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Fuera De Juego Y Negocios

Fuera De Juego Y Negocios

Status: En proceso
Genre:Romance de oficina / Romance / CEO
Popularitas:231
Nilai: 5
nombre de autor: Esme libros

Elena solo quería salvar su carrera con un prototipo de cáñamo, pero Aksel Larsson está acostumbrado a ganar cada partido que juega, y esta vez, su objetivo es ella. Una historia corporativa de cocción lenta, ambición y secretos a voces donde las reglas del juego están a punto de cambiar para siempre.

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Capítulo 1

​El tubo fluorescente de la sección de empaques de la sucursal central de Mega-Market Prime parpadeaba con un zumbido sordo y constante. A cualquier otra persona le habría provocado migraña, pero para mí ya se había convertido en el ruido de fondo de mis tardes; el sonido que marcaba el final de mi turno obligatorio y el inicio de mi verdadero trabajo.

​A mis veintiséis años, portar el chaleco gris de asociada de piso no era precisamente el sueño que tenía cuando me gradué de ingeniería textil con honores. La realidad del mercado laboral me había arrastrado a acomodar mercancía y registrar inventarios para apenas cubrir la renta. Sin embargo, no me había rendido. Mis horas libres, esas que rascaba entre el almuerzo y las altas horas de la noche, las pasaba en una mesa vieja al fondo del taller del sótano, rodeada de bocetos, fórmulas químicas y muestras de laboratorio caseras que yo misma costeaba.

​Mi obsesión tenía un nombre técnico: un prototipo de empaque modular a base de fibra de cáñamo prensada.

​Pasé la última hora de la tarde revisando los datos en mi tableta desgastada. No era solo un capricho ecológico; según mis cálculos y las pruebas de resistencia que había hecho con la maquinaria vieja del sótano, este material era 100% biodegradable y, gracias a su diseño encajable, reducía los costos de almacenamiento y distribución de la corporación en un 14%. Era una cifra brutal para una empresa que movía millones de productos al día. Era brillante. Y, sobre todo, era mi único boleto de salida del anonimato corporativo.

​A las ocho de la noche, el dolor en la espalda baja me obligó a estirarme. Guardé los renders impresos en mi carpeta, apagué la tableta y me quité el chaleco de la tienda. Tenía una cena. Una importante, o al menos eso me había repetido a mí misma para convencerme de ponerme un vestido sencillo y un poco de labial.

​Cuando llegué al restaurante de carnes de la esquina, Carlos ya estaba sentado. Llevaba la mitad de su segunda cerveza y ni siquiera levantó la vista cuando arrastré la silla para sentarme frente a él. Tenía los ojos fijos en la pantalla de su teléfono, deslizando el dedo con rapidez mientras analizaba unas gráficas de fútbol de fantasía.

​—Hola —dije, intentando sonar animada mientras colocaba la carpeta sobre la mesa con un cuidado casi reverencial, como si estuviera hecha de cristal.

​—Hola, amor. Qué bueno que llegas, ya iba a pedir —respondió mecánicamente, sin despegar la atención de la pantalla—. Es que hoy es el draft de la liga con los de la oficina y si no escojo bien al delantero me van a destrozar esta temporada.

​Mordí la parte interna de mi mejilla, tragándome el comentario de que yo llevaba esperándolo quince minutos. Decidí ignorar el teléfono y concentrarme en lo que verdaderamente me importaba.

​—No sabes lo que logré hoy en el taller, Carlos —comencé, inclinándome un poco hacia adelante, buscando sus ojos—. Llevaba semanas batallando con la fórmula, pero hoy por fin logré que la densidad del cáñamo resista la humedad del área de congelados de la tienda. ¡Hice la prueba de goteo y el empaque no se deshace! Mantiene la estructura perfectamente.

​Carlos asintió un par de veces, deslizando el dedo por la pantalla una vez más antes de bloquear el teléfono y dejarlo sobre la mesa, aunque manteniendo la mano encima, como si le urgiera volver a tomarlo.

​—Qué bien, amor. Me da gusto —dijo con una sonrisa ligera que no le llegaba a los ojos—. Oye, por cierto, ¿viste si recogieron mi camisa azul de la tintorería? La necesito impecable para la junta de presentación de mañana con los directores de mi zona.

​El entusiasmo que me llenaba el pecho se congeló instantáneamente en mi garganta. Miré la carpeta que estaba entre los dos. Meses de desvelos, fines de semana sacrificados, dedos cortados probando la textura del prensado y horas de estudio técnico se redujeron, en menos de diez segundos, a una pregunta sobre una camisa de algodón.

