Valentina Montenegro tenía una vida perfecta en París, hasta que una noche se dejó llevar por un desconocido que le robó el corazón… y desapareció a la mañana siguiente.
Meses después, tras sobrevivir a un atentado, su padre la obliga a regresar al país y le asigna un escolta.
Gael Santoro.
El hombre que Valentina reconoce como aquel desconocido de París.
Solo hay un problema:
Gael nunca estuvo en París.
Ahora, escondida en una finca que guarda más secretos de los que imagina, Valentina tendrá que convivir con el hombre que asegura no conocerla.
Pero mientras intenta descubrir quién le mintió aquella noche, podría terminar enamorándose del hombre equivocado… otra vez.
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Capitulo 15
Gael
El hombre que Valentina había visto en el evento desapareció apenas me acerqué a él.
No corrió.
No hizo ningún movimiento que llamara demasiado la atención.
Simplemente dejó de estar.
Y eso me preocupaba más.
La gente inocente normalmente no desaparecía justo después de ser observada por un guardaespaldas.
Informé a Augusto en cuanto tuve oportunidad.
—Yo también noté algunas personas que no pertenecían a mi familia ni a nuestros allegados —me dijo.
—¿Las identificó?
—No.
Lo miré en silencio.
Augusto tenía esa capacidad de mantener una expresión tranquila incluso cuando algo podía estar saliendo mal.
—Aumentaré la seguridad —dijo.
Asentí.
—Sería lo mejor.
Antes de separarnos, volvió a mirarme.
—Y recuerda lo que te dije.
—¿Qué cosa?
—No te enamores de mi hija.
Casi solté una carcajada.
—Eso no va a ocurrir.
Las palabras salieron demasiado rápido.
Demasiado seguras.
Porque en mi cabeza apareció inmediatamente la imagen de Valentina a caballo.
Su espalda contra mi pecho.
Su rostro tan cerca del mío.
Sus ojos cerrados.
Y aquel segundo en el que estuve a punto de besarla.
Apreté la mandíbula.
Eso había sido un error.
Uno que no podía repetirse.
Valentina era mi protegida.
Yo era su escolta.
No había nada más que discutir.
Al menos eso era lo que me repetía.
---
Cuando regresamos a la finca, Valentina se fue directamente a su habitación.
Estaba agotada.
Yo, en cambio, tenía demasiado trabajo pendiente.
Le había enviado a Thiago la descripción del hombre que habíamos visto en el evento y esperaba que pudiera averiguar algo.
No tuve que esperar demasiado.
Cerca de la medianoche escuché un vehículo acercándose.
Miré por la ventana.
Thiago.
Entró a la casa pocos minutos después.
—Venías rápido —le dije.
—Sí.
Dejó una carpeta sobre la mesa.
—Encontré al hombre.
Me acerqué inmediatamente.
—¿Dónde?
—Entre la séptima y la octava.
Fruncí el ceño.
Exactamente donde habían desaparecido los vehículos.
—Estuve buscándolo durante horas —continuó—. No sé todavía su nombre real, pero tengo su dirección electrónica, fotografías, movimientos y el lugar donde está viviendo.
Abrí la carpeta.
Había varias fotografías.
El hombre aparecía entrando y saliendo de un edificio.
—¿Lo están vigilando?
—Mandé a un par de hombres.
Levanté la mirada.
—¿Para qué?
Thiago respiró profundamente.
—Para encontrar al objetivo.
—¿Y quién es el objetivo?
No necesitaba preguntarlo.
Ambos sabíamos la respuesta.
—Valentina Montenegro.
El silencio cayó entre nosotros.
—Y después —continuó Thiago— podremos deshacernos de ella y saldar la deuda.
Lo miré fijamente.
—Estás muy productivo, Thiago.
Él bajó la cabeza.
—Gael...
—¿Qué?
Me sostuvo la mirada.
—Tú perdiste todo por mí.
No respondí.
—Es lo mínimo que puedo hacer.
—No empieces.
—Me endeudé demasiado con Augusto. No pude pagarle y él iba a acabar conmigo.
Su voz se quebró ligeramente.
—Si no hubieras entregado tu patrimonio para salvarme, yo no estaría aquí.
Apreté los puños.
—Te dije que guardaras silencio sobre eso.
—Pero es verdad.
—No cambia nada.
—Para mí sí.
Lo miré unos segundos.
Thiago siempre había sido impulsivo.
Demasiado impulsivo.
Y yo había pasado años solucionando sus errores.
Esta vez no podía permitir que cometiera otro.
—No vas a hacerle daño a Valentina.
Thiago no respondió.
—¿Me escuchaste?
—Sí.
—Bien.
Entonces escuchamos pasos.
Ambos nos giramos.
Valentina apareció en el pasillo.
Llevaba un camisón corto, una bata que apenas le llegaba a las rodillas y el cabello completamente despeinado.
Mi cerebro decidió recordarme que debía ser profesional.
Inmediatamente.
—Perdón —dijo, frotándose los ojos—. Vi un carro acercándose a gran velocidad y me asusté.
Thiago sonrió.
—Era yo. Perdón si te asusté.
Valentina lo miró.
—Ah...
Después pareció recordar algo.
—Otra cosa.
Sacó su teléfono.
—Me llegó este mensaje.
