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El precio de desafiar al heredero

El precio de desafiar al heredero

Status: Terminada
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.

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Capítulo 8

Daniela apareció un sábado de febrero con una maleta de rueditas y una bolsa de conchas de la panadería de la esquina.

—¡Amigaaa! —Emilia abrió la puerta y la abrazó tan fuerte que la bolsa de pan se aplastó entre las dos—. ¿Cómo llegaste? ¿No te dije que mandara a Sergio por ti?

—Tomé un Uber como persona normal. —Daniela se asomó por encima del hombro de Emilia y se quedó inmóvil. El departamento se extendía detrás como una fotografía de revista: mármol pulido, ventanales de piso a techo, una cocina abierta con isla de granito, y más allá, el estudio de tallado con herramientas ordenadas como instrumentos quirúrgicos—. Emilia Velasco.

—¿Qué?

—Tú vives aquí.

—Yo vivo aquí.

—Aquí —repitió Daniela, entrando y girando sobre sí misma con la maleta todavía arrastrándose detrás—. Aquí, donde hay un sillón que vale más que mi beca completa. Aquí, donde huele a lavanda y a rico y a dinero.

—Huele a suavizante. Es de Doña Rosa.

—Huele a vida resuelta, amiga. No me corrijas.

Emilia se rio y la llevó al cuarto de huéspedes. Daniela se dejó caer en la cama y rebotó dos veces.

—La almohada tiene funda de algodón egipcio.

—¿Cómo sabes?

—Porque se siente como una nube y yo llevo tres años durmiendo en una almohada de mercado que se aplana a la segunda noche. —Se sentó—. Ya en serio. ¿Cómo estás? ¿Cómo va todo con el señor de hielo?

—No es de hielo.

—Ajá. ¿Entonces qué es?

Emilia se sentó al pie de la cama y se abrazó las rodillas. Por un momento no contestó. Daniela la conocía lo suficiente para no presionarla — esperó, sacando una concha de la bolsa aplastada y mordiéndola con paciencia.

—Es… cómodo —dijo Emilia finalmente—. La convivencia. Es cómoda.

—"Cómodo" —repitió Daniela, levantando una ceja—. Como un novio de tres años.

—No es mi novio.

—No, claro. Solo viven juntos, él te cocina, te ata los zapatos, te conoce mejor que tu propia mamá, y tú te pones roja cada vez que lo mencionas. Nada que ver con un novio.

—No me pongo roja.

—Estás roja ahorita.

Emilia se tapó la cara con las manos. Daniela se rio con la boca llena de concha.

---

Sebastián llegó a las siete. Abrió la puerta, vio las dos pares de zapatos en la entrada — los tenis de Emilia y unas sandalias que no conocía — y dijo:

—Buenas tardes.

Daniela salió de la habitación de huéspedes como si hubiera estado esperando una señal. Se paró frente a él con los brazos cruzados y la cabeza inclinada.

—Así que tú eres Sebastián.

—Así que tú eres Daniela.

Se miraron un segundo. Sebastián extendió la mano. Daniela la estrechó con firmeza, evaluándolo con la misma expresión que usaba para examinar una escultura barroca dudosa en clase de historia del arte.

—Emilia dice que no eres de hielo —dijo Daniela.

—Me alegra oírlo.

—Yo todavía no estoy convencida.

Sebastián no se inmutó. Fue a la cocina, se quitó el saco, y empezó a sacar ingredientes del refrigerador. Pollo, limones, aguacate, cilantro. Sin preguntar a nadie.

—¿También cocinas? —dijo Daniela, sentándose en el banco de la barra junto a Emilia.

—A veces.

—A veces —murmuró Daniela al oído de Emilia—. El hombre cocina y no tiene expresión facial. ¿Segura que no es un robot?

—Dani —susurró Emilia—. Te va a oír.

Pero Sebastián ya había sacado tres platos. Tres vasos. Tres juegos de cubiertos. Sin que nadie le pidiera que cocinara para la invitada, sin que nadie le dijera que Daniela iba a quedarse a cenar. Simplemente lo supo.

