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Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Balística Arcana: De La Basura Al Trono De Pólvora.

Status: En proceso
Genre:Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía / Venganza
Popularitas:174
Nilai: 5
nombre de autor: Themole

Algo crudo y nuevo, un reflejo de los problemas en la vida real.

NovelToon tiene autorización de Themole para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La Ley de la Rueda.

El suelo de tierra batida de la pequeña choza en los suburbios de Oteruelo estaba siempre húmedo, impregnado con el olor acre a nabos cocidos y el sudor rancio de una familia que trabajaba de sol a sol para no morir en los huesos. Tenía ocho años y las palmas de las manos ya empezaban a endurecerse con callos prematuros por acarrear los cestos de barro desde el río hasta el taller de alfarería de su padre.

Su nombre aún no era Valerius. En aquellos días, cuando el mundo se medía en la distancia que había entre el jergón de paja y el fogón apagado, lo llamaban simplemente Bren.

—No dejes de amasar con los nudillos, hijo —le había dicho su padre, un hombre de hombros caídos y mirada perpetuamente cansada, cuyas manos grandes y agrietadas moldeaban el barro con una precisión cansina—. Si dejas aire dentro, la vasija estalla en cuanto el horno alcanza el rojo vivo. Y si la vasija estalla, no hay pan para la semana.

El pequeño Bren asintió con la cabeza, con un mechón de cabello castaño y apelmazado pegado a la frente por el sudor. A su alrededor, la pequeña habitación bullía con los ruidos cotidianos de la pobreza: el llanto apagado de su hermana menor, que apenas se sostenía en pie por la fiebre, y el traqueteo constante del viento de otoño que se filtraba por las rendijas de las paredes de madera podrida.

—Padre —preguntó el niño, deteniendo por un instante los nudillos contra la arcilla fría y mirando hacia la puerta entreabierta de la única estancia—. ¿Por qué los hombres del rey siempre vienen a caballo y con esas armaduras tan brillantes si nosotros apenas tenemos para comer un bol de gacha al día?

El padre detuvo el torno. Su rostro, surcado por arrugas profundas que parecían grabadas a cincel mucho antes de tiempo, se ensombreció con una mueca de amarga resignación. Se inclinó hacia el niño, limpiándose las manos manchadas de barro en un trapo de lino gris y áspero.

—Porque el reino no se sostiene con barro ni con sudor, Bren —respondió el hombre en un susurro grave, como si temiera que las paredes mismas lo escucharan—. El reino se sostiene con el miedo de los que no tienen nada hacia los que tienen el acero. Los caballeros protegen los caminos, dicen. Cobran el impuesto de la paz. Y si el impuesto no se paga... la paz se acaba muy deprisa.

—¿Y por qué no podemos pagarles más? —insistió el niño, con la inocencia propia de los ocho años, sin comprender que los números jamás cuadraban para los de abajo—. Trabajamos desde que sale el sol hasta que las estrellas se apagan.

Su padre esbozó una sonrisa triste, una línea rota en su boca seca.

—Porque la ambición de los que mandan no tiene fondo, hijo. Para ellos, nosotros no somos personas; somos un recurso más del suelo, como la leña del bosque o el mineral de la mina. Si un árbol da menos frutos, no se le alimenta; se le corta.

La lección quedó grabada en el cráneo de Bren no como una teoría filosófica, sino como el zumbido constante de una advertencia. Pero la verdadera metamorfosis, la cicatriz que le marcaría el alma para el resto de sus días, no tardó en llegar.

Fue tres días después. La tarde había caído plomiza y helada, arrojando una llovizna fina que convertía las callejuelas de los suburbios en un lodazal espeso. En el exterior de la choza se escuchó de pronto el trueno seco y acompasado de los cascos de los caballos sobre los adoquines de piedra lejanos. No era el trote pausado de un viajero; era la marcha arrogante y pesada de la caballería de la guardia real.

El padre de Bren dejó caer el cucharón con el que removía el caldo. Su rostro palideció de golpe, perdiendo todo el color hasta quedarse del tono de la cera.

—Escóndete con tu hermana debajo del jergón —ordenó el hombre con una urgencia desesperada, empujando a Bren hacia el rincón más oscuro de la habitación—. ¡Y pase lo que pase, por lo más sagrado, no saques la cabeza ni digas una sola palabra!

—¡Padre, qué pasa! —gimió el niño, sintiendo un nudo helado en la boca del estómago mientras el sonido de los caballos se detenía de golpe frente a su puerta.

