una mujer llamada Sara, trabaja todos los días para que el dios Zeus no destruya la tierra, Ares y Afrodita se enamoran de ella (LGBTQI+)
NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15: Treinta días de distancia
El amanecer llegó acompañado de un silencio extraño.
Desde el incidente en la Fiesta de la Cosecha, el pueblo había cambiado. Ya nadie hablaba de otra cosa que no fuera la aparición de los dioses. Algunos aseguraban que había sido una bendición. Otros pensaban que era el anuncio de una desgracia.
Sara caminaba por las calles con una cesta de pan recién horneado. Como cada mañana, iba repartiendo algunos panes entre las personas mayores que no podían trabajar.
Sin embargo, aquella vez sentía algo diferente.
Cada rincón del pueblo le recordaba a Ario y Afro.
El banco donde habían descansado un momento.
El puente donde los conoció.
La plaza donde habían bailado.
Respiró profundamente.
—Tengo que dejar de pensar en ellos...
Pero su corazón no parecía estar de acuerdo.
En el Olimpo, Ares entrenaba solo en el gran patio de combate.
Una y otra vez blandía su lanza contra los muñecos de entrenamiento.
Cada golpe era más fuerte que el anterior.
Cada movimiento más rápido.
Sin embargo, nada conseguía despejar su mente.
—¡Otra vez distraído!
La voz de Atenea hizo que Ares se detuviera.
La diosa de la sabiduría se acercó con una espada de madera en la mano.
—Desde que conociste a Sara has perdido la concentración.
Ares suspiró.
—Lo sé.
—¿Quieres hablar?
Él guardó silencio unos segundos.
—Nunca me había importado lo que pensara un mortal.
Atenea sonrió con comprensión.
—Y ahora sí.
Ares asintió lentamente.
—Me preocupa que piense que la engañé.
Atenea apoyó una mano en su hombro.
—Le ocultaste la verdad, pero también la protegiste.
No confundas una mentira con una intención malvada.
Ares levantó la mirada.
—¿Crees que algún día me perdone?
Atenea observó el cielo.
—Eso solo puede decidirlo ella.
Muy cerca de allí, Afrodita cuidaba el Jardín de las Rosas Eternas.
Las flores solían florecer con solo sentir su presencia.
Pero aquel día muchas permanecían cerradas.
—Nunca las había visto así...
Una pequeña paloma blanca se posó sobre una rama.
Afrodita acarició suavemente sus plumas.
—Supongo que las flores sienten lo mismo que yo.
La paloma inclinó la cabeza.
—Extraño a Sara.
La diosa sonrió con tristeza.
—Solo han pasado tres días...
Y ya parecen una eternidad.
Mientras tanto, Sara ayudaba a reconstruir el techo de la casa de una anciana.
Don Ernesto la observaba desde abajo.
—Podrías descansar un poco.
Sara negó con la cabeza.
—Mientras tenga fuerzas, seguiré ayudando.
—Eres igual de terca que tu padre.
Ella soltó una pequeña risa.
—Eso dice mi mamá.
Cuando terminaron el trabajo, la anciana abrazó a Sara.
—Gracias, hija.
—No tiene que agradecerme.
—Claro que sí.
La mujer tomó las manos de Sara.
—El pueblo sigue unido gracias a personas como tú.
Aquellas palabras hicieron que Sara recordara algo.
"La fuerza está en las personas que inspiras."
Era una frase que Ario había dicho una vez mientras observaban a los vecinos trabajar juntos.
Sara bajó la mirada.
—¿Quién eres realmente, Ario...?
Esa noche, Daniel encontró a su hermana sentada junto a la ventana.
—¿Puedo pasar?
Sara sonrió.
—Siempre.
El niño se sentó a su lado.
—¿Extrañas a tus amigos?
Sara tardó en responder.
—Sí.
—¿Porque eran dioses?
Ella negó con la cabeza.
—Porque eran mis amigos.
Daniel permaneció pensativo.
—A mí no me importa que fueran dioses.
Sara lo miró con curiosidad.
—¿No?
—No.
El niño sonrió.
—Cuando jugué con ellos, nunca me trataron como si fuera menos importante.
Recordó cómo Ares le había ayudado a levantar una caja pesada y cómo Afrodita le había enseñado a hacer una corona de flores.
—Seguían siendo ellos.
Las palabras de Daniel hicieron que Sara reflexionara.
Era verdad.
En ningún momento habían usado su poder para presumir.
Nunca habían tratado a nadie con superioridad.
Quizá...
Solo habían querido vivir unos días como personas normales.
En el Olimpo, Zeus contemplaba el Espejo del Mundo.
Observó a Sara trabajando desde el amanecer hasta el anochecer.
Observó cómo compartía el pan con quienes tenían hambre.
Observó cómo enseñaba a los niños del pueblo a cultivar la tierra.
Entonces escuchó una voz detrás de él.
—¿Empiezas a dudar?
Era Hera.
Zeus no apartó la vista del espejo.
—No.
—Mientes muy mal.
El rey de los dioses soltó un leve suspiro.
—Solo intento entender por qué una sola mortal puede cambiar tanto a quienes la rodean.
Hera sonrió.
—Porque el ejemplo inspira más que el miedo.
Zeus permaneció en silencio.
Aquellas palabras quedaron resonando en su mente.
Pasaron los días.
Cinco...
Diez...
Quince...
Sara seguía trabajando sin descanso.
El pueblo comenzaba a prosperar poco a poco.
Los cultivos crecían.
La panadería volvía a producir más pan.
Incluso personas de aldeas cercanas empezaban a llegar para aprender cómo habían logrado salir adelante.
Todo gracias al esfuerzo colectivo.
Y a la determinación de una joven que jamás dejó de creer en los demás.
En el día dieciséis del castigo, Ares ya no soportó más.
Se encontraba frente al Espejo del Mundo, observando a Sara sonreír mientras enseñaba a unos niños a plantar semillas.
—Quiero verla...
Afrodita apareció a su lado.
—Yo también.
Ambos permanecieron en silencio.
Finalmente, Ares habló.
—¿Y si desobedecemos otra vez?
Afrodita lo miró sorprendida.
—Ares...
—Solo un momento.
—Zeus nos desterraría.
Ares bajó la cabeza.
—Lo sé.
Afrodita tomó su mano.
—Prometimos que recuperaríamos su confianza diciéndole la verdad.
No rompiendo otra promesa.
Ares respiró profundamente.
Ella tenía razón.
Por difícil que fuera...
Debían esperar.
Muy lejos del Olimpo, alguien observaba todo con una sonrisa.
Eris.
La diosa de la discordia estaba sentada sobre las ruinas de un antiguo templo.
—Qué conmovedor...
Los inmortales sufriendo por una mortal.
Se levantó lentamente.
—Es hora de dar el siguiente paso.
Con un movimiento de su mano apareció un cuervo de plumas completamente negras.
La diosa acarició su cabeza.
—Ve.
Encuentra al dios del inframundo.
El cuervo lanzó un fuerte graznido antes de alzar el vuelo hacia el horizonte.
Eris observó cómo desaparecía entre las nubes.
—Si quiero romper esos corazones...
Necesitaré la ayuda de alguien que conozca mejor que nadie el dolor de perder a quienes amas.
Y solo había un dios capaz de comprender ese sentimiento.
El soberano del Inframundo.
Sin saberlo, el nombre de Sara estaba a punto de llegar a oídos de Hades, un dios que llevaba siglos evitando involucrarse en los asuntos del Olimpo.
Y esa decisión cambiaría el destino de todos.
Fin del Capítulo 15.