Cocinó en silencio mientras las dos amigas platicaban en la barra. Emilia le contaba a Daniela sobre la nueva pieza que estaba tallando — un fénix en cedro rojo — y Daniela le contaba sobre un profesor de grabado que confundía el ácido nítrico con el vinagre. Sebastián no participó en la conversación, pero a los veinte minutos hizo una observación sobre una exposición de grabado japonés en el Museo Tamayo que hizo que Daniela se quedara callada tres segundos.

—¿Fuiste a esa exposición? —preguntó Daniela.

—No. Leí el catálogo.

—¿Leíste un catálogo de grabado japonés?

Sebastián sirvió el pollo en los tres platos. Le puso a Emilia la pechuga más grande. Le retiró el plato del aguacate antes de que ella lo pidiera y le cortó los trozos en cubos uniformes. Le acercó el vaso de agua.

—No comas tan rápido —le dijo a Emilia, sin levantar la vista.

Emilia obedeció. Automáticamente. Sin pensar. Bajó el tenedor, masticó lo que tenía en la boca, y tomó agua. Daniela observó la escena entera sin parpadear.

Debajo de la barra, el teléfono de Emilia vibró. Un mensaje de Daniela: "TE GUSTA. NO ME MIENTAS."

Emilia se atragantó con el agua.

Sebastián le dio tres palmaditas suaves en la espalda sin dejar de hablar con Daniela sobre la diferencia entre el ukiyo-e y el mokuhanga. Su mano se quedó un segundo más de lo necesario entre los omóplatos de Emilia. Daniela lo notó. Emilia también.

Después de la cena, Sebastián recogió los platos, lavó la cocina y se fue a su estudio con un "Buenas noches" dirigido a las dos. Daniela esperó a que la puerta se cerrara. Contó hasta diez. Se volteó hacia Emilia.

—Ese hombre te adora.

—No—

—Emilia. Me cortó el aguacate a mí también, pero a ti te lo cortó en cubos perfectos y le quitó la cáscara del borde. Te sirvió primero. Te dijo que no comieras rápido y tú le hiciste caso como si te lo hubiera dicho Dios. Y leyó un catálogo de grabado japonés.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Que tú estudias tallado en madera. El grabado es lo más cercano en el mundo del arte. Investigó lo que le interesa a tu mejor amiga para poder hablar conmigo esta noche. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?

Emilia no contestó. Se quedó mirando la barra donde hacía un minuto Sebastián le había cortado el aguacate en cubos perfectos.

—Y tú a él —dijo Daniela, más suave—. La diferencia es que él lo sabe y tú no.

—No me gusta —dijo Emilia, pero la voz le salió sin convicción, como un argumento que se desarma antes de terminar la frase.

Daniela no insistió. Se comió la última concha aplastada, se limpió las migajas de la boca y le dio un abrazo largo.

—Cuando estés lista para admitirlo, me llamas.

—No hay nada que admitir.

—Ajá —dijo Daniela, con el mismo tono que usaba cuando Emilia decía que no le dolía un golpe que claramente le dolía—. Buenas noches, amiga.

Emilia se quedó sola en la barra. El departamento olía a limón, a cilantro, y a ese cedro frío que ya no podía separar del olor de su propia vida.

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Mirta Bernaccki
no entiendo bien. ambos padres decidieron por ellos a casarlos y de pronto están viviendo en el mismo techo, q paso con Beatriz y Patricia? media descabellada está novela. leo un poco más pero creo q la corto. no entiendo está trama rara
Gladys Medina
me disculpan pero no entiendo porque tiene que pegarle como si fuera una niña y el su papá, me lo podría alguien explicar por favor
Gladys Medina
que me disculpe la escritora pero todavía no entiendo la novela ni la actitud de Emilia no se la leo pero sigo en las nebulosas, hay cosas que no me cuadran, logico, no escribe solo para mi pero no sé
Gladys Medina
no entiendo, porque se fue a vivir con el, no se han casado, que paso quede en las nebulosas sinceramente, me salte alguna hoja, Dios
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