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LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

Status: En proceso
Genre:Casos sin resolver / Maldición / Terror
Popularitas:368
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Valeria Salvatierra ha aprendido a desconfiar de los misterios. Como periodista, sabe que detrás de cada leyenda existe una explicación y que incluso los casos más extraños pueden resolverse siguiendo las pistas correctas.
Hasta que una mañana recibe una caja sin remitente.
Dentro encuentra una fotografía antigua de cinco personas frente a una mansión abandonada. El rostro de una de ellas ha sido borrado con tinta negra. También hay un recorte de periódico sobre la desaparición de una joven ocurrida treinta años atrás... y una llave marcada con un número:
17.
En el reverso de la fotografía hay una advertencia:
«Ella murió hace treinta años. Pero anoche volvió a llamar a mi puerta.»
Valeria comienza a investigar y descubre que la desaparición está relacionada con una habitación que la policía nunca pudo registrar.
La habitación 17.
Mientras sigue las pistas, nuevos asesinatos comienzan a ocurrir y personas relacionadas con aquella antigua tragedia empiezan a morir una tras otra.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20 — Una sola memoria

La casa comenzó a temblar con tanta fuerza que el suelo se abrió bajo los pies de Valeria. Gabriel sujetó a Vera y la apartó de una grieta que atravesó el túnel. Elena permaneció inmóvil, mirando a su hija como si acabara de comprender algo que durante años había sido incapaz de ver. Las siete mujeres seguían frente a la habitación cero, pero sus rostros habían cambiado. Ya no parecían criaturas sin alma. Parecían mujeres aterradas, cada una con una parte de la misma historia atrapada en los ojos.

—¿Qué hiciste?

La primera mujer miró a Valeria.

—No lo sé todavía.

—La casa está perdiendo el control.

—Entonces tenemos que quitárselo por completo.

La niña de ojos negros gritó y las paredes respondieron con un rugido profundo.

—¡No puedes!

Valeria se volvió hacia ella.

—Tú dijiste que eras la memoria de la casa.

—Lo soy.

—Entonces también sabes que una memoria no puede existir sin alguien que la recuerde.

La niña guardó silencio.

—Si nosotras somos tus recuerdos, entonces tú también dependes de nosotras.

La niña comenzó a retroceder.

—No.

—Sí.

Valeria extendió la mano hacia la primera mujer.

—Devuélveme lo que es mío.

La mujer tembló.

—¿Y si al hacerlo desaparezco?

—No desaparecerás.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no quiero olvidar a ninguna de ustedes.

La mujer tomó su mano.

En el instante en que sus dedos se tocaron, una corriente de imágenes atravesó la mente de Valeria. Vio a la primera mujer corriendo por el jardín, vio a Isabel entrando en la casa y vio a Gabriel cargando a una niña ensangrentada. Después escuchó una voz infantil.

«No me dejes sola.»

Valeria abrió los ojos.

—Te recuerdo.

La mujer comenzó a llorar.

—¿De verdad?

—Sí.

Su cuerpo se llenó de una luz tenue y, poco a poco, su rostro dejó de parecer idéntico al de Valeria. Sus facciones cambiaron hasta recuperar su verdadera apariencia.

La segunda mujer se acercó.

—Ahora yo.

Valeria tomó su mano.

Otro recuerdo apareció.

Una niña escondida debajo de una cama mientras escuchaba a Isabel decir que todas las puertas debían permanecer cerradas.

La tercera entregó sus sueños. La cuarta, sus miedos. La quinta, su dolor. La sexta, los recuerdos de la casa. Cada vez que Valeria recuperaba una parte de sí misma, una de las mujeres dejaba de parecer una copia y recuperaba su propia identidad.

La séptima permaneció atrás.

Valeria la miró.

—Tú también.

La mujer negó.

—Yo no puedo.

—¿Por qué?

—Porque yo tengo tu voluntad.

Valeria se acercó.

—Entonces úsala para decidir.

—Si te doy lo que tengo, moriré.

—No.

—Sí.

—No quiero que mueras.

La mujer sonrió.

—Por eso eres diferente a mí.

—¿Diferente cómo?

—Yo elegí sobrevivir.

—¿Y yo?

—Tú elegiste salvar a todos.

La mujer extendió la mano.

—Entonces toma lo que viniste a buscar.

Valeria la sujetó.

El recuerdo que recibió fue diferente.

No era de la infancia.

Era de la noche en que murió.

