NovelToon NovelToon
Las Enseñanzas Del Bambú

Las Enseñanzas Del Bambú

Status: Terminada
Genre:Época / Completas
Popularitas:531
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Lady Genevieve es la joven rebelde que escandaliza a la alta sociedad londinense. Lordian, un duque frío, metódico y perfecto, viaja de incógnito por la campiña inglesa cuando sus caminos se cruzan.
Sin conocer su verdadera identidad, Genevieve decide enseñarle las antiguas lecciones orientales que aprendió de su tío: fluir como el agua, encontrar el equilibrio y aprender a soltar. Entre risas, barro, estrellas y una atracción imposible de ignorar, ella descubrirá que incluso el corazón más rígido puede aprender a amar.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: Zapatos de menos y sonrisas de más

El amanecer sobre la campiña de Kent no amaneció con el pulcro horario de un reloj de bolsillo de oro. Se desplegó más bien como una mancha de acuarela perezosa: primero un gris pálido que desteñía la negrura de la noche, luego un rosa tenue que se filtraba entre los sauce llorones y, finalmente, un dorado tibio que convertía cada gota de rocío suspendida en la hierba en una diminuta gema luminosa.

​Lordian Augustus Vance llevaba en pie exactamente desde las cinco y cuarto de la mañana.

​Había pasado la última hora paseándose por el reducido espacio de su habitación de la posada, intentando infundirse una disciplina militar que, misteriosamente, parecía habérsele evaporado entre las sábanas de lino áspero. Se había vestido con una camisa limpia de cuello abierto —cediendo, tras un debate interno de cuarenta minutos, a la tentación de no anudarse la corbata de seda—, pantalones de montar oscuros y sus botas de cuero bien lustradas. Sin embargo, al mirarse en el espejo deforme de la pared, la ausencia de la prenda en el cuello le daba un aire extrañamente peligroso, casi desmantelado, que lo hacía parecer menos un duque y más un hombre a punto de cometer un crimen de etiqueta.

​Cuando bajó las escaleras de madera que crujían bajo su peso, la posada aún dormitaba. El único sonido era el barrido constante de la posadera en la cocina y el crepitar moribundo de las brasas del día anterior.

​Y allí, apoyada contra el marco de la puerta de entrada, esperándolo con una manzana a medio comer en la mano y la luz primera del día bañándole el rostro, estaba Genevieve.

​Llevaba un sencillo vestido de lana fina de color musgo, cuyos bajos estaban recogidos con la misma despreocupación de la tarde anterior. Un pañuelo de encaje gastado le cubría los hombros contra el frescor matutino, y sus pies... sus pies estaban enfundados en un par de zapatillas de tela tan finas que bien podían ser calcetines gruesos.

​—Puntual —observó ella, dándole un mordisco a la fruta y mirándolo de arriba abajo con una ceja elevada—. Aunque esa cara sigue pareciendo la de un juez a punto de dictar una sentencia de horca. Y ha dejado la corbata. Un punto a su favor, señor Vance.

​—He tomado la decisión ejecutiva de prescindir de ella para evitar que la humedad matutina arruine la seda —mintió Lordian con una rigidez que desmentía sus palabras—. Y le recuerdo las condiciones de nuestro acuerdo: una hora. Ni un minuto más.

​Genevieve soltó una risita limpia, ese sonido que a Lordian le producía una extraña mezcla de irritación y un calor repentino bajo las costillas.

​—El tiempo no existe aquí afuera, hombre tieso. Pero ya que insiste en mirar su reloj invisible, echemos a andar.

​Echaron a andar por el sendero que serpenteaba hacia los prados bajos, alejándose del pueblo. El aire de la mañana era helado y puro, impregnado del olor a tierra mojada, pino y flores silvestres que despertaban con la luz. Durante los primeros quince minutos, Lordian mantuvo un paso firme, cadencioso, con la barbilla en alto y la mirada clavada en el horizonte, como si estuviera pasando revista a una guardia de honor.

​Genevieve, en cambio, no caminaba; parecía danzar. A veces se adelantaba unos pasos para recoger una flor amarilla sin importancia, a veces se detenía a observar el vuelo torpe de un abejorro sobre un trébol y, en más de una ocasión, caminó hacia atrás solo para mirarle la expresión facial.

​—Está contando los pasos —acusó ella de pronto, deteniéndose en seco frente a él.

​Lordian se frenó a tiempo para no tropezar contra ella.

​—No estoy contando los pasos —mintió de nuevo. (En realidad, iba por el paso mil cuatrocientos veintidós).

​—Está contando. Camina como un soldado marcando el paso en un desfile. Relaje los hombros, señor Vance. Si sigue tan tenso, se le va a partir la columna vertebral en dos antes de que lleguemos al arroyo.

​—Tengo una postura anatómicamente correcta, señorita Genevieve. La flacidez postural es síntoma de una mente desordenada.

