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Perdona, yo no mendigo amor

Perdona, yo no mendigo amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Fantasía / Mujer despreciada / Viaje a un juego / Completas
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: 𝕯𝖍𝖆𝖓𝖆𝖆𝟕𝟐𝟒

Belvina Laurent lo tenía todo: belleza, un apellido poderoso y un esposo que cualquiera envidiaría. Pero Alden Virel, el CEO más frío de la ciudad, jamás la vio como algo más que un contrato. Ella suplicaba su atención. Él la ignoraba. Y entre ambos, una mujer llamada Seraphina sonreía desde las sombras.

Hasta que un día, Belvina dejó de perseguirlo.

Sin lágrimas, sin escenas, sin súplicas. La mujer que despertó esa mañana ya no era la misma. Su mirada era distinta. Su voz, afilada. Y la frase que le dedicó a Alden le heló la sangre:

"No mendigo amor."

Ahora es él quien no puede dejar de observarla. Quien busca excusas para estar cerca. Quien siente que algo se le escapa entre los dedos cada vez que ella le da la espalda.

Pero Belvina ya tomó una decisión: no va a humillarse por nadie. Ni siquiera por el hombre que, sin saberlo, está empezando a amarla de verdad.

Mientras tanto, Seraphina no piensa rendirse. La mujer que se esconde detrás de una sonrisa perfecta guarda secretos que podrían destruir a toda la familia Astera. Y está dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias.

En esta guerra entre orgullo, obsesión y deseo, solo hay una regla: el amor no se mendiga.

NovelToon tiene autorización de 𝕯𝖍𝖆𝖓𝖆𝖆𝟕𝟐𝟒 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

13. Límites que nunca se pactaron

Alden entró con la mandíbula tensa. El hombre al que había dado instrucciones lo seguía por detrás e hizo una seña discreta. Los acompañantes intercambiaron miradas antes de retirarse uno a uno.

—Oigan... —Belvina arqueó una ceja—. ¿A dónde van?

Nadie respondió. La puerta volvió a cerrarse, dejando un ambiente que de pronto se sintió más estrecho.

Alden se acercó. Su mirada era afilada, clavada directamente en un solo punto.

—¿Qué estás haciendo? —Su voz era baja, contenida.

Belvina resopló. Sus labios se fruncieron en un gesto displicente.

—¿No lo ves? —respondió con ligereza—. Estoy pasándola bien. —Se reclinó con desenfado en el sofá—. Y tú... la arruinaste.

El tono no cargaba peso alguno. Era, de hecho, demasiado casual para una situación así.

Los puños de Alden se cerraron hasta que las venas se marcaron.

—Vámonos.

Una sola palabra, pero evidentemente no era una petición.

Belvina desvió el rostro y cruzó las piernas.

—No. Todavía no he terminado.

Alden dio un paso más. Su mirada bajó a la mano de Belvina, a la distancia que hacía un momento casi había cruzado el límite.

—¿Con ellos? —Su voz era más grave ahora.

Belvina lo miró de reojo, con una ceja ligeramente alzada.

—¿Y eso qué?

La línea de su mandíbula se endureció, como si contuviera algo.

—Porque eres una mujer casada.

Belvina soltó una risa breve.

—¿Casada? —Ladeó la cabeza—. ¿Casada en el papel?

Una de las comisuras de sus labios se elevó.

—¿Un marido al que ni le importo? ¿Que nunca me ha tratado como su esposa?

Se puso de pie despacio, encarándolo de frente.

—Si no te importa —prosiguió con calma—, no te metas en lo que yo haga.

Su mano señaló la puerta.

—Puedes irte. Yo quiero seguir pasándola bien.

Alden no se movió. Pero algo en su rostro cambió. Sutil, pero claro.

—Vámonos.

Esta vez no era una simple orden. Era más bien una decisión ya tomada.

Belvina negó con un leve movimiento de cabeza.

—No.

—Belvina... —su voz empezaba a perder la paciencia.

—N...

Pero antes de que terminara, Alden se movió rápido. Sin aviso, la levantó en vilo.

