A los diez anos, Valentina Montero fue adoptada por una de las familias mas poderosas de Ciudad de Mexico. Le dijeron que seria amada, protegida, que tendria un hogar. Le mintieron.
Ocho anos despues, Valentina descubre que su vida entera fue una mentira cuidadosamente construida. No fue adoptada por amor: fue traida para reemplazar a Sofia, la hija muerta de los Montero. Y los hombres que juran protegerla son los mismos que la mantienen encadenada.
**Sebastian Montero**, el CEO del Grupo Montero, la controla con mano de hierro. Su mirada fria esconde una obsesion que cruza todas las lineas. **Santiago Montero**, su gemelo, se presenta como su salvador, con sonrisas suaves y palabras dulces, pero detras de esa mascara se oculta el secreto mas oscuro de la familia. **Alejandro Reyes**, su padrino y senador de la Republica, lleva anos moviendo los hilos de su destino desde las sombras del poder politico. Y **Mateo Reyes**, hijo adoptivo de Alejandro y oficial militar, es el unico que la ama sin condiciones, pero su amor puro podria ser el mas peligroso de todos.
Cuatro hombres. Cuatro formas de posesion. Ninguna salida.
Atrapada entre gemelos que la desean, un padrino que la manipula y un soldado dispuesto a destruirlo todo por ella, Valentina tendra que elegir: seguir siendo la cuscuta, la planta que solo sobrevive aferrada a otros, o arrancarse de raiz y florecer sola.
Pero en la mansion Montero, cada secreto revelado trae otro mas oscuro. Y cuando Valentina descubra quien asesino realmente a su madre adoptiva, la guerra entre los hombres que dicen amarla apenas estara comenzando.
*"No soy tu Sofia. No soy tu muneca. Y si tengo que quemarlo todo para ser libre... que arda."*
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Capítulo 15
Capítulo 15: Las palomas blancas (III)
La ambulancia olía a desinfectante y a sangre.
Santiago estaba acostado boca abajo en la camilla, con la camiseta cortada y la espalda expuesta. Un paramédico le sacaba pedazos de vidrio con unas pinzas mientras otro le limpiaba las heridas con gasas empapadas en solución salina. Cada fragmento que sacaban sonaba como un clic seco al caer en la bandeja de metal.
Valentina estaba sentada frente a él, con las rodillas pegadas al pecho y las manos llenas de raspones. La sangre de Santiago le había manchado la camiseta gris del voluntariado. También las manos. También la mejilla izquierda, donde él la había tocado antes de besarla.
Santiago tenía los ojos cerrados. Su respiración era irregular: inhalaba corto, exhalaba largo, como si cada respiración completa le doliera. Una de las heridas en el omóplato izquierdo era más profunda que las demás —el paramédico la había cubierto con una compresa que ya se estaba tiñendo de rojo.
—Doce laceraciones —dijo el paramédico, sin levantar la vista—. Tres necesitan sutura. El hombro izquierdo tiene un fragmento incrustado. Vamos a necesitar rayos X en el hospital.
Valentina tomó la mano de Santiago. Estaba fría. Los dedos se cerraron débilmente sobre los suyos.
—No se te ocurra morirte —dijo Valentina.
Santiago abrió un ojo.
—¿Y perderme tu cara de preocupación? —Su voz era un hilo rasposo—. Nunca.
Alejandro iba en el asiento del copiloto. No había dicho una palabra desde que los paramédicos levantaron a Santiago del asfalto. Su perfil era una línea recta y tensa, los lentes manchados de polvo, la mandíbula cerrada como un candado. Cuando la ambulancia pasó por un bache, se giró hacia atrás y miró a Valentina. No a Santiago. A ella.
Su mirada decía algo que Valentina no quiso traducir.
En el hospital, separaron a Santiago para cirugía menor. Valentina se quedó en la sala de espera con Julia, que había llegado en taxi con la cortada de la frente vendada con una banda adhesiva de Hello Kitty.
