En el reino de Aethelgard, el príncipe Aelion es un guerrero élfico invicto, de alma pura y de magia indomable. Pero cuando una traición lo expone a un afrodisíaco, su cordura se desmorona en las profundidades del bosque. Allí se cruza con Mia, una mestiza de ardientes ojos ámbar que, para salvarlo del fuego que lo consume, accede a entregarse a él.
En medio del calor de la pasión, Aelion descubre lo impensable: ¡ELLA ES SU ALMA GEMELA!
Sin embargo, cuando Mia acepta su dinero por desesperación para salvar la vida de su tío enfermo, el orgullo del príncipe se rompe al creer que la mujer de su vida no tiene honor. Obligados a reencontrarse bajo la mirada de la realeza y aplastados por malentendidos, celos e impulsos incontrolables, ambos descubrirán que la peor cicatriz no es la que se lleva en la piel... sino la que se queda grabada en el alma.
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CAPÍTULO 14 LA PRUEBA DE LA FLOR
Mia
El viento en el Gran Puente del Abismo soplaba con una fuerza implacable, agitando los pliegues de mi capa oscura mientras mis botas resonaban contra la piedra blanca.
Debajo de mis pies, miles de metros de caída libre se perdían en un mar de nubes densas y plateadas; frente a mí, las gigantescas puertas de bronce de la Academia Celestial se alzaban como guardianes milenarios tallados con figuras de dragones y constelaciones en relieve.
A medida que me acercaba, el aire se volvía denso, saturado de una vibración mágica tan intensa que la sentía resonar directamente en el esmalte de mis dientes y en el fondo de mis huesos.
Cruzar ese umbral significaba dejar atrás a la Mia campesina, a la muchacha sumisa de las Comarcas que temía a sus propias manos.
Las pesadas puertas de bronce se abrieron de par en par con un gemido sordo y majestuoso, sin que nadie las tocara.
Al dar el primer paso dentro del Gran Patio Central, la escena que se desplegó ante mis ojos me dejó completamente sin aliento. Si desde lejos la academia parecía un sueño, desde adentro era una vorágine de maravillas que rayaba en la fantasía pura.
El recinto no estaba hecho de piedra común, sino de un mármol blanco jaspeado con vetas doradas que emitían un tenue resplandor propio. A mi alrededor, cientos de estudiantes de razas inverosímiles caminaban en grupos, riendo y conversando mientras hacían alarde de sus dones con una naturalidad pasmosa.
A pocos metros de mí, una joven elfa de piel canela y orejas puntiagudas flotaba tranquilamente a medio metro del suelo mientras leía un tomo encuadernado en cuero, haciendo girar tres esferas de agua cristalina alrededor de sus dedos con un leve gesto de la muñeca.
Más allá, un grupo de muchachos de miradas feroces y posturas imponentes —cambiaformas de la estirpe felina, a juzgar por el brillo dorado de sus pupilas y la agilidad felina de sus movimientos— reían mientras uno de ellos creaba pequeñas llamas multicolores que bailaban sobre la palma de su mano sin quemarlo.
Vi a brujos de túnicas oscuras murmurando encantos que hacían brotar enredaderas con flores luminosas de las grietas del suelo, e híbridos de alas emplumadas que descendían desde los balcones superiores de las torres con la elegancia de las aves de presa.
Me apreté contra mí misma, abrazando el bolso de lona con fuerza contra el pecho. La diferencia de clases y la brecha de poder eran aplastantes. Todos ellos vestían túnicas finas de seda y terciopelo con bordados de oro que indicaban su linaje o su nivel de aprendizaje; caminaban con una confianza heredada, con la certeza absoluta de que el mundo mágico les pertenecía por derecho de nacimiento.
Yo, en cambio, vestía lana burda, botas desgastadas por el barro del viaje y no poseía más que un conocimiento rústico y chispazos inestables que apenas lograba controlar. Sentí una punzada de inseguridad clavándose en mi estómago como un témpano de hielo. ¿Qué demonios hacía yo allí?
—¡Todos los aspirantes de nuevo ingreso, a la Galería de la Cristalización de inmediato! —retumbó una voz amplificada mágicamente desde lo alto de los arcos.
La multitud de nuevos estudiantes comenzó a canalizarse hacia un pasillo monumental custodiado por estatuas de antiguos archimagos.
Me dejé llevar por la marea de gente, sintiendo las miradas curiosas de algunos nobles que observaban mi ropa sencilla con evidente desdén o extrañeza. Agaché la cabeza, apretando el amuleto de mi madre que colgaba bajo mi túnica, buscando en el frío metal un ancla para no salir corriendo de regreso al puente.
