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Status: En proceso
Genre:Aventura / Viaje a un mundo de fantasía / Reencarnación
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: FuKagaku

Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.

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CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza — Parte 13

​El sol de la tarde comenzaba a teñir de un tono rojizo los riscos periféricos del territorio de Hanyang. La recolección de hierbas había sido solo una fachada logística; el verdadero trabajo de ingeniería química había tomado más de una hora de meticulosa precisión en la parte trasera del valle de cultivo de baja categoría.

​Ocultas tras un montículo de rocas erosionadas, donde la vegetación silvestre crecía densamente, Lin y Meili se habían movido con la velocidad y el sigilo de depredadores experimentados. En esa franja marginal del terreno, protegida de la vista de los capataces por una cortina de arbustos espinosos conocidos como zarzas de hierro*, habían recolectado los ingredientes clave: racimos de hongos de hiel negra que brotaban en la humedad de las grietas oscuras y brotes frescos de raíz de bilis de zorro, una planta de tallo retorcido y savia amarillenta que prosperaba en el suelo mineralizado de la zona fronteriza.

​Mientras Daniel vigilaba el perímetro con los ojos estrechados por la concentración, las dos jóvenes despojaron los tallos y trituraron los hongos con una piedra plana, mezclando las sustancias con una precisión milimétrica que desafiaba la escasez de herramientas. Con unas cuantas hojas de loto secas y resina vegetal, moldearon pequeñas esferas compactas: bombas de humo de disolución orgánica diseñadas para liberar una carga masiva de toxinas volátiles al entrar en contacto con el calor o la humedad.

​—Tardamos exactamente una hora y diecisiete minutos —murmuró Daniel, revisando mentalmente las variables de tiempo antes de girarse hacia ellas con severidad—. Si los guardias del perímetro principal hacen su ronda de relevo a las cinco en punto, tenemos una ventana crítica de trescientos segundos para saturar su sector y cruzar hacia el bosque de transición sin activar las alarmas de Qi.

​Meili terminó de sellar la última esfera de humo con un toque de su propia energía interna contenida, esbozando una sonrisa de labios perfectos que, una vez más, hizo que a Daniel le recorriera un escalofrío en la nuca.

​—Tranquilo, pequeño estratega —respondió Meili con voz suave, guardando las cargas en una bolsa de tela oculta bajo sus harapos—. Los perros guardianes de Hanyang confían demasiado en sus espadas y muy poco en la aerodinámica del veneno. Vamos a darles una pequeña sorpresa estomacal.

​Aprovechando un punto ciego en la rotación de la guardia, las tres sombras se deslizaron hacia el campamento temporal que los centinelas utilizaban para descansar a mitad de la jornada. Con un movimiento sincronizado, Meili arrojó dos de las esferas directamente al interior de la gran carpa de lona donde los soldados guardaban sus raciones y botas, mientras Lin deslizó otra carga humeante cerca del brasero principal y de los barriles de agua potable del sector.

​En menos de un minuto, una neblina densa, de un tono grisáceo y sutilmente amargo, comenzó a filtrarse por las costuras de las carpas y a mezclarse con el agua. El efecto fue inmediato y silencioso. Los primeros guardias que respiraron la bruma modificada sintieron un ardor seco en la garganta seguido de un colapso fulminante del sistema nervioso estomacal. En cuestión de minutos, los hombres cayeron de rodillas, doblados por cólicos insoportables, vomitando bilis y maldiciendo entre arcadas mientras se aferraban el abdomen sin poder sostener sus armas.

​—Ahora. ¡Corran! —ordenó Daniel en un susurro seco.

​Sin perder un solo segundo, Meili se agachó y cargó a Daniel sobre su espalda, asegurándolo con firmeza mientras emprendía una carrera explosiva a través de la espesura del bosque fronterizo. Atrás quedaron las rutas patrulladas y el yugo de la secta; por delante se extendía un terreno montañoso y desconocido que ellas recordaban fragmentariamente desde el día en que fueron capturadas años atrás.

​El viaje, sin embargo, no estuvo exento de tormento físico. Con el ritmo frenético de Meili y los saltos acrobáticos entre los árboles para evitar la maleza más densa, el cuerpo de seis años de Daniel comenzó a tambalearse bajo una disonancia brutal. La combinación del movimiento a alta velocidad, el traqueteo constante y la inestabilidad de su propia biología temporal desataron una náusea profunda que amenazaba con hacerle expulsar hasta el último rastro del insípido caldo de mediodía.

​—¡Espera... detén el paso un segundo o voy a vomitarte en el hombro! —protestó Daniel con voz entrecortada, apretando los dientes y agarrándose de la túnica de Meili con furia impotente, mientras su estómago parecía girar en direcciones opuestas—. Tu velocidad es excelente, pero la física de este cuerpo infantil odia el trekking extremo.

​Lin, que corría a la par de ellas abriendo el camino con un machete viejo, soltó una risita ahogada a pesar de la tensión de la fuga.

​—Resiste un poco más, joven maestro. Estamos a punto de llegar al arroyo principal que conecta con los valles ocultos del norte —gritó Lin por encima del viento, saltando sobre un tronco caído con una agilidad felina—. Si los rastreadores secundarios logran recuperarse de las náuseas y nos siguen el rastro, necesitarán cruzar el agua.

​Al llegar a la orilla de un arroyo de corriente rápida que serpenteaba entre formaciones rocosas cubiertas de musgo, el trío se detuvo brevemente. Daniel bajó de la espalda de Meili, apoyando las manos sobre sus rodillas mientras respiraba con dificultad, intentando calmar las náuseas que le zumbaban en los oídos.

​—No esperarán a que nos alcancen —dijo Daniel con la mirada fija en el agua, limpiándose el sudor frío de la frente y sacando de su bolsillo la última esfera de veneno orgánico que les quedaba—. Si los perros de Hanyang intentan usar este cauce para rastrear nuestro olor o cruzar hacia el valle, hay que cerrarles el paso preventivamente.

​Sin vacilar, Daniel arrojó la bomba tóxica directamente en el centro de la corriente principal del arroyo, observando cómo la cubierta de resina se disolvía al contacto con el agua, teñiendo el caudal de una neblina casi imperceptible que avanzaría río abajo hacia cualquier patrulla perseguidora.

​—El camino está preparado —sentenció Daniel, enderezándose con el rostro pálido pero con la mirada destilando una fría determinación—. Que disfruten el agua. Continuamos la marcha hacia nuestro refugio.

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FuKagaku
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