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PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

PUDRETE, TESEO… AHORA AMARÉ AL MINOTAURO

Status: Terminada
Genre:Romance / Reencarnación / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Ariadna conoce desde niña el secreto que se esconde tras los muros del Laberinto: el Minotauro tiene un nombre, Asterión, y también tiene un corazón.
Mientras todos lo consideran una bestia condenada a morir, ella descubre al hombre que existe detrás de sus cuernos, sus heridas y su maldición. Entre visitas secretas, canciones y promesas hechas en la oscuridad, la compasión se transforma en un amor que desafía las leyes de Creta.
Entonces llega Teseo, el héroe destinado a matar al monstruo.
Ariadna acepta ayudarlo, pero no para entregar a Asterión.
Esta vez, el hilo no conducirá al héroe hacia la gloria.
Conducirá a dos amantes hacia la libertad.
Pero escapar del Laberinto no será suficiente. Cuando Teseo descubra la verdad, Ariadna tendrá que elegir entre su familia, su reino y el hombre que ama.
Porque para el mundo, Asterión será siempre el Minotauro.
Para Ariadna, será el hombre que merecía ser salvado.

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La hoja que traiciona

El silencio que siguió a la partida de Asterión fue denso, pesado como una manta húmeda. Ariadna se quedó de pie junto a la entrada oculta, mirando la grieta que se había cerrado tras él, sintiendo cómo algo cálido y a la vez gélido se instalaba en su pecho. Vete, mi amor. Vive. Y nunca sepas que mi libertad fue el precio de la tuya. Esas palabras se repetían en su mente, suaves y desgarradoras a la vez. Cerró los ojos un instante, respiró hondo, y se giró hacia la oscuridad del Laberinto. Sabía que Teseo no se iría tan fácil. Su orgullo era demasiado grande, su necesidad de triunfo demasiado profunda para aceptar que había vuelto sin trofeo.

Y no se equivocó. Apenas habían pasado unos minutos cuando escuchó pasos que regresaban. No eran los de quien se rinde. Eran rápidos, furiosos, golpeando la piedra con la fuerza de la rabia contenida. Teseo irrumpió en la cámara, el rostro desencajado, las mejillas encendidas, la mano blanca apretada sobre el puño de su espada. Había recorrido los pasajes una y otra vez, había comprobado que no había salida, que el "monstruo" había desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra, y en su mente no cabía otra explicación: ella lo había planeado todo. Ella lo había burlado. Ella, la princesa que debía estar agradecida, que debía adorarlo, lo había convertido en un hazmerreír antes de siquiera empezar.

—¡Mentirosa! —bramó, y su voz rebotó en las paredes, haciendo eco en cada recodo—. ¡Me has arruinado! ¿Dónde está? ¿A dónde lo has llevado? ¡Dímelo ahora mismo o te juro que te arrepentirás de haber nacido!

Ariadna dio un paso atrás, pero no por miedo. Solo para tener espacio, para no cederle ni un palmo de terreno. Se sostuvo firme, con la cabeza alta, la mirada fija en la suya.

—Se fue —repitió con calma, aunque el corazón le latía acelerado—. Y no volverá. Ya no hay bestia que mates. No hay cabeza que lleves de trofeo. No hay victoria que contar. Regresarás a Atenas con las manos vacías. Y todo el mundo sabrá la verdad: que el gran héroe Teseo no fue capaz de encontrar ni siquiera a quien decía temer.

Esas palabras fueron como aceite sobre el fuego. Teseo soltó un grito de rabia y desenvainó la espada de golpe seco. El metal brilló con una luz fría y cruel.

—¿Crees que solo me impOrta él? —escupió, acercándose—. Me has humillado ante mi gente. Me has convertido en un tonto. Yo te ofrecí un trono. Un reino. Una vida de gloria. ¡Y tú me traicionaste por esa aberración!

—Esa aberración me vio como mujer, no como moneda de cambio —respondió ella, con voz clara y firme—. Él escuchó mi voz cuando todos los demás solo escuchaban lo que convenía. Él me preguntó qué sentía. Tú ni siquiera me miras de verdad. Solo miras lo que puedo darte.

Teseo perdió el control por completo. Rugió y se lanzó hacia ella. Ariadna intentó apartarse, pero él era rápido, la cámara estrecha, y la hoja le rozó el costado con brutal precisión. Sintió el corte antes que el dolor: un fuego agudo que la hizo trastabillar. Llevó la mano al costado y los dedos se mancharon de rojo de inmediato. La sangre empapó su vestido, caliente y pegajosa, goteando sobre la piedra fría.

—¡Maldita seas! —bramó él, acercándose de nuevo, la espada levantada—. Dime dónde está o te mataré aquí mismo. No me importa que seas princesa. Nadie sabrá lo que pasó. Te dejaré aquí para que te pudras junto a tus secretos.

Ariadna apretó la herida, sintiendo cómo el dolor se extendía, nítido y constante, pero no bajó la mirada.

—Mátame si quieres —dijo, con voz temblorosa pero inquebrantable—. Pero no te diré nada. Él ya está libre. Y tú… tú solo eres un cobarde que necesita herir a una mujer para sentirse poderoso.

Teseo apretó los dientes y alzó la espada con ambas manos, dispuesto a descargar el golpe final.

Pero en ese instante, unos pasos resonaron en el corredor de entrada. Pesados, rápidos, que hacían temblar la tierra misma. Un rugido bajo, feroz, llenó la cámara entera. Teseo se giró de golpe y la espada le resbaló de los dedos, cayendo al suelo con un estruendo metálico.

Allí, en el umbral, inmenso, con los ojos ardiendo en furia protectora, estaba Asterión. Había vuelto.

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