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Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Cita A Ciegas Con El Diablo (Y Otras Formas De Morir)

Status: Terminada
Genre:Maldición / Demonios / Romance / Completas
Popularitas:495
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Cuando Valeria hereda una casona colonial en ruinas, cree que su único problema serán las termitas, no el fantasma carnicero del siglo XIX que intenta arrancarle la cabeza en el baño. Sin opciones, contrata a Gabriel Thorne, un demonólogo y cazador de lo paranormal tan frío, perfecto y calculador que parece hecho de mármol. Valeria no sabe callarse la boca, actúa antes de pensar y le encanta sacarlo de su quicio profesional; Gabriel cree tener cada riesgo bajo control, hasta que descubre que la impredecible audacia de Valeria es la única fuerza capaz de derretir su armadura. Entre rituales sangrientos, monstruos grotescos y discusiones sarcásticas a medianoche, la tensión entre ambos escala de un odio racional a una pasión feroz que amenaza con consumir sus vidas antes de que lo haga la maldición.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 2: Un té con el Sr. Hielo

​El pasillo que conducía a la puerta del sótano no figuraba en los planos originales de la casona que Valeria había revisado por encima en la gestoría. Era un corredor estrecho, asfixiante, con un techo tan bajo que Gabriel, con su metro ochenta y nueve de estatura, se veía obligado a inclinar levemente la cabeza para no rozar las vigas de madera carcomida.

​El olor a humedad había cambiado otra vez. Ya no era solo la peste a podredumbre o a agua estancada; ahora había un tufo denso a cera rancia, manteca animal quemada y un matiz metálico tan concentrado que a Valeria se le llenó la boca de un sabor a cobre parecido al de morder una moneda oxidada.

​—Este suelo no es de tabla —comentó Valeria, bajando la mirada. Sus botas de combate producían un sonido seco, metálico, totalmente distinto al crujido del vestíbulo—. Parece piedra. Piedra volcánica o algo así de raro.

​—Es granito negro triturado y compactado con resina y ceniza purificada —corrigió Gabriel desde atrás. La luz dorada de su farol de latón proyectaba sobre la espalda de Valeria una sombra larga y oscilante—. Un método tradicional del siglo XIX para aislar habitaciones donde se practicaba magia de convocación o necromancia. Evita que las corrientes telúricas se filtren al exterior... o que lo que está dentro pueda comunicarse con el plano astral sin un intermediario.

​—Vaya, qué detallista el bisabuelo Eugenio —dijo ella, deteniéndose frente a la puerta del sótano.

​La puerta era una mole de roble oscuro de al menos diez centímetros de grosor, reforzada con bandas de hierro forjado a mano. En el centro, a la altura de los ojos, había grabado un símbolo complejo: un círculo interceptado por tres triángulos concéntricos y varias runas que parecían picotazos de un ave gigantesca.

​Gabriel dio dos pasos hacia adelante, apartando suavemente a Valeria con un brazo para colocarse en primera línea. Apoyó la mano enguantada en cuero fino sobre el centro del símbolo. El aire a su alrededor vibró con un zumbido agudo, similar al de un transformador eléctrico a punto de estallar.

​—Un sello de sangre de la escuela salomónica tardía —murmuró Gabriel, analizando la superficie con la mirada fija, desprovista de cualquier emoción humana. Su cerebro procesaba el patrón como si estuviera resolviendo una ecuación diferencial en una pizarra de la universidad—. Está inactivo en un noventa por ciento, pero la estructura del circuito mágico sigue intacta. Alguien usó la sangre de un familiar directo para cerrar esta puerta.

​Valeria se dio una palmada en la frente.

​—No me digas más. La tía abuela Matilde.

​—Es la hipótesis más lógica —asintió Gabriel, sacando de su arnés una pequeña lente de aumento con montura de latón que se ajustó al ojo derecho—. Su pariente murió hace tres semanas. Al morir el emisor original de la firma de sangre, el sello comenzó a degradarse. Por eso la entidad del piso de arriba pudo manifestarse. Era el sobrante de energía que se escabullía por las grietas del circuito.

