Su primer destino fue servir a la corona. murió por ello. Ahora, con su segunda oportunidad, Auren cumplirá su sueño y conocerá lo que es el amor
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Capitulo 7
La niña bajó la mirada hacia sus manos.
Durante unos segundos recordó el enorme palacio.
Los salones.
Los vestidos confeccionados únicamente para impresionar a otras familias nobles.
No quería regresar jamás a ese mundo.
Pero también pensó en sus padres.
Trabajaban desde antes del amanecer hasta entrada la noche.
Nunca se quejaban.
Jamás dejaron de sonreír frente a ella.
Quería devolverles, aunque fuera una pequeña parte de todo lo que habían hecho.
—Papá.
—¿Sí?
—Si consigues un lugar donde no tenga que tratar con la nobleza...
Él esperó en silencio.
—Entonces quiero intentarlo.
Una enorme sonrisa apareció en el rostro del hombre.
—Déjamelo a mí.
A la mañana siguiente salió muy temprano.
Recorrió prácticamente toda la ciudad preguntando por antiguos conocidos.
Algunos ya se habían mudado.
Otros habían cerrado sus negocios.
Las horas siguieron pasando.
Cuando el sol comenzaba a descender encontró una pequeña tienda de telas administrada por un hombre al que no veía desde hacía varios años.
—¡Ernest!
El comerciante levantó la cabeza.
Después sonrió ampliamente.
—¡Martin! Pensé que te habías olvidado de esta parte de la ciudad.
Los dos se estrecharon la mano con entusiasmo.
Conversaron durante varios minutos antes de que Martin decidiera explicar el verdadero motivo de su visita.
—Mi hija confecciona vestidos.
Ernest asintió con educación.
—¿Y quieres comprar mejores telas?
—No exactamente.
Quiero que alguien vea su trabajo.
El comerciante sonrió con amabilidad.
Había escuchado aquella frase demasiadas veces.
Casi todos los padres creían que sus hijos eran especiales.
Sin embargo, aceptó observar una de las prendas.
Martin abrió cuidadosamente la bolsa que llevaba consigo.
Sacó un pequeño vestido color marfil.
Lo colocó sobre el mostrador.
Ernest dejó de sonreír.
Tomó la prenda.
La revisó detenidamente.
Giró el vestido varias veces.
Comprobó las costuras.
Después volvió a hacerlo una segunda vez.
Su expresión había cambiado por completo.
—¿Qué edad tiene la persona que hizo esto?
—Doce años.
El comerciante levantó lentamente la cabeza.
—¿Hablas en serio?
—Completamente.
Ernest volvió a observar el vestido.
—Las costuras son impecables.
El diseño es sencillo, pero elegante.
Y esta tela...
La frotó entre sus dedos.
—No entiendo por qué se siente tan buena si sé perfectamente de dónde proviene.
Martin guardó silencio.
No podía revelar el secreto de Auren.
Ernest dejó nuevamente el vestido sobre la mesa.
—Quiero conocerla.
Martin negó con calma.
—Todavía no. Dejame preguntarle.
El comerciante arqueó una ceja.
—¿Por qué?
—Es una niña muy tímida y ha pasado por momentos difíciles.
Necesita tiempo.
Ernest comprendió que existía una historia detrás de aquellas palabras.
No insistió.
—Está bien.
Entonces hagamos otra cosa.
Sacó una tarjeta de uno de los cajones.
—Dentro de una semana vendrán varios comerciantes buscando nuevos productos para sus tiendas. Tráeme tres o cuatro vestidos. Si son todos como este, puedo presentarlos sin mencionar quién los confeccionó.
Martin sintió que el pecho se llenaba de alivio.
—Gracias.
—No me las des todavía.
Si realmente tiene ese talento, el agradecido seré yo.
Martin regresó a casa casi al anochecer.
Apenas cruzó la puerta, Auren dejó la aguja sobre la mesa.
—¿Cómo te fue?
Él intentó mantener una expresión seria durante unos segundos.
No lo consiguió.
Terminó sonriendo de oreja a oreja.
—Creo que nuestra modista tiene su primera oportunidad.
Los ojos de Auren se abrieron con sorpresa.
Su madre dejó escapar una pequeña exclamación de alegría y abrazó inmediatamente a su esposo.
Mientras ambos celebraban la noticia, Auren observó el vestido que descansaba entre sus manos.
Aquella prenda había nacido de un sueño que una vez le obligaron a abandonar.
---- Días después.
Mientras Auren bebía la leche, Martin observó los cuatro vestidos terminados desde la entrada.
Todos eran diferentes.
Uno estaba pensado para el invierno, con una capa ligera que podía retirarse; otro era sencillo y elegante, ideal para el uso diario. Los restantes tenían pequeños bordados que resaltaban sin resultar exagerados.
No encontraba un solo trabajo descuidado.