«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.
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Capítulo 18
Apenas el polvo de los caballos imperiales se asentó tras las murallas, el aire del palacio cambió de forma radical.
Esperaba que, con Li Yan marchando al norte, los ministros sobrevivientes o los eunucos intentaran cobrar venganza por la purga. Esperaba veneno en mi comida, cuchillos en las sombras o miradas de desprecio en cada esquina. Pero lo que encontré fue algo mucho más inquietante: reverencias tan profundas que rozaban el suelo y un pánico reverencial que paralizaba a cualquiera que se cruzara en mi camino.
Antes de partir, Li Yan no solo había dejado a cien guardias apostados a mis puertas. Había emitido un decreto sellado con sangre y oro antes de montar a caballo.
Un decreto que el comandante Jin me leyó al pie de la recámara imperial mientras una docena de sirvientas aguardaban arrodilladas con bandejas de plata:
—«Todo aquel que no rinda pleitesía a Lian, que ose negarle un deseo o que pretenda cuestionar su autoridad sobre los aposentos internos y el palacio, será desollado vivo en la plaza pública. Ella es la futura Emperatriz de este imperio. Su palabra es mi palabra hasta que mi espada regrese victoriosa.»
Futura Emperatriz. La futura esposa del rey.
Las palabras me resonaban en la cabeza como el eco de un tambor lejano. Hacía menos de una semana yo era una simple artesana de pueblo con las manos manchadas de piedra, vestida con harapos y arrastrada en un carruaje con la cabeza a punto de rodar. Ahora, las mismas damas nobles que antes se paseaban con abanicos de seda y narices respingadas bajaban la vista cuando yo cruzaba los corredores, temblando al escuchar el crujido de mis faldas.
—Mi Señora Lian —dijo la Dama Kang, acercándose con una reverencia que jamás le había visto hacer el primer día—. Los cocineros han preparado una sopa de nido de golondrina y dátiles rojos para reponer sus fuerzas. Si el aroma no es de su agrado, haré que cambien al jefe de cocina de inmediato.
—No... déjalo así. No toques al cocinero —respondí, frotándome las sienes con cansancio—. Solo quiero ir al Pabellón de los Cerezos.
—Por supuesto. La litera imperial ya está lista en el patio.
—Iré a pie —corté en seco. No quería literas ni lacayos cargándome en hombros como si fuera una muñeca de porcelana.
Caminé por los jardines bajo el cielo plomizo, escoltada por cuatro guardias con armaduras negras que no se separaban de mí ni tres pasos. A lo largo del camino, los sirvientes que barrían las hojas secas caían de rodillas a mi paso, murmurando en voz baja: "Larga vida a la futura Señora del Trono".
En el Pabellón de los Cerezos, el ambiente era mucho más tibio. Los braseros de carbón fino mantenían el cuarto a una temperatura agradable y mi madre ya estaba sentada en la cama, bebiendo una infusión espesa que le servía una doncella personal. Al verme entrar, despidió a la criada con un gesto débil.
—Lian... —murmuró mi madre, mirándome con ojos que parecían ver más allá de la seda carmesí que ahora envolvía mi cuerpo—. El palacio entero arde en rumores. Dicen que el soberano te ha nombrado su prometida antes de marchar a la guerra. Que nadie puede mirarte sin perder los ojos.
Me senté al borde de su lecho, tomando aire para calmar el nudo que no se me desarmaba en el estómago.
—Lo hizo para atarme, madre —dije, bajando la voz—. Para asegurarse de que nadie se atreva a tocarme mientras él no está... y para que yo no pueda huir a ningún lado.
Mi madre no apartó la vista de mí. Levantó una mano delgada y me acarició la mejilla con los dedos tibios, deteniéndose justo en la comisura de mis labios.
—Él no solo te nombró para atarte, hija mía —susurró con una tristeza sabia en la voz—. Un hombre como Li Yan no pone su corona a los pies de una mujer solo por miedo a perder sus visiones. Él te ha reclamado ante el cielo y la tierra. Y lo peor de todo... es que tus ojos ya no brillan con odio cuando pronuncias su nombre.
Sentí una puñalada en el pecho. Apreté las manos sobre el regazo, clavándome las uñas en las palmas.
—Es un tirano —insistí entre dientes, intentando convencerme a mí misma más que a ella—. Ha bañado la corte en sangre. Solo... solo necesito que vuelva vivo para que tú sigas teniendo estos médicos. Nada más.
—Sigue mintiéndote, Lian —repitió mi madre las mismas palabras que Li Yan me había dicho la noche anterior—. Pero el destino no se teje con palabras, sino con hilos invisibles. Cuando toques los aposentos vacíos esta noche, sabrás si lo que sientes es miedo... o la necesidad de su calor.
Salí del pabellón con el corazón encogido.
Al caer la noche, regresé a la inmensa alcoba imperial. Las sirvientas habían dejado la estancia impecable: incienso dulce quemándose en los rincones, sábanas limpias de seda roja sobre la cama y jarras de agua tibia listas para mi aseo. Nadie osaba entrar sin mi permiso. Todo estaba a mi entera disposición; si ordenaba que me trajeran las joyas de la tesorería real, me las pondrían en las manos en diez minutos.
Pero la habitación estaba vacía. Asfixiantemente vacía.
Me quité la túnica pesada y me metí en la cama, cubriéndome con las mantas de seda. El espacio a mi lado, donde Li Yan solía dormir con el brazo pesado sobre mi cintura, estaba frío. El olor a sándalo y a vino amargo aún flotaba en las almohadas, pero la ausencia de su respiración áspera y del calor sofocante de su cuerpo hacía que la noche se sintiera interminable.
Cerré los ojos, intentando no pensar en él.
Pero en cuanto el sueño comenzó a envolverme, mi mano resbaló inconscientemente sobre el lado vacío del colchón, acariciando la seda donde él había descansado antes de partir.
El chispazo me golpeó en medio de la duermevela, violento y helado:
Vi una llanura yerma envuelta en una ventisca de nieve y ceniza. El Río Negro no era agua; era un torrente oscuro cubierto de escarcha y cadáveres. Y en medio de la niebla, Li Yan, a pie, rodeado por diez jinetes enemigos, con la coraza rota en el hombro y la espada partida por la mitad, respirando sangre mientras una flecha con plumas blancas surcaba el aire directo hacia su garganta desprotegida.
—¡Li Yan! —grité, despertando de golpe en la cama oscura, empapada en sudor frío y con las manos temblando de pánico puro.
Me llevé las manos al pecho, jadeando en la soledad del pabellón. La flecha de plumas blancas no era un recuerdo. Era la batalla que estaba por librarse en el norte.
Y en ese instante, mientras las lágrimas de terror me quemaban las mejillas en medio del silencio imperial, supe que no me importaba ser la plebeya, la vidente o la futura emperatriz: si esa flecha le atravesaba el cuello, no habría corona en el mundo capaz de salvarme a mí del abismo.