​—Tradúcelo al cristiano, Don Perfecto.

​—La cabeza flotante que acaba de golpear con un marco de fotos era solo la válvula de escape de una olla a presión —Gabriel se quitó la lente y la guardó con movimientos quirúrgicos—. Lo que hay detrás de esta puerta es la olla entera. Y la presión es lo bastante alta como para derribar este edificio y dejar un cráter en el barrio.

​Valeria miró la puerta de roble, luego miró a Gabriel. El demonólogo permanecía impasible, con el traje perfecto, la corbata sin un solo pliegue fuera de lugar y una serenidad que a ella le parecía exasperante.

​—Y bien, ¿qué hacemos? —preguntó ella, apoyando las manos en las caderas—. ¿Tienes alguna llave mágica, vas a decir un truco de magia en latín o llamo a un cerrajero con una radial?

​—Los cerrajeros con radiales suelen morir de aneurismas repentinos cuando cortan hierro consagrado a entidades abisales —contestó Gabriel con total seriedad—. No. Usaremos la única llave que reconoce el circuito. La sangre de la estirpe Alarcón.

​Gabriel sacó de su bolsillo un estuche de terciopelo negro. Lo abrió para revelar un pequeño bisturí de plata médica, refulgente y afilado como una cuchilla de afeitar, junto con un frasco de cristal con cuentagotas y un paquete de gasas estériles.

​—Deme la mano izquierda —ordenó, sosteniendo el bisturí con la precisión de un cirujano experimentado.

​Valeria escondió las manos detrás de la espalda y dio un paso atrás, arrugando la nariz.

​—Ni de coña. A mí no me corta nadie. Y menos un tipo que lleva un maletín que parece de veterinario nazi.

​Gabriel suspiró. Un leve y casi imperceptible pliegue apareció entre sus cejas, la única señal de que la paciencia del mejor demonólogo de la ciudad estaba rozando sus límites.

​—Señorita Gómez, se trata de una microincisión en la yema del pulgar. Necesito exactamente tres gotas de su flujo sanguíneo para sobrecargar la runa de apertura. No voy a desangrarla.

​—¡Me da igual! —protestó Valeria, señalándolo con un gesto amenazante—. Odio las agujas, odio los cortes y odio a los hombres que van de pulcros por la vida y sacan bisturís de estuches de terciopelo. Si quieres sangre, pídela de otra forma o pon un poco de la tuya.

​—Mi sangre no contiene el marcador genético de la familia Alarcón, por lo que la runa simplemente ignoraría el fluido o, en el peor de los casos, activaría una trampa de ácido espectral que nos disolvería la carne en tres segundos —explicó Gabriel con una voz tan pedagógica que resultaba insultante—. Así que deje de comportarse como una niña caprichosa y deme el dedo.

​—¡Ni hablar! —Valeria miró a su alrededor con desesperación hasta que su mirada se posó en la pared a su izquierda. Allí, en una hornacina de piedra, había una vieja navaja de afeitar de hoja fija, olvidada probablemente desde hacía más de un siglo, cubierta de óxido y telarañas.

​Antes de que Gabriel pudiera adivinar sus intenciones, Valeria alargó la mano, agarró la navaja herrumbrosa y la levantó en el aire.

​—¿Qué cree que está haciendo? —demandó Gabriel, dando un paso adelante con una mueca de auténtico horror en el rostro—. Esa hoja tiene al menos cien años de mugre y posible tétanos. Está biológica y espiritualmente contaminada.

​—Pues es mía —dijo Valeria.

​Sin dudarlo un milisegundo, se pasó el borde de la hoja oxidada por el borde de la palma de la mano derecha, apretando con fuerza. Un corte limpio y rojo apareció al instante. Valeria ahogó un taco entre dientes, apretó el puño para acumular la sangre y stamped la palma ensangrentada directamente sobre el centro del símbolo de la puerta de roble.

​Gabriel se llevó una mano a la sien, cerrando los ojos un instante mientras procesaba la barbaridad higiénica y metodológica que acababa de presenciar.