La Galería de la Cristalización era un anfiteatro circular de proporciones gigantescas. El techo de cristal mostraba las cumbres nevadas de las montañas, y en el centro, sobre una plataforma elevada de piedra negra pulida, se encontraba la mesa del Gran Tribunal de Archimagos.
Eran seis figuras severas, vestidas con las túnicas púrpuras y plateadas del Consejo Superior. En el centro de la mesa se erguía el Archimago Vaelin, un elfo anciano de barba blanca e interminable, cuya mirada profunda y gris parecía capaz de leer los secretos más oscuros de la mente con un solo vistazo.
Frente a la plataforma de los jueces descansaba un pedestal de cuarzo. Sobre él, una pequeña bandeja de plata contenía docenas de tallos marchitos, secos y negruzcos.
—Silencio —ordenó el Archimago Vaelin, y su voz, aunque serena, acalló los murmullos de los más de cien jóvenes que llenábamos la sala—. Sean bienvenidos a las puertas del saber arcano. Muchos de ustedes vienen de casas nobles, de linajes de brujos antiguos o de familias reales. Sin embargo, para la Academia Celestial, los títulos de cuna no significan nada sin la chispa de la energía verdadera.
El anciano señaló la bandeja sobre el pedestal.
—Para obtener su matriculación definitiva y el derecho a portar la túnica de esta institución, cada uno de ustedes deberá someterse al Ritual de la Flor Marchita. Las plantas que ven ahí han sido impregnadas con un hechizo de estasis estéril. Solo responderán si el aspirante posee una red mágica viva y es capaz de proyectar su esencia hacia el exterior. Tomen la flor, canalicen su poder y háganla florecer. Quien falle, cruzará el puente de regreso a su hogar antes del anochecer.
Un murmullo de pánico silencioso recorrió la multitud.
Uno a uno, los aspirantes comenzaron a subir a la plataforma conforme eran llamados por un escriba.
Observé la prueba con el corazón latiéndome en la garganta. Un joven noble de origen elfo subió con elegancia, tomó el tallo seco y, tras concentrarse unos segundos, una pequeña luz verde brotó de su mano; el tallo recuperó el color y una delicada flor de pétalos amarillos se abrió torpemente. El tribunal asentía con frialdad y le permitía el paso.
Otros no tenían la misma suerte. Un muchacho de aspecto fornido intentó por todos los medios canalizar su energía; apretó los dientes, sudó de frustración, pero el tallo permaneció seco y muerto en su mano. Con el rostro desencajado por la vergüenza, tuvo que abandonar la sala bajo el murmullo de lástima de los demás.
La fila avanzaba con una rapidez despiadada. Mis manos comenzaron a sudar frío. Los chispazos que solían brotar de mis dedos siempre habían sido involuntarios, detonados por emociones extremas como el pánico, la ira o la pasión ardiente que Aelion despertaba en mí. No sabía cómo invocar la magia de manera consciente, no conocía las fórmulas ni la técnica.
—¡Mia Fisher de las Comarcas! —resonó el nombre gritado por el escriba.
Un silencio incómodo pareció extenderse por el anfiteatro. Algunos nobles se giraron para mirarme, intercambiando sonrisas burlonas al ver mi vestimenta humilde y la manera en que dudaba antes de dar el primer paso.
—¿De las Comarcas? ¿Una humana? —murmuró una elfa de cabello dorado a pocos metros de mí—. ¿Desde cuándo la academia acepta a los humanos de los valles?
Apreté los dientes. El ardor de la humillación me quemó las mejillas, pero tragué el orgullo y caminé hacia la plataforma. Cada uno de mis pasos sobre el suelo de mármol retumbaba en mis oídos como una sentencia.
Subí los tres escalones de piedra negra y me detuve frente al pedestal de cuarzo. Sentí las seis miradas de los Archimagos clavadas en mí, frías, analíticas y desprovistas de cualquier expectativa. Para ellos, yo era solo una anomalía administrativa, un error que probablemente se corregiría en los próximos dos minutos.
—Toma la flor, muchacha —indicó el Archimago Vaelin con voz neutral, apoyando los codos sobre la mesa.
Extendí una mano temblorosa y tomé uno de los tallos secos de la bandeja. La madera muerta era áspera y fría, sin el menor rastro de vida.
Cerré los ojos y traté de concentrarme. "Por favor... despierta", rogué en el silencio de mi mente, tratando de empujar la calidez de mi cuerpo hacia la palma de mi mano.
Nada ocurrió.
Pasaron cinco segundos. Diez segundos. El murmullo de risas ahogadas comenzó a extenderse por las gradas del anfiteatro.
