Todo comenzó cuando una joven se enamoró de un muchacho con un pasado lleno de errores. Él era conocido por meterse en problemas y vivir al margen de la ley, pero ella decidió creer que podía cambiar. Poco a poco, su amor logró transformar su manera de ver la vida, aunque el destino los puso a prueba cuando él terminó en la cárcel. Mientras él cumplía su condena, ella decidió esperarlo. Su amiga no dejaba de advertirle: «Mija deje ese hombre, usted está sufriendo demasiado». Pero, a pesar de las dudas y los obstáculos, y relaciónes íntimas aquel amor demostró ser más fuerte que cualquier distancia.
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Capítulo 20 — Quince años
Cuando finalmente me llevaron hasta la celda, fue ahí donde me quebré.
Hasta ese momento había intentado mantener la cabeza en alto. Durante la sentencia me había hecho el fuerte, sobre todo cuando vi a Leidy llorando. No quería que ella me viera destruido. Quería que se fuera pensando que yo iba a estar bien.
Pero apenas se cerró aquella puerta detrás de mí, parce, sentí que ya no podía más.
Me quedé parado unos segundos, mirando aquel lugar.
—Quince años... —murmuré.
La cifra me daba vueltas en la cabeza.
Quince años en esa maldita celda.
Me senté, pero inmediatamente me levanté otra vez. No podía quedarme quieto. Caminaba de un lado para otro como un loco, pasándome las manos por la cabeza.
—¿Cómo carajos voy a aguantar esto?
Pensé en Leidy.
Mi mujer.
La había dejado embarazada y ahora tenía seis meses. Mientras yo estaba ahí encerrado, ella estaba afuera esperando a nuestro hijo.
Nuestro hijo.
Esa palabra me golpeó duro.
—Voy a ser papá...
Me quedé quieto por unos segundos y sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
Yo quería conocerlo.
Quería estar cuando naciera. Quería saber a quién se parecía, escuchar su primera palabra, verlo crecer, acompañarlo cuando tuviera miedo y estar ahí cuando necesitara a su papá.
Pero ahora todo eso parecía lejano.
—¿Y si cuando salga ya está grande? —dije con la voz quebrada.
Me senté nuevamente y apoyé los codos sobre las rodillas.
No sabía qué hacer con tanta rabia, tristeza y miedo juntos.
—Parce, yo no quería esto...
Miré hacia el techo.
Por primera vez desde que me habían encerrado, sentí realmente el peso de mis decisiones.
Había vivido demasiado tiempo creyendo que podía meterme en problemas y después simplemente salir de ellos. Pero ahora las consecuencias estaban frente a mí.
Quince años.
No eran quince días.
No eran quince meses.
Eran quince años.
Pensé en Leidy otra vez.
Recordé su cara cuando se llevaron a los funcionarios. Recordé cómo lloraba y cómo intentaba acercarse a mí mientras su mamá la sostenía.
—Perdón, princesa...
Me limpié las lágrimas con la manga.
—Perdón por todo esto.
No sabía si ella realmente podría esperarme. Tampoco quería obligarla a hacerlo. Tenía que pensar primero en nuestro hijo y en la vida que ella iba a tener que enfrentar.
Pero había algo que sí tenía claro.
Yo quería cambiar.
No podía devolver el tiempo ni borrar mis errores. Tampoco podía hacer desaparecer aquella sentencia.
Lo único que podía hacer era asumir lo que venía y tratar de ser diferente.
Me levanté otra vez y caminé por la celda.
—Tengo que conocer a mi hijo —dije en voz baja—. Tengo que hacerlo.
Me imaginé a Leidy sosteniendo al bebé por primera vez.
La imagen me hizo llorar nuevamente.
—Ojalá me deje verlo...
Me quedé mirando la puerta.
Afuera se escuchaban pasos y voces lejanas, pero yo solo podía pensar en mi familia.
Por primera vez, aquella celda no me parecía simplemente un lugar donde cumplir una condena.
Era el lugar donde iba a pasar una parte enorme de mi vida lejos de ellos.
Me senté contra la pared y cerré los ojos.
—Quince años... —repetí.
Respiré profundo.
—Pero algún día voy a salir.
Y cuando llegara ese día, quería poder mirar a mi hijo a los ojos y decirle que, aunque su papá se equivocó muchísimo, nunca dejó de pensar en él.
Esa noche no pude dormir.
Solo pensaba en Leidy.
Y en ese bebé que todavía no conocía, pero que ya se había convertido en la razón más grande para querer cambiar.