​—Es usted la persona más irracional, imprudente y biológicamente irresponsable que he tenido la desgracia de conocer en mis doce años de práctica profesional —dijo Gabriel en un murmullo helado.

​—Y tú eres un tiquismiquis —replicó Valeria, limpiándose la sangre sobrante en la pierna de sus pantalones vaqueros oscuros—. Mira, la puerta se abre.

​El símbolo grabado en la madera comenzó a brillar con una luz roja, sorda y profunda. Las tres runas se retorcieron en el hierro como si fueran gusanos de luz quemada. Hubo un chasquido metálico rotundo, como si diez candados pesados se hubieran abierto al mismo tiempo en el interior de la pared, y la mole de roble empezó a ceder, entreabriéndose hacia adentro con un gemido de bisagras oxidadas que resonó hasta las tripas de la casona.

​Una corriente de aire frío —un aire seco, rancio, con olor a cera vieja y papel quemado— surgió de la penumbra del sótano, apagando la llama del farol de latón de Gabriel.

​La oscuridad se volvió absoluta.

​—Bravo —dijo la voz de Valeria en la penumbra—. Fantástico. Nos hemos quedado a oscuras. ¿Tienes una cerilla o vas a usar tus poderes de estirado para iluminar la habitación con tu aura de superioridad?

​—El farol no se ha apagado por falta de combustible —respondió la voz de Gabriel, que sonaba ridículamente cercana, justo a la izquierda de Valeria—. La presencia de un sello de sombra de nivel cinco consume la radiación térmica y lumínica del entorno inmediato.

​Se escuchó el chasquido de un mechero metálico Zippo. Una pequeña llama azulada y amarilla se encendió entre las manos de Gabriel, iluminando su rostro afilado desde abajo. Sus ojos azules brillaban en la penumbra con una calma felina que a Valeria, muy a su pesar, le pareció casi hipnótica.

​Gabriel no usó la llama para encender la mecha del farol. En su lugar, sacó del bolsillo interno de su chaqueta una vela gruesa de color negro, cubierta de incisiones en forma de espiral, y la encendió. La llama de la vela negra no era roja ni amarilla; emitía una luz blanca, fría y violeta que no proyectaba sombras en las paredes, sino que parecía disolverlas a medida que la luz se expandía.

​—Vela de grasa de sebo consagrado y sales de plata —explicó Gabriel, bajando la mano—. Inmune a las interferencias ectoplásmicas. Ahora, señorita Gómez, déjeme ver esa mano.

​—Estoy bien —dijo ella, intentando dar un paso hacia las escaleras de piedra que descendían a las sombras del sótano.

​Gabriel le agarró el antebrazo. El agarre no fue violento, pero sí tan firme que Valeria se vio obligada a detenerse en seco. La mano de Gabriel, a pesar del guante de cuero, se sentía caliente contra su piel.

​—No he preguntado si estaba bien —dijo él, mirándola fijamente a los ojos con una severidad que no admitía discusiones—. Le he dicho que me deje ver la mano. Un corte con un metal oxidado en un entorno saturado de miasma espectral puede provocar una sepsis en menos de seis horas o una infección de carne espiritual que le podrida los tejidos.

​Antes de que Valeria pudiera responder con alguna burla descarada, Gabriel soltó la vela negra —que quedó flotando misteriosamente en el aire a la altura de sus hombros, sostenida por una corriente de aire mágico que él había activado sin pronunciar una sola palabra— y agarró la mano herida de Valeria.

​Sacó un frasco de antiséptico de su estuche y vertió el líquido transparente directamente sobre la herida.

​—¡Ayyy! ¡Maldita sea tu estampa, Thorne! —chilló Valeria, intentando soltarse mientras el antiséptico le escocía como si le estuvieran clavando agujas incandescentes en la carne.

​—No se mueva —ordenó Gabriel, sin alterar el tono de su voz—. Cuanto más se agite, más rápido circulará la sangre.

