Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
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Capítulo 2: Un desayuno con el Emperador y las sombras del ayer
Los primeros rayos del sol de la mañana se filtraron a través de los pesados cortinajes de terciopelo dorado, dibujando líneas de luz sobre la alfombra de los aposentos imperiales. Vivianne abrió los ojos despacio, sintiendo una calidez que no recordaba haber experimentado en años. El aroma a madera de sándalo y el sutil perfume del té de jazmín inundaban el aire.
Parpadeó varias veces, con el corazón acelerándose por un instante de pánico. ¿Había sido el abrazo de anoche solo una ilusión antes de morir?
Giró la cabeza con rapidez. A su lado, la cama estaba vacía, pero las sábanas aún conservaban el calor de otra persona. Al levantar la mirada, vio la imponente figura de su padre, el Emperador, de pie junto a la gran mesa circular del comedor privado. Había dejado de lado sus ropajes formales de la corte y vestía una túnica sencilla de seda blanca. Al escuchar el movimiento de las sábanas, el hombre se giró. Su rostro, habitualmente una máscara de severidad que infundía temor en los generales del imperio, se suavizó por completo.
—Has despertado, mi pequeña —dijo él, con esa voz grave que siempre había sido el pilar del imperio—. Te ves mejor que anoche. Ven, el desayuno ya ha sido servido. Pedí que trajeran tus frutas favoritas.
Vivianne se deslizó fuera de la cama. Al sentir el suelo firme bajo sus pies descalzos y ver las manos de su padre sirviendo el té, una oleada de alivio la recorrió. Era real. Estaba viva, estaba a salvo en el pasado y su padre seguía a su lado.
Se acercó a la mesa y se sentó frente a él. Observó el despliegue de pan fresco, mermeladas artesanales y frutas cortadas. Sin embargo, al tomar la taza de porcelana entre sus manos, sus ojos se fijaron en el reflejo del líquido dorado y la corriente de los recuerdos la arrastró inevitablemente hacia atrás, hacia la oscuridad de su vida pasada.
Cerró los ojos por un segundo, y el dolor regresó como un eco punzante. Recordó el día exacto en que selló su propio destino. Había sido en ese mismo palacio, apenas unas semanas después del baile de máscaras. Alexander, el hijo del barón, la había cortejado con una insistencia que ella, en su patética ingenuidad, confundió con adoración devota. Cuando decidió presentárselo a su padre y anunciarle sus deseos de casarse con él, la reacción del Emperador fue tajante.
*«Ese hombre no busca tu corazón, Vivianne. Busca la corona que llevas en la cabeza»*, le había advertido su padre aquella tarde, con una mezcla de furia y profunda preocupación en los ojos. *«El hijo de un barón no tiene el porte, ni la lealtad, ni el honor para sostener la mano de la princesa heredera. Te arrastrará al fango, hija mía»*.
Pero ella... ella había sido tan ciega. Recordar sus propias palabras en ese momento le provocó una intensa náusea. Se había levantado de la mesa con soberbia, mirando a su propio padre con desprecio. *«¡No me importa tu opinión, ni me importa tu imperio!»*, le había gritado, rompiendo el protocolo y el respeto que le debía no solo como su progenitor, sino como su soberano. *«Alexander me ama por quien soy, no por mi título. Si no apruebas este matrimonio, renunciaré a todo, pero me casaré con él»*.
El recuerdo del rostro de su padre en ese instante exacto le partió el alma. El Emperador, el hombre que había unificado tres continentes bajo su espada, se había quedado en silencio, con los ojos empañados por una profunda decepción y un dolor tan agudo que parecía haber envejecido diez años en un segundo. Al final, por el puro temor de perder a su única hija y verla huir, el Emperador cedió. Firmó el decreto matrimonial con el corazón destrozado.
¿Y cuál había sido el resultado de su capricho? Vivianne apretó los dientes, conteniendo la rabia. El matrimonio fue una prisión de hielo. Al día siguiente de la boda, la máscara de Alexander se cayó. Dejó de ser el caballero atento para convertirse en un hombre frío, calculador y cruel, que la confinó a una propiedad apartada mientras él despilfarraba los fondos que venían con el título de ella.
