Un grupo de amigos y una policía encubierto arriesgan sus vidas, tratando de acabar con la corrupción que azota la ciudad.
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CAPÍTULO 15
Entraron todos y se quedaron parados en medio de una sala muy espaciosa.
Estaba muy bien decorada, habian lindos cuadros colgando de las paredes. Una amplia estufa a leña un poco más al fondo. Sillones muy cómodos y relucientes adornaban el centro de la habitación, en medio de ellos una mesa baja de madera labrada, impecable.
En uno de esos sofás de tres cuerpos estaban sentados dos hombres jóvenes. Al ver aparecer a Alonso y su séquito, se pusieron en alerta y se inclinaron hacia adelante.
Detrás de ellos, parado cerca de la puerta que comunicaba con las demás habitaciones de la casa, había un sujeto de dimensiones descomunales. Su nombre era Darío, y era conocido en la ciudad por tener fama de matón. Había golpeado a varias personas en la calle, pero siempre salía impune alegando defensa propia. Por supuesto que la defensa propia era avalada sólo por el sargento Álvarez, quien no iba a permitir que uno de sus mejores matones fuera preso por pegarle a algún desgraciado que se cruzara en su camino.
Su cabeza rapada estaba apoyada directamente sobre sus hombros, no tenía cuello. Su aspecto era típico de un gángster de película. Lentes oscuros, gesto hosco, dos metros de alto por otro tanto de ancho. Daba la sensación de que nunca miraba algo en particular, su mirada siempre iba dirigida a un punto fijo.
Era el sicario perfecto para un tipo de la calaña de Alonso.
—Alonso, estos son los chicos nuevos — dijo Gutiérrez con voz temblorosa , visiblemente nervioso.
Éste miró a uno y luego al otro. Los muchachos también lo miraban con suma atención.
—¡Hola, chicos nuevos! ... —saludó Alonso, con un tono cargado de ironía y falsedad.
—Hola Don Alonso...—-respondieron a dúo .
—Así que ustedes son los hermanos Britez...
—Si, señor... —contestó quién parecía ser el mayor de los dos.
—¡Qué bien! ¿Cómo te llamás?...
—Alfonso... Éste es mi hermano Diógenes...
—Dejalo hablar a él. ¡Hola, Diógenes! Supongo qué vos fumás, ¿no es cierto?
—¡Hola Alonso, ¿cómo estás? Si, yo fumo, ¿porqué?...
—Sólo preguntaba nomás... Tenés pinta de ser bastante confianzudo, digo, me acabás de tutear...
—Disculpe, señor Alonso. Es qué a veces me zarpo, no mido las consecuencias...
—Ya veo, también te zarpaste con los chinos, ¿no? ¿Quién de los dos los mató?
—Fui yo —respondió Alfonso —Yo los maté...
—¿Puedo preguntarte por qué lo hiciste?
—Tenía miedo de que nos delataran...
—¿Qué los delataran? No me digan que fueron a cara descubierta.
—No, Don Alonso. Es qué a mi hermano se le escapó su nombre y los chinos lo escucharon...
—Así que también te zarpaste en eso, ¿he Diógenes?
—Si, señor. Ya le dije, a veces no mido las consecuencias, ¡y bueno!... Sólo fue un pequeño error...
—Si, claro, un pequeñísimo error... Alonso miró uno a uno a sus acompañantes. Había una sonrisa irónica dibujada en su rostro — ¿Escuchaste Álvarez? Dice Diógenes qué sólo fue un pequeño error...
—Lo escuché, Alonso, aunque yo creo qué fue más qué eso...
—¿Te parece, Federico? ¿Vos qué opinás, Jairo?.
—Yo... no sé... También creo qué fue más que un error... —Jairo estaba cagado, y Alonso lo sabía..
—¿Vos qué decís, Rony? No has pronunciado una sola palabra desde qué salimos...
—Lo qué usted diga está bien, Don Alonso... —contestó el Rony, encogiéndose de hombros.
—¿Escuchaste, Diógenes? Los muchachos están de acuerdo conmigo en qué lo tuyo no fue sólo un pequeño error. ¡Fue una cagada con mayúscula!
—De acuerdo, patrón. Le pido disculpas...
Se comenzaba a notar cierto nerviosismo en los gestos de los hermanos. Sabían por boca de Gutiérrez que Alonso era un tipo frío, sin conciencia y sin alma.
—Ahora contestame vos, Alfonso, porque se supone qué sos el mayor de los dos, ¿quién carajos los mandó meterse con los chinos?
Alfonso carraspeó, estaba asustado, naturalmente. Pensó unos segundos cómo si no estuviera muy seguro que iba a contestar.
—Nadie nos mandó —-respondió por fin, con voz temblorosa. —Habíamos escuchado por ahí qué usted tenía pensado sacar a patadas a los chinos, y a mí se me ocurrió la idea de hacer ese trabajo, pensando qué le iba a gustar nuestra iniciativa...
—¿A vos se te ocurrió esa brillante idea? Lamento decirte que fue una idea de mierda. La cagaron, ¿entendés?. ¡Y encima al burro de tu hermano se le antojó fumarse un pucho! Y no sólo eso, el anormal tiró la colilla en el piso, ¿y que creés que va a pasar ahora qué los milicos encontraron esa colilla? ¡Contestá!...