​Con una delicadeza que chocaba de forma absurda con su actitud distante y calculadora, Gabriel usó una gasa estéril para limpiar los restos de barro, óxido y sangre de la palma de Valeria. Sus dedos largos y precisos se movieron sobre la piel de ella con la destreza de un cirujano. Cuando terminó, sacó un rollo de venda de hilo de plata y envolvió la palma de Valeria con varias vueltas apretadas, asegurando el extremo con un broche metálico.

​Valeria se quedó mirando sus propios dedos vendados, luego miró el rostro de Gabriel. El demonólogo estaba tan cerca que podía contar las pestañas oscuras de sus ojos y notar el leve temblor de su mandíbula mientras contenía la respiración para no inhalar la mugre del ambiente.

​—No sabía que los muñecos de nieve sabían poner tiritas —murmuró ella, intentando recuperar su tono burlón para ocultar que el toque de los dedos de Gabriel le había provocado un cosquilleo extraño en la base del cuello.

​—No pongo "tiritas", señorita Gómez —contestó Gabriel, soltándole la mano con una brusquedad estudiada y tomando de nuevo la vela negra del aire—. Mantengo a mi cliente en condiciones operativas mínimas para evitar complicaciones legales y sanitarias durante el desarrollo de la investigación.

​—Ah, claro. Todo por el contrato.

​—Exactamente. Todo por el contrato. Ahora, sígame. Y intente no tocar nada con la mano vendada.

​Descendieron por las escaleras de piedra. Cada paso los sumergía más en las entrañas de la casona. El aire se volvía cada vez más denso, cargado de un frío que traspasaba la ropa y se instalaba directamente en las articulaciones.

​El sótano de la Casona de los Cedros no era una simple bodega para guardar vino o trastos viejos. Era una cámara circular enorme, con paredes de cantería cubierta de moho negro y un suelo grabado con un mapa estelar completo del hemisferio sur, cuyas líneas habían sido rellenadas con plomo fundido.

​En el centro de la sala había una gran mesa de piedra maciza. Sobre la mesa descansaba un objeto cubierto por una tela de terciopelo verde podrida por el tiempo y la humedad. A su alrededor, dispuestos en círculos concéntricos, había docenas de frascos de cristal sellados con cera roja, libros antiguos con las lomos agrietados y restos de velas que debieron de consumirse hacía más de un siglo.

​Gabriel se detuvo en el borde del mapa estelar, alzando la vela negra para iluminar la estancia.

​—Increíble —susurró el demonólogo. Por primera vez desde que Valeria lo había conocido, la voz de Gabriel contenía un matiz de genuina emoción. No era pasión humana; era la fascinación pura y devota de un erudito que acaba de encontrar un tesoro perdido—. Es el laboratorio alquímico de Eugenio Alarcón. Se creía que había sido destruido por la Inquisición local en 1892.

​—Pues parece el trastero de un diógenes con problemas mentales —aportó Valeria, caminando alrededor del círculo estelar y esquivando una pila de huesos que no quiso examinar demasiado de cerca—. A ver, Thorne, ¿dónde está el tesoro ese que dices? Porque si aquí solo hay libros viejos y botes con bichos en alcohol, te aviso de que me has hecho desangrarme para nada.

​—Un solo tomo de los que reposan en esa mesa vale más que esta casa y diez como ella en el mercado negro arcano —dijo Gabriel, avanzando con cautela sobre las líneas de plomo del suelo—. Tenga cuidado por dónde pisa. El suelo es un circuito de derivación. Si pisa una intersección incorrecta, la energía residual...

​—¿Esto de aquí? —interrumpió Valeria.

​Estaba de pie junto a la mesa central. Antes de que Gabriel pudiera gritar o lanzarse a detenerla, la mano de Valeria —la misma mano vendada que él acababa de curar— se alzó y tiró con fuerza de la tela de terciopelo verde que cubría el objeto principal.

​—¡No! —bramó Gabriel.

​La tela cayó al suelo con un chasquido pesado, levantando una nube de polvo gris.