Luego llegó Lucia. Su supuesta mejor amiga, la persona en la que Vivianne se refugiaba para llorar sus penas matrimoniales. Qué estúpida había sido. Mientras Vivianne le abría el corazón, Lucia ya se metía en la cama de su esposo. El día que los descubrió en el salón principal, abrazados y burlándose de ella, Vivianne sintió que el mundo se derrumbaba. Pero lo peor no fue la infidelidad; fue la telaraña que tejieron después.
Lucia comenzó a fingir ante la corte que la princesa la maltrataba por celos enfermizos. Creó rumores, falsificó cartas y, finalmente, plantó un frasco de veneno en los aposentos de Vivianne, asegurando que la princesa había intentado asesinarla. Ante la nobleza y las leyes del imperio, las pruebas eran abrumadoras. Su padre, acorralado por el consejo de ancianos y las leyes sagradas que él mismo había jurado defender, no tuvo otra opción. Recordar la mirada de su padre el día del juicio, teniendo que dictar la sentencia de destierro para su propia carne y sangre, era un tormento que Vivianne no le desearía ni a su peor enemigo. Él la echó para salvarle la vida de la ejecución, pero el destierro fue su tumba de todos modos. Alexander se quedó con sus títulos y propiedades, y semanas después, mandó a sus asesinos para asegurarse de que ella nunca regresara a reclamar lo que era suyo.
—¿Vivianne? Estás muy silenciosa, hija. Ni siquiera has probado el té.
La voz de su padre la trajo de vuelta al presente. Vivianne abrió los ojos y enfocó la mirada en el hombre frente a ella. El Emperador la observaba con el ceño ligeramente fruncido, denotando su constante preocupación.
Vivianne dejó la taza sobre la mesa y, rompiendo una vez más la rigidez protocolaria que solía mantener, estiró las manos sobre el mantel y tomó las manos grandes y callosas de su padre. Estaban tibias. Estaban vivas.
—Estaba pensando en lo afortunada que soy de tenerte, papá —dijo ella, con una madurez y una firmeza en la voz que hicieron que el Emperador parpadeara con sorpresa—. Y en lo equivocada que he estado a veces al no escuchar tus consejos.
El Emperador arqueó una ceja, intrigado por el cambio tan drástico en la actitud de su hija.
—Aún eres joven, Vivianne. Es normal que los hijos crean que saben más que sus padres —respondió él con una media sonrisa, aunque sus ojos seguían evaluándola—. Pero me alegra escuchar eso. Especialmente ahora que el gran baile de máscaras del solsticio se acerca. Los nobles de todas las provincias ya están llegando a la capital, y sé que muchos jóvenes intentarán acercarse a ti para ganar tu favor.
Al escuchar la mención del baile de máscaras, los ojos de Vivianne se entrecerraron imperceptiblemente, transformándose en dos rendijas de obsidiana helada. El baile. El escenario exacto donde Alexander planeaba abordarla por primera vez, usando esa fachada de cordero herido que tanto la había deslumbrado.
—No tienes de qué preocuparte, padre —respondió Vivianne, esbozando una sonrisa perfecta, hermosa pero desprovista de cualquier rastro de la inocencia del pasado—. Esta vez, tengo los ojos muy bien abiertos. Sé perfectamente qué clase de alimañas buscan trepar los muros de nuestro palacio, y te prometo que ninguna de ellas logrará poner un solo pie dentro de nuestra familia.
El Emperador la miró fijamente. Había algo diferente en el aura de su hija esa mañana. Ya no emanaba la típica fragilidad de una princesa protegida; había una chispa de acero en su postura, una determinación gélida que le recordaba a sí mismo cuando se preparaba para marchar hacia la guerra. No sabía qué había provocado ese cambio en una sola noche, pero como gobernante y como padre, sintió un profundo orgullo.
—Me alegra oír eso, mi leona —asintió el Emperador, apretando sus manos—. El imperio es fuerte, pero solo sobreviven aquellos que saben distinguir a los aliados de los traidores.
*«Así es, padre»*, pensó Vivianne para sí misma mientras tomaba un sorbo de té, sintiendo cómo el líquido caliente le devolvía las fuerzas. *«Y yo ya sé exactamente quiénes son los traidores. Disfruten de su relevancia un par de días más, Alexander, Lucia... Porque el baile de máscaras será el inicio de su ejecución»*.
felicidades por tus novelas.