—¡Cállate y haz lo que te digo! —bramó el padre, con una autoridad tan inusual en él que paralizó al niño.

Bren arrastró a su hermana pequeña, que apenas gimoteaba, y se metió de bulto bajo el lecho de paja y trapos viejos, quedando con la nariz pegada al suelo de tierra húmeda. A través de la rendija inferior de la puerta vio las sombras alargadas de las monturas proyectándose contra el papel aceitado de la ventana.

Un golpe brutal, seco y despectivo, hizo estallar el pestillo de madera. La puerta se abrió de par en par de un empujón violento.

Tres caballeros con armaduras de acero pavonado, envueltos en pesadas capas de viaje empapadas por la lluvia, irrumpieron en la modesta vivienda. El agua sucia de sus botas manchó inmediatamente el barro limpio que Bren y su padre habían alisado esa misma mañana. El líder de los soldados, un hombre barbudo con una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda y el emblema de la corona grabado en el peto, avanzó pisando con desdén.

—Vengo por la cuota de la Marca del Sur, alfarero —espetó el caballero con una voz ronca y autoritaria que hizo temblar las vigas del techo—. Llevas dos lunas de retraso. El tesoro real no financia la holgazanería de los suburbios.

El padre de Bren dio dos pasos al frente, vacilante, manteniendo las manos abiertas y vacías en señal de sumisión, con la espalda encorvada.

—Señor... se lo ruego, dennos un plazo más —suplicó el hombre, con la voz quebrada por el terror, arrodillándose parcialmente sobre el lodo del suelo—. La cosecha de arcilla fue mala este mes debido a las lluvias tempranas y apenas hemos vendido tres juegos de jarras en el mercado. No tengo el oro. Lo juro por mi vida, no lo tengo.

El caballero soltó una carcajada seca, desprovista de cualquier atisbo de humanidad, mirando a sus dos subordinados con burla.

—¿Tu vida? —repitió el oficial con sorna—. Tu vida no vale ni el hierro de la herradura de mi caballo, alfarero. La corona necesita el tributo hoy, no cuando a ti te plazca moldear tus tristes cacharros.

—¡Por favor! —rogó el padre, avanzando un poco más, con las lágrimas brotándole de los ojos—. ¡Tengo dos hijos pequeños! Si me quitan lo poco que nos queda para comer, se morirán de hambre antes de que termine el invierno.

El caballero de la cicatriz frunció el ceño, molesto por la insistencia, como si estuviera discutiendo con un insecto impertinente.

—Hambre hay en todas partes, plebeyo. Lo que falta es disciplina —sentenció el oficial.

Sin mediar más palabra, sin levantar la voz ni mostrar la más mínima duda, el caballero desenvainó su espada con un silbido metálico. El destello del acero iluminó brevemente la penumbra de la choza.

Desde su escondite bajo el jergón, con los ojos abiertos de par en par por el horror absoluto, el pequeño Bren vio cómo la hoja descendía con una precisión fría y mecánica.

El crujido de la carne al ser atravesada resonó con una claridad espantosa en el silencio de la habitación. Su padre ni siquiera tuvo tiempo de gritar; abrió los ojos con incredulidad, escupió un chorro espeso de sangre oscura que salpicó las botas del soldado, y se desplomó pesadamente hacia adelante, hundiéndose en el lodo del suelo que él mismo había alisado horas antes.

La hermana menor de Bren soltó un chillido agudo delatando su posición, pero el niño, impulsado por una descarga visceral de pura adrenalina y terror primitivo, le tapó la boca con la mano con tanta fuerza que casi la ahoga, apretando los dientes hasta hacerse sangre en los labios, inmóvil, tragándose su propio llanto mientras el líquido vital de su padre se extendía por el suelo y comenzaba a gotear bajo el borde de la cama.

—Revisa el arcón, Jarek —ordenó el caballero con total indiferencia, limpiando la sangre de su espada en el dobladillo de la túnica del difunto alfarero—. Si hay algo de valor, guárdalo. Y si no, prended fuego a la choza para que sirva de lección a los demás vecinos sobre lo que cuesta ignorar las órdenes del rey.

Los otros dos soldados comenzaron a registrar el lugar, derribando los estantes de arcilla cocida, haciendo añicos el trabajo de semanas y riendo entre dientes por la miseria del botín. Unos minutos después, con un par de monedas de cobre y un cuenco de peltre viejo en las manos, el oficial dio la orden de retirada.

—Vámonos. Aquí ya no hay nada que oler más que pobreza.

