Sinopsis:
Un matrimonio por conveniencia de dos años. Dos mentes calculadoras dispuestas a todo.
Emma creía que Dilan era el títere perfecto para lograr su venganza familiar y luego desaparecer con su herencia. Dilan sabía que Emma era un lobo con piel de cordero desde el día en que la conoció, y la eligió por eso.
Cuando las mentiras salen a la luz y el imperio de piezas se derrumba, ella exige la libertad que estipulaba el contrato. Pero él tiene una nueva condición: "Úsame, destruye a quien quieras, pero te quedas conmigo". Una historia de amor obsesivo, secretos y poder donde el peligro más grande no son los enemigos externos, sino la atracción entre los dos. Una pregunta que Emma no sabe cómo responder: ¿Se puede ganar una guerra cuando tu mayor enemigo está dispuesto a entregarte todo con tal de que lo ames?
NovelToon tiene autorización de Kiary Valverde para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
15
Dilan
Después de terminar casi en una sala de urgencias por una severa intoxicación alcohólica, me vi obligado a recluirme en el departamento durante dos agónicos días. Mis padres no dejaron de llamarme, pero no me molesté en contestar; mi secretaria, por su parte, llamó unas veinte veces a la extensión de la oficina.
Con una profunda decepción, dejé el celular sobre la mesa de noche. Solo me había llamado a la línea de la empresa; ni siquiera se había tomado la molestia de enviarme un mensaje de texto personal para saber si seguía respirando.
Emma, ¿qué demonios voy a hacer contigo?
Una vez terminado mi descanso forzado, volví a la rutina. El trabajo a primera hora era mi único salvavidas primordial para obligar a mi mente a dejar de pensar tanto en ella. Sin embargo, en cuanto crucé el vestíbulo de la empresa, la vi. Estaba hablando en voz baja con Marina, la encargada de supervisión.
Ambas se quedaron en un silencio sepulcral en cuanto notaron mi presencia.
—Buenos días —dije con tono plano, pasando de largo por su lado.
—Buenos días —respondieron las dos al unísono, tensándose.
No tuvimos más contacto en todo el día. Ni una mirada, ni un roce. Creo que, efectivamente, me estaba evitando.
Más adelante
Al salir de la oficina, manejé directamente a mi departamento. Nada más estacionar, divisé una silueta conocida esperándome cerca de la entrada: mi suegro.
Bajé del coche y me acerqué a él, midiendo mis pasos.
—Necesito conversar contigo —sentenció con un tono de voz que pretendía ser amenazador.
Me limité a asentir con la cabeza. Subimos en silencio hasta mi apartamento. Al entrar, mi suegro se acomodó en el sofá, esperándome con una tranquilidad excesiva que me resultó sumamente sospechosa. Presentía que algo andaba mal, y esa intuición no me agradaba en absoluto.
—¿Qué es lo que necesita? —pregunté, sentándome en el sillón individual frente a él, cruzando las piernas.
—Vengo a hablar de mi hija, de este matrimonio y, sobre todo, del divorcio.
No pude evitar que una mueca de absoluto desagrado se pintara en mi rostro al escuchar esa palabra.
—¿A qué se refiere exactamente?
—Emma y tú... creo que lo mejor será que se divorcien —soltó con total ligereza—. Por cómo van las cosas entre ustedes, es la mejor opción. Sé que esta alianza no te agrada y que solo aceptaste casarte por pura maldad, para mantener a tus padres al margen de tus decisiones.
Me mantuve rígido, limitándome a clavar mis ojos en él, analizando cada uno de sus movimientos.
—Mi esposa y yo hemos decidido que lo más sano es que firmen la disolución, así ninguna de las dos familias sale perdiendo.
—¿Emma está al tanto de esto? —cuestioné, sintiendo un vuelco en el estómago.
—Sí. Se lo propusimos el día que nos reunimos a cenar. Te estuvimos esperando, pero no te apareciste.
—¿Y qué fue lo que dijo ella al respecto?
—Dijo que haría lo que tú decidieras. Esa fue su respuesta.
Relajé la espalda contra el asiento, ocultando mi triunfo bajo una capa de hielo.
—No me voy a divorciar. Es lo único que diré al respecto.
—Piénsalo bien, Dilan. Están metidos en un matrimonio sin sentido, donde no hacen más que complacer nuestros caprichos. Lo correcto sería divo...
—Y su verdadero plan es que me case con su otra hija, ¿verdad? —le interrumpí, exhibiendo una sonrisa ladina llena de desprecio.
Mi suegro se tensó un segundo, pero recuperó la compostura de inmediato.
—No sería una mala idea. Elena fue la escogida por tus padres desde el principio.
—Elena no es, ni de cerca, la mujer ideal para mí. Una mujer que es capaz de ofrecerse a un hombre casado no posee principios moralmente aceptables. Además, tengo entendido que ya tiene novio.
—Eso es algo que se puede arreglar —replicó él con desdén—. Tú tampoco eres una santa paloma, Dilan.
—Elena no es mi tipo de mujer, no me gusta en lo absoluto. Además, Emma y yo estamos planeando vivir juntos muy pronto para ahorrarnos este tipo de inconvenientes familiares.
Mi suegro enarcó una ceja, visiblemente sorprendido.
—¿De verdad?
—Sí. Últimamente estamos mucho más cerca. Solo es cuestión de tiempo.
—Bien —dijo él, poniéndose de pie de mala gana—. Entonces no los molesto más. Espero ver avances pronto. Si en un mes no están viviendo juntos bajo el mismo techo, ella se va a divorciar de ti, con o sin tu consentimiento.