—¿Encontraron la colilla?...
Alfonso miró a su hermano con un gesto de desaprobación dibujado en su cara. Diógenes le devolvió la mirada, haciéndole notar a su hermano que tenía razón al estar enojado con él. Luego desvió otra vez sus ojos hacia Alonso, esperando comprensión de parte de este. Lógicamente, él no tenía ni la más remota idea con la clase de sujeto que estaban lidiando.
—Claro qué encontraron la colilla, ¿qué pensabas?, ¿qué los milicos son unos boludos que no se dan cuenta de las cosas? ¡Sí, la encontraron!. Pero no se preocupen, todavía estamos a tiempo de solucionar este desastre...
Para sorpresa de los hermanos, Alonso había cambiado radicalmente su humor. Ahora parecía estar más tranquilo. Su voz sonaba apacible, cómo si se tratara de un padre dirigiéndose a sus hijos.
—No sabe cuanto me alegra que mi cagada no pase a mayores, señor Alonso... — Diógenes aprovechó la oportunidad para tratar de disculparse. Puso cara de niño bueno, esperando ablandar el corazón de alguien que todos sabían, menos ellos dos, claro, que era implacable cuando de errores se trataba.
—Si, muchacho... tranquilo. Déjenme preguntarles algunas cosillas, ya que trabajarán para mi creo que es justo que me interiorice sobre algunos temas personales de ustedes, ¿no les parece?.
—Sí, patrón, pregunte lo que quiera... — contestó Alfonso, visiblemente entusiasmado por el cambio de humor de quién sería su futuro jefe.
—Sentate, Alonso — lo invitó Gutiérrez —¿Querés que te alcance una silla? ¿O preferís el sillón?
—Si, una silla está bien... Jairo, Rony, ¿Porqué no van a tomar un poco de aire afuera? Pueden salir a conocer el campo del amigo Gutiérrez... Si él lo permite, claro...
—Sí, están en su casa. Recorran por dónde quieran...
Jairo y Rony salieron afuera. Gutiérrez le alcanzó una silla a Alonso. Éste la colocó frente a los hermanos, a un par de metros de distancia. El respaldo de la silla quedó de tal modo, que Alonso se sentó y apoyó sus brazos sobre el.
—¿En qué estábamos? ¡Aaa, si! Ustedes me iban a contar a algunas cosas en particular sobre sus vidas.
Alfonso y Diógenes intercambiaron miradas y asintieron entre ellos.
—Pregunte lo qué quiera, señor... Alfonso por ser el mayor de los dos, siempre era el que llevaba la voz cantante. Esa era una de las razones, la otra razón era porque no quería que su hermano siguiera metiendo la pata. Él lo conocía muy bien, y sabía qué Diógenes era muy proclive a decir y hacer estupideces.
—Perfecto —continuó Alonso — ¿Ustedes tienen familiares en la zona? Me refiero a si tienen a alguien que los eche de menos si por un tiempo no los ven...
—No lo creo... —contestó Alfonso —Nosotros somos de Paysandú. No tenemos parientes cercanos que nos extrañen...
—¿Tampoco tienen padres? ¿Otros hermanos?...
—¡Nada! Nuestra madre falleció hace un par de años. Nuestro padre... bueno... a ese nunca lo conocimos. Según mamá, nos abandonó cuando éramos muy chicos.
—¡Bien, bien! O sea que si ustedes dos desaparecen repentinamente nadie los va a llorar....
—Nadie...
—Eso es todo lo que quería saber. Porque como entenderán, tendrán que esconderse un buen tiempo hasta que la humareda se disipe. Lo entienden, ¿verdad?
—Si, claro, nos esconderemos bien.
Señor Alonso... quería preguntarle si nos daría otra oportunidad... Le prometo que esto no volverá a pasar...
—Por supuesto que no volverá a pasar... —Alonso se levantó de la silla y comenzó a caminar de aquí para allá, como un león enjaulado. Luego caminó hasta pararse detrás de los hermanos, en medio de los dos. Apoyó una mano en cada hombro de ellos. —Tendrán esa oportunidad... pero... no sé, necesito estar seguro. No es tan fácil resolver una situación así...
Diógenes y Alfonso se relajaron. Aflojaron sus cuerpos, los cuales habían mantenido rígidos debido a la tensión que se palpaba en el ambiente. Ahora que Alonso les había dicho que les daría otra oportunidad, podían respirar más aliviados.
Lo que nunca pudieron imaginar, era que Alonso había sacado una sevillana del bolsillo interno de su saco. Era una de esas navajas a las cuales se le aprieta un botón y la hoja afiladisima aparece, con una punta que haría erizar hasta al mismo diablo.
Álvarez y Gutiérrez se miraron entre si al imaginar las intenciones de Alonso. No dijeron una sola palabra, pero se notaba a leguas que se habían puesto nerviosos. De pronto, y con la rapidez de un rayo, algo que parecía poco probable dada la fisonomía de Alonso, este agarró por la frente a Diógenes, y tirándole la cabeza hacia atrás...le asestó tres puñaladas en el cuello...
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si hubiera ido con el pelo suelto lo hubiera llamado roquero drogadicto?
café con leche descremada
ojalá no mueran