Ana Karénina murió bajo las ruedas de un tren, destruida por un amor que nunca estuvo dispuesto a luchar por ella.
Pero el destino le concede una segunda oportunidad.
Ana despierta en el pasado con todos sus recuerdos intactos. Esta vez no será la esposa obediente de Karénin ni la mujer que cae rendida ante Vronsky. Conoce el final de su historia y está decidida a cambiarlo.
También conoce un secreto.
Alejandro II, el poderoso Zar de Rusia, algún día se enamorará perdidamente de Ekaterina Dolgorúkova.
Ana no piensa permitir que esa historia se repita.
Ella no busca un amante. Busca un hombre capaz de amarla con la misma intensidad con la que ella sabe entregarse.
Así comienza su juego más peligroso: conquistar al Zar, proteger a su hijo Seriozha y arrebatarle al destino el lugar que considera suyo.
Esta vez, Ana no morirá por amor. Será ella quien escriba el final.
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La Entrega del corazón
Alejandro era un Zar acostumbrado a los lujos extravagantes, a las más complejas intrigas palaciegas y a los caprichos impredecibles del destino; pocas cosas en este mundo lograban ya sorprenderle en lo más mínimo, pero el beso inesperado de Ana, de una Ana convaleciente a la que contempla durante varios días consecutivos inconsciente sobre el lecho imperial, lo dejó completamente atónito en medio de la penumbra de la recámara. Cuando ella concluyó el beso con extrema lentitud, el monarca permaneció inmóvil sobre la silla, observándola con fijeza. Ella lo miraba fijamente con unos ojos oscuros llenos de una fascinación brillante, profunda y seductora, sabiendo perfectamente que cada uno de sus movimientos estaba calculado milimétricamente para atrapar al hombre más poderoso del Imperio Ruso en una red indisoluble de deseo, fascinación y dependencia emocional.
—Zar... No. Alejandro —declaró ella con una suave, dulce y enigmática sonrisa dibujándose lentamente en sus labios—. ¿Y si yo no quiero que te apartes de mi lado nunca más, ni por un solo instante de tu existencia?
El soberano la contempló con evidente desconcierto en el rostro, frunciendo levemente el ceño mientras intentaba comprender el cambio drástico, repentino y radical en su actitud hacia él, contrastando fuertemente con la resistencia férrea que había mostrado en los salones de la corte.
—Saltaste por una ventana de palacio porque dijiste con lágrimas en los ojos que no querías ser mi amante bajo ninguna circunstancia —respondió él con la voz pausada, grave y cargada de duda—, ¿y ahora me dices que sí lo deseas con el corazón abierto y sin reservas? ¿Qué es lo que realmente quieres de mí en este momento, Ana? ¿Juegas conmigo o buscas algo más profundo en medio de esta corte implacable y traicionera?
Ana lo miró fijamente a los ojos sin pestañear un solo segundo y pasó sus dedos delicados por la mejilla del monarca, un gesto pausado, íntimo y electrizante que estremeció al Zar hasta lo más profundo de su ser. Él dudaba de sus propias emociones, sofocado por la presencia magnética de la mujer que casi pierde para siempre en las profundidades del agua congelada del estanque del palacio.
—Su Majestad... pensé que yo solo era un pasatiempo pasajero para usted, un juguete más dentro de su vasta y elegante corte —expresó ella en un susurro cargado de aparente vulnerabilidad y fingido temor—. Déjeme terminar de hablar, por favor, se lo ruego con el alma. Escuché con atención todo lo que usted vino a hablarme en el silencio de las noches frías, cuando creía que nadie me escuchaba. Escuché su arrepentimiento sincero, su deseo honesto de corregir las cosas entre nosotros, y ahora creo firmemente que usted siente algo real y profundo por mí. Y yo también lo siento en el alma, Zar. Si usted me lo permite, quisiera ser el refugio seguro en el que pueda acomodarse cuando el peso agobiante de toda Rusia lo abrumé por completo. ¿Me acepta verdaderamente a su lado como su confidente y su compañera fiel?
