Sofía Reyes despertó dentro de una novela donde su destino ya estaba escrito.
Era la hermana odiada, la esposa no deseada, la villana descartable que todos iban a culpar. Según la historia original, debía casarse con Leonardo Montero, ser abandonada por él y morir sola después del divorcio.
Pero nadie esperaba un error en el destino.
Leonardo podía escuchar todo lo que ella pensaba.
Sofía solo quería sobrevivir, vengarse de su familia y escapar antes de que el final la alcanzara.
Pero el esposo frío que debía despreciarla empezó a protegerla.
Y cuando ella por fin quiso irse, Leonardo rompió el guion con una sola frase:
—No firmaré el divorcio.
Ahora Sofía tendrá que enfrentarse a una hermana hipócrita, una familia cruel y un destino decidido a destruirla.
Porque si la novela la escribió como villana, ella va a reescribirla como protagonista.
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Capítulo 19
Capítulo 19
La abuela Remedios
Y él, detrás de ella, sintió que la palabra temprano empezaba a contar en silencio.
Sofía no le dio tiempo a Leonardo para preguntarle por su muerte.
Dos días después, llevó una bomba con rebozo a la residencia Reyes.
La bomba se llamaba doña Remedios Domínguez, viuda de Bravo.
Era la madre de Patricia, abuela materna de Sofía y Valentina, y una mujer pequeña con rodillas malas, mirada afilada y una capacidad casi religiosa para oler dinero escondido.
—Ay, mi niña —dijo al bajar del coche, abrazando primero a Valentina, aunque Sofía era quien la había ido a buscar—. Estás más flaca.
Valentina sonrió con dulzura automática.
—Abuela, qué alegría verte.
Doña Remedios miró a Sofía de arriba abajo.
—Tú, en cambio, te ves muy levantada.
—Gracias. Me lavé la cara con rencor.
La anciana no entendió, pero aprobó el tono.
—Eso sirve para la circulación.
Doña Patricia salió al vestíbulo como si hubiera visto entrar a una plaga con acta de nacimiento.
—Mamá, ¿qué haces aquí?
—¿Así recibes a la mujer que te parió?
—Pudiste avisar.
—Le avisé a tu hija. La que sí contesta.
Sofía levantó una mano.
—Servicio familiar premium.
[Bienvenida, abuela Remedios. En la novela, fuiste la primera en encontrar a Sofía desangrada en la bañera y no llamaste emergencias porque primero buscaste joyas en el cuarto. Hoy vas a trabajar para mí, aunque no lo sepas.]
Leonardo, estacionado afuera en un coche discreto, escuchó la voz por la llamada abierta que Sofía había dejado sobre la mesa de entrada.
Su mano se cerró sobre el volante.
Doña Remedios entró sin esperar permiso.
En menos de diez minutos declaró que el sofá era incómodo, que la casa olía a gente presumida y que el cuarto de visitas debía ser para ella porque "los viejos no suben escaleras por gusto".
En veinte minutos preguntó dónde estaba la caja fuerte.
Doña Patricia casi dejó caer la taza.
—¿Qué caja fuerte?
—La de toda casa decente.
Sofía, desde la puerta, señaló con inocencia.
—Creo que está en el estudio de mamá. Detrás del cuadro feo.
Doña Patricia giró hacia ella.
—Sofía.
—¿Qué? La abuela preguntó.
Doña Remedios sonrió.
—Esta niña salió útil.
Esa tarde llegó tía Lupita con su esposo Beto, dos hijos adolescentes, tres maletas, una caja de tamales y la frase más peligrosa del idioma familiar:
—Solo venimos unos días.
Los arrimados habían invadido.
Don Ricardo volvió de la oficina y encontró a Beto sentado en su sillón, viendo futbol con los zapatos sobre la mesa.
—¿Quién autorizó esto?
Doña Remedios levantó la voz desde el comedor.
—Yo. ¿O ya no puedo visitar a mi hija rica?
Sofía pasó junto a Leonardo, que había entrado por la puerta lateral fingiendo venir a buscar documentos.
—Bienvenido al zoológico emocional Reyes.
—Veo que hiciste una adquisición.
—Varias. Todas sin garantía.
Valentina observaba desde la escalera.
No le gustaba el caos que no controlaba.
Doña Patricia duró hasta la noche.
Cuando descubrió que la caja fuerte del estudio estaba abierta, gritó de una forma que hizo callar hasta el televisor.