Valeria vio a Isabel sosteniendo un cuchillo. Vio a Gabriel intentando detenerla. Vio a Elena entrando en la habitación. Y vio a una niña pequeña ponerse delante de ella.

La niña de ojos negros.

—Tú me protegiste.

La séptima asintió.

—Pero no pude salvarte.

—Sí pudiste.

—No.

—Me salvaste de algo peor.

La niña de la habitación cero comenzó a gritar.

—¡No la escuches!

Valeria se volvió.

—¿Por qué?

—Porque si recuerdas todo, me destruirás.

—Tal vez nunca quisiste destruirnos.

La niña quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Tal vez solo estabas sola.

Por primera vez, la expresión de la criatura cambió.

Parecía una niña asustada.

—Yo no quería estar sola.

Valeria dio un paso hacia ella.

—Entonces ven con nosotros.

La criatura negó.

—No puedo salir.

—Sí puedes.

—La casa es mi cuerpo.

—Entonces dejaremos que muera contigo.

Gabriel abrió los ojos.

—Valeria, ¿qué estás diciendo?

—La casa no necesita sobrevivir.

La criatura comenzó a llorar.

—Si la destruyes, yo desapareceré.

Valeria se acercó.

—Entonces te recordaré.

—¿Por cuánto tiempo?

—Toda mi vida.

La criatura extendió una mano.

Valeria la tomó.

La habitación quedó completamente en silencio.

Las grietas de las paredes comenzaron a cerrarse. Las voces desaparecieron. Las siete mujeres se reunieron alrededor de Valeria y, una tras otra, comenzaron a desvanecerse.

Vera gritó:

—¡No!

Valeria la miró.

—No tengas miedo.

—¿Qué está pasando?

—Están regresando a mí.

—¿Van a morir?

Valeria sonrió entre lágrimas.

—No. Van a convertirse en recuerdos.

Las siete mujeres desaparecieron en una ráfaga de luz.

La niña de ojos negros fue la última.

Antes de desaparecer, miró a Valeria.

—Ahora recuerdas quién eres.

Valeria asintió.

—Sí.

—Entonces vive.

La niña desapareció.

La casa quedó completamente silenciosa.

Gabriel corrió hacia Valeria.

—¡Valeria!

Ella cayó en sus brazos.

—Papá...

Gabriel la abrazó con desesperación.

—Perdóname.

—No fue tu culpa.

—Debí salvarte.

—Lo hiciste.

—No.

—Sí.

Valeria se apartó y miró sus manos.

Por primera vez sentía algo diferente.

Calor.

Su corazón latía con fuerza.

Estaba viva.

Elena se acercó lentamente.

—Hija...

Valeria la miró.

—¿Eres realmente tú?

Elena sonrió.

—No por mucho tiempo.

Su cuerpo comenzó a volverse transparente.

Vera corrió hacia ella.

—¡Mamá!

Elena la abrazó.

—Cuida de tu hermana.

—No quiero que te vayas.

—Yo tampoco.

Valeria comenzó a llorar.

—Mamá...

Elena la miró.

—Ahora tienes la vida que nunca pudiste vivir.

—¿Y tú?

—Yo tuve suficiente tiempo para amarte.

Su cuerpo se desvaneció lentamente entre los brazos de Vera.

Cuando desapareció, solo quedó la pulsera de Valeria sobre el suelo.

Nadie habló durante varios segundos.

Entonces Gabriel miró hacia el túnel.

—Tenemos que salir.

Valeria recogió la pulsera.

—Sí.

Pero antes de marcharse, escuchó un susurro.

Muy débil.

Casi imperceptible.

—Valeria...

Ella se volvió.

La habitación estaba vacía.

—¿Escuchaste eso?

Gabriel negó.

—¿Qué?

Valeria miró la oscuridad.

—Nada.

Salieron del túnel.

Cuando llegaron al exterior, la mansión comenzó a derrumbarse. Las ventanas estallaron y una nube de polvo cubrió los árboles. Gabriel abrazó a Vera mientras Samuel observaba en silencio.

Valeria miró la casa por última vez.

Había terminado.

O eso creyó.

Porque cuando el polvo comenzó a disiparse, Valeria vio algo entre los restos.

Una puerta.

Una puerta que nunca había estado allí.

Sobre ella había un número.

18.

Y debajo, escrito con sangre fresca, había una frase:

La habitación 17 nunca fue la última.

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