El sonido de las botas pesadas alejándose y el trote de los caballos perdiéndose en la distancia exterior fue lo único que quedó. Pero el fuego no llegó a prender; la lluvia constante que azotaba el exterior logró ahogar la yesca que los soldados habían dejado en el umbral, dejando la choza sumida en una oscuridad sepulcral y helada.

El olor a sangre coagulada y a barro húmedo tardó horas en disiparse en el interior de la pequeña choza, pero el frío de la noche penetró con la furia de una sentencia definitiva a través de la puerta rota.

El pequeño Bren permaneció inmóvil bajo el jergón durante lo que parecieron siglos, con los dedos todavía crispados sobre la boca de su hermana pequeña para ahogar cualquier sollozo que pudiera atraer de vuelta a los verdugos. Cuando la absoluta quietud del exterior le confirmó que los cascos de los caballos se habían esfumado en la distancia, el niño emergió de su escondite como una sombra rota.

No miró el cuerpo inerte de su padre extendido en el fango del suelo; la cruda supervivencia infantil le obligó a cerrar los ojos ante el charco oscuro y a tomar a su hermana en brazos. La niña, de apenas cuatro años, tiritaba con una fiebre abrasadora que le quemaba las mejillas y le nublaba la mirada.

—Vámonos, pequeña... tenemos que salir de aquí —murmuró Bren con una voz seca, que ya no sonaba a la de un niño de ocho años, sino al crujido de la madera vieja.

Salieron a gatas de la choza abandonada, adentrándose en el lodazal de los suburbios de Oteruelo bajo una llovizna implacable que parecía querer borrar el rastro de su existencia.

Los años siguientes no fueron una infancia; fueron una larga y silenciosa agonía en los márgenes del mundo. Bren creció en las calles más sucias y olvidadas del imperio, sobreviviendo del robo hormiga, de mendigar mendrugos de pan duro y de cargar bultos pesados en los muelles a cambio de un rincón donde caídas las temperaturas pudieran guarecerse del hielo. Pero la verdadera cruz de su existencia era su hermana. La fiebre que contrajo aquella noche nunca la abandonó del todo; se instaló en sus pulmones como un inquilino invisible y voraz que consumía su pequeña estructura mes a mes.

Un atardecer de invierno, varios años después, cuando Bren ya era un muchacho larguirucho de extremidades huesudas y ojos vacíos, el inevitable final se precipitó sobre ellos en un cobertizo de piedra medio derruido que les servía de refugio.

La niña, postrada sobre un lecho de trapos sucios, respiraba con un silbido ronco y doloroso. Su piel estaba tan caliente que parecía arder.

—Tengo frío, Bren... mucho frío —susurró la niña con un hilo de voz apenas perceptible, estirando una manecilla delgada y sucia para buscar la palma de su hermano.

Bren se arrodilló a su lado, apretándole los dedos con desesperación. Tenía las manos llenas de arañazos y callosidades, sucias de carbón y barro.

—Resiste un poco más, hermana —le suplicó él, con la garganta apretada por un nudo de rabia e impotencia—. Hoy conseguí unas monedas trabajando en las caballerizas del señor local. Mañana mismo iré al boticario del barrio alto. Traeré medicina, te juro que traeré esa hierba milagrosa que quita la fiebre. Solo tienes que aguantar hasta el amanecer.

La niña esbozó una sonrisa débil, una línea temblorosa en sus labios resecos.

—No hace falta, Bren... ya no me duele...

—¡He dicho que resistas! —gritó el muchacho, con una furia desesperada que se quebró de inmediato en un sollozo ahogado, inclinándose para abrazar el pequeño cuerpo que ya empezaba a enfriarse a pesar de la fiebre.

Pero la medicina en el imperio no era para los que no tenían oro, y la compasión era un lujo que los pobres no podían permitirse comprar. Al amanecer, cuando los primeros rayos de un sol pálido e indiferente se filtraron por las rendijas del cobertizo, la mano de su hermana resbaló de su agarre y quedó colgando sin vida.

Bren no lloró. No gritó al cielo ni maldijo a los dioses. Se quedó sentado en silencio junto al cuerpo inerte durante horas, mirando fijamente la pared agrietada. En su pecho, el último vestigio de humanidad infantil se terminó de apagar, reemplazado por un vacío denso y negro como el carbón.

Comprendió entonces la lección completa que su padre había intentado enseñarle antes de que la espada del caballero lo atravesara: en este mundo, la debilidad se paga con la vida de los que amas. Los pobres mueren de fiebre porque el imperio acapara la medicina; los honestos mueren degollados porque el imperio exige tributos imposibles. La única forma de no ser aplastado por la rueda era convertirse en la rueda misma.