—Es lo único que tenía la farmacia de enfrente —dijo Julia, señalando la curita—. No me juzgues.
Valentina no se rio. Estaba sentada en una silla de plástico azul con los codos sobre las rodillas y la vista fija en el piso de linóleo. Su mente estaba haciendo algo que su cuerpo todavía no alcanzaba: pensar.
El timing estaba mal.
La protesta había estallado durante el evento de la Fundación San Gregorio. No antes, no después, no en otro lugar de la ciudad. Justo ahí. Justo cuando la Familia Montero estaba presente. Justo cuando Valentina estaba repartiendo despensas a tres metros de la puerta.
Los encapuchados no parecían manifestantes espontáneos. Estaban organizados: barricadas prefabricadas, botellas molotov preparadas, rutas de escape definidas. Eso no se improvisa en veinte minutos. Eso se planea.
¿Quién tenía los recursos para organizar una protesta violenta en el Centro Histórico en cuestión de días?
¿Quién se beneficiaba de que Valentina viera de primera mano lo peligroso que era el mundo fuera de la hacienda?
¿Quién quería que ella corriera de vuelta a la jaula con la convicción de que solo él podía protegerla?
Sebastian.
Valentina recordó algo que Alejandro le había dicho en la gala: "Todo tiene un precio. La diferencia es que yo no te voy a mentir sobre cuál es." Sebastian no mentía sobre los precios. Sebastian controlaba los precios. Y una protesta violenta que aterrorizara a Valentina y la hiciera volver corriendo a la hacienda era un precio muy bajo para un hombre que movía millones como fichas de dominó.
Había otra posibilidad, por supuesto. Podía estar equivocada. Podía ser paranoia. Ocho años de vivir bajo el techo de Sebastian Montero le habían enseñado a ver conspiraciones en cada sombra, a dudar de cada coincidencia, a buscar la mano del titiritero detrás de cada movimiento. Tal vez la protesta era exactamente lo que parecía: un estallido de rabia popular contra una ley injusta. Tal vez los encapuchados eran estudiantes furiosos y no sicarios contratados. Tal vez el timing era solo mala suerte.
Pero Valentina había aprendido algo en aquella casa: con Sebastian, la mala suerte nunca era accidental.
No tenía pruebas. No tenía documentos ni testigos ni grabaciones. Pero tenía ocho años de vivir con un hombre que controlaba todo: las horas de comida, los horarios de estudio, las visitas, las llamadas, las salidas. Sebastian Montero no dejaba nada al azar. Si una protesta estallaba frente a su evento de caridad, era porque alguien con su nivel de recursos lo había decidido así.
—Julia —dijo Valentina sin levantar la vista.
—¿Hmm?
—¿Tu papá puede conseguir los registros de las organizaciones que convocaron la protesta?
Julia la miró con los ojos entrecerrados.
—¿Qué estás pensando?
—Que esa protesta no fue espontánea. Y que si alguien pagó para que pasara, quiero saber quién.
Julia se reclinó en la silla. La curita de Hello Kitty le daba un aire absurdamente joven para la conversación que estaban teniendo.
—Mi papá es magistrado de la Suprema Corte, Val. No es detective privado.
—Pero tiene acceso a registros que nadie más tiene.
Julia la estudió durante un largo momento. Luego asintió.
—Voy a hacer unas llamadas. Pero si esto llega a algún lado, vas a necesitar más que sospechas.
Valentina asintió. Se recargó en la silla y cerró los ojos. El medallón de jade le pesaba en el cuello. La sangre de Santiago se le había secado en las manos y le estiraba la piel cuando movía los dedos. El sabor del beso todavía estaba ahí, debajo de todo lo demás, como una nota baja en una canción que no quería escuchar.
Dos horas después, un enfermero con bata verde salió por la puerta de cirugía y las llamó. Santiago estaba estable. Los fragmentos habían sido retirados. Ninguna herida era profunda a nivel de órganos, pero la del omóplato izquierdo iba a necesitar reposo y antibióticos intravenosos durante al menos tres días.
