Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.
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Capítulo 1
Capítulo 1: ¿Cuál es el señor Montero?
La cremallera no iba a subir.
Alegra se miró en el espejo del vestidor y exhaló despacio. El vestido de coctel —rojo, ceñido, con un tajo lateral que no dejaba nada a la imaginación— le quedaba como un guante. El problema era que el guante era una talla menos.
—¡Apúrate, Alegra, ya casi te toca! —la voz de Luisa, la jefa de departamento, le llegó amortiguada desde el otro lado de la puerta.
—¡Un momento!
Succionó el estómago con todas sus fuerzas. La cremallera cedió dos centímetros más. Lo suficiente.
Nota mental: no cenar cuatro tacos al pastor antes de un evento corporativo. Tres es el límite.
Se alisó la tela sobre las caderas y se examinó con ojo crítico. El vestido original era para otra chica —la edecán que canceló a última hora— y Alegra era la única en toda la empresa con las "medidas" para usarlo. Cortesía de Luisa, que la había interceptado en el pasillo del baño con la urgencia de alguien desactivando una bomba.
—¡Oye! Tú eres la nueva, ¿verdad? ¿Alegra?
—Sí, soy yo...
—Ven, ven, necesito que me ayudes con algo.
"Algo" resultó ser enfundarse en un vestido ajeno para subir a un escenario frente a doscientas personas. Alegra llevaba exactamente dos días en Montero Capital. Ni siquiera sabía dónde estaba la fotocopiadora.
La puerta se abrió de golpe. Luisa asomó la cabeza, la recorrió con la mirada de arriba abajo y soltó un silbido.
—¡Pero qué escondido te lo tenías! Con esas curvas, este vestido te queda mejor que a la original.
Alegra sintió el calor subirle por el cuello.
—Luisa, la verdad es que me aprieta un poco en la...
—¡Perfecta! —Luisa ya la jalaba del brazo—. Mira, es facilísimo: agarras la charola, subes al escenario, le das el trofeo al señor Montero y bajas. Nada más.
—¿Y cuál es el señor Montero?
Pero Luisa ya había desaparecido entre la multitud del salón de eventos.
El hotel era uno de esos lugares en Santa Fe donde el mármol del piso valía más que el departamento de sus padres. La posada de fin de año de Montero Capital ocupaba todo el salón principal: mesas con centros de mesa plateados, un escenario iluminado con luces doradas y un DJ que llevaba media hora poniendo jazz suave que nadie escuchaba.
Alegra apretó la charola contra su estómago —que seguía amenazando con rebelarse contra la cremallera— y caminó hacia el costado del escenario.
Está bien, Alegra. Llevas dos días. No conoces a nadie. Nadie te conoce. Si la riegas, igual nadie va a recordar tu cara.
Claro que van a recordar tu cara. Vas vestida de rojo en un mar de negro.
La presentadora anunció el siguiente premio. Algo sobre liderazgo en innovación.
—Ahora —siseó Luisa desde algún punto invisible, y Alegra sintió un empujón suave en la espalda.
Subió al escenario con la sonrisa más profesional que sus nervios le permitían. Bajo las luces, el salón se volvió un borrón de caras. Sus tacones —también prestados, medio número más grandes— resonaron sobre la madera.
Fue entonces cuando cayó en cuenta del problema.
Había tres personas en el escenario: una mujer que aplaudía y dos hombres de espaldas.
¿Cuál de los dos es el señor Montero?
Descartó a la mujer. Era la premiada. Le quedaban dos opciones: a la izquierda, un hombre de complexión robusta, cuarenta y tantos años, con una sonrisa afable y un traje que le apretaba en los mismos lugares donde a ella le apretaba el vestido. A la derecha, una espalda alta, recta, enfundada en un traje oscuro que le sentaba como si lo hubieran cosido encima.
El de la izquierda se giró un poco. Sonreía.
Director general. Tiene que ser alguien mayor. Alguien con experiencia. Alguien que sonría así, como si fuera el dueño del lugar.
Alegra enderezó la espalda, compuso su mejor expresión de profesionalismo y caminó directamente hacia él.
—Señor Montero, felicid...
El hombre de la derecha se volvió.
