Una doctora rencarnada en un mundo donde los hombres pueden convertirse en bestias, no se puede confiar en nadie incluso ni en la familia y solo aquellos más fuertes son los que gobiernan, ella encontrará hombres de distintas especies que darían su vida por ella.
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Las manos que recordaban...
La mañana llegó envuelta en humo y ceniza. Luna despertó con la cabeza apoyada en el hombro de Vaelorian y la mano entrelazada con la suya. Las brasas de la noche anterior apenas conservaban un resplandor rojizo, pero el dragón seguía despierto. La observaba en silencio, como si temiera que, al apartar los ojos, ella pudiera desvanecerse. Durante unos segundos, Luna se permitió quedarse allí. Sentía el calor de Vaelorian junto a ella y el peso nuevo de aquel vínculo que todavía no comprendía del todo. Sin embargo, bajo la tranquilidad de la cabaña, algo le apretaba el pecho. No era miedo exactamente. Era la sensación de estar lejos de todo lo que había conocido. Lejos de su hogar. De su antigua vida. De los hospitales, de sus colegas, de las voces que le pedían ayuda y de los instrumentos que sabía usar casi sin mirar.
—¿En qué piensas? —preguntó Vaelorian. Luna volvió el rostro hacia él.
—En que echo de menos tener una bata con mi nombre—. Él ladeó la cabeza, sin comprender.
—¿Una bata?— preguntó sin entender.
—En mi vida anterior era doctora. Trabajaba en un hospital. —Luna bajó los ojos hacia sus manos—. Aquí no tengo nada de eso. Ni equipo, ni medicamentos, ni un lugar donde atender a los pacientes—. Vaelorian le acarició los nudillos con el pulgar.
—Sigues teniendo tus manos—, se las acariciaba suavemente.
—Eso no siempre basta—, le decía triste.
—No —admitió él—. Pero es un comienzo. Luna quería contestar, pero un grito desgarró la quietud de la mañana. Ambos se pusieron en pie al mismo tiempo.
El sonido se repitió desde el exterior, seguido por voces apresuradas y el golpeteo de unas botas sobre el suelo. Vaelorian salió primero. Luna se ciñó el manto a los hombros y lo siguió.
Un grupo de miembros del clan corría hacia la entrada del poblado. En medio de ellos, dos lobos sostenían a un joven cubierto de barro y sangre. La pierna del muchacho colgaba en un ángulo extraño.
—¡Apartaos! —ordenó una mujer de cabello gris que avanzaba hacia el grupo con una bolsa de cuero.— Dejadme verlo–.
Luna reconoció a la sanadora. Se llamaba Eira. Desde su llegada, había sido correcta con ella, aunque no especialmente cálida. Para Eira, Luna era una desconocida que hablaba de cosas extrañas y no conocía las plantas de la región.
—Lo atrapó una trampa en el bosque —explicó uno de los lobos que lo cargaban.— La cuerda se cerró alrededor de su pierna. Lo encontramos cerca del arroyo–.
—Tarek —dijo Eira, agachándose junto al muchacho.— ¿Me oyes?– El herido respondió con un gemido.
Luna se acercó. La sangre le empapaba los pantalones y caía en gotas oscuras sobre la tierra. Tarek estaba pálido, con el rostro perlado de sudor. Respiraba deprisa y tenía los labios casi sin color. El olor a sangre le trajo recuerdos tan intensos que por un instante el poblado desapareció. Volvió a ver las luces blancas de una sala de urgencias. Escuchó el sonido de una alarma y la voz de alguien pidiendo una vía, una compresa, ayuda. Parpadeó. No tenía un hospital. No tenía una camilla. Pero el paciente seguía delante de ella.
—Hay que detener la hemorragia —dijo. Eira levantó la mirada.
—Estoy preparando una cataplasma–
—Primero hay que presionar la herida. Si esperamos a que la cataplasma haga efecto, puede perder demasiada sangre–.;Uno de los hombres frunció el ceño.
—La sanadora sabe lo que hace–. Le dice en un tono serio.
—No he dicho que no lo sepa —contestó Luna, sin apartar la vista de Tarek.— He dicho que la sangre sigue saliendo–. Vaelorian se colocó a su lado. Su presencia bastó para que el murmullo disminuyera, pero Luna no quería que la obedecieran solo por miedo a su compañero.
—Necesito telas limpias y agua hervida —continuó.— También algo firme para inmovilizarle la pierna–.
—¿Agua hervida? —repitió Eira.