​—¿Flacidez postural? —repetía ella, soltando una carcajada mientras reanudaba la marcha—. Vaya, qué término tan pomposo para decir que le tiene miedo a doblar la espalda. Mi tío Tobías decía que el bambú es la planta más sabia de la tierra porque cede ante el viento más feroz sin romperse jamás, mientras que el gran roble, con toda su fuerza e inflexibilidad, termina arrancado de raíz por la tormenta.

​—El bambú es una gramínea de escasa resistencia estructural para la edificación —respondió él fríamente—. El roble construyó la flota que domina los mares.

​—Y el bambú sirve para hacer flautas que alegran el alma —replicó ella sin perder el aliento—. ¿Qué prefiere ser usted? ¿Un barco de guerra cargado de cañones o una melodía al atardecer?

​Lordian no respondió. La pregunta era ridícula, carente de cualquier sentido analítico, y sin embargo, la imagen de sí mismo como un barco cargado de hierro resopló pesadamente en su mente. Toda su vida había sido educado para ser la quilla de un buque de estado: fuerte, impenetrable, incapaz de escorar. Nadie le había preguntado jamás si alguna vez había querido escuchar una flauta.

​Llegaron a la orilla del arroyo de los Sauces tras veinte minutos de marcha. El agua corría clara y rápida sobre un lecho de piedras pulidas y cantos rodados, reflejando el cielo azul que terminaba de despejarse. El arroyo medía apenas unos tres metros de ancho, pero la corriente era lo suficientemente viva como para romper en espumitas blancas sobre un tronco caído que servía de puente improvisado.

​Genevieve no dudó. Se acercó a la orilla, se sentó en un pedrusco plano y, ante la mirada horrorizada de Lordian, comenzó a desatarse las cintas de sus sencillas zapatillas de tela.

​—¿Qué está haciendo? —demandó el duque, dando un paso adelante como si fuera a intervenir.

​—Lo que cualquier persona cuerda haría ante un arroyo helado en una mañana soleada —dijo ella, quitándose primero una zapatilla y luego la otra, revelando unos pies pequeños, pálidos y de dedos curvados que se hundieron de inmediato en el rocío de la hierba.

​—Señorita... —el tono de Lordian subió dos octavas— la exposición de las extremidades inferiores en un entorno natural sin protección calzada no solo es una contravención higiénica que puede provocarle una pulmonía fulminante, sino que desafía toda norma de respetabilidad decorosa.

​Genevieve levantó la vista hacia él. El sol de la mañana le daba de lleno en el rostro, acentuando el dorado de sus ojos avellana y haciendo brillar los mechones rebeldes que se le escapaban del peinado.

​—Señor Vance —dijo en un tono suave, casi confidencial—, si no siente la tierra bajo sus pies de vez en cuando, terminará olvidando de qué está hecho el mundo. Quítese las botas.

​Lordian retrocedió un paso, como si ella le hubiera mostrado una serpiente venenosa.

​—Jamás. Mis botas son de piel de ternero tratada y tienen una función protectora indispensable.

​—Sus botas son una prisión de cuero —corrigió ella, poniéndose en pie sobre la hierba mojada y soltando un pequeño gemido de placer al sentir el frío matutino en la piel—. Mire esto. Sienta el aire. El agua está helada, pero te hace sentir despierto. ¿Cuándo fue la última vez que estuvo verdaderamente despierto, señor Vance? ¿O es que lleva durmiendo bajo ese traje toda la vida?

​—Estoy perfectamente despierto —aseguró él, aunque sintió que la mirada de la joven le atravesaba las defensas con una precisión espeluznante.

​—Demuéstrelo —lo desafió ella, dándole la espalda y dando dos pasos hacia el agua del arroyo. El agua cristalina le cubrió los tobillos inmediatamente. Genevieve soltó un grito ahogado de risa y sorpresa por la temperatura de la corriente—. ¡Ah! ¡Está helada! ¡Es glorioso!

​Lordian la observó en silencio. La muchacha avanzaba por el lecho del arroyo con la ligereza de una ninfa de las fábulas románticas, chapoteando ligeramente y dejando que la corriente le envolviera las piernas. No había en ella ni una gota de afectación, ni un solo gesto calculado para gustar o llamar la atención. Era aire puro, desenfrenado, una fuerza de la naturaleza que chocaba frontalmente contra su existencia metódica.

​De pronto, el pie de Genevieve resbaló sobre una piedra musgosa en el centro de la corriente.

​—¡Oh! —exclamó ella, perdiendo el equilibrio.

​El instinto volvió a ganar al cálculo. Antes de que su mente pudiera procesar la infracción higiénica, logística y de etiqueta, Lordian dio un salto hacia el borde, se desabrochó los enganches de las botas con una rapidez impropia de su rango y las arrojó sobre la hierba seca junto con sus medias de lana.

​Dio un paso hacia el agua.

​El golpe térmico fue brutal. El agua helada del arroyo le envolvió los pies con un latigazo de frío que le cortó la respiración por un segundo. La sensación de la arena fina y los cantos rodados pulidos bajo la planta de los pies —una superficie viva, cambiante, inestable— provocó un cortocircuito en su sistema nervioso.

