Un año después de haber arrestado a Erik Cahill, el gran amor de su vida y un virtuoso falsificador de arte, la agente del FBI Jessica Fletcher vive consumida por la culpa y entregada al trabajo. Sin embargo, un audaz robo en un prestigioso banco de Washington D.C. deja como única pista billetes falsos marcados con la marca imperceptible de un dragón. Esta firma revela el peligroso regreso de la "Hermandad de los Dragones", el imperio criminal liderado por Isaac Cahill, el despiadado padre de Erik.
Para desmantelar la organización desde adentro, el FBI otorga a Erik la libertad condicional como consultor encubierto. Jessica es asignada a custodiarlo bajo una identidad falsa. Juntos viajan a San Petersburgo para adentrarse en la guarida del enemigo. Entre el peligro inminente, mentiras calculadas y un tenso reencuentro que revive viejas heridas, ambos deberán enfrentar el pasado para sobrevivir a una misión donde la justicia, la lealtad y el amor están en juego.
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CAPÍTULO XI.
CAPÍTULO XI.
San Petersburgo, Rusia.
Helvetia hotel.
11:09 p.m.
Erik y Jessica tomaron un taxi de regreso al hotel.
Ninguno dijo nada. Todo lo que había que decirse, ya lo había adelantado Isaac Cahill.
En el hotel, ambos subieron a la habitación.
Por rutina, Erik revisó cada rincón de la habitación. A pesar de haber colocado el inhibidor, no confiaba demasiado.
—¿Qué fue lo que pasó allá, Erik? —preguntó Jessica.
Erik suspiro.
—Era Isaac, probándote.
—¿Si soy de fiar? —preguntó ella, sin entender.
Erik negó.
—Quería ver cuanto tardabas en responder. Que tan capaz eres de improvisar y que tan creíble eres.
—¿Pasé la prueba? —preguntó ella arqueando una ceja.
—Sobreviviste. —Respondió Erik.
Él se giró y llamó a recepción para pedir que les suban la cena. Era tarde, ya había pasado la hora de la cena, pero eso no era un impedimento para Erik Cahill.
Jessica buscó de su maleta una muda de ropa y entró a ducharse, mientras Erik acomodaba la mesa y recibía la cena.
Minutos después ella sale vestida con una camisa que le tapaba debajo de los muslos, la cual pertenecía a Erik.
Él la mira inevitablemente. Notó al instante que esa camisa era suya. Probablemente la haya olvidado aquella vez en la cabaña de Bariloche.
No dijo nada, pero la miró durante un segundo de más.
Antes de cenar, fue el turno de Erik de ducharse.
Jessica escuchó el agua caer del otro lado de la puerta. Cerró los ojos por un instante, intentando ordenar sus pensamientos, pero solo consiguió que una frase regresara con más fuerza que antes.
«Probablemente habría terminado pidiéndote que te casaras conmigo.»
¿Lo decía en serio? ¿Había pensado en ella durante todos esos meses en prisión? ¿O aquella confesión solo había sido una despedida imposible?
Mientras tanto, Erik permitió que el agua caliente cayera lentamente sobre su cuerpo. Tener que fingir delante de su padre le resultaba más cansador que escabullirse entre los tejados del Louvre.
Erik salió del baño, con una talla envuelta alrededor de la cintura. El vapor salió con él, envolviendo por un instante la habitación.
Jessica levanta la vista y su mirada se cruzan durante unos segundos, hasta que desvían la mirada.
Erik busca su pijama de la maleta y regresando al baño se viste. Para cuando vuelve a salir, ya esta completamente vestido.
Los dos se sientan a cenar en silencio.
Pasan unos minutos hasta que Jessica, sin pensar, dice:
—¿Lo decías enserio?
Erik no entiende a que se refiere.
—En el puente. —Agrega ella.
Erik sabía a que se refería, pero no respondió enseguida.
—No suelo bromear sobre esas cosas.
El silencio se hace presente de nuevo.
—Lo hiciste bien —murmuró Erik, mientras se llevaba un bocado a la boca. —Con mi padre.
Jessica levantó la vista.
—¿Sí?
—Mucho mejor de lo que esperaba.
Jessica asintió.
—¿Pero…?
Erik sonrió apenas.
—Buscaste mi aprobación demasiadas veces. —Dijo. —Le demostraste a mi padre que tus decisiones dependen demasiado de mí.
Jessica suspiró.
—Mi padre te pondrá a prueba demasiadas veces. Jugará contigo, con tu mente…
En ese momento, el celular de Erik comenzó a sonar.
—Es Mark. —Dijo, poniéndolo en alta voz.
—Hola Mark. —Saludó Jessica.
—Mark, ¿lograste escuchar la conversación? —preguntó Erik.
—¿Cuál conversación? —preguntó Jessica sin entender.
—Antes de que mi padre llegue, llamé a Mark. Quería que escuche la conversación.
—¿Desde cuando hacen planes a mis espaldas? —preguntó Jessica.
—Ya me conoces. Me gusta improvisar. —Sonrió Erik, con arrogancia.
Era la primera vez, desde que salió de la cárcel, que Jessica veía su amplia sonrisa plasmada en su rostro.
—Entonces… —preguntó Mark, interrumpiendo. —¿Dónde será la cena con papá?
Erik dejó lentamente los cubiertos sobre el plato.
—En la casa de mi padre.
Nadie respondió.
—¿Qué ocurre? —preguntó Jessica.
Erik la miró.
—Espero que estés lista detective, mañana entraremos a la guarida del Dragón.