Me mostró la fotografía.
La misma que había recibido aquella noche.
La fotografía tomada desde algún punto cercano al evento.
Thiago la observó.
—Ay, pero qué apuestos se veían.
Lo miré.
—Thiago.
Él soltó una carcajada.
—Solo digo.
Extendí la mano.
—Envíame la foto.
Valentina me la pasó.
—Y ahora ve a dormir.
—Sí, señor.
—Valentina.
—Está bien.
Ella sonrió.
—Gracias.
—Descansa.
—Vale.
Se dio la vuelta, pero después volvió a mirarnos.
—Por cierto...
Esperó unos segundos.
—Ustedes se parecen mucho físicamente.
Thiago soltó una pequeña risa.
—¿Te parece?
—Sí. Viéndolos de cerca son muy parecidos.
Nos observó alternativamente.
—Lo único que los diferencia es la barba.
Thiago se tocó la cara.
—Sí. Solo que no es mucho mi estilo.
Valentina se quedó pensativa.
—¿Hace cuánto te la dejaste?
Por primera vez, vi una pequeña tensión en el rostro de mi hermano.
—Hace... tres o cuatro meses. No recuerdo.
—Ah.
Ella asintió lentamente.
—Buenas noches.
—Buenas noches —respondió Thiago.
Valentina salió.
Esperé hasta escuchar la puerta de su habitación.
—¿Qué fue eso? —pregunté.
Thiago me miró.
—Nada.
—No parecía nada.
—No te preocupes.
Lo observé.
Había algo en su expresión que no me gustaba.
—Vete a dormir.
—Tú también.
—Tengo trabajo.
Thiago recogió sus cosas.
—No puedes seguir así.
—Puedo.
—Algún día te vas a desplomar.
—Ese día te avisaré.
Él negó con la cabeza y salió.
Me quedé solo.
Abrí nuevamente la fotografía.
La amplié.
Revisé cada detalle.
La posición de las ventanas.
Las luces.
Los vehículos.
La entrada.
La distancia.
No era una fotografía tomada al azar.
Alguien había esperado el momento exacto.
Alguien sabía dónde estaba Valentina.
Pedí las grabaciones de seguridad de los alrededores.
Si el fotógrafo había estado cerca, tenía que aparecer en alguna cámara.
Trabajé durante horas.
A las cinco de la mañana todavía seguía frente a la computadora.
Entonces recibí las grabaciones.
Las revisé una por una.
Nada.
Personas entrando.
Personas saliendo.
Vehículos.
Nada útil.
Hasta que una cámara captó durante unos segundos un automóvil estacionado en una calle lateral.
No podía ver al conductor.
Pero sí la matrícula.
La anoté.
La envié a Thiago.
Después recibí un mensaje de Augusto.
Abrí el archivo.
Era una publicación de una modelo.
Alejandra.
La mejor amiga de Valentina.
El mensaje de Augusto decía:
«Es la mejor amiga de mi princesa.»
Rodeé los ojos.
Qué mujer tan consentida.
Abrí el perfil.
Fotografías en París.
Eventos.
Sesiones.
Restaurantes.
Sonrisas.
Parecía estar disfrutando demasiado la ausencia de Valentina.
Incluso daba la impresión de que ahora ella era el centro de atención.
Pero no podía juzgar a alguien solo por fotografías.
Cerré la aplicación.
—¿No te haz ido a dormir?
Me giré.
Valentina estaba nuevamente en la puerta.
Miré el reloj.
Las siete de la mañana.
—No.
—¿Por qué?
—Tengo trabajo.
Ella entró.
—Tú tampoco sabes descansar.
—No es importante.
La observé.
—Pero ten cuidado con tu amiga.
Su expresión cambió.
—¿Alejandra?
Asentí.
—No le digas nada.
—¿Gael?
—¿Qué?
—No seas paranoico.
—No soy paranoico.
—Alejandra es mi mejor amiga.
—Precisamente por eso.
—Confío en ella.
—Está bien.
Me levanté.
—Solo no le digas dónde estás.
Valentina me miró con evidente molestia.
—No me gusta que hables así de ella.
—No estoy hablando mal de ella.
—Entonces, ¿qué estás haciendo?
—Protegiéndote.
Ella guardó silencio.
—Siempre tienes una explicación para todo.
—Es parte de mi trabajo.
Valentina salió sin responder.
Me quedé mirando la puerta.
Algo en aquella conversación me había dejado incómodo.
No sabía si era por Alejandra.
Por el mensaje.
Por la fotografía.
O por la manera en que Valentina me había mirado antes de irse.
Miré nuevamente la pantalla.
La matrícula seguía allí.
Y entonces llegó un mensaje de Thiago.
Solo decía:
«Gael, tenemos un problema. Esa matrícula está registrada a nombre de una empresa que trabaja directamente con Augusto Montenegro.»
Me quedé inmóvil.
Volví a leer el mensaje.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
No podía ser una coincidencia.
Pero tampoco tenía pruebas suficientes para sacar conclusiones.
Guardé el teléfono.
Si alguien estaba usando recursos vinculados a Augusto para vigilar a Valentina, necesitaba descubrir quién.
Y, sobre todo, por qué.
Porque si aquello era lo que parecía...
El enemigo podía estar mucho más cerca de nosotros de lo que imaginábamos.