—¡Oye...! ¡Suéltame!

Por reflejo, un brazo de Belvina se enroscó en su cuello para no caer, mientras con el otro golpeaba su pecho. Pero los pasos de Alden se mantuvieron firmes, sin tambalearse lo más mínimo.

Salió sin vacilar, como si todo lo que quedara atrás hubiera dejado de importar.

A lo lejos, Seraphina observaba de pie, en silencio.

Sus ojos siguieron cada movimiento. La forma en que Alden sostenía a Belvina, la forma en que tomó el control sin darle opción.

Su sonrisa seguía en su lugar. Pero esta vez, ya no transmitía calidez.

***

La puerta del auto se cerró con más fuerza de la habitual. El ruido exterior se apagó de golpe. Quedó un espacio reducido con un aire que se sentía demasiado denso.

—Arranca.

Belvina todavía no había terminado de acomodarse cuando el auto ya estaba en movimiento.

No protestó.

No era calma exactamente. Era más como algo reprimido con demasiada fuerza.

Alden no habló de inmediato. Sus dientes estaban apretados, y esta vez... no se molestó en disimularlo.

Belvina le echó un vistazo. Luego se reclinó contra el respaldo con naturalidad. Como si no hubiera nada que discutir.

El tiempo quedó suspendido entre ambos.

Entonces:

—¿Qué fue eso?

El tono de Alden era bajo. No fuerte. Pero con suficiente peso para presionar.

Belvina alzó las cejas apenas.

—¿Cuál de todo?

Los ojos de Alden se clavaron en ella. Afilados.

—No te hagas la tonta.

Belvina, en cambio, esbozó una sonrisa tenue. No era un desafío. Más bien... falta de interés por seguir su ritmo.

—Solo estaba pasándola bien —respondió con ligereza—. ¿O tú no estabas haciendo lo mismo?

La frase cayó plana. Pero fue suficiente para mover algo dentro de Alden.

—¿Con otros hombres?

—Con quien yo quiera. —La respuesta fue rápida, sin pausa.

El chófer echó un vistazo al espejo retrovisor por un instante.

El auto seguía avanzando, pero la atmósfera había cambiado. Más cerrada. Más pesada.

Alden soltó una risa corta. Baja, sin humor alguno.

—Qué atrevida.

Belvina inclinó la cabeza un poco.

—¿No debería?

Sus miradas se encontraron. Esta vez por más tiempo.

Alden se reclinó. Pero su mirada no la soltó.

—No olvides cuál es tu lugar.

Su tono volvió a la calma. Pero había algo más frío en su interior.

Belvina no respondió de inmediato. Su dedo índice le tocó la barbilla. Como si considerara algo.

Luego:

—¿Mi lugar? —repitió en voz baja.

La comisura de sus labios se elevó apenas.

—¿Esposa? —Una ceja se alzó—. ¿La que tú no quieres?

Una sola frase, directa. Sin dejarle espacio para esquivarla.

El dedo de Alden se movió ligeramente. Conteniendo algo que casi se le escapó.

—No cruces la línea.

Ahora su tono era más bajo. Más peligroso.

Belvina rio por lo bajo. Casi inaudible.

—¿Yo? —Se reclinó con más soltura—. Tú pones la línea. Yo solo... me adapto.

El auto redujo la velocidad en un semáforo. La luz exterior entró, iluminándoles el rostro por un momento.

Alden finalmente la encaró. Su mirada ya no era solo afilada. Era algo más.

—Entonces —dijo con frialdad—, no me culpes si mi forma de adaptarme... no te gusta.

No hubo amenaza pronunciada. Pero fue lo bastante clara para sentirse.

Belvina no retrocedió.

—Adelante —replicó. Y esta vez, no era un desafío vacío.

La luz cambió a verde. El auto volvió a avanzar. Y por primera vez desde que subieron, ninguno de los dos tenía realmente el control.

Unos minutos después, el auto se detuvo. El motor se apagó. Pero nadie bajó de inmediato.