​Debajo de la funda no había un libro ni un cáliz de oro. Había un cofre de hierro negro, de unos cuarenta centímetros de largo, cubierto de cerraduras complejas y cadenas de bronce que lo envolvían por completo. En el centro del cofre, incrustada en la tapa, había una gema roja pulida —un rubí del tamaño de un huevo de paloma— que emitía un latido interno de luz carmesí, al ritmo exacto de un corazón humano.

​Bum... bum... bum...

​El latido resonó en el sótano. No era un sonido acústico; era un retumbo que se sentía en los huesos de los oídos, en los dientes y en el pecho.

​A la tercera pulsación de luz roja, los botes de cristal de las estanterías perimetrales comenzaron a vibrar. La temperatura de la habitación cayó diez grados de golpe. La llama blanca de la vela de Gabriel se volvió de un color azul verdoso y amenazó con extinguirse.

​—Ha activado el relicario de atadura —dijo Gabriel en un murmullo helado, sacando sus dos dagas de plata con un movimiento fluido de sus manos—. Señorita Gómez, aléjese de esa mesa de inmediato.

​—No he tocado la caja, solo la manta mugrosa —se justificó Valeria, aunque dio dos pasos hacia atrás al ver que la gema roja comenzaba a agrietarse por el centro.

​De las grietas del rubí comenzó a brotar una sustancia negra, espesa y brillante, parecida al alquitrán caliente. La sustancia no cayó sobre la mesa; subió en el aire, desafiando la gravedad, y comenzó a entrelazarse sobre el cofre, formando la figura de una criatura deforme: una silueta humana esbelta pero grotesca, con brazos excesivamente largos que terminaban en dedos afilados como agujas de coser y un rostro sin ojos ni nariz, dominado únicamente por una boca enorme llena de dientes aguzados dispuestos en tres filas concéntricas.

​—GRACIAS... POR... LA... SANGRE... —siseó la criatura. La voz era una amalgama de miles de murmullos femeninos y masculinos que se superponían unos a otros, creando una cacofonía insoportable—. LA... SANGRE... DE... LA... HEREDERA... HA... ROTO... EL... ÚLTIMO... ESLABÓN...

​Gabriel se colocó instantáneamente delante de Valeria, cruzando las dos dagas de plata frente a su pecho en una postura defensiva perfecta.

​—Es un Devorador de Sombras de Clase V —catalogó Gabriel, manteniendo la voz firme a pesar de que una gota de sudor frío le resbalaba por la sien—. Una entidad parásita que se alimenta de la memoria y la fuerza vital. Eugenio Alarcón no era el amo de esta casa; era el alimento de esta cosa. Lo mantuvo atrapado aquí usando a su propia familia como cebo.

​—O sea, que el bisabuelo no era solo un feo con cara de estreñido, sino también un hijo de puta de marca mayor —resumió Valeria desde detrás del hombro de Gabriel.

​—Una evaluación históricamente precisa —asintió Gabriel sin apartar los ojos del monstruo—. Escúcheme bien. Esta entidad no se disipará con vino consagrado ni con luz bendita. Su núcleo físico está dentro del cofre de hierro. Debemos destruir el cofre antes de que la criatura tome forma completa en este plano.

​—¿Y cómo abrimos el cofre si tiene diez candados? —preguntó ella.

​—NO... ABRIRÁN... NADA... —rugió el Devorador de Sombras.

​La criatura desplegó sus brazos de alquitrán espectral. Con una velocidad sobrehumana, dos zarpas negras salieron disparadas hacia ellos.

​Gabriel reaccionó al instante. Usó la daga derecha para desviar la primera zarpa con un golpe seco que hizo saltar chispas de luz dorada al contacto con el fluido oscuro. Pero la segunda zarpa era más rápida: esquivó la defensa de Gabriel y se le enroscó alrededor del cuello, levantando al demonólogo de un tirón y estampándolo contra la pared de piedra del fondo.

​El impacto fue demoledor. Gabriel dejó caer una de las dagas de plata, que rebotó en el suelo y rodó hacia la oscuridad. El aire salió expulsado de sus pulmones en un pido ahogado. La sustancia negra empezó a quemarle la piel del cuello, dejando marcas de quemadura química sobre su cuello impecable.

