Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
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Capítulo 24
Después de almorzar juntas en un restaurante, Patricia volvió a llevar a Valeria de recorrido por el centro comercial. Los pasos de la mujer desbordaban entusiasmo. De vez en cuando se detenía frente a algún escaparate que le llamaba la atención y arrastraba a Valeria al interior de la tienda.
Visitaron un local tras otro. Patricia eligió toda clase de prendas para su nuera: camisetas casuales, blusas, pantalones, faldas, blazers y hasta varios pares de zapatos, sandalias y bolsos. Según ella, Valeria iba a necesitar todo aquello cuando comenzara la universidad en unos meses.
Mientras tanto, Valeria se limitaba a seguirla cargando las bolsas de compras, cuyo número no paraba de crecer. Cuantas más se acumulaban, más se le ensombrecía la expresión.
—Mamá —llamó Valeria en voz baja.
Patricia, que estaba examinando un blazer, volteó de inmediato.
—¿Sí, querida?
Valeria señaló la montaña de bolsas que cargaban entre las dos.
—Creo que ya es suficiente.
Patricia esbozó una media sonrisa.
—¿Demasiadas según quién?
—Según yo —respondió Valeria con una sonrisa tímida—. Todavía tengo la ropa de antes. Y la que me compró Sebastián también está en buen estado.
Patricia negó con suavidad mientras colgaba de vuelta el blazer que tenía en la mano.
—No puede ser así.
Valeria frunció el ceño.
—¿Por qué no, mamá?
Patricia la tomó del brazo y la guio con calma hacia la salida de la tienda.
—Valeria, dentro de poco vas a entrar en un ambiente completamente nuevo. Tus compañeros van a venir de los orígenes más diversos. Habrá profesores, estudiantes y personas que todavía no te conocen.
Valeria la escuchó con atención.
—La apariencia no define a nadie —continuó Patricia con dulzura—. Pero vestirse con pulcritud y de manera adecuada es una forma de respetarse a una misma y también de respetar a los demás.
Valeria asintió despacio.
—Lo entiendo, mamá.
Patricia le dedicó una sonrisa orgullosa.
—No quiero que te conviertas en una mujer obsesionada con los lujos. Pero tampoco quiero que sigas viviendo como antes, postergándote siempre a ti misma.
Aquellas palabras le calentaron el corazón. Hasta entonces, nadie se había preocupado por lo que ella necesitaba. Desde niña se había acostumbrado a usar la ropa usada que le daban Camila o las vecinas. Si la prenda todavía servía, jamás había pedido más.
Ahora, por primera vez, alguien quería de verdad que luciera mejor.
Al poco rato, Patricia se detuvo frente a una boutique exclusiva para mujeres.
—¡Vamos, entra!
Valeria siguió los pasos de su suegra. Sin embargo, apenas cruzó el umbral, se quedó clavada en el sitio. Los ojos se le abrieron de par en par al ver las prendas expuestas en los maniquíes.
—¡Mamá, eso...!
Patricia volteó.
—¿Sí?
Valeria se le acercó y le susurró para que las empleadas no la oyeran.
—¿Por qué toda la ropa es tan... atrevida?
Patricia siguió la dirección de su mirada. Unos segundos después soltó una risita.
—Ah, ¿eso?
Valeria asintió con aire inocente.
—Sí.
—Eso no es ropa para salir a la calle.
—Oh. —Valeria volvió a asentir despacio, aunque su cara seguía reflejando confusión.
Patricia comenzó a elegir varios camisones de tela suave y diseño elegante.
—Este color crema es precioso. El azul celeste también. Hmm... el rosa también es lindo.
Una empleada de la boutique se apresuró a recoger las prendas que Patricia iba seleccionando.
Al ver la cantidad, Valeria entró en pánico.
—Mamá.
—¿Sí?
—No hace falta que me compres eso.
Patricia la observó extrañada.
—¿Por qué?
Valeria agachó la cabeza. La voz se le redujo a un hilo.
—Me da pena.
—¿Pena de qué?
—Es que... —lanzó una mirada furtiva a las prendas que la empleada sostenía—. Nunca he usado nada así.
Patricia no pudo contener una sonrisa divertida al ver el rostro de su nuera enrojecido hasta las orejas.
—Valeria.
—¿Sí, mamá?
—Es ropa de dormir.
—Toda esposa la necesita.
Aquella frase le encendió el rostro aún más. Se apresuró a bajar la cabeza hasta que la barbilla casi le tocó el pecho.
—Pero...
Patricia rio con suavidad y le acarició el dorso de la mano.
—Tranquila. No tienes que usarla de inmediato si no te sientes cómoda.
Valeria alzó la cara poco a poco.
—¿De verdad?
—Por supuesto. —Patricia le regaló una sonrisa cálida—. Lo más importante es que te sientas bien contigo misma.
Hizo una pausa breve antes de añadir:
—Pero lucir un poco más bonita y atractiva para tu marido de vez en cuando tampoco es ningún pecado.
El corazón de Valeria se desbocó. Sin querer, la imagen de Sebastián le cruzó la mente. Se imaginó a su esposo viéndola con uno de aquellos camisones y el rubor le cubrió toda la cara.
—Dios mío —murmuró Patricia conteniendo la risa—. Eres realmente adorable.
Valeria se tapó el rostro con ambas manos.
—Mamá, me muero de la vergüenza.
Al presenciar la reacción de Valeria, varias empleadas de la boutique disimularon una sonrisa. Estaban acostumbradas a atender clientas de clase alta que escogían todo tipo de prendas sin el menor reparo. Era la primera vez que veían a una mujer tan hermosa ruborizarse de aquel modo solo porque la invitaban a comprar ropa de dormir.
Una de ellas le susurró a su compañera:
—Esa señora joven es encantadora.
—Sí. Preciosa, pero completamente ingenua.
Patricia, que alcanzó a oír el comentario, se limitó a sonreír con orgullo. En su opinión, la inocencia de Valeria no era un defecto. Al contrario, era justamente esa pureza la que hacía de su nuera alguien tan especial.
Mientras tanto, a varios kilómetros de allí, en la sala de juntas de la empresa, Sebastián presidía una reunión con varios gerentes. Tenía la vista fija en la pantalla de presentación al frente de la sala.
—Respecto al informe de distribución de este mes...
—¡Achís! —La frase quedó a medias. Estornudó con fuerza.
Antes de que pudiera retomar la palabra... —¡Achís! —volvió a estornudar por segunda vez.
Varios de los presentes intercambiaron miradas.
—Señor Sebastián, ¿se resfrió? —preguntó uno de los gerentes con tono preocupado.
Sebastián tomó un pañuelo de papel y se limpió la nariz con calma.
—No. Estoy bien.
Alguien debe estar hablando de mí, pensó fugaz, aunque descartó la idea de inmediato.
Volvió a fijar la vista en la pantalla como si nada hubiera ocurrido. Entretanto, en las profundidades del centro comercial, Patricia contemplaba con satisfacción la pila cada vez más alta de bolsas de compras.
Sin tener la menor idea de lo que estaba sucediendo, Sebastián no sospechaba que su tarjeta llevaba todo el día "trabajando a destajo" en manos de su madre y su esposa. La cajera incluso tuvo que verificar dos veces el límite de crédito, asombrada por el volumen de compras de Patricia.