Ese mismo día, el joven Bren abandonó el cadáver de su hermana en una fosa común sin nombre, caminó sin mirar atrás hasta las puertas del cuartel de reclutamiento de la guardia imperial y se enroló bajo un nombre falso, dispuesto a ascender en el ejército por el único camino que conocía: la sumisión absoluta a la fuerza y la eliminación despiadada de cualquier obstáculo.

Los años pasaron entre campañas sangrientas en las fronteras del norte y la represión sistemática de revueltas campesinas en el sur. Bren demostró una habilidad innata para la táctica y una frialdad absoluta que llamó la atención de los altos mandos. No conocía el miedo, no mostraba piedad con los amotinados y ejecutaba las órdenes de la corona con una precisión robótica, sin pestañear jamás ante el sufrimiento ajeno.

Ascendió de soldado raso a centurión, de centurión a comandante, y de ahí, mediante alianzas de sangre, traiciones calculadas y purgas internas, logró abrirse paso hasta la cúspide de la jerarquía militar, borrando por completo sus orígenes humildes y adoptando un nuevo nombre que resonaría con terror en todo el continente.

Ya no era el niño hambriento de los suburbios ni el hermano impotente que lloraba junto a un cuerpo frío. Ahora era Valerius, el comandante implacable, el hombre de hierro que defendía el trono con uñas y dientes.

El ascenso de Bren a través de las jerarquías de sangre y acero no se cimentó únicamente sobre la fría eliminación de sus rivales, sino sobre una capacidad sobrenatural para anticipar el caos antes de que este naciera. Diez años después de haber ingresado al ejército imperial bajo un nombre falso, el joven centurión ya era una leyenda temida en las fronteras septentrionales. Había sofocado tres revueltas de mineros en las montañas de hierro sin conceder una sola tregua, quemando los poblados rebeldes y obligando a los supervivientes a arrodillarse ante los estandartes de la corona. Su reputación llegó inevitablemente a oídos del viejo monarca de entonces, un rey hastiado y recluido en su propio palacio que buscaba un sucesor de mano férrea capaz de sostener un imperio que amenazaba con desmoronarse bajo su propio peso.

Fue trasladado al corazón de la capital, ascendido directamente al círculo íntimo de la guardia real y bautizado oficialmente con el nombre dinástico que marcaría una era: Valerius.

En los salones de mármol y oro viejo, donde la alta nobleza conspiraba a sus espaldas despreciando sus orígenes oscuros, Valerius se movía como un lobo solitario entre corderos engreídos. No buscaba la amistad de los duques ni el favor de los cortesanos; su única lealtad seguía siendo el poder absoluto, la convicción inquebrantable de que solo una bota de hierro podía mantener a raya el desastre que había destruido su infancia.

Y fue en ese entorno de suntuosidad decadente donde conoció a la princesa.

No a Vespera —quien nacería años más tarde fruto de esa implacable evolución—, sino a la primogénita del rey depuesto, la joven princesa Aurelia. Una mujer de cabellos dorados como el trigo de los valles del sur, ojos de un azul profundo y desafiante, y una inteligencia afilada como una daga ceremonial. Aurelia no encajaba en el molde sumiso de las damas de la corte; detestaba las intrigas vacías de los nobles y observaba con profunda sospecha la corrupción que carcomía los cimientos del trono de su propio padre.

El primer encuentro entre ambos ocurrió en los jardines de invierno del palacio, bajo la fría luz de una tarde de diciembre. Valerius, con la pesada capa militar de los comandantes supremos sobre los hombros y la mirada siempre alerta, custodiaba uno de los arcos de piedra cuando la princesa se le acercó sin escolta.

—Dicen los capitanes que no conoces el parpadeo ante la muerte, comandante —dijo Aurelia, deteniéndose a pocos pasos de distancia, con los brazos cruzados bajo su abrigo de pieles para protegerse de la escarcha—. Afirman que tus botas nunca se ensucian de otra cosa que no sea la sangre de los enemigos de la corona.

Valerius se cuadró con rigidez marcial, sin bajar la guardia, manteniendo los ojos oscuros fijos en el rostro de la princesa.

—La sangre es el precio de los cimientos, Alteza —respondió el comandante con su voz ronca y mesurada—. Los hombres que ignoran de dónde viene el suelo que pisan suelen ser los primeros en hundirse cuando cede el terreno.

