En el reino de Aethelgard, el príncipe Aelion es un guerrero élfico invicto, de alma pura y de magia indomable. Pero cuando una traición lo expone a un afrodisíaco, su cordura se desmorona en las profundidades del bosque. Allí se cruza con Mia, una mestiza de ardientes ojos ámbar que, para salvarlo del fuego que lo consume, accede a entregarse a él.
En medio del calor de la pasión, Aelion descubre lo impensable: ¡ELLA ES SU ALMA GEMELA!
Sin embargo, cuando Mia acepta su dinero por desesperación para salvar la vida de su tío enfermo, el orgullo del príncipe se rompe al creer que la mujer de su vida no tiene honor. Obligados a reencontrarse bajo la mirada de la realeza y aplastados por malentendidos, celos e impulsos incontrolables, ambos descubrirán que la peor cicatriz no es la que se lleva en la piel... sino la que se queda grabada en el alma.
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CAPÍTULO 23 COLAPSÓ EN EL JARDÍN
Mia
Sentía las piernas como si fueran de plomo. Cada paso que daba fuera de la arena del Gran Patio me costaba un esfuerzo sobrehumano, como si el aire mismo se hubiera vuelto tan denso que me sofocaba los pulmones.
El eco de los murmullos de la nobleza y las miradas estupefactas de los profesores aún zumbaban en mis oídos, pero todo eso se sentía lejano, distorsionado, como el rumor del agua bajo el hielo.
Crucé el arco de piedra que conducía a los jardines traseros de la academia, buscando desesperadamente la sombra de los cipreses antiguos y el aire fresco de la tarde.
Tenía las manos heladas, pero por dentro me abrasaba una fiebre extraña. Mis canales mágicos, ardiendo tras haber convocado la tierra, el viento y el fuego en una sola secuencia, latían con un pulso doloroso y desbocado.
¿Qué acabo de hacer?, me pregunté, llevándome una mano temblorosa al pecho mientras me apoyaba contra el tronco de un roble. Iba a pasar desapercibida... Se suponía que debía ser una iniciada más.
Pero la mirada de Aelion desde el estrado lo había cambiado todo. Verlo allí, erguido como un dios implacable con su túnica de gala y sus ojos dorados fijos en mí, despertó un fuego dormido en mi interior.
No pude contenerme. Quise mostrarle que ya no era la campesina asustada de las Comarcas; quise demostrarle que la chispa que habitaba en mí no era un accidente ni una limosna.
Giré el rostro hacia la fuente de piedra, intentando calmar el ritmo desenfrenado de mi corazón, cuando el sonido de unos pasos firmes y apresurados sobre la grava interrumpió el silencio del jardín.
No necesité voltear para saber quién era. El aire a mi alrededor se volvió eléctrico, cargado con esa fragancia a pino, ozono y magia pura que conocía mejor que a mí misma.
—Mia.
Su voz resonó a mi espalda, rasposa, agitada, llena de una mezcla explosiva de autoridad y desesperación.
Me tensé y me giré despacio, manteniendo la espalda apoyada contra el tronco del árbol para no perder el equilibrio. Aelion caminaba hacia mí a grandes zancadas.
Había dejado atrás a la guardia real, a su madre y a los maestros; la capa de gala ondeaba a sus espaldas y su mirada dorada me devoraba por completo, buscando cada rasgo de mi cara como si temiera que me fuera a desvanecer en el aire.
—Aléjate de mi, Aelion... —musité, intentando sonar firme, aunque mi voz apenas fue un susurro roto.
—No me pidas que me aleje. Ni hoy, ni nunca más —sentenció, deteniéndose a apenas un metro de mí.
La distancia entre los dos era ridícula, pero la tensión acumulada durante semanas se erguía entre nosotros como un muro infranqueable.
Su pecho subía y bajaba con violencia, y por primera vez desde que lo conocía, vi sus perfectos rasgos élficos despojados de toda compostura imperial. Había dolor en sus ojos. Un dolor añejo, profundo y voraz.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó, alzando las manos como si quisiera tocarme, aunque las congeló en el aire, dudando—. ¿Por qué me ocultaste que poseías semejante nivel de magia? ¿Por qué me dejaste creer que eras una humana frágil que necesitaba ser protegida de cada sombra del mundo?
