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La Vida Que Parecía Perfecta

La Vida Que Parecía Perfecta

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Fantasía LGBT / Enfermizo
Popularitas:332
Nilai: 5
nombre de autor: Adriana05

Una mujer atrapada en un matrimonio que dejó de hacerla feliz conoce a otra mujer que despierta en ella un amor inesperado, obligándola a enfrentarse a sus miedos, sus secretos y a las consecuencias de elegir entre la vida que construyó y el amor que jamás se atrevió a imaginar.

NovelToon tiene autorización de Adriana05 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22 La mujer del asiento trasero

—Tú.

La palabra salió de los labios de Victoria como un susurro.

Pero todos la escucharon.

La mujer dejó de sonreír.

Durante un instante nadie se movió.

Ni siquiera Arturo.

Victoria señaló hacia ella.

—Tú estabas en el automóvil.

La mujer dio un paso atrás.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Sí lo sé.

Victoria comenzó a recordar.

La lluvia.

Los cristales empañados.

La respiración agitada.

La voz de Daniel.

Y aquella silueta sentada detrás de ella.

—Yo te vi.

La mujer negó.

—Estabas inconsciente.

—Antes de perder el conocimiento te vi.

Lucía se acercó a Victoria.

—¿Quién es?

Victoria no apartó los ojos de la mujer.

—No lo sé.

La mujer respondió:

—Entonces no me acuses.

—Pero te recuerdo.

—Los recuerdos pueden mentir.

—Los tuyos también.

La mujer palideció.

Arturo levantó lentamente el arma.

—Ya basta.

Victoria giró hacia él.

—¿Por qué tienes miedo?

Arturo no respondió.

—Tú sabes quién es.

Silencio.

Victoria avanzó.

—Dime quién es.

Arturo apretó la mandíbula.

—Es alguien que debió morir hace mucho tiempo.

La mujer lo miró.

—Y tú debiste acompañarme.

Arturo levantó el arma.

Daniel se interpuso.

—¡No!

El disparo sacudió la habitación.

Daniel cayó de rodillas.

—¡Daniel!

Victoria corrió hacia él.

La bala había rozado su brazo.

—Estoy bien.

—¡Estás sangrando!

—No importa.

Daniel levantó la mirada.

—Sácala de aquí.

Victoria lo miró.

—¿A quién?

Daniel señaló a la mujer.

—A ella.

La mujer comenzó a retroceder.

—No.

Victoria se levantó.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—¡¿Qué hiciste aquella noche?!

La mujer la miró fijamente.

—Intenté salvarte.

—¿Entonces por qué estabas en el automóvil?

La mujer no respondió.

Victoria sintió que la rabia crecía.

—¡Respóndeme!

—Porque Arturo me obligó.

Arturo soltó una carcajada.

—Siempre tan buena para inventar historias.

La mujer lo enfrentó.

—Tú sabes que es verdad.

—Yo sé que tú fuiste quien cambió las pastillas de los frenos.

El silencio cayó como una piedra.

Victoria miró a la mujer.

—¿Tú?

—No.

—¡Arturo acaba de decirlo!

—Porque quiere que me culpes.

Arturo sonrió.

—Entonces dime quién lo hizo.

La mujer cerró los ojos.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque si digo su nombre, todos aquí morirán.

Sebastián levantó el arma.

—Ya estamos bastante cerca.

Se escuchó un ruido detrás de la pared.

Luego otro.

Mateo miró hacia la puerta.

—Hay alguien más.

Todos se giraron.

Tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Victoria sintió un escalofrío.

—¿Otra persona?

Isabel negó lentamente.

—No.

—¿Entonces qué es?

—No es una persona.

Elena comenzó a llorar.

—Isabel…

—¿Qué?

—No abras esa puerta.

Victoria miró a su madre.

—¿Qué hay detrás?

Elena no respondió.

Victoria caminó hacia la pared.

—Mamá.

—Victoria, no.

—¡¿Qué hay detrás?!

Elena finalmente respondió.

—El lugar donde empezó todo.

Victoria tocó la pared.

Había una pequeña hendidura.

Introdujo los dedos.

Encontró un interruptor.

Lo presionó.

La pared se abrió.

Un olor a humedad salió de la habitación.