Unos instantes quedaron suspendidos en aquel espacio estrecho, antes de que finalmente la puerta se abriera.

Belvina salió primero. Sus pasos no eran apresurados. Tampoco vacilantes. Como si todo lo que acababa de ocurrir... no fuera lo bastante importante para alterar su ritmo.

La puerta de la casa se abrió. Los empleados se alinearon para recibirlos.

Belvina avanzó directamente hacia su habitación. Apenas entró y dejó su bolso, cuando...

La puerta detrás de ella se abrió y se cerró.

Alden entró. Sus pasos eran pausados. Medidos. Pero esta vez... no mantuvo distancia.

Belvina no había terminado de girarse cuando advirtió que él estaba demasiado cerca. La distancia entre ambos... era inusual.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Belvina con ligereza, como si nada hubiera cambiado.

No hubo respuesta.

Belvina finalmente se dio la vuelta y se quedó inmóvil.

Alden estaba de pie justo frente a ella. No la tocaba. Todavía. Pero lo bastante cerca para que la respiración se sintiera distinta.

Su mirada descendió, se detuvo un instante, y volvió a los ojos de Belvina.

—¿Te divertiste? —preguntó al fin.

Su tono era bajo. Casi plano. Pero esta vez... demasiado cerca para ignorarlo.

Belvina alzó levemente las cejas.

—Más o menos. —Respuesta casual, aunque no retrocedió. Ni se alejó tampoco.

Alden soltó una risa baja. Breve.

Su cabeza se inclinó un poco. Como evaluando algo nuevo.

—Más o menos —repitió.

Su mano se elevó. Se detuvo una fracción de segundo, como dándole oportunidad de rechazarlo.

Belvina no se movió.

Los dedos de Alden le tocaron la barbilla. Con suavidad. Elevándole apenas el rostro.

Sus miradas volvieron a encontrarse. Y esta vez ninguno cedió primero.

—Tus estándares bajaron —murmuró.

No era un insulto. Era más bien... una prueba.

Belvina sonrió apenas.

—¿Debería elegir a alguien como tú?

Su tono era ligero. Pero esa distancia... lo hacía sentir todo diferente.

Los dedos de Alden no se apartaron. Al contrario, la presión aumentó un poco. No dolorosa. Pero suficiente para notarse.

—Si quieres comparar —dijo casi como un murmullo—, no te quedes a medias.

Belvina inclinó la cabeza un poco. Aún dentro de ese agarre suave.

—¿Comparar qué? —Su respiración fue casi imperceptible—. ¿Todo?

Una sola palabra. Pero esta vez... no era liviana.

Belvina cruzó los brazos sobre el pecho.

—El problema es... —dijo en voz baja— que no estoy comparando. Solo estoy probando.

Los dedos de Alden se detuvieron una fracción de segundo. Lo suficiente para notarse.

—¿Probando? —repitió en voz baja.

Belvina asintió levemente.

—Cosas nuevas.

Retrajo la barbilla un poco. No con fuerza, más como tanteando si podía soltarse.

Alden no la retuvo. Su mano descendió. Pero no retrocedió. Permaneció en su sitio. Demasiado cerca para ignorarlo.

—Entonces... —la voz de Alden era más baja ahora— asegúrate de saber dónde está el límite.

Belvina sonrió brevemente.

—¿No fuiste tú el que dijo... que los límites son flexibles?

Alden sostuvo la mirada sobre ella. Más tiempo. Más profunda. Y entonces:

—No uses mis palabras... para ir en mi contra. —Su tono no se elevó, pero esta vez fue rotundo.

Belvina alzó la barbilla.

—¿Por qué? ¿Porque tu estatus de marido te da derecho a hacer conmigo lo que quieras?

Antes de que Alden pudiera abrir la boca, Belvina continuó:

—Si ese estatus solo me limita a mí... —Hizo una pausa breve—. Mejor nos divorciamos.

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Sara Rojas Retamal
poco años le dieron, la justicia hasta en las novelas es pésima😡
Sara Rojas Retamal
que sean mellizos 🥰💪💪👏👏👏👏
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