Ella tiene curvas que esconde y un promedio impecable. Él es el hombre perfecto que la observa en secreto. Una noche, un plan macabro los une. ¿El resultado? Una mentira, un bebé y un amor que lo arriesgará todo.
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capitulo 9
Geovanny
Mi nombre es Geovanny Valverde y he pasado toda mi vida tratando de ser suficiente.
Nací cuando mi padre aún era un hombre con sueños pero sin dinero. Mi madre, Isabel, era lo único que teníamos. Ella me enseñó a leer antes de ir a la escuela, me enseñó que las palabras tenían poder y que los números tenían verdad. Agarra bien los libros, Geovanny, me decía, porque en este mundo, nadie te va a regalar nada.
Mi padre trabajaba dieciocho horas al día construyendo lo que años después sería Corporaciones Valverde. Casi no lo veía. Cuando llegaba a casa, yo ya estaba dormido. Cuando se iba, yo aún no despertaba. Pero mi madre estaba siempre. Su olor a vainilla, sus manos suaves acariciando mi cabeza, su voz cantando canciones viejas mientras cocinaba.
Tenía nueve años cuando ella se fue.
Una noche, simplemente no despertó. Un aneurisma, dijeron los médicos. Algo que nadie podía prever. Algo que rompió mi mundo en pedazos tan pequeños que aún hoy, tantos años después, sigo encontrando fragmentos clavados en lugares que no esperaba.
Mi padre llegó al hospital con el traje arrugado y los ojos hinchados. Me abrazó, por primera vez en mucho tiempo, y lloramos juntos. Pero al día siguiente, volvió al trabajo. La empresa no se detiene, dijo. Y yo me quedé solo, en una casa enorme y vacía, con el recuerdo de mi madre y un agujero en el pecho que nunca se cerró del todo.
Pasaron los años. Aprendí a cocinar, a limpiar, a hacer las tareas solo. Mi padre me enviaba dinero, me llamaba de vez en cuando, pero siempre estaba ausente. Me convertí en un niño serio, en un adolescente callado, en un hombre que aprendió que no podía contar con nadie más que consigo mismo.
pero un dia, mi padre me anunció que se volvía a casar. Una mujer más joven, llamada Patricia, que pronto me dejó claro que yo era un estorbo en su nueva vida perfecta. Y al año siguiente, nació León.
Recuerdo la primera vez que vi a mi hermano. Era un bebé rosado, regordete, con unos ojos azules que prometían tormenta. Mi padre lo sostenía en brazos con una expresión que nunca había visto en su rostro, adoración absoluta.
—Mira, Geovanny
dijo, con la voz llena de orgullo.
— Tu hermanito. El futuro de los Valverde.
Yo estaba ahí, a su lado, habiendo sobrevivido solo durante años, y mi padre miraba a ese bebé como si fuera el sol, la luna y las estrellas. Como si yo nunca hubiera existido.
Desde entonces, todo fue León.
León recibía todo lo que yo no tuve, atención, tiempo, mimos. León creció en una burbuja de privilegios, mientras yo trabajaba en la empresa desde abajo, aprendiendo cada área, demostrando que valía algo. León rompía cosas y mi padre las reemplazaba. Yo las arreglaba y mi padre ni siquiera lo notaba.
Con el tiempo, aprendí a vivir con eso. Me refugié en el trabajo, en la eficiencia, en la perfección. Si no podía tener su amor, al menos tendría su respeto. Me convertí en el hijo serio, el responsable, el que nunca daba problemas. El que siempre estaba ahí, aunque nadie me pidiera que estuviera.
León, en cambio, se convirtió en el problema.
A los dieciocho años, cuando entró a la universidad, ya era un desastre consentido. Bebía, gastaba dinero como si no hubiera mañana, se rodeaba de amigos que solo querían su apellido y su cuenta bancaria. Mi padre, ciego como siempre, lo veía como,un muchacho vivaz, con espíritu. Yo veía a un imbécil malcriado que algún día iba a hundir todo lo que habíamos construido.
Pero no decía nada. Nunca decía nada. Porque mi padre me necesitaba para vigilarlo.
—Geovanny, por favor, acompáñalo a la universidad esta semana
me pedía.
— Asegúrate de que vaya a clase. Tú eres el único que puede controlarlo.
Y yo iba. Como un perro fiel, iba. Porque aún buscaba esa mirada de aprobación que nunca llegaba. Porque en el fondo, seguía siendo ese niño de nueve años que solo quería que su papá lo abrazara.
Así fue como la vi por primera vez.
Era el segundo año de León en la universidad. Yo estaba sentado en una banca, esperando a que saliera de una clase que probablemente no había entrado, cuando ella cruzó el patio central.
Iba con una mochila enorme, la cabeza gacha, el cabello oscuro cubriéndole parte del rostro. Vestía ropa holgada, una sudadera gris que le quedaba grande, y caminaba como si quisiera pasar desapercibida. Pero no pudo. Porque a pesar de la ropa, a pesar de la timidez, había algo en ella que me golpeó con la fuerza de un tren.
No fue su cuerpo, aunque sus curvas pronunciadas, sus caderas anchas, su busto generoso, eran difíciles de ignorar. Fue su cara. Cuando levantó la vista por un instante, buscando algo en su teléfono, vi sus ojos. Grandes, marrones, profundos, con una luz que parecía contener todo el universo. Y su boca, sus labios llenos, su piel perfecta.
Era hermosa. Pero había algo más. Algo en su forma de moverse, en su forma de esconderse, que me habló directamente al alma. Yo también me había pasado la vida escondiéndome. Yo también había aprendido a ocupar el menor espacio posible.
Ese día, sin saber su nombre, sin cruzar una palabra, sin siquiera acercarme a ella, quedé prendado. Como un tonto. Como un adolescente. con mi vida ordenada y mi corazón blindado, una desconocida me había robado algo sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.
Después de eso, empecé a buscarla con la mirada cada vez que iba a la universidad. Aprendí sus horarios sin proponérmelo. Supe que estudiaba Administración, que tenía las mejores calificaciones, que trabajaba medio tiempo en una cafetería. Supe que se llamaba Romina. Romina Valera.
Y supe también que mi hermano, el desgraciado de mi hermano, la había convertido en su blanco favorito.
Ver cómo la trataba me encendía la sangre. Sus comentarios hirientes, sus miradas de superioridad, la forma en que se reía de ella con sus amigos. Más de una vez tuve que contener el impulso de cruzarle la cara. Pero no podía. No era mi lugar. Ella no sabía que yo existía. Y si yo intervenía, todo sería peor.
Así que me limité a observarla desde lejos. A guardar su imagen en mi memoria. A soñar con ella por las noches, como un estúpido.
Pasaron los años. Yo seguía siendo el hijo perfecto, el que cargaba con la empresa, el que resolvía los desastres de León. Mi padre me pidió, una vez más, que vigilara a mi hermano en su graduación. Asegúrate de que no haga ninguna locura, dijo. Y yo, como siempre, asentí.
continuara...