​—Sí, la recogí. Está en el clóset —respondí en voz baja, retirando la carpeta de la mesa y colocándola sobre mis piernas justo cuando el mesero se acercó a dejar los platos.

​—Perfecto, me salvaste la vida —Carlos tomó los cubiertos y cortó un trozo de carne—. ¿Qué decías del cartón ese?

​—Es cáñamo, Carlos. Y pensé que te importaría un poco más —admití, sintiendo un nudo de frustración en el pecho—. Si esto sale bien, si tan solo logro que alguien en Dirección lo revise, podrían considerar financiar el proyecto piloto. Dejaría de ser asociada de piso. Podría volver a ejercer como ingeniera.

​Carlos soltó una risita ligera. Era de esas risas que él pretendía que sonaran cariñosas, pero que arrastraban un fondo de condescendencia tan pesado que siempre terminaba quemándome el orgullo. Dejó el tenedor y me miró como quien le explica algo obvio a un niño.

​—Elena, por favor, sé realista. Eres una asociada de piso en una de las miles de sucursales de Mega-Market. Dirección ni siquiera sabe en qué pasillo trabajas, mucho menos van a bajar a leer un proyecto de una empleada común. Concéntrate en la boda, ¿sí? Ya falta menos de un mes, tu mamá me está volviendo loco con los centros de mesa y tú sigues perdiendo el tiempo con cartones de plantas. Come, anda, que se va a enfriar.

​Clavé la mirada en mi plato, sintiendo que la comida se me volvía ceniza en la boca. En mi mano izquierda, el anillo de compromiso de pronto se sintió pesado, frío y restrictivo, como una esposa de metal que me ataba a una vida donde mis sueños siempre serían considerados "pérdidas de tiempo". No volví a hablar del tema en toda la noche, y él ni siquiera lo notó.

​Al día siguiente, el ambiente en la tienda amaneció inusualmente tenso. Desde que chequé mi entrada a las siete de la mañana, noté que los gerentes corrían de un lado a otro y el personal de limpieza pulía los pisos como si su vida dependiera de ello. Había rumores fuertes de que los altos mandos del corporativo, incluyendo a los nuevos inversionistas, estaban haciendo una auditoría sorpresa en la sucursal central.

​A las once de la mañana, yo estaba en el pasillo cuatro, reacomodando una fila de productos de limpieza de manera mecánica, con la mente puesta en la discusión de la noche anterior. De pronto, escuché unos pasos apresurados.

​—¿Elena? ¿Elena Vega? —la voz del supervisor de zona sonó ahogada.

​Me giré y lo encontré limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo de tela. Era un hombre que usualmente caminaba con el pecho inflado y que rara vez me dirigía la palabra si no era para reclamar un retraso, pero ahora estaba inusualmente pálido.

​—Sí, señor, ¿ocurre algo? —pregunté, dejando una botella en el estante.

​—Deja eso de inmediato —me ordenó, respirando con dificultad—. Ve a los casilleros, recoge tus cosas y toma la carpeta que tienes ahí guardada. La de los empaques ecológicos de cáñamo.

​Fruncí el ceño, sintiendo un vuelco violento en el estómago. El corazón me dio un vuelco incómodo.

​—¿Pasa algo malo con mi trabajo? ¿Hice algo mal?

​—No lo sé, Elena. Dirección está arriba, en la sala de juntas principal —explicó, mirando nervioso hacia el pasillo central—. El socio mayoritario llegó hace una hora, se puso a revisar el buzón digital de propuestas de innovación de la empresa y exigió ver el proyecto del empaque de cáñamo. Quiere hablar con la ingeniera a cargo ahora mismo. Sube al último piso. Y por lo que más quieras, no lo hagas esperar.

​El supervisor se dio la vuelta a toda prisa, dejándome sola en medio del pasillo. Me quedé estática, con las manos temblando ligeramente. Las palabras de Carlos de la noche anterior regresaron a mi mente, golpeándome con fuerza: "Dirección ni siquiera sabe en qué pasillo trabajas".

​Miré mis manos, un poco gastadas por el trabajo diario de la tienda, y luego levanté la vista hacia las puertas cromadas del elevador ejecutivo al fondo del pasillo. El corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que podía escucharlo en mis oídos. El momento con el que había soñado despierta durante meses estaba ocurriendo, pero el terror de enfrentarme a los tiburones del último piso me estaba paralizando los pies.

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