Lo trasladaron a una habitación privada que Alejandro había pagado sin que nadie se lo pidiera. Las heridas del omóplato estaban suturadas y cubiertas con gasas blancas. Un suero le goteaba en el brazo izquierdo. Tenía los ojos cerrados y el pelo húmedo pegado a la frente.
Valentina se sentó en la silla junto a la cama. No le tomó la mano. No le tocó la frente. Se quedó ahí, mirándolo dormir, preguntándose cuánto de lo que había pasado era real y cuánto era otra pieza en un juego que ella todavía no entendía.
Santiago había sangrado por ella. Eso era un hecho. La sangre no se finge. Los cortes de vidrio no se actúan. Pero Santiago también la había besado sin permiso, había desaparecido misteriosamente durante la protesta, y tenía manchas de sangre ajena en la camiseta antes de que ella lo encontrara.
¿Dónde había estado esos minutos? ¿Qué había hecho?
La puerta de la habitación se abrió.
Valentina esperaba a Alejandro. O a Julia. O a un doctor. No esperaba lo que vio.
Un hombre joven entró a la habitación. Alto, de piel morena dorada, con el pelo negro cortado al estilo militar y unos ojos marrones claros que parecían llevar la luz del sol adentro. Vestía un uniforme verde olivo con insignias doradas en los hombros. Su postura era recta sin ser rígida, como la de alguien que ha aprendido a mantener la espalda derecha no por obligación sino por costumbre. Su sonrisa era amplia, cálida, sin un solo gramo de cálculo detrás.
En una casa de sombras, aquel hombre era la primera cosa que parecía hecha enteramente de luz.
—Tú debes ser Valentina —dijo, extendiendo la mano—. Soy Mateo. Mateo Reyes. Mi padre me mandó a asegurarme de que estuvieras bien.
Valentina le estrechó la mano. La palma de Mateo era firme, seca, cálida. No la sostuvo un segundo más de lo necesario. No la miró de arriba abajo. No sonrió con intención. Solo le dio un apretón honesto y la soltó.
—¿Estás herida? —preguntó, señalando la sangre seca en sus manos.
—No es mía —dijo Valentina.
Mateo miró a Santiago en la cama. Luego la miró a ella. No hizo preguntas. No juzgó. Se sentó en la otra silla de la habitación y cruzó las manos sobre las rodillas, como si estuviera dispuesto a quedarse el tiempo que fuera necesario sin exigir nada a cambio.
Valentina no supo qué hacer con eso. En ocho años con los Montero, nadie le había dado su tiempo sin querer algo. Sebastian daba órdenes y esperaba obediencia. Santiago daba regalos y esperaba confianza. Alejandro daba protección y esperaba lealtad. Mateo Reyes se sentó en una silla de hospital y no esperó absolutamente nada.
Era desconcertante. Era sospechoso. Y era, al mismo tiempo, lo más reconfortante que Valentina había sentido en semanas.
—¿Quieres un café? —preguntó Mateo—. La máquina del pasillo es horrible, pero funciona.
—Sí —dijo Valentina—. Con mucha azúcar.
Mateo asintió y salió de la habitación. Valentina lo vio alejarse por el pasillo con paso firme y relajado, sin prisa, sin agenda, y sintió algo extraño en el pecho: la ausencia de miedo.
Mateo volvió con dos vasos de café de máquina. Le puso uno en las manos a Valentina y se sentó de nuevo sin decir nada. El café era aguado y demasiado dulce, exactamente como ella lo había pedido.
El medallón de jade le brilló contra el pecho bajo la luz fluorescente del hospital. Santiago dormía. Mateo esperaba. Y en algún lugar de la ciudad, Sebastian Montero estaba viendo las noticias con un vaso de whisky en la mano, contando los daños de una protesta que tal vez —solo tal vez— él mismo había puesto en marcha.