—Agua que haya hervido y se haya dejado enfriar. Y telas limpias. No quiero tierra ni hojas dentro de la herida–. Eira la miró con desconfianza.
—Las hojas que uso no son cualquier cosa–. Se lo decía seriamente.
—Lo sé. Pero la herida está abierta y tiene barro alrededor. Primero hay que limpiarla–. Por un momento, nadie se movió. Luna notó el peso de todas las miradas sobre ella. No era la primera vez que alguien dudaba de sus decisiones, pero sí era la primera vez que debía trabajar sin sus recursos habituales, en un mundo donde ni siquiera conocía del todo las plantas y las criaturas que podían envenenar a un paciente.
Vaelorian rompió el silencio.—Haced lo que pide Luna–. No elevó la voz. No hizo falta.
—Scott —dijo Luna, volviéndose hacia el lobo—, trae agua y busca a alguien que pueda hervirla. Paul, necesito que me ayudes a sostenerlo sin moverle la pierna. Soren, despeja el espacio y pide dos mantas. Kael …–. El hombre de ojos grises ya estaba junto a la pierna de Tarek, observando la cuerda rota que aún le rodeaba el tobillo.
—¿Sabes de trampas? —preguntó Luna.
—Sé de venenos —respondió él.— Y de las criaturas que los usan–.
—Entonces mira si la cuerda o los dientes de la trampa tienen algo extraño. No toques nada con las manos desnudas–. Kael sonrió apenas.
—Por fin alguien me da una tarea razonable–. Mientras los demás se movían, Luna se arrodilló junto al herido. Paul se situó al otro lado y apoyó una mano firme sobre el hombro de Tarek.
—No te muevas —le dijo—. Vamos a ayudarte–.
—Me duele —murmuró el joven.
—Lo sé. Mírame un momento. ¿Cómo te llamas?– le preguntaba Luna.
—Tarek– le contesta el joven débil.
—Bien, Tarek. Yo soy Luna. Voy a apretar sobre la herida para detener la sangre. Va a doler, pero necesito que intentes respirar despacio–. Tarek asintió débilmente.
Luna tomó una tela limpia que uno de los miembros del clan le tendió y la dobló. Presionó con firmeza sobre la parte superior de la herida. El muchacho gritó y trató de apartarse. Paul lo sujetó con cuidado, evitando que se retorciera.
—Lo siento —dijo Luna—. No voy a soltarte todavía–. Eira se acercó con una bolsa de hierbas.
—Si aplicamos esto, la sangre debería coagular– le decía mientras veía lo que ella hacía.
—Primero mantengamos la presión —respondió Luna—. Después veremos qué podemos usar–. La sanadora apretó los labios. Aun así, se quedó a su lado. Luna palpó con cuidado alrededor de la herida, sin retirar la tela empapada. Debajo, la pierna estaba hinchada y deformada. La cuerda había cortado la piel y se había hundido en el tejido. El pie seguía tibio, aunque el pulso bajo sus dedos era débil.
—¿Puedes mover los dedos? —preguntó. Tarek hizo un esfuerzo. Apenas logró flexionar dos.
—Bien. ¿Sientes cuando te toco aquí?–. El muchacho asintió cuando Luna le rozó el dorso del pie.
—La pierna está fracturada —dijo ella— no voy a intentar enderezarla. Necesito que la mantengamos inmóvil–.
—La herida está sucia —dijo Eira—. Cuando la sangre se detenga, puedo limpiarla con una infusión–.
—De acuerdo. Pero quiero ver qué contiene antes–. Eira pareció ofendida.
—He curado a los miembros de este clan desde antes de que tú nacieras–.
—Y yo no estoy intentando quitarte tu trabajo. Solo necesito saber qué usaremos. Hay plantas que pueden ayudar, pero también algunas que empeoran una herida o causan una reacción. En mi mundo aprendí a no poner nada sobre una lesión sin saber qué es–. Eira la miró durante un instante. Luego bajó los ojos hacia la pierna de Tarek.
—Esta infusión es de corteza de salvia negra. Se utiliza para lavar heridas–.
—¿La has usado en heridas abiertas?–
—Muchas veces–. Luna asintió.
—Entonces, cuando tengamos el agua limpia, la preparamos. Pero primero eliminaremos el barro que podamos y mantendremos la presión–. Los recipientes llegaron poco después. Scott volvió con dos cubos; uno contenía agua recién hervida y el otro, agua fría del pozo. Eira comprobó la temperatura y mezcló ambas hasta obtener agua tibia.