​Avanzó tres pasos rápidos por el arroyo, levantando agua a su paso, hasta alcanzar a Genevieve justo cuando ella intentaba afianzarse en el tronco caído.

​La agarró por la cintura con ambas manos.

​La sacudida de calor que experimentó al tocarla fue tan violenta como el frío del agua. A través de la lana fina de su vestido, sintió la firmeza de su talle, la calidez de su piel y el temblor ligero de su respiración acelerada. Genevieve se apoyó en los hombros de él para mantenerse en pie, y ambos se quedaron inmóviles en medio de la corriente, con el agua corriendo alrededor de sus piernas desnudas.

​Lordian tenía la cabeza inclinada hacia abajo; ella tenía el rostro levantado hacia él. Sus respiraciones se mezclaban en pequeñas nubes de vapor en el aire frío de la mañana.

​—Se lo dije... —musitó Genevieve, aunque la burla en su voz había sido reemplazada por un tono grave, rasposo, que hizo que a Lordian se le erizara el vello del cuello—. El agua está helada.

​—Es... inconcebiblemente fría —logró articular el duque, sin soltarle la cintura. Sus dedos se apretaban contra los costados de ella con una firmeza involuntaria, sintiendo el ritmo acelerado del corazón de la muchacha latiendo contra sus palmas.

​—Pero no se ha muerto —dijo ella en un susurro. Sus ojos bajaron por un segundo hacia los labios de Lordian, desnudos de esa mueca severa que solía llevar—. Y sus pies están tocando la tierra.

​Lordian no respondió. Estaba demasiado ocupado intentando procesar la cercanía. Por primera vez desde que se conocían, no había barro de por medio, ni tormentas, ni observadores. Solo el sonido constante del agua fluyendo, el cantar distante de las aves y la presencia abrumadora de una mujer que olía a sol y a libertad.

​Con una lentitud premeditada, la mano derecha de Lordian subió desde la cintura de Genevieve hasta apoyarse en el costado de su cuello. Sus dedos, fríos por el aire matutino, encontraron la piel tibia y suave justo detrás de la oreja de la joven.

​Genevieve dejó escapar un suspiro entrecortado, un sonido pequeño y trémulo que pareció romper el último hilo de contención que le quedaba a Lordian.

​—Usted es un peligro para la paz pública, señorita —murmuró él, inclinándose apenas una fracción de pulgada hacia ella.

​—Y usted... es un pésimo alumno, señor Vance —respondió ella, aunque no se apartó ni un milímetro. Sus manos se deslizaron desde los hombros de él hasta el cuello abierto de su camisa, donde sus dedos rozaron la piel caliente del pecho del duque.

​La descarga de deseo fue tan intensa que Lordian tuvo que cerrar los ojos un segundo para no perder el equilibrio sobre las piedras. La mezcla de la frialdad del agua en los pies y el fuego abrasador de la piel de ella en el cuello lo desorientó por completo.

​—Si vuelvo a mirarla de esta manera —dijo él con la voz más grave que jamás había emitido en un salón británico—, temo que perderé definitivamente la capacidad de contar mis pasos.

​—Entonces deje de contar —le pidiéndole ella en un susurro posesivo, alzándose ligeramente sobre las puntas de sus pies descalzos—. Y empiece a vivir.

​Antes de que Lordian pudiera formular una respuesta analítica, Genevieve se soltó de su agarre con un movimiento rápido y risueño, dio dos pasos hacia atrás chapoteando en el agua y salió del arroyo de un brinco hacia la hierba de la otra orilla.

​Se giró hacia él, despeinada, con los bajos del vestido chorreando agua y una sonrisa victoriosa que iluminó todo el prado.

​—¡Ha perdido el desafío, señor Vance! —exclamó, señalándolo con un dedo juguetón—. ¡Lleva exactamente tres minutos sin mencionar una sola norma, un solo número o una sola ley de la física! ¡Le toca volar la cometa conmigo!

​Lordian se quedó de pie en medio del arroyo helado, mirando a sus pies descalzos sumergidos en el agua y luego a la criatura indomable que lo miraba desde la orilla.

​Y entonces, sin previo aviso, sin que ninguna norma de su educación pudiera evitarlo, una sonrisa lenta, genuina y profunda comenzó a dibujarse en los labios del duque de Blackwood. Una sonrisa que no había mostrado a nadie en más de veinte años.

​—Prepare esa cometa, señorita Genevieve —dijo él, saliendo del agua con pasos decididos—. Porque pienso ganar el siguiente juego.

1
Isabel Sandoval
Eso se cuenta? /Slight//NosePick//Grin/
Isabel Sandoval
Ya está en la bolsa
Isabel Sandoval
jajaja
Isabel Sandoval
Hago eso y me rompo un hueso /Facepalm//Scare/
Martha Divas Delgado
jajaja jajaja jajaja k chistosa y ya se enamoró ❤️
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play