El Zar permaneció mudo por la sorpresa de sus palabras, observando cómo la sonrisa serena de Ana iluminaba la penumbra del aposento imperial. Sin esperar una respuesta verbal por su parte, ella acarició suavemente el rostro del soberano y, con una parsimonia estudiada, fue retirando una a una cada una de las prendas de vestir que cubrían el cuerpo erguido del monarca. Alejandro se dejó llevar por completo por la marea irrefrenable de la pasión y ambos se entregaron el uno al otro en la inmensidad del lecho imperial. Tras cada beso ardiente que encendía la habitación, el monarca murmuraba sobre su piel tibia: «Ana, me gustas... Ana, me encantas», a lo que ella le respondía con la misma intensidad, devoción y entrega: «Alejandro, soy tuya... Alejandro, no te alejes jamás... Alejandro, por favor, quédate a mi lado para siempre».
Mientras las manecillas del reloj avanzaban inexorablemente y el fuego de la chimenea proyectaba sombras titilantes sobre los pesados tapices de terciopelo carmesí, el peso de la historia y del poder absoluto parecía desvanecerse ante la fuerza indómita de la pasión desatada en aquella recámara secreta del Palacio de Invierno. Cada susurro compartido y cada caricia calculada fortalecían el vínculo invisible pero indestructible que Ana había comenzado a tejer desde el primer instante en que cruzó las puertas del gran salón imperial.
Así transcurrieron rápidamente las horas de la madrugada, sumergidos entre susurros entrecortados, caricias febriles y promesas de un amor desbordante que consumiría a toda la capital. Con cada minuto que pasaba en aquella recámara blindada contra las miradas de los cortesanos, los cimientos del viejo orden imperial ruso se estremecían silenciosamente, cediendo ante el influjo de una mujer que había transformado la tragedia y el dolor en las herramientas más afiladas para consolidar su dominio sobre el trono.
A la mañana siguiente, cuando los primeros rayos de luz dorada atravesaron los enormes ventanales del Palacio de Invierno, Alejandro abrió los ojos despacio. Ana dormía plácidamente a su lado, abrazada firmemente a su pecho desnudo como si temiera que en cualquier instante el soberano fuera a desaparecer de su lado para no volver. El Zar la observó durante varios minutos en absoluto silencio, le depositó un beso tierno en la frente y se despegó suavemente de su abrazo. Se vistió con lentitud, ajustó las insignias doradas de su uniforme militar y abandonó la habitación con paso firme y decidido.
En el corredor exterior de la recámara, aguardándolo en la penumbra con la postura erguida de siempre, se encontraba su fiel asistente personal.
—Ivanov —dijo el Zar con un tono de voz sumamente grave, calmado e imperioso.
—Sí, Señor —respondió el asistente inclinando la cabeza con profunda reverencia institucional.
—Escolta a la señora Karénina de vuelta a su propia casa en este preciso instante —ordenó Alejandro II con total firmeza—. Y pon unas sirvientas de absoluta confianza a su servicio exclusivo en la residencia para que no le falte nada en absoluto.
Ivanov lo observó completamente estupefacto ante el giro imprevisto de los acontecimientos y la audacia de enviar a la dama de regreso a su Hogar tras semejante escándalo en palacio.
—Señor... la señora Karénina es... —alcanzó a murmurar el asistente, vacilando torpemente en sus palabras ante la mirada penetrante del rey.
—Sí —dijo Alejandro II con una sonrisa enigmática, triunfal e inconfundible dibujándose en sus labios—. Es mi nueva Amante oficial ante todo el imperio.
Sin decir una sola palabra más a su sirviente, el Zar dio media vuelta sobre sus talones y se retiró con paso firme hacia sus aposentos privados, dejando claro que el juego de poder recién comenzaba en las altas esferas de Rusia.
Vaya decisión de la prota, siempre fue un lobo al acecho vestida con piel de oveja calculando todo y saliéndose con la suya, haciendole ver al Zar que era el cazador y a la final siempre fue la presa