​—¡Gabriel! —gritó Valeria.

​Fue la primera vez que no usó su apellido, ni un apodo burlesco, ni una provocación. El nombre salió de su boca impregnado de un pánico puro y visceral que la sorprendió a ella misma.

​La criatura empezó a apretar el cuello de Gabriel, disfrutando de la agonía del cazador. Los ojos azules de Gabriel comenzaron a perder el brillo frío y analítico; la falta de oxígeno le estaba nublando la vista, y la fuerza de la entidad era diez veces superior a la de un espectro común.

​—EL... CAZADOR... SERÁ... MI... PRIMER... BANQUETE... —se mofó la criatura, abriendo su enorme boca llena de dientes para abalanzarse sobre el rostro de Gabriel.

​—¡Suéltalo, pedazo de pulpo de alcantarilla! —bramó Valeria.

​En lugar de huir hacia las escaleras o buscar cobertura, la impulsividad suicida de Valeria volvió a tomar el control. Se lanzó hacia adelante, recogió la daga de plata que Gabriel había dejado caer al suelo y, sin pensar en las consecuencias, clavó la hoja directamente en el brazo de alquitrán que sujetaba el cuello del demonólogo.

​La plata consagrada, combinada con la energía de la sangre viva que aún impregnaba los dedos de Valeria tras el corte previo, provocó una reacción química volcánica.

​La criatura emitió un alarido de dolor que hizo retumbar las paredes de cantería. El brazo de alquitrán se disolvió en una nube de humo apestoso, liberando a Gabriel, que cayó de rodillas al suelo, tosiendo violentamente y sujetándose el cuello quemado.

​El Devorador de Sombras giró su rostro sin ojos hacia Valeria. Las tres filas de dientes se agitaron con furia homicida.

​—¡MALDITA... BITCH... DE... LA... ESTIRPE! —bramó el monstruo, alzando sus otros cuatro brazos de sombra para descuartizarla.

​—¡Valeria, abajo! —gritó Gabriel con la voz ronca por el daño en la tráquea.

​Gabriel no usó una daga ni un conjuro en latín. Se lanzó hacia adelante con todo el peso de su cuerpo, placando a Valeria por la cintura y arrastrándola al suelo justo antes de que las zarpas negras rebanaran el aire donde ella había estado de pie un segundo antes.

​Ambos rodaron por el suelo de piedra, quedando acorralados en el estrecho espacio entre la mesa central y la pared del fondo.

​La criatura, ciega de furia por el daño causado por la plata y la sangre, comenzó a golpear la mesa de piedra con sus extremidades de alquitrán, destruyendo los botes de cristal y haciendo volar por los aires trozos de cantería y libros antiguos.

​En el rincón oscuro, Gabriel estaba tumbado sobre Valeria, cubriéndola con su propio cuerpo para protegerla de los escombros que caían del techo.

​Valeria estaba atrapada bajo el peso firme y musculoso del demonólogo. Podía sentir el calor intenso que emanaba de su cuerpo, la respiración agitada y entrecortada de él contra su mejilla y el olor a sándalo mezclado ahora con el rastro de humo y sangre de su cuello herido.

​Gabriel alzó la cabeza unos centímetros para mirarla. Su cara estaba a solo un par de dedos de la de ella. El traje perfecto de tres piezas estaba rasgado en el hombro, su corbata fina estaba torcida y varios mechones de su cabello negro, antes peinado con precisión militar, caían sobre su frente sudorosa.

​Parecía un hombre completamente distinto. Ya no era el especialista frío, distante y de piedra que atendía en un despacho de lujo. Era un hombre vivo, vulnerable, ardiendo de adrenalina y con una mirada tan intensa y oscura que a Valeria le dio un vuelco el corazón.

​—¿Está... bien? —preguntó Gabriel con voz rasposa, fijando sus ojos azules en los de ella.

