«Ella es la tentación de diecinueve años que rompió todas sus reglas. Él, el hermano mayor de su mejor amigo de toda la vida... y el hombre del que jamás debió enamorarse.»
Mía siempre supo lo que quería, y lo que quería era a Leónidas Benavídez: un imponente arquitecto de treinta años, serio, dominante e inalcanzable. Para el mundo, Leónidas es un ejecutivo de hielo; para Mía, el único hombre capaz de hacerla arder.
Cansada de ser vista como "la enana" o "la amiga de su hermano", Mía desata un peligroso juego de seducción que pondrá a prueba el rígido autocontrol de Leónidas.
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CAPÍTULO 8: La cena familiar y la broma picante
El jueves por la noche, la residencia de los Benavídez lucía deslumbrante. La gran casona de dos plantas estaba decorada con arreglos florales frescos, iluminación cálida y una mesa de comedor principal vestida con manteles de lino blanco, vajilla de porcelana fina y copas de cristal de bohemia que destellaban bajo la luz de la araña del techo.
La ocasión lo merecía: las dos madres, Elena de Benavídez y Sofía del Campo, habían organizado una cena familiar formal para celebrar tanto los diecinueve años de sus hijos Joaquín y Mía como el reciente éxito comercial de la empresa de Leónidas, que acababa de adjudicarse la licitación de la costanera.
Alrededor de la imponente mesa de roble estaban sentadas seis personas. En los extremos, los padres; a un lado, Elena y Sofía conversaban animadamente sobre sus viajes y proyectos de jardinería; y al otro lado, Joaquín devoraba un plato de lomo al malbec mientras hablaba de sus exámenes de la facultad.
Leónidas estaba sentado en el centro del lado derecho de la mesa, vistiendo un elegante traje sin corbata con la camisa blanca desabotonada en el cuello. Justo enfrente de él, al otro lado de la mesa de roble, estaba sentada Mía.
Mía lucía un vestido de seda en color verde esmeralda con un escote pronunciado que dejaba al descubierto sus clavículas y la suave curva de su pecho. Llevaba el cabello peinado hacia un lado, cayendo en una cascada de tirabuzones sobre su hombro derecho.
Desde que se habían sentado a la mesa una hora atrás, la tensión entre Leónidas y Mía era más alta que el voltaje de una red eléctrica. Cada vez que Leónidas intentaba participar en la conversación familiar o tomar un sorbo de su copa de vino tinto, se encontraba con los ojos oscuros de Mía clavados en él, cargados de una promesa sensual que lo traía al borde del colapso.
—De verdad, Leónidas, no sabes lo orgullosas que estamos tu madre y yo de lo bien que te está yendo en la constructora —decía Sofía, la madre de Mía, brindando con su copa en alto—. Eres un ejemplo de trabajo y dedicación para Joaquín y para Mía.
—Muchas gracias, tía Sofía —respondió Leónidas con educación impecable, inclinando levemente la cabeza—. El equipo ha trabajado muy duro en esta licitación.
—¡Ay, sí! —intervino Elena, la madre de Leónidas—. Pero trabaja demasiado. A veces le digo que necesita una mujer a su lado que lo relaje un poco. La semana pasada hablé con Vanessa y me dijo que habían estado trabajando hasta tardísimo...
En cuanto la madre de Leónidas pronunció el nombre de Vanessa, Mía entrecerró los ojos con una chispa de malicia absoluta.
Bajo la caída del mantel de lino blanco que cubría la mesa hasta casi rozar el suelo, Mía deslizó despacio el pie derecho fuera de su elegante zapato de taco alto.
Estiró la pierna por debajo de la mesa de roble, guiando su pie descalzo —de uñas pintadas en un rojo brillante— hacia la pierna de Leónidas.
Leónidas estaba a mitad de darle un trago largo a su copa de vino tinto cuando sintió la caricia.
El pie de Mía comenzó a subir suavemente por su pantorrilla, deslizándose por la tela de su pantalón de vestir con una lentitud tortuosa. Subió por la rodilla hasta posarse en la cara interna de su muslo, ejerciendo una presión suave pero inequívoca que iba escalando centímetros hacia arriba a cada segundo.
Leónidas se atragantó al instante.
El vino le fue por el camino equivocado y soltó una serie de toses secas y ahogadas, teniendo que llevarse rápidamente la servilleta de lino a la boca mientras se ponía rojo como un tomate.
—¡Leónidas! ¿Qué te pasó, hijo? —exclamó su madre Elena con preocupación, estirando la mano para darle palmaditas en la espalda—. ¿Te atragantaste con el vino?
—Estoy... estoy bien, mamá. Un mal trago, nada más —consiguió decir Leónidas con la voz completamente rasposa y ahogada, mientras sus ojos casi se salían de las órbitas.
Por debajo de la mesa, intentó apartar la pierna para romper el contacto, pero Mía fue más rápida. Afianzó la punta de su pie con más audacia, subiendo un par de centímetros más por la cara interna de su muslo, rozando zonas peligrosamente sensibles.
Mía, mientras tanto, sostenía la copa de agua con la mano izquierda y miraba a la madre de Leónidas con la expresión más angelical y pura que una persona pudiera actuar.
—Pobre Leónidas —comentó Mía con una voz dulce y compasiva que ocultaba un veneno delicioso—. Se nota que está muy estresado. Le vendría bien un buen masaje para liberar la tensión que junta en las piernas... ¿no te parece, Elena?
Leónidas la miró al fondo de los ojos con una mezcla de pánico, furia reprimida y un deseo salvaje que amenazaba con hacerle perder la cordura en medio del comedor familiar. Su mano derecha bajó disimuladamente por debajo del borde de la mesa y atrapó el tobillo de Mía con un agarre firme y dominante, deteniendo el avance de su pie a escasos milímetros de su zona más crítica.
La presión de la mano de Leónidas alrededor del tobillo de Mía fue tan intensa que ella ahogó un pequeño jadeo de placer, apretando los muslos bajo el vestido verde esmeralda.
—No te preocupes, Mía —dijo Leónidas, sosteniendo el tobillo de la muchacha con fuerza bajo la mesa mientras la miraba fijamente sin parpadear—. Me encuentro perfectamente. De hecho, la tensión la tengo bajo control.
—¡Ay, qué bueno! —interrumpió Joaquín, totalmente ajeno al drama erótico que se desarrollaba a medio metro de él mientras se servía más carne—. Por un momento pensé que te estabas infartando, hermano. Sería una lástima, justo antes del postre.
Las dos madres soltaron una risotada compartida y continuaron hablando de sus temas de jardinería, mientras la batalla silenciosa por debajo de la mesa alcanzaba un punto de ebullición.
Mía intentó liberar su tobillo del agarre de acero de Leónidas, pero él no la soltó. Con un movimiento lento y posesivo, el pulgar de Leónidas comenzó a acariciar el hueso del tobillo de la joven, subiendo despacio por la parte posterior de su pantorrilla por debajo del mantel, devolviéndole la provocación con una intensidad que hizo que a Mía le temblaran las piernas de verdad.
Mía tuvo que morderse el labio inferior para no emitir un sonido que delatara la situación ante los padres. Las mejillas de la muchacha se encendieron con un rubor cálido y sus respiraciones se volvieron más rápidas.
La mirada que intercambiaron a través de la mesa sobre los platos de porcelana ya no era un juego de niños. Era una declaración de guerra pasional pura. Ninguno de los dos iba a ceder, y la noche familiar acababa de convertirse en una olla a presión a punto de estallar.