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Sirena Encantada

Sirena Encantada

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Romance / Completas
Popularitas:3k
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Esta historia comienza con un humilde pescador y una joven que llega a la ciudad de Cartagena en busca de trabajo y de su madrina, con quien espera vivir después de perder a su madre. Un día, mientras recorre la playa buscando a su tía, una vendedora ambulante, se acerca al mar porque le encanta el agua. Deja su maleta por un momento en la orilla, pero una fuerte ola se la lleva. Sin pensarlo dos veces, entra al mar para recuperarla y sale con una elegancia que parece la de una verdadera sirena. Al verla, el pescador queda fascinado y desde ese día comienza a llamarla "Sirena Encantada

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: ¿Querés ser mi novia?

Habían pasado dos meses desde que conocí a mi sirenita. En ese tiempo nos habíamos vuelto inseparables. Casi todas las tardes, después de vender los bocachicos, las mojarras, los pargos, los róbalos, las corvinas, las sierras, los bagres y los jureles, iba a buscarla para caminar por la playa.

Yo seguía escribiendo canciones y ella siempre era la primera en escucharlas.

La verdad era que ya no podía imaginar un día sin verla.

Aquella tarde el cielo estaba pintado de naranja y la brisa del Caribe soplaba suave. Caminábamos descalzos por la orilla del mar mientras las olas mojaban nuestros pies.

La miré de reojo.

Estaba sonriendo.

Sentí que ese era el momento.

Respiré profundo.

—Ajá... sirenita.

Ella volteó a verme.

—¿Qué pasó, pescador?

—Quiero decirte una cosa.

Ella se quedó mirándome con curiosidad.

—Decime.

Me puse tan nervioso que hasta sentí que la voz me temblaba.

—Vos sabés que desde el primer día que te vi saliendo del mar pensé que parecías una sirena.

Ella soltó una risita.

—Y todavía seguís con ese apodo.

—Porque te queda bonito.

Ella negó con la cabeza, divertida.

—Vos sí sos terco.

Sonreí.

—Puede ser.

Nos detuvimos frente al mar.

La brisa movía su cabello y yo no podía dejar de mirarla.

—Sirenita... en estos dos meses me di cuenta de que sos una mujer increíble. Sos trabajadora, valiente, humilde y tenés un corazón muy bonito. Desde que llegaste a mi vida, mis días son diferentes. Hasta mis canciones suenan más bonitas.

Ella bajó la mirada, un poco apenada.

Tomé aire una vez más.

—La verdad... me enamoré de vos.

Ella levantó lentamente la cabeza y me miró directo a los ojos.

—¿En serio?

—Más de lo que te imaginás.

Por un momento ninguno de los dos habló.

Solo se escuchaban las olas rompiendo en la playa.

Entonces reuní todo el valor que tenía.

Tomé sus manos entre las mías.

—Mileidis Figueroa... ¿querés ser mi novia?

Mi corazón latía tan fuerte que pensé que ella podía escucharlo.

Ella sonrió con ternura.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Ay, Cristian...

Pensé que iba a decir que no.

Pero ella apretó suavemente mis manos.

—Cuando llegué a Cartagena me sentía perdida. Sentía que el mundo se me había acabado desde que mi mamá murió.

Sentí un nudo en la garganta.

Ella continuó.

—Después apareciste vos con esa sonrisa, con tus canciones y con esa costumbre de decirme "sirenita". Al principio me parecías un costeño bien cansón.

Me eché a reír.

—Lo sé.

Ella también rió.

—Pero con el tiempo conocí al verdadero Cristian. Sos un hombre trabajador, respetuoso y de buen corazón. Siempre estuviste ahí cuando más lo necesité.

Respiró profundo y sonrió.

—Así que sí...

Hizo una pequeña pausa que casi me mata de los nervios.

—Sí quiero ser tu novia.

Sentí que el pecho me explotaba de felicidad.

—¿De verdad?

Ella asintió.

—Claro que sí, pescador.

Sin pensarlo dos veces la abracé con todas mis fuerzas.

Ella también me abrazó.

Los dos nos quedamos riendo como dos bobos en medio de la playa.

Después nos separamos un poquito.

La miré fijamente.

Ella también me estaba mirando.

No hacía falta decir nada más.

Poco a poco me acerqué.

—¿Puedo?

Ella sonrió con timidez.

—Sí...

Nuestros rostros quedaron muy cerca.

La brisa del Caribe seguía soplando mientras el sol terminaba de esconderse.

Entonces nuestros labios se encontraron en un beso dulce, lento y lleno de cariño.

Fue nuestro primer beso.

Cuando nos separamos, los dos nos quedamos sonriendo.

Le acaricié la mejilla con suavidad.

—Te lo dije desde el primer día.

Ella arqueó una ceja.

—¿Qué cosa?

—Que eras una sirena.

Ella soltó una carcajada y me dio un pequeño golpe en el brazo.

—¡Vos no cambiás!

—Ni quiero cambiar.

Tomé su mano con una gran sonrisa.

Desde ese momento ya no era solo mi sirenita.

Ahora era mi novia, y sentía que era el hombre más feliz de toda Cartagena.

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