—La paciencia del tribunal no es infinita, aspirante —advirtió un archimago de rostro enjuto a la izquierda de Vaelin—. Si no posees el don, no hagas perder el tiempo a la institución.
El pánico se apoderó de mí. Una ola de vergüenza helada amenazó con aplastarme. Iba a fracasar. Volvería a las Comarcas derrotada, demostrando que nunca fui nada, que la diferencia entre Aelion y yo era un abismo insalvable que jamás podría cruzar...
Aelion.
Su nombre retumbó en mi memoria con la fuerza de un rayo. Cerré los ojos con más fuerza y, en lugar de concentrarme en la flor, me concentré en él. Recordé la mirada penetrante de sus ojos azules en la oscuridad de la torre, la presión de sus labios sobre los míos, el calor abrasador de sus manos recorriendo mi piel desnuda y el sonido de su voz prometiéndome que me esperaría no importaba la distancia.
La emoción no fue una chispita suave; fue un incendio forestal que se desató en lo más profundo de mi vientre.
Una corriente de calor abrasador, líquida y salvaje, emergió desde el fondo de mi alma, recorriendo mi pecho y canalizándose a través de mis brazos con una violencia sin control. El amuleto de mi madre contra mi pecho quemó de repente, emitiendo una pulsación invisible.
La palma de mi mano comenzó a emitir un resplandor dorado y esmeralda tan intenso que iluminó por completo la plataforma de cuarzo, cegando a los presentes.
El tallo seco en mi mano no solo recuperó el verde de la vida en un segundo; crujió con una fuerza botánica aterradora. En cuestión de pestañeos, el tallo comenzó a engrosarse y a multiplicarse. La flor original se abrió en un estallido de pétalos púrpuras y luminosos, pero la magia desbordada no se detuvo allí.
Raíces vivas y gruesas brotaron de la base del tallo, perforando la superficie de la bandeja de plata y arrastrándose por el pedestal de cuarzo como serpientes de vegetación. Del mismo tallo comenzaron a brotar docenas de nuevos capullos que florecían en cuestión de segundos, soltando un polen dorado que flotaba en el aire y un perfume dulce y penetrante que llenó todo el anfiteatro.
La vegetación creció tanto y con tanta fuerza que comenzó a envolver mi brazo en una espiral de hojas brillantes y flores silvestres que emanaban una luz dorada y pura.
—¡Suficiente! ¡Controla tu energía, muchacha! —exclamó uno de los profesores, poniéndose de pie de golpe mientras la vegetación amenazaba con cubrir la mesa de los jueces.
Asustada por la magnitud de lo que estaba provocando, rompió el pensamiento sobre Aelion y retiré la mano, jadeando como si hubiera corrido leguas.
La luz dorada se apagó gradualmente.
El anfiteatro cayó en un silencio tan absoluto que se podía escuchar el goteo de la luz saliendo de las flores recién creadas. Nadie hablaba. Nadie se movía. Los estudiantes en las gradas observaban la plataforma con las bocas abiertas y los ojos desencajados por la incredulidad. El pedestal de cuarzo estaba completamente cubierto por una pequeña jungla de flores luminosas y raíces vivas que se aferraban a la piedra negra.
Los seis Archimagos estaban de pie tras su mesa. Sus rostros ya no reflejaban frialdad ni desdén; sus miradas estaban fijas en mí con una mezcla de conmoción, pavor y una fascinación desmedida.
El Archimago Vaelin descendió lentamente de la plataforma de los jueces, acercándose al pedestal. Rozó con sus dedos largos uno de los pétalos luminosos, sintiendo el pulso de magia pura que aún emanaba de la planta. Luego, levantó la mirada y me observó. Sus ojos grises escudriñaron mi rostro como si estuviera viendo a un fantasma o a una leyenda resucitada.
—Esto... esto no es simple manipulación de la naturaleza —murmuró el anciano en un hilo de voz que resopló en el silencio de la sala—. La estasis del hechizo no fue rota... fue consumida y reestructurada por completo.
El Archimago se volvió hacia el escriba, quien mantenía la pluma en el aire sin atreverse a escribir.
—Aceptada —declaró Vaelin con voz firme, haciendo que un murmullo colectivo recorriera todo el anfiteatro—. Asignen a la señorita Mia a los aposentos de la Torre Este de los Iniciados. Y marquen su expediente con el sello rojo del Consejo.
Me miró una última vez antes de susurrar algo que solo yo pude escuchar:
—Bienvenida a la Academia Celestial, Mia Fisher de las Comarcas. Eres un enigma mágico que este consejo se encargará de resolver.