​—He tenido citas mejores —consiguió decir Valeria, intentando mantener su tono sarcástico, aunque la proximidad del rostro de Gabriel le estaba dificultando seriamente la tarea de pensar con claridad—. Pero al menos no te me has muerto en la primera hora. Eso suma puntos.

​Gabriel dejó escapar un sonido que se pareció peligrosamente a una risa seca y baja, un sonido que Valeria jamás habría esperado escuchar salir de su boca.

​—Es usted la mujer más exasperante del planeta —murmuró Gabriel, sin apartar la mirada de sus labios—. Y tiene un talento innato para meterse en los peores problemas posibles.

​—Y tú tienes un talento innato para ponerte encima de mí en los momentos más inoportunos, Thorne.

​Gabriel se quedó rígido al darse cuenta de la posición en la que se encontraban. Su mano derecha estaba apoyada en el suelo, justo al lado de la cabeza de Valeria, mientras que su brazo izquierdo rodeaba la cintura de ella de forma casi instintiva, manteniéndola pegada a su cuerpo.

​Por un segundo —un segundo eterno donde el ruido del monstruo destruyendo el laboratorio pareció quedar en segundo plano— la tensión entre ambos cambió de naturaleza. Ya no era la fricción entre la lógica y el caos, ni la pelea entre un profesional y su cliente insoportable. Era una atracción física pura, densa y peligrosa que amenazaba con devorarlos a ambos antes de que lo hiciera la entidad del cofre.

​Gabriel bajó la mirada hacia los labios de Valeria. Valeria alzó el mentón un milímetro, desafiándolo en silencio a romper la última norma de su protocolo.

​—¡OS... ENCONTRARÉ! —el rugido del Devorador de Sombras los devolvió de golpe a la sangrienta realidad.

​Gabriel cerró los ojos un instante, inhaló aire para recuperar el control de su mente matemática y se separó de ella unos centímetros, aunque sin soltarle del todo la cintura.

​—El cofre —dijo Gabriel, volviendo a su tono analítico, aunque su voz seguía sonando levemente alterada—. El rubí es el catalizador. Si destruimos la gema con la daga de plata mientras el monstruo está distraído, el sello se invertirá y absorberá a la criatura de vuelta al plano de origen.

​—¿Y quién va a distraer al pulpo gigante? —preguntó Valeria—. ¿Tú o yo?

​—Yo —contestó Gabriel de inmediato—. Tengo más experiencia en esquivar ataques de Clase V. Usted tomará la daga, se deslizará por debajo de la mesa y clavará la hoja en el centro del rubí.

​—¿Y si fallo?

​Gabriel la miró a los ojos con una intensidad renovada. Agarró la mano vendada de Valeria y apretó los dedos con firmeza.

​—No va a fallar —dijo él, y por primera vez no había en sus palabras ni rastro de frialdad—. Es demasiado obstinada para fallar.

​Valeria sonrió, sintiendo un chute directo de adrenalina recorriéndole las venas.

​—De acuerdo, Sr. Hielo. Sal ahí fuera y haz tu magia. Y intenta que no te coman la otra mitad de la corbata, que me empieza a gustar cómo te queda desabrochada.

​Gabriel no respondió, pero una leve curva casi imperceptible apareció en la comisura de sus labios.

​Se puso de pie de un salto, saliendo de la cobertura de la mesa y llamando la atención de la criatura con un grito potente en un idioma antiguo que hizo resonar las piedras del sótano.

​—¡CÓMETE ESTO, ENGENDRO! —bramó Gabriel, lanzando un frasco de sales de plata directamente a la boca del monstruo.

​El frasco explotó dentro de las tres filas de dientes, desatando un fuego azulado que obligó al Devorador de Sombras a retorcerse de agonía y concentrar todos sus brazos en atacar al demonólogo.

​Valeria no perdió un solo segundo. Se arrastró por el suelo de piedra, esquivando trozos de cantería y cristales rotos, hasta llegar a la base de la mesa central.