—¡Mis lingotes!
Doña Remedios, sentada en el comedor con una bolsa de tela bajo la silla, se santiguó.
—Qué horror. ¿Tenías oro escondido y no le dijiste a tu madre enferma?
—¡Tú lo sacaste!
—Acúsame con pruebas, Patricia.
Sofía mordió una manzana.
[La contraseña era el cumpleaños de Vale. Qué tierno. Ni para esconder oro se acuerda de la hija menor.]
Leonardo miró a Valentina.
Ella también lo había oído.
No la voz.
La frase externa de doña Patricia:
—¡Nadie sabía la clave!
Sofía alzó la mano.
—Era el cumpleaños de Valentina. Tampoco era el código nuclear.
Doña Patricia se lanzó hacia ella.
Doña Remedios la interceptó con una fuerza sorprendente para alguien que media tarde antes no podía subir escaleras.
—¡A mi nieta no le pegas delante de mí!
—¡Siempre la defiendes cuando te conviene!
—¡Y tú siempre escondes dinero cuando te conviene!
Tía Lupita aprovechó el grito para desaparecer con Beto y la bolsa de tela.
Patricia tardó cuatro minutos en notarlo.
—¡Lupita!
La persecución terminó en la casa de tía Lupita, al otro lado de la ciudad, con doña Patricia golpeando una puerta metálica mientras vecinos salían a mirar.
Sofía llegó detrás, con Leonardo a unos pasos, ambos en silencio.
No habían intervenido.
Solo observaban.
La puerta se abrió.
Beto estaba detrás con una pala de jardín.
—Aquí no vienes a gritar.
Doña Patricia intentó entrar.
Tía Lupita apareció por un lado y la empujó.
—¿Ahora sí te acuerdas de la familia? Cuando te casaste con Ricardo ni invitaste a medio barrio.
—¡Devuélveme mi oro!
—¿Cuál oro? ¿El que escondes mientras mamá toma medicina barata?
Doña Remedios llegó en taxi, más rápida que la dignidad.
—¡No se peleen sin mí!
El caos fue inmediato.
No hubo una pelea elegante. Hubo jalones, gritos, una bolsa que cayó, dos lingotes rodando por el suelo y un niño grabando desde la banqueta.
Sofía se inclinó hacia Leonardo.
—Alta sociedad, edición Bravo.
—Ya veo.
—Mamá heredó muchas cosas.
—La puntería no.
Sofía lo miró.
Leonardo estaba serio.
Pero esa frase había sido un chiste.
Malo.
Suyo.
Ella casi sonrió.
Mientras Patricia forcejeaba con Lupita, Sofía envió un mensaje anónimo desde un número temporal a la tía.
'Tu hermana tiene un novio joven en un departamento de Narvarte. Pídele más si quiere que no se lo cuentes a Ricardo.'
Tía Lupita miró el teléfono.
Luego miró a Patricia.
La sonrisa le cambió la cara.
—Ay, hermanita. Mejor hablemos de cuánto vale mi silencio.
Patricia se quedó helada.
—¿Qué dijiste?
—Narvarte está bonito, ¿no?
Don Ricardo llegó veinte minutos después, furioso por el escándalo.
Pero el escándalo lo estaba esperando también a él.
Sofía dejó caer otra frase, suave, como quien no quiere nada:
—Papá, ya que estamos todos, ¿también hablamos del niño de tres años?
El silencio fue tan grande que hasta doña Remedios dejó de gritar.
Ricardo perdió color.
Doña Patricia giró lentamente.
—¿Qué niño?
Valentina, que había llegado en el coche familiar, se quedó en la esquina con la cara inmóvil.
La casa Bravo olía a tamal, sudor, metal y ruina.
Sofía se acomodó el abrigo.
[Perfecto. Patricia con amante joven, Ricardo con supuesto hijo ilegítimo, Lupita con oro robado y abuela Remedios feliz porque por fin todos están igual de podridos. Esto sí es reunión familiar.]
Leonardo bajó la mirada para ocultar algo parecido a aprobación.
—Buen trabajo —murmuró.
—¿Dijiste algo?
—No.
Sofía sonrió.
En la esquina, Valentina la miraba fijamente.
No con rabia.
Con miedo.
Si esa mujer era realmente Sofía, ¿cómo sabía todo?
Y si no era Sofía...
Valentina apretó las uñas contra la palma.
Entonces, ¿quién estaba usando el cuerpo de su hermana?