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Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Embarazo no planeado / Mujer poderosa
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Destinos entre crusados.

El rugido de los motores del Gulfstream se apagó sobre la pista privada de Milán, y el silencio que siguió fue casi tan pesado como el aire cargado de historia que envolvía la ciudad. Dimitri Volkhov, el Pakhan, fue el primero en poner pie en tierra italiana, su mirada escudriñando cada sombra del hangar con la frialdad calculadora de quien ha sobrevivido a más atentados de los que recuerda. A su lado, Lorena ajustaba el abrigo de los gemelos, Iván y su hermana, quienes, con sus seis años, miraban asombrados las luces de la ciudad desde la ventanilla.

La casa que les esperaba no era una simple residencia; era una fortaleza de mármol y cristal blindado, enