Me prometieron un viaje gratis. Desperté dentro de una jaula, en mitad de una selva de la que nadie sale con vida.
Entonces trajeron a un hombre agonizante.
Le saqué una bala del cuerpo y le salvé la vida sin saber quién era. Dante Bravante, el Rey sin corona de Almanegra: el hombre al que obedecen soldados, jueces y criminales; un monstruo capaz de comprar cualquier cosa.
Incluso a mí.
En lugar de devolverme la libertad, Dante pagó mi precio y me llevó a su fortaleza. Dice que le pertenezco. Que su palacio es mi hogar. Que ningún hombre volverá a mirarme mientras él respire.
Yo le juré que escaparía.
Pero odiar a Dante sería mucho más sencillo si su crueldad no conviviera con una ternura que solo me muestra a mí. Si cada roce suyo no encendiera mi cuerpo. Si sus besos no me hicieran desear precisamente aquello de lo que debería huir.
Entre fugas imposibles, enemigos que quieren usar mi sangre y secretos capaces de cambiar el poder de Almanegra, el deseo empieza a parecerse demasiado al amor. Y ese es el peligro más grande de todos.
Porque poseer no es amar. Dante tendrá que aprenderlo antes de perderme.
Y cuando llegue ese día, ni todo su ejército podrá salvarlo. Si quiere recuperarme, el Rey sin corona tendrá que hacer lo único que jamás ha hecho por nadie: devolverme la libertad, pagar cada una de sus deudas… y arrodillarse.
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Capítulo 13
Capítulo 13 — Casi esposa
Desperté dos días después, con una aguja en el brazo y el techo del ala médica encima, blanco y liso como una página en blanco.
Lo primero que vi al girar la cabeza fue a él. Estaba en una silla junto a la cama, sin dormir, con la barba de varios días y una taza de café frío entre las manos que no se había tomado. Me miró despertar y no dijo "buenos días" ni "por fin". Dijo:
—Come.
Y me acercó a la boca una cuchara de algo caliente que olía, otra vez, a mi casa. Sopa de fideo con jitomate. Alguien le había dicho, o él había averiguado, que eso comía yo de chica cuando estaba mala. Comí. No por él; porque el cuerpo ya no aguantaba más terquedad, y porque una muerta no se escapa de ninguna parte. Comí despacio, y él me dio de comer cucharada a cucharada, en silencio, con una torpeza que en otro hombre habría dado ternura y en él solo daba miedo.
Cuando terminé, junté fuerzas para lo que me venía carcomiendo desde hacía semanas.
—Aquella mujer —dije—. La de labios rojos. La que entró del brazo de usted el otro día, la que todos trataban como a una reina. —Bajé la vista al plato—. ¿Es su mujer?
Levantó una ceja. Y por primera vez desde que lo conocía, algo parecido a la burla le suavizó la boca.
—¿Estás celosa?
—No. —Mentí fatal—. Curiosidad.
—Es mi hermana. Ángela. —Lo dijo cortante, como quien cierra un tema—. La única persona en este mundo que me importa además de mi sangre. No vuelvas a llamarla "esa mujer".
Su hermana. No una amante. Sentí un alivio absurdo, humillante, que me apuré a disimular masticando aire.
Y me enojé conmigo misma por sentirlo. ¿Qué me importaba a mí que esa mujer fuera su hermana o su querida? Yo quería irme de ahí, no pelear un lugar al lado de un carcelero. Pero el corazón es tonto y va por su cuenta, y el mío había dado un brinco feo de puro alivio, y eso me asustó más que cualquier amenaza que él pudiera hacerme. A un carcelero al que le tienes miedo lo aguantas. A un carcelero al que le tienes celos ya lo estás dejando entrar, y esa trampa me la había armado yo solita.
—Entonces —me atreví—, si tiene una hermana y sabe tratarla como a una hermana, trate a la gente como gente. Trate a la gente… tráteme a mí como trataría a una hermana. No como a una mascota.
—No. —Ni lo pensó—. A mi hermana la respeto. A ti te quiero para otra cosa. No confundas las dos.
Me tragué la respuesta. No valía la pena gastarla.
Lo que sí hizo, esa misma tarde, me lo contó doña Delia con los ojos como platos. Dante había mandado llamar a Basilio, el mayordomo, y delante de medio servicio le había pedido cuentas. Resultaba que el buen Basilio, que me despreciaba desde el primer día por ser "la del campamento", había estado escatimando: retrasaba mis medicinas, "olvidaba" avisar al médico, recortaba mis raciones y se guardaba la diferencia. Por su mano, en parte, yo había estado a punto de apagarme sin que nadie subiera a tiempo.
