Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.
NovelToon tiene autorización de FuKagaku para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza — Parte 20
La oscuridad no trajo descanso; trajo una reestructuración celular sistemática.
A diferencia del pulso cálido del Qi o de la curación biológica natural, la Ciencia Negativa no reparaba la carne por simpatía orgánica. Operaba como una directiva de preservación entrópica: para que la paradoja del espacio nulo siguiera existiendo, el contenedor biológico no podía colapsar. Durante las horas de sombra, cada vaso capilar roto en los pulmones, cada microfractura en las costillas provocada por la vibración atómica y las lesiones internas causadas por la sobrecarga cognitiva fueron selladas a nivel molecular. La anomalía simplemente obligó a la materia de su cuerpo a reordenarse.
Cuando Daniel abrió los ojos, la migraña lo golpeó como un peso de plomo clavado detrás de las órbitas oculares.
El techo no era la celda de piedra húmeda de Hanyang, sino una bóveda de roca pulida de color verde oscuro, iluminada por la luz tenue de linternas de aceite vegetal que no emitían humo. El aire olía a incienso de cedro y resinas medicinales amargas.
Se incorporó con lentitud, sintiendo una fatiga aplastante que le hacía temblar los brazos de seis años. El vértigo hizo que el techo girara por un instante. Se llevó una mano a la cabeza, apartando los mechones de cabello negro que se le pegaban a la frente por el sudor frío.
—Qué fastidio... —murmuró Daniel con una voz débil, arrastrando las palabras.
En su vida pasada tenía catorce años. No era un estratega helado ni un monstruo analítico, como esa gente parecía creer; solo era un chico extremadamente curioso que dedicaba su tiempo a formular teorías sobre física teórica, topología espacial e inversión de cargas que nadie a su alrededor se molestaba en comprender. Su hipótesis sobre la cancelación de la distancia y la Ciencia Negativa era solo eso: una ecuación en papel, un cálculo abstracto sobre cómo el universo reaccionaría si la materia y la entropía colisionaran sin trayectoria intermediaria.
Jamás pidió que la física del universo se rompiera para convertir su teoría en una realidad biológica en medio de un mundo de cultivadores y artes marciales.
—Si esto fuera como esos mangas o manhwas de reencarnación que leía, al menos tendría una interfaz flotante o un sistema que me explicara las reglas —pensó Daniel, dejando escapar un resoplido de irritación mientras se pasaba la mano por la cara—. Pero no. Me despierto con un dolor de cabeza miserable, un cuerpo infantil que no resiste la presión atómica y una anomalía inestable pegada a los átomos de mi piel.
Apretando los dientes contra la náusea residual, deslizó las piernas fuera de la camilla de madera de jade. Sus pies descalzos tocaron el suelo helado. Se apoyó con fuerza contra la pared de piedra caliza para no caer de rodillas, respirando de manera pausada mientras esperaba que la sensación de mareo disminuyera.
En ese momento, la cortina de seda que cubría la entrada del Pabellón del Loto Negro se hizo a un lado.
Un médico del clan, vestido con túnicas amarillas y cargando una bandeja de bronce con frascos de extractos de hierbas y agujas de plata, dio tres pasos hacia el interior. Al alzar la vista y ver a Daniel de pie, apoyado contra la pared y mirándolo con ojos fríos pero despiertos, el hombre se congeló en seco.
La bandeja estuvo a punto de resbalar de sus manos.
—¿P-Pero qué...? —el médico dio un paso atrás, con los ojos desorbitados por el impacto—. ¡Es imposible! ¡Sus órganos estaban lacerados! ¡Ayer su hemorragia interna debía haberle provocado un fallo multiorgánico en menos de doce horas!
Daniel lo observó sin moverse, manteniendo la mano apoyada en la pared de piedra para estabilizar su equilibrio.
—Haces demasiado ruido —dijo Daniel con voz seca, arrugando el entrecejo por el dolor que el tono elevado del médico le provocaba en las sienes.
El sanador tragó saliva, aterrorizado no por la actitud del niño, sino porque al revisar las lecturas de los talismanes sobre la mesa notó que las fluctuaciones de sangre se habían estabilizado a una velocidad que desafiaba cualquier principio de la medicina de venenos. Un paciente normal habría requerido al menos un mes en cama de jade helado para cicatrizar semejante daño cinético.
Sin atreverse a acercarse más al pequeño, el médico se giró hacia el pasillo exterior y gritó con todas sus fuerzas a los dos guardias apostados en la entrada:
—¡Guardias! ¡Avisen al Gran Patriarca y a los líderes de la primera rama de inmediato! ¡El niño de la frontera ha despertado!
dejá tu opinión o sugerencias.