No añadí una sola palabra más; me limité a escoltarlo con la mirada hasta que cruzó el umbral. Me quedé estático en la sala, contemplando la pared vacía.
Parecía que el destino me obligaba a volver a ser el hombre cruel y desalmado de antes. A estas personas se les había olvidado muy rápido con quién estaban tratando.
Me puse de pie y salí de mi departamento a paso firme. Debería pagarles con la misma moneda y dejar de tener paciencia solo porque son los padres de mi esposa.
Media hora más tarde, me encontraba frente a la puerta de Emma, debatiéndome entre tocar el timbre o simplemente entrar con mi copia de la llave. Miré mi teléfono y decidí que lo mejor sería enviarle un mensaje de texto.
«¿Podemos hacerlo?»
Esperé unos minutos por su respuesta, pero no llegó. En la pantalla apareció la confirmación de que ya lo había leído. Resoplé; no quería presionar, pero la verdad era que me moría de ganas por verla.
Tomé la decisión de abrir la puerta y entrar. Al cruzar la estancia, la descubrí recostada en el sofá con los ojos cerrados. Me acerqué con sigilo para detallarla mejor; ni siquiera se había cambiado de ropa, todavía llevaba puesto el sastre del trabajo. Tenía el cabello desaliñado y se había despojado de los tacones. Con suavidad, me quité la chaqueta de vestir y se la coloqué encima de las piernas para abrigarla.
Emma entornó los párpados. Al cruzar su mirada con la mía, soltó un suspiro cansado y volvió a cerrar los ojos.
—Creo que tendré que cambiar la cerradura de esta puerta —murmuró, sin molestarse en mirarme.
Sonreí de lado. Me puse de pie y me dirigí a la cocina; estaba seguro de que no había probado bocado. Comencé a prepararle algo rápido y liviano para la cena.
Una hora después, la comida estaba servida. Ella se levantó mecánicamente, fue a lavarse las manos y se sentó a la mesa. Comimos en un silencio absoluto, y debo admitir que fue el momento más cómodo y pacífico que había experimentado en toda mi vida. Siempre había anhelado esto: compartir un espacio con alguien sin la constante preocupación de tener que encajar o cumplir expectativas. Con Emma podía ser simplemente yo, y deseaba con todas mis fuerzas que ella se sintiera igual conmigo; que dejara de lado esas sonrisas falsas de cortesía profesional y se permitiera ser ella misma.
—Mis padres pidieron que este matrimonio se disuelva —comentó de pronto, quebrando el silencio mientras lavábamos los platos juntos.
—Lo sé. Tu padre fue a buscarme.
—¿Y qué vas a hacer al respecto?
—Nada.
Emma detuvo lo que estaba haciendo y se me quedó viendo, fija y analítica.
—No me voy a divorciar de ti, Emma. Te lo dije esa anoche y te lo repito ahora: quiero que esto funcione —declaré con total seriedad.
Ella me dio la espalda sin responder y se retiró a pasos lentos. La vi encerrarse en su habitación.
Pasó el rato y no volvió a salir; supuse que el agotamiento la habría vencido y que se habría quedado dormida. Me dirigí al baño de visitas para darme una ducha y refrescarme. Decidí quedarme a pasar la noche en su casa por si acaso.
Más tarde, un leve ruido proveniente de la sala me despertó. Salí con sigilo de la habitación y la descubrí sentada en medio del sofá, sosteniendo una pequeña caja de cartón entre las manos. Me quedé estático en mi lugar, oculto por las sombras del pasillo. La vi pasarse los dedos por las mejillas; estaba llorando.
Amagué con acercarme para consolarla, pero me detuve en seco al escuchar sus palabras ahogadas por el llanto.
—Mamá... no sé qué hacer. Tengo tanto miedo de fallar... Te necesito tanto —su voz, completamente quebrada por el dolor, me encogió el corazón. Era el sonido más triste que había escuchado jamás.
No pude evitar sentir una profunda punzada de tristeza y confusión. La vi extraer una vieja fotografía de la caja y acunarla contra su pecho.
—Te necesito ahora mismo... —sollozó con una angustia tan desgarradora que me dejó completamente fuera de lugar.
Se me congeló la sangre. Emma y su madre se llevaban pésimo, se trataban con hostilidad... ¿entonces cómo era posible que estuviera llorando por ella con semejante devoción? ¿A qué venía tanta desesperación?
—¿Está todo bien? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio mientras me acercaba con lentitud para no asustarla.
Al escuchar mi voz, Emma se sobresaltó. Se apresuró a guardar los objetos en la caja con manos torpes y se limpió las lágrimas a toda prisa con la manga de la camisa. Me planté frente a ella, pero evitó mi mirada a toda costa, fijando la vista en el suelo.
—¿Qué sucede? ¿Por qué estás llorando así? —insistí, agachándome hasta quedar a su altura para forzarla a mirarme.
—Nada... Todo está bien. Solo me sentí algo nostálgica —respondió con la voz ronca, limpiándose bruscamente la nariz con el puño.
La miré fijamente a los ojos, notando el rastro rojo del llanto. Sabía perfectamente que me estaba mintiendo, pero decidí que lo mejor era no seguir presionando su herida.
—Te prepararé un té caliente —le dije con suavidad, poniéndome de pie.
Antes de caminar hacia la cocina, le dediqué un par de miradas cargadas de preocupación. Ella seguía estática en el sofá, abrazando la caja, evitando por todos los medios cruzarse con mis ojos