No sé qué le dijo Dante a solas. Sé que Basilio salió del despacho blanco como la cera y que esa noche corrió por toda la Fortaleza una orden nueva: a la muchacha de la Casa de las Orquídeas se la trataría, de ahí en adelante, como a una casi esposa. Se despidió a la mitad del servicio que me vigilaba. Se quedó solo doña Delia. Las que quedaron empezaron a decirme "señorita" y a bajar la cabeza cuando pasaba.
Debí sentirme poderosa. Sentí, más bien, el ridículo de que me subieran de rango en una jaula. Una mascota con título sigue siendo una mascota. Y además, subir de rango tenía su precio: Basilio, herido en el orgullo, no se atrevía a ir contra mí de frente, pero encontró mil maneras de fastidiarme por debajo.
La peor fue la Capilla.
Inventó que yo, por devota que dijera ser, debía "ganarme" el nuevo puesto con humildad cristiana, y ordenó que tallara el piso de la Capilla de rodillas, como penitencia. Nadie lo desmintió; el señor estaba en el Torreón, ocupado, y a nadie se le ocurriría molestarlo por un trapo y un cubo. Y de paso Basilio mandó que "por prescripción médica" me sirvieran raciones mínimas otra vez. Que me viera obligada a pedir. Que dependiera de él.
Yo tallé el piso. Rezar, no recé mucho; en cambio, arrodillada sobre esas losas frías, con las manos en el agua sucia, tuve tiempo de sobra para pensar. Y pensando fue como armé, ladrillo por ladrillo, la única estrategia que me quedaba: si a este hombre le agradaba tener poder sobre mí, yo le daría la ilusión de que lo tenía. Le daría dulzura fingida, obediencia fingida, hasta el afecto fingido si hacía falta. Le sacaría confianza, aire, permisos. Y el día que bajara la guardia, correría. Ensayé frases enteras contra el eco de la Capilla, como quien reza un rosario al revés.
Y mientras tallaba, entre losa y losa, iba puliendo también el personaje: la muchacha agradecida, la que se dejaba querer, la que decía "señor" con la voz blandita. Me daba asco. Pero mi mamá siempre decía que el orgullo no se come, y yo llevaba días con hambre de verdad. Así que guardé el asco donde guardaba todo lo mío, en ese cajón de adentro que él no podía abrir por más cámaras que pusiera, y seguí frotando el piso hasta que se me vio la cara en la piedra mojada.
Con hambre, además. Basilio me estaba matando de a poquito, y esa tarde, muerta de rabia y de vacío en el estómago, me colé en la cocina cuando no había nadie. Sobre la mesa había una canasta de fruta: mangos, papayas, unos duraznos frescos. Tomé un mango y le clavé los dientes ahí mismo, de pie, con el jugo escurriéndome por la muñeca, como un animal.
—Vaya.
Me quedé congelada. Él estaba en la puerta de la cocina, recargado en el marco, mirándome comer robado.
Y ahí, en medio segundo, decidí estrenar lo que había ensayado de rodillas. Bajé el mango. Me pellizqué el muslo con la mano libre, fuerte, hasta que los ojos se me llenaron solos, y corrí hacia él, y me dejé caer contra su pecho como una niña que por fin encuentra a quien contarle.
—Tengo hambre, señor —dije, entre falsos hipidos que me salieron casi verdaderos—. Basilio me quitó otra vez la comida. Me manda tallar la Capilla de rodillas y me deja sin comer y me dice que usted lo ordenó. Yo ya no… ya no sé qué hacer para que me dejen en paz. —Le agarré la camisa con las dos manos—. Tenía tanta hambre que me metí a robar fruta como una ladrona. Perdón. Perdón.
Sentí bajo la mejilla que se le tensaba todo el cuerpo, y después una mano —grande, dura— que se me posaba en el pelo con una torpeza increíble, como si nunca en su vida hubiera consolado a nadie. Por dentro me felicité: había funcionado. Por fuera lloré más.
Él no dijo nada de Basilio. Todavía. Me apartó apenas, me tomó la barbilla y me limpió el jugo de mango de la comisura con el pulgar, sin prisa. Después levantó el mango a medio morder que yo aún tenía en la mano y lo miró como si le hiciera gracia.
—Así que sí sabes disfrutar —dijo, y esa media sonrisa suya me heló más que cualquier grito—. Bien. Muy bien. —Me soltó y se dio la vuelta—. Prepárate. Mañana volamos a Panamá.