Al otro lado había una sala pequeña.

En el centro…

un viejo proyector.

Y una pantalla.

Victoria se quedó inmóvil.

—¿Qué es esto?

La mujer respondió:

—La noche del accidente.

Mateo se acercó.

—¿Tienes una copia en video?

—No es una copia.

La mujer miró a Victoria.

—Es el original.

Victoria sintió que el corazón se le aceleraba.

—Ponlo.

La mujer no se movió.

—No quieres verlo.

—Ponlo.

—Victoria…

—¡Ponlo!

La mujer encendió el proyector.

La pantalla parpadeó.

Primero apareció una imagen oscura.

Luego el automóvil.

Victoria se llevó una mano a la boca.

Era ella.

Diez años atrás.

Estaba sentada en el asiento delantero.

Daniel conducía.

Lucía estaba afuera del automóvil.

Pero había alguien más.

En el asiento trasero.

La misma mujer.

Victoria se acercó a la pantalla.

—Yo tenía razón.

La grabación continuó.

La mujer hablaba con alguien.

Pero no se veía el rostro de la otra persona.

—No puedes hacerlo —decía.

Una voz masculina respondió:

—Ya está hecho.

Victoria sintió que la cabeza comenzaba a dolerle.

—Esa voz…

Daniel la miró.

—No la escuches.

—¿Por qué?

—Porque todavía no estás preparada.

Victoria se volvió hacia él.

—¡Estoy cansada de que me digas para qué estoy preparada!

La grabación continuó.

La mujer del asiento trasero sacó algo de su bolso.

Una pequeña botella.

La dejó junto a los pies de Victoria.

Victoria se quedó helada.

—¿Qué es eso?

La mujer cerró los ojos.

—Un sedante.

Lucía la miró con horror.

—¿Tú la drogaste?

—No.

—¡Aparece en el video!

—No fui yo quien lo puso.

Victoria miró la pantalla.

La mujer del asiento trasero hablaba con alguien.

—Si se lo das, olvidará.

La voz masculina respondió:

—Eso no será suficiente.

—Entonces, ¿qué quieres?

—Que sobreviva.

Victoria dio un paso atrás.

—¿Qué?

Daniel la miró.

—Eso fue lo que siempre quisieron.

—¿Que sobreviviera?

—Sí.

—¿Por qué?

Nadie respondió.

La grabación avanzó.

Se escuchó un golpe.

Daniel miró hacia atrás.

—¿Qué fue eso?

La mujer respondió:

—Nada.

Pero en ese momento apareció otra persona.

La puerta trasera se abrió.

Un hombre se inclinó dentro del automóvil.

Victoria dejó escapar un grito.

—¡Él!

Todos miraron la pantalla.

El rostro era parcialmente visible.

Pero suficiente.

Victoria lo reconoció.

—Es…

No pudo terminar.

Lucía miró la imagen.

—¿Quién?

Victoria señaló.

—Mi hermano.

Sebastián quedó inmóvil.

—No.

Victoria lo miró.

—Eras tú.

Sebastián negó.

—Yo estaba lejos.

—¡Estás en el video!

—No.

Mateo se acercó a la pantalla.

—Espera.

La imagen avanzó.

El hombre levantó el rostro.

No era Sebastián.

Era alguien parecido.

Muy parecido.

Victoria sintió que el corazón se le detenía.

—¿Quién es?

La mujer respondió:

—Su hermano gemelo.

Silencio.

Sebastián retrocedió.

—Yo no tengo un hermano.

La mujer lo miró.

—Eso fue lo que te hicieron creer.

Victoria sintió que todo comenzaba a encajar.

—¿Cuántos hijos tuvo mi madre?

Elena lloraba.

—Tres.

Victoria la miró.

—¿Tres?

—Sí.

—¿Dónde está el tercero?

Elena no respondió.

Arturo comenzó a sonreír.

—Ahora sí estamos llegando al verdadero secreto.

Victoria lo enfrentó.

—¿Dónde está?

Arturo miró a Sebastián.

—Pregúntale a él.

Sebastián quedó paralizado.

—Yo no sé nada.

Arturo soltó una carcajada.

—Tú fuiste quien salió del automóvil aquella noche.

Sebastián palideció.

—No.