Lo primero que registró fueron los ojos. Claros. Fríos. Del color de la escarcha sobre un lago en invierno. La miraron a través de unos lentes de armazón delgado con la misma emoción con que se mira un estado financiero.
Lo segundo fue la mandíbula. Afilada. Como cortada a cincel.
Lo tercero fue que no sonreía. No se acercaba. No hacía absolutamente nada. Solo la miraba.
Y entonces el hombre a quien ella había elegido por error se inclinó amablemente, tomó el trofeo de la charola y se lo entregó a la premiada.
Alegra bajó del escenario con las piernas de gelatina.
¿Me equivoqué? ¿O no me equivoqué? ¿Quién tomó el trofeo? ¿El de la izquierda era el señor Montero después de todo?
La premiada dijo "Gracias, señor Montero" mientras recibía el trofeo del hombre de la derecha.
¡El de la derecha! ¡Era el de la derecha!
Pero... si el de la derecha era el señor Montero, entonces el otro señor tomó el trofeo de sus manos para dárselo a... porque ella se lo entregó al equivocado... y el correcto tuvo que intervenir sin que ella se diera cuenta...
Oh, no.
El resto de la ceremonia pasó en un borrón. Le tocó subir dos veces más con otros premios. Para entonces ya sabía perfectamente cuál era el señor Montero: el hombre alto, joven —no podía tener más de treinta y pocos—, con ojos que se sentían como un escáner de aeropuerto. Cada vez que se acercaba a él para entregar la charola, sus dedos se rozaban un instante. Los de él estaban helados. Los de ella ardían.
No intercambiaron una sola palabra más allá de "gracias" en la última entrega. Pero esa vez, él la miró tres segundos de más. Alegra los contó.
Uno. Dos. Tres. Y el corazón haciendo cosas que no debería hacer por un jefe al que conocí hace literalmente cuarenta minutos.
Terminó la ceremonia. Alegra se dirigió al vestidor casi corriendo. Si no se quitaba ese vestido en los próximos treinta segundos, su estómago iba a liberarse por cuenta propia.
Pero Luisa la interceptó una vez más.
—Necesito que le entregues esta carpeta al licenciado Durán. Es el señor gordito que estaba en el escenario. En cuanto la entregues te puedes ir a cambiar.
—Luisa, de verdad necesito...
—¡Un minuto nada más!
Luisa desapareció rumbo al baño. Alegra se quedó sola en los bastidores, con la carpeta en una mano y la otra sobre su estómago.
Al diablo.
Se relajó. Dejó que su vientre volviera a su estado natural —suave, redondo, insolentemente cómodo— y exhaló con un alivio que le salió del alma.
—Mmh.
El sonido vino de atrás. Alegra giró la cabeza.
Alejandro Montero estaba a tres metros de ella. Pasaba por los bastidores camino a la salida.
Sus ojos —esos ojos claros, imposibles— bajaron una fracción de segundo hacia el vientre que ella acababa de liberar. Una fracción. Un parpadeo. Y volvieron a su rostro.
—Buenas noches —dijo él con el mismo tono con que había dicho "gracias": correcto, educado, sin temperatura.
—¡Buenas noches, señor Montero! —Alegra se llevó la mano al estómago como si pudiera esconderlo, pero él ya se alejaba.
Se quedó mirando su espalda hasta que desapareció por la puerta. Luego bajó la vista a su vientre.
—¿Me vio? —murmuró para sí misma. Luego se encogió de hombros—. Bueno, me vio. ¿Y qué? ¿Cuál bonita no tiene su pancita?
Se cambió de ropa, devolvió el vestido, entregó la carpeta y salió del hotel con olor a perfume ajeno y la certeza de que había sobrevivido a la noche más absurda de su vida laboral.
No tenía forma de saber que a treinta pisos de distancia, en un departamento con vista a las luces de Reforma, Alejandro Montero estaba cerrando la puerta de una habitación que nadie más usaba. Sacó un pincel de un cajón. Destapó un frasco de pintura. Y sobre el papel en blanco, empezó a trazar un mismo rostro, una y otra vez.
Una sonrisa con hoyuelos.
No se detuvo hasta las dos de la mañana.