Apreté los puños contra la tela de mi túnica gris de iniciada.
—¿Y qué cambia que tenga magia o no? —respondí, sintiendo que una punzada de amargura me perforaba la garganta—. ¿Acaso eso me hace menos campesina a los ojos de tu corte? ¿Eso borra de dónde vengo?
—¡Cambia todo! —exclamó Aelion, dando un paso más hacia mí, acortando la brecha hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. ¡Tuviste que hacer florecer la flor de prueba! ¡Tuviste que atravesar el imperio sola! Mia, cuando te vi en la tercera fila de los aspirantes, sentí que la cabeza me iba a estallar. Pensé... pensé que te había perdido para siempre.
Una risa amarga y sin ganas se me escapó del pecho.
—Nunca me tuviste, Aelion.
Sus ojos se entrecerraron y una sombra de puro tormento cruzó su rostro.
—¿Por eso te fuiste? —preguntó, y por primera vez escuché una nota de vulnerabilidad tan cruda en su voz que me encogió el corazón—. ¿Por eso abandonaste la Comarcas? ¿Por eso dejaste la seguridad que intenté darte? Sé que lo que teníamos era complicado, Mia... Sé que encontrarnos a oscuras, en la penumbra del bosque o en refugios olvidados, solo para consumirnos en la pasión, te hacía sentir como un secreto vergonzoso. Pensé... maldita sea, todos los días desde que te fuiste me dije a mí mismo que me odiabas. Que no soportabas ser mi amante en las sombras.
Las palabras de Aelion cayeron sobre el jardín como piedras pesadas. Me quedé mirándolo, impactada por la confesión. Él creía que yo lo había abandonado por rencor. Creía que me había ido huyendo del deseo y del dolor de no ser aceptada.
—No fue por eso —dije suavemente, negando con la cabeza mientras el aire en mis pulmones comenzaba a faltar de nuevo.
—¿Entonces por qué, Mia? —suplicó, rozando con la yema de sus dedos la comisura de mi mejilla, un contacto tan abrasador que me hizo temblar—. ¿Por qué arriesgar tu vida para entrar a esta academia?
—Porque necesitaba saber quién era yo —articulé, haciendo un esfuerzo supremo por mantener la vista fija en la suya, aunque el mundo alrededor empezaba a dar vueltas—. No me fui por odio hacia ti, Aelion. Tampoco porque me molestara lo que sentíamos... Me fui porque no quería ser una sombra. No quería ser una chica desvalida que dependiera de tus limosnas o de tu protección para no morir de hambre. Quería descubrir mi propio poder. Quería valerme por mí misma, ser fuerte... ser digna de estar en cualquier lugar sin tener que agachar la cabeza ante nadie.
Aelion se congeló. Sus ojos dorados se dilataron mientras procesaba cada una de mis palabras. Su mano bajó despacio de mi rostro hasta posarse en mi hombro, apretándolo con una ternura desesperada.
—Siempre fuiste digna... —murmuró con la voz quebrada—. Mucho más de lo que este maldito reino o yo jamás mereceremos.
Quise responderle. Quise decirle que la atracción que sentía por él jamás se había apagado, que lo había perdonado hace mucho tiempo por la torpeza de su orgullo y que el recuerdo de sus manos aún me quemaba la piel en las noches frías. Pero las palabras se me atascaron en la garganta.
De pronto, un dolor sordo y profundo atravesó mi abdomen, como si un ancla helada se hubiera soltado en mis entrañas.
El jardín entero se tambaleó. Los árboles de roble, la fuente de piedra y la figura de Aelion se desdibujaron en una masa confusa de sombras y luces distorsionadas. El zumbido en mis oídos se convirtió en un rugido ensordecedor.
—Mia... —la voz de Aelion sonó lejana, como si viniera desde el fondo de un pozo.
—Me... me siento mal... —alcancé a balbucear.
Intenté aferrarme al tronco del árbol, pero mis dedos no encontraron agarre. Mis rodillas se doblaron por completo. El suelo de grava se lanzó hacia mi rostro mientras la oscuridad comenzaba a tragarme por los bordes de la visión.