​El cofre de hierro seguía allí, con el rubí pulido latiendo furiosamente en la tapa. La gema estaba agrietada, expulsando hilos de sustancia negra que amenazaban con sellar la caja para siempre.

​Valeria se puso de rodillas frente al cofre. Agarró la daga de plata de Gabriel con ambas manos, levantó los brazos por encima de su cabeza y fijó la mirada en la luz roja de la gema.

​—Esto va por mi casa, por mi mano vendada y por el traje caro de Thorne —gritó Valeria.

​Clavó la daga de plata con toda la fuerza de su cuerpo directamente en el centro del rubí.

​La gema se cristalizó al instante y estalló en mil pedazos de luz carmesí.

​El Devorador de Sombras dejó escapar un alarido final que no provino de su boca, sino del propio espacio tiempo. La sustancia negra que formaba su cuerpo comenzó a ser succionada hacia el interior del cofre de hierro con la fuerza de un agujero negro en miniatura. Los brazos de alquitrán se retorcieron, luchando por agarrarse a las paredes del sótano, pero la fuerza de atracción del sello invertido era imparable.

​En menos de diez segundos, la criatura entera fue engullida por el interior de la caja. Las cadenas de bronce se cerraron de golpe con un chasquido metálico definitivo, y la tapa del cofre se selló con un sonido sordo que puso fin a la tormenta.

​El silencio volvió al laboratorio.

​Valeria se dejó caer de espaldas sobre el suelo de piedra, respirando con dificultad y mirando al techo de cantería. Tenía las manos temblorosas, la ropa destrozada y el cuerpo lleno de magulladuras, pero estaba viva.

​A su lado, se escucharon los pasos lentos de Gabriel.

​El demonólogo se dejó caer de rodillas junto a ella. Se quitó la chaqueta del traje —que ahora estaba inservible— y la tiró a un lado. Su camisa blanca estaba manchada de hollín y sangre, y su cuello mostraba las marcas rojas y negras de las quemaduras de la criatura.

​Se quedó mirándola en silencio durante un largo momento.

​—¿Ha terminado? —preguntó Valeria sin levantarse.

​—Ha terminado —confirmó Gabriel con voz suave—. El sello está cerrado. El cofre ha vuelto a su estado inerte.

​—Estupendo —dijo ella, cerrando los ojos—. Ahora haz el favor de decirme que tienes un bote de crema para quemaduras en tu maravilloso maletín, porque me duele hasta el apellido.

​Gabriel dejó escapar un suspiro largo y profundo. Extendió la mano y, con una ternura infinita que habría dejado estupefacto a cualquiera de sus clientes habituales, usó las yemas de sus dedos para apartar un mechón de cabello manchado de polvo de la frente de Valeria.

​—Tengo la crema —dijo Gabriel en un murmullo suave—. Y tengo té de manzanilla en el coche. Aunque sospecho que usted preferiría algo más fuerte.

​Valeria abrió un ojo y lo miró con una sonrisa cansada pero victoriosa.

​—Preferiría un whisky doble y que me prometas que la próxima vez que me visites, traerás flores en lugar de dagas de plata, Thorne.

​Gabriel sonrió abiertamente esta vez, una sonrisa genuina, cálida y devastadoramente atractiva que iluminó su rostro afilado y derritió por completo la máscara de hielo que había llevado durante años.

​—Lo tendré en cuenta para nuestro próximo contrato, señorita Gómez.

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Martha Divas Delgado
🥰woooooo me encantan Valeria y don frío 🤭
Martha Divas Delgado
🥰 me encantó k don friosiempre midiendo todo
Martha Divas Delgado
wooooo espero no termine esta historia aqui
Isabel Sandoval
Jaaaa esa es buena jajaja/Facepalm/
Martha Divas Delgado
ooooooo me encanta 🤭
Martha Divas Delgado
siiiiiiiiiiiii
Martha Divas Delgado
o autora sentí k nuestro hombre frío ahora sí se iba a quedar bien frío
Martha Divas Delgado
autoraaaaa me gusta 🤭 k Valeria sea así y creo esto no acaba AKI con ese demonio verdad
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