Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
NovelToon tiene autorización de Adriánex Avila para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 13 EL SÍ, QUIERO SIN AMOR
El registro civil olía a papel secante y a flores marchitas, a trámites apurados y a promesas vacías. Era una sala pequeña, de techos altos y paredes color crema, con una hilera de sillas de madera contra la pared y un atril donde el juez de paz esperaba con expresión de quien ha visto mil bodas y ninguna le ha cambiado la vida.
Maya llegó del brazo de su padre, sintiendo el peso de las miradas sobre ella. No había invitados. No había flores. No había música. Solo un puñado de desconocidos: el juez, dos testigos que Dante había contratado (hombres de traje oscuro que parecían más guardaespaldas que amigos), y el abogado de la familia Carusso, con sus gafas de carey y su maletín de cuero.
Dante ya estaba allí. De pie, junto al atril, con un traje negro impecable y una expresión que no delataba absolutamente nada. Parecía una estatua, un monumento a la paciencia, a la indiferencia, a la certeza de que aquello era solo un trámite más.
Alessandro apretó el brazo de Maya con más fuerza de la necesaria.
—Aún estás a tiempo de echarte atrás —susurró, tan bajo que solo ella pudo oírlo.
Maya negó con la cabeza.
—No, papá. Ya no.
El juez carraspeó. Era un hombre mayor, de pelo cano y barriga pronunciada, con una toga que le quedaba pequeña y unas gafas de lectura que apenas sostenían sobre la nariz.
—Señorita Maya Velini —dijo, leyendo de un papel—. ¿Comparece usted voluntariamente para contraer matrimonio civil con el señor Dante Carusso?
Maya tragó saliva. Voluntariamente. Qué palabra tan absurda en aquel contexto. ¿Podía considerarse voluntario algo que hacías porque no tenías otra opción? ¿Podía considerarse libre una decisión tomada con el agua al cuello y las manos vacías?
—Sí —respondió. Su voz salió firme, más firme de lo que esperaba.
El juez asintió y se volvió hacia Dante.
—Señor Dante Carusso. ¿Comparece usted voluntariamente para contraer matrimonio civil con la señorita Maya Velini?
Dante tardó un segundo en responder. Un segundo eterno, en el que Maya sintió que el mundo entero contenía la respiración.
—Sí.
No hubo sonrisa. No hubo ternura. Solo una palabra. Fría. Precisa. Quirúrgica.
El juez comenzó a leer los artículos del código civil, los derechos y obligaciones de los cónyuges, la sociedad conyugal, el régimen de bienes.
Maya dejó de escuchar a mitad del discurso. Su mente se había ido a otro lugar, a un recuerdo borroso de la boda de unos primos, años atrás, en una iglesia llena de flores blancas y familiares sonrientes.
Había sido niña entonces. Había atrapado el ramo de la novia y había soñado con su propio matrimonio, algún día, con un hombre al que amara, en una ceremonia llena de luz y de promesas verdaderas.
Nunca había imaginado que su boda sería en una sala vacía de un registro civil, con un mafioso como novio y su padre mirando al suelo para no llorar de rabia.
—Los declaro marido y mujer —dijo el juez, cerrando el libro con un golpe seco—. Pueden firmar.
Dante firmó primero. Su letra era firme, segura, mayúsculas enérgicas que apenas dejaban espacio para los apellidos. Luego le tendió el bolígrafo a Maya. El metal estaba caliente por el contacto con su mano, y Maya sintió un escalofrío al tomarlo.
Firmó con la mano temblorosa. Su letra, antes tan pulcra y femenina, ahora era un garabato apenas reconocible, como si el papel se estuviera negando a aceptar su nuevo nombre.
—Ahora pueden besarse —anunció el juez, con una sonrisa mecánica de funcionario acostumbrado a cumplir protocolos.
Maya y Dante se miraron.
Era el momento. El beso protocolario. El sello final del trato.
Dante se inclinó hacia ella. No fue un gesto romántico, ni siquiera amable. Fue una inclinación precisa, calculada, como quien se agacha para recoger algo del suelo. Maya cerró los ojos en el último momento, porque no podía soportar la idea de verlo acercarse.
Sus labios tocaron los de él.
Fue un beso seco, breve, casi casto. Los labios de Dante eran firmes, ligeramente fríos. El beso duró apenas un segundo, el tiempo justo para que los testigos pudieran dar fe de que se había producido.
Pero en ese segundo, algo pasó.
Maya sintió un cosquilleo en la base de la espalda, un hormigueo que le subió por la columna vertebral como una chispa eléctrica.
Abrió los ojos de golpe y se encontró con la mirada de Dante, que ya la estaba observando. Sus ojos grises, fríos como el acero, tenían algo nuevo. Algo que Maya no supo nombrar. ¿Sorpresa? ¿Curiosidad? ¿Intriga?
El momento se rompió tan rápido como había llegado. Dante se apartó, se giró hacia el juez y estrechó su mano con una formalidad impecable. Maya se quedó paralizada, con los labios aún hormigueando, preguntándose si había sido cosa de su imaginación.
—¿Estás bien, hija? —preguntó Alessandro, apareciendo a su lado con el ceño fruncido.
Maya asintió, sin mirarlo.
—Sí. Estoy bien.
Pero no lo estaba. No estaba bien. Porque acababa de besar a un hombre al que no amaba, y su cuerpo le había respondido de una manera que su mente no podía controlar.
*_*
Después de la ceremonia, empezaron los problemas.
Primero fue la espera. El abogado tenía que registrar el acta en el libro correspondiente, y el funcionario encargado había salido a almorzar. Almorzar. En medio de la boda de Maya Velini, el burócrata de turno había decidido que era más importante comer un sándwich que procesar los papeles que cambiarían su vida para siempre.
—Pero ¿cómo es posible? —exclamó Maya, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que oscilaba entre la indignación y el desamparo—. ¡Es mi boda!
La secretaria, una mujer de unos cuarenta años con gafas de mariposa y un permanente mal hecho, la miró por encima del mostrador con una paciencia infinita.
—Lo siento, señora. El señor Rodríguez vuelve en una hora.
—¿Una hora? —Maya se pasó la mano por el pelo, un gesto nervioso que había heredado de su madre—. ¿Qué se supone que hagamos durante una hora?
—Esperar, señora. Eso es lo que hace la gente en las oficinas públicas.
Alessandro bufa como un toro indignado desde la silla más alejada. Sus manos, apoyadas en el bastón que ahora necesitaba para caminar (el estrés de la cárcel le había afectado las articulaciones), golpeaban el suelo con un ritmo irregular que delataba su impaciencia.
—Esto es un circo —murmuró, lo suficientemente alto para que todos lo oyeran—. Una falta de respeto. En mis tiempos, estas cosas se hacían con decoro.
—Sus tiempos, señor Velini —respondió Dante, sin mirarlo, con los brazos cruzados apoyado en la pared opuesta—, ya pasaron.
Alessandro lo fulminó con la mirada.
—Usted cállese. Usted no tiene derecho a opinar. Esto es culpa suya. Si no hubiera insistido en hacerlo hoy, podríamos haber esperado a que el funcionario estuviera disponible.
—Si esperamos, su hermano se entera. Y cuando su hermano se entera, mueve fichas. ¿Quiere que mueva fichas, señor Velini? Porque yo no.
El silencio que siguió fue ensordecedor.