
—Esta mañana. Ya es emperador.
Sentí un escalofrío.
Ronan extrajo otro documento.
—Y este es su primer decreto.
Killian lo leyó antes de entregármelo.
*«*DECRETO IMPERIAL
Que sea sabido en todo el Dominio:
Killian Valtheris queda proscrito y declarado Traidor a la Corona.
Por Mandato Supremo, sus títulos quedan revocados, sus bienes confiscados y quien le preste auxilio será ejecutado como Enemigo del Imperio.
Asimismo, se ordena la inmediata captura de Alamea Aster, quien deberá ser entregada en cadenas a la Autoridad Imperial.
Bajo pena de ruina y muerte. Firmado bajo el Sello de Oro.»
Debajo aparecía una recompensa.
Por mí.
—Ese miserable... —murmuré.
Killian me quitó suavemente el documento de las manos.
—Alamea.
—¡Ha puesto precio a mi cabeza! ¿Es que no puede soportar que una mujer rechace casarse con él?
—Parece que no —respondió mi esposo con una tranquilidad inquietante.
Yrsa se irguió.
—El emperador acaba de poner precio a la cabeza de la Reina del Norte.
Todas las miradas se volvieron hacia nosotros.
—No —dijo Killian inmediatamente.
Pero nadie lo escuchó.
Yrsa desenvainó su espada y la depositó frente a sus pies antes de arrodillarse.
—La Casa Vaelar reconoce a Killian Valtheris como Rey en el Norte.
Lord Harken hizo lo mismo.
—La Casa Harken reconoce al Rey en el Norte.
Uno tras otro, los veinticuatro señores se arrodillaron.
—Levántense —ordenó Killian.
Nadie obedeció.
Entonces escuché un gruñido familiar.
Morvath atravesó las puertas abiertas y avanzó entre los nobles. Su enorme figura impuso un silencio reverencial mientras se acercaba a Killian.
El lobo se detuvo frente a él.
Y bajó la cabeza.
Mi esposo quedó completamente inmóvil.
Una voz profunda resonó dentro de mi mente.
«Rey.»
El colgante comenzó a calentarse contra mi piel. Cuando bajé la mirada, descubrí que emitía un resplandor plateado.
Yrsa lo vio.
—Los antiguos reyes del Norte no necesitaban coronas —susurró—. Eran reconocidos por las criaturas que protegían estas tierras.
Killian observó a Morvath y después me miró.
No supe qué decirle. Quizás porque, por primera vez desde que lo conocía, comprendí que aquel hombre nunca había necesitado demostrarle a nadie quién era.
Cassiel había intentado obligar al Norte a arrodillarse ante él. Y había conseguido exactamente lo contrario.
Killian recogió la espada de Yrsa.
—Si acepto esto, no habrá regreso.
—Lo sabemos —respondió ella.
—Cassiel enviará a todo su ejército.
Lord Harken sonrió.
—Entonces encontrará al nuestro esperándolo.
Killian permaneció unos segundos en silencio. Cuando finalmente habló, su voz no dejó espacio para nuevas discusiones.
—Cierren los pasos del Sur. Refuercen las fortalezas y evacúen las aldeas fronterizas. Quiero provisiones suficientes para resistir un asedio prolongado.
Ronan golpeó el puño contra su pecho.
—Sí, mi rey.
—Y envíen una respuesta a Veridian.
Yrsa levantó la cabeza.
—¿Qué debemos comunicarle al emperador?
Killian contempló el decreto que ordenaba nuestra captura.
—Que el Norte ya no reconoce su autoridad.
Las espadas golpearon el suelo.
—¡EL REY EN EL NORTE!
El grito se extendió por la sala y volvió a repetirse, cada vez más fuerte.
Morvath levantó la cabeza y aulló.
Killian permaneció inmóvil entre sus señores, sin corona ni trono imperial, y sin embargo nunca había parecido más rey que hasta ese momento.
Entonces Yrsa se volvió hacia mí y mi satisfacción desapareció. Porque volvió a arrodillarse. Esta vez frente a mis pies.
—Y la sangre de Vaelgard ha regresado con nuestra reina.
—Un momento —intervine, alarmada—. Creo que estamos tomando decisiones demasiado deprisa.
Los demás comenzaron a inclinar la cabeza.
Miré desesperadamente a Killian.
—Haz algo.
La comisura de su boca se levantó.
—¿Ahora comprendes cómo me siento?
—Killian, te advierto que...
—¡LA REINA EN EL NORTE!—gritaron los nobles.
Fantástico.
Había comenzado la semana intentando evitar que mi antiguo prometido me asesinara. Ahora estaba casada con un rey rebelde, tenía treinta mil soldados acercándose a nuestras fronteras y acababa de convertirme en reina de un territorio que le había declarado la independencia al hombre con quien supuestamente debía casarme.
gracias me dejas sin palabras, hermosa y misteriosa historia ❤️❤️❤️🥰🥰🥰