Victoria lo miró.

—¿Estuviste ahí?

—Victoria…

—¡¿ESTUVISTE AHÍ?!

Sebastián cerró los ojos.

—Sí.

El silencio fue absoluto.

Victoria retrocedió.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque no podía.

—¿Quién te lo prohibió?

Sebastián miró a Arturo.

—Él.

Arturo sonrió.

—Mentiroso.

Sebastián levantó el arma.

—Tú me obligaste.

—Yo te salvé.

—¡Tú mataste a nuestro hermano!

Elena gritó.

—¡Basta!

Todos quedaron inmóviles.

Victoria miró a Elena.

—¿Nuestro hermano?

Elena cerró los ojos.

—Sí.

Victoria sintió que las piernas le temblaban.

—¿Está muerto?

Elena no respondió.

La mujer que había estado escondida durante diez años habló:

—No.

Victoria levantó la mirada.

—¿Qué?

—Tu hermano está vivo.

Sebastián se quedó completamente pálido.

—Eso es imposible.

La mujer lo miró.

—Lo viste hace diez años.

—¿Dónde?

Ella señaló la pantalla.

—En el automóvil.

Victoria miró nuevamente la grabación.

El hombre parecido a Sebastián se acercaba a ella.

Luego se inclinaba.

Y decía algo.

La grabación aumentó el volumen.

—Victoria.

Ella sintió un escalofrío.

La voz continuó.

—Cuando despiertes, no recuerdes mi rostro.

Victoria comenzó a llorar.

—¿Por qué?

La voz respondió:

—Porque si recuerdas quién soy, Arturo te matará.

La pantalla se apagó.

Nadie habló.

Hasta que Daniel susurró:

—Ahora entiendes por qué teníamos que mantenerte lejos de la verdad.

Victoria se volvió hacia él.

—No.

Daniel la miró.

—¿No?

—Ahora entiendo algo peor.

—¿Qué?

Victoria miró a todos.

—Que alguien lleva diez años fingiendo estar muerto.

En ese momento, el teléfono de Mateo comenzó a sonar.

Todos voltearon.

Mateo miró la pantalla.

Su rostro cambió.

—No puede ser.

—¿Quién es? —preguntó Victoria.

Mateo levantó lentamente el teléfono.

—El número es de alguien que murió hace diez años.

Victoria sintió un escalofrío.

—Contesta.

—No.

—¡Contesta!

Mateo respondió.

Durante unos segundos no se escuchó nada.

Después una voz.

Una voz masculina.

Joven.

Temblorosa.

—Mateo…

Mateo dejó caer el teléfono.

Victoria se acercó.

—¿Quién era?

Mateo levantó la mirada.

—Tu hermano.

Sebastián retrocedió.

—No.

Entonces el teléfono volvió a sonar.

Esta vez apareció un mensaje.

Solo decía:

“VICTORIA, NO CONFÍES EN DANIEL.”

Victoria levantó lentamente la mirada.

Daniel estaba frente a ella.

Pálido.

Herido.

Y completamente en silencio.

Arturo sonrió.

—Ahora sí.

Victoria apretó los puños.

—Daniel…

Él dio un paso atrás.

—No es lo que parece.

—Entonces dime qué es.

Daniel miró a todos.

Y finalmente dijo:

—Yo sé dónde está tu hermano.

La respiración de Victoria se detuvo.

—¿Dónde?

Daniel levantó la mirada.

—En la casa donde empezó el accidente.

Victoria sintió un escalofrío.

—La casa de mi infancia.

Daniel asintió.

—Sí.

—¿Está vivo?

Daniel tardó unos segundos en responder.

—Sí.

Victoria dio un paso hacia él.

—Entonces llévame.

Daniel negó.

—No puedo.

—¿Por qué?

Daniel miró hacia Arturo.

—Porque si vamos allí…

Hizo una pausa.

—Él va a despertar.

Victoria frunció el ceño.

—¿Quién?

Daniel miró a la mujer del asiento trasero.

Y ella susurró:

—El hombre que realmente provocó el accidente.

Las luces se apagaron.

Y desde algún lugar de la casa…

se escuchó una risa.

Una risa que Victoria reconoció.

Una risa que había escuchado durante toda su infancia.

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