No llegué a tocar la tierra.
Antes de que mi cuerpo impactara contra el suelo, dos brazos poderosos me atraparon en el aire con una precisión feroz. Sentí el impacto sordo de su pecho contra el mío, el calor sofocante de su piel y el perfume a pino que me envolvió por completo.
—¡Mia! ¡MIA! —el grito de Aelion rasgó la tranquilidad del jardín, cargado de un pánico salvaje que jamás le había escuchado.
Me pegó a su torso, pasándome un brazo por debajo de las rodillas y el otro alrededor de la espalda, alzándome como si no pesara nada. Recosté la cabeza contra su cuello por puro instinto; podía sentir la vibración desenfrenada de su pulso golpeando contra mi mejilla.
—Quédate conmigo... ¡Abre los ojos, por favor! —suplicó entre jadeos mientras echaba a correr a toda velocidad.
Traté de mantener los párpados abiertos, pero pesaban toneladas. A través de la penumbra que me devoraba, vi su perfil afilado contra el cielo del atardecer. Tenía el rostro pálido, desencajado por un terror absoluto, y los labios apretados en una línea de pura angustia.
Aelion corría con zancadas agigantadas, esquivando los pasillos de la academia, ignorando las miradas de los sirvientes y los gritos de sorpresa de los guardias que intentaban cerrarle el paso.
—¡Abran paso! —rugió con una voz de mando que hizo retumbar las paredes de piedra de los pasillos reales—. ¡Alguien busque a los sanadores! ¡AHORA!
—Príncipe Aelion, ¿qué sucede? —la voz de un oficial resonó en la distancia, pero Aelion ni siquiera se detuvo a responder.
—¡Llama a Albus! —le gritó a un guardia en la puerta de los aposentos reales—. ¡Trae a Albus a mis aposentos de inmediato! ¡Dile que es una orden directa!
Sentí la brusquedad del cambio de aire cuando cruzamos las pesadas puertas de roble hacia las habitaciones privadas del príncipe. El aroma a sándalo y cuero de sus aposentos me envolvió de golpe. Aelion me atravesó el salón y me depositó con infinita delicadeza sobre el enorme lecho cubierto de sábanas de seda oscuras.
—Mia... Mírame, por favor... —murmuró, cayendo de rodillas al lado de la cama.
Su mano temblorosa se enredó en mi cabello, apartándome los mechones húmedos de la frente. Estaba completamente aterrorizado. El gran Príncipe Heredero de Aethelgard, el guerrero imperturbable, estaba de rodillas frente a una cama, temblando de miedo por mí.
—Demasiada... magia... —conseguí articular en un susurro casi inaudible, sintiendo que la conciencia se me escapaba por completo.
—Shh, no hables. No gaste energías —me rogó, tomando mi mano helada entre las suyas y llevándosela a los labios para besarme los nudillos con desesperación—. Ya estás a salvo. Te tengo. No voy a dejar que nada te pase.
Escuché el sonido seco de la puerta principal abriéndose de golpe y el eco de unos pasos apresurados que se acercaban al dormitorio.
—¡Aelion! —la voz de Albus resonó desde el umbral, firme y alerta—. ¿Qué demonios pasó?
—¡Albus, gracias a los dioses! —respondió Aelion sin soltar mi mano, girando apenas la cabeza hacia su mejor amigo—. Se desmayó. Canalizó demasiado poder en la demostración y colapsó. Necesito que busques a mi madre. Trae a la Reina Elora ahora mismo. Solo la magia de diagnóstico de la corona puede revisar sus canales sin dañarla.
—Voy de inmediato —sentenció Albus con la lealtad absoluta que lo caracterizaba, girando sobre sus talones sin dudar un solo segundo.
Esa fue la última imagen que mi mente logró registrar: Aelion arrodillado junto a mí, apretando mi mano contra su mejilla mientras las lágrimas de pánico brillaban en sus ojos dorados, y la sombra de la inconsciencia cerrándose finalmente sobre mí, arrastrándome hacia un abismo frío y profundo.