Aurelia no retrocedió ante la dureza de sus palabras; al contrario, una chispa de genuino interés brilló en sus ojos azules.

—Mi padre cree que el reino se sostiene asustando a los débiles —murmuró la princesa, acercándose un poco más, desafiando el protocolo real con una audacia que a cualquier otro le habría costado la lengua—. Pero yo creo que un imperio que solo sobrevive a base de ejecuciones es como un puente construido sobre madera podrida: tarde o temprano, el peso de su propia crueldad lo arrastrará al abismo.

Aquella frase golpeó a Valerius con la fuerza de un relámpago en plena tormenta. Nadie en la corte, ni el rey moribundo ni los generales más condecorados, se había atrevido jamás a cuestionar la lógica del miedo con tanta lucidez. En los meses siguientes, lo que comenzó como una curiosidad mutua entre el plebeyo convertido en comandante y la princesa atrapada en jaula de oro se transformó, de manera lenta, implacable y clandestina, en un vínculo profundo y visceral.

Se encontraban en los pasillos oscuros de la biblioteca real, lejos de las miradas de los cortesanos, discutiendo sobre estrategia militar, sobre las leyes que gobernaban el continente y sobre la fragilidad del poder. Valerius le enseñó a Aurelia la cruda realidad del hambre, el barro y la sangre que ella solo conocía por los informes escritos; Aurelia, por su parte, le enseñó al implacable comandante que detrás del frío caparazón del estado aún latía una voluntad capaz de aspirar a algo más que a la simple supervivencia mediante el terror.

Cuando el viejo rey falleció de una enfermedad silenciosa que devoró sus pulmones, la corte intentó sumirse en el caos de las luchas sucesorias. Varios duques del norte levantaron estandartes de rebelión, exigiendo repartirse las provincias del imperio.

No hubo dudas ni vacilaciones. Valerius, apoyado por la absoluta legitimidad que le otorgaba el respaldo de la princesa Aurelia, aplastó la insurrección en una campaña relámpago que duró menos de un invierno. Al regresar victorioso a la capital, coronado ya como el nuevo soberano indiscutible del imperio, unió su destino al de Aurelia ante los altares del gran templo. No fue una boda por conveniencia política; fue la fusión de dos almas marcadas por el peso de la corona.

Años después, de ese amor forjado en el crisol de la guerra y la supervivencia, nació Vespera.

La pequeña heredera heredó los ojos oscuros y la determinación de hierro de su padre, pero también la lucidez analítica y la sensibilidad oculta de su madre. Sin embargo, la felicidad en el mundo de Valerius siempre cobraba un precio altísimo. Cuando Vespera apenas era una niña que comenzaba a dar sus primeros pasos por los salones del palacio, Aurelia cayó gravemente enferma, consumida por una fiebre implacable que recordaba demasiado a la tragedia que se había llevado a la hermana de Bren en el frío cobertizo de Oteruelo.

Valerius movilizó a todos los boticarios del continente, vació las arcas del tesoro real, trajo a los mejores médicos de ultramar; pero la medicina del imperio, tan eficaz para segar vidas en los campos de batalla, era completamente impotente contra la enfermedad.

Una madrugada de invierno, mientras la ventisca aullaba en el exterior exactamente igual que el día en que su padre fue asesinado, Aurelia exhaló su último aliento entre los brazos de Valerius.

El rey no lloró. Su corazón, endurecido por décadas de masacres y consolidado sobre la tumba de su propia infancia, se cerró herméticamente para siempre. Pero el vacío que dejó Aurelia no hizo más que cimentar en su mente la convicción más absoluta y aterradora de su vida: el mundo era un lugar despiadado, un abismo hambriento donde todo lo que uno amaba era arrebatado por la implacable ley del más fuerte.

Por eso, cuando años más tarde la princesa Vespera creció y asumió el mando a su lado, convertida en la general y estratega que hoy defendía los últimos restos del imperio, Valerius volcó sobre ella toda su protección y su doctrina. Vespera no era solo su hija; era la única extensión viva de Aurelia y la única garantía de que el orden que habían construido sobre los huesos de su pasado no sucumbiría ante la anarquía.

Y por eso mismo, la aparición del extranjero Leo y sus malditos tubos de fuego no representaba simplemente una amenaza militar para el trono; representaba la profanación absoluta de todo lo que Valerius había sacrificado, sufrido y perdido a lo largo de su maldita y gloriosa existencia.

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Catalina Angel
Pobre Leo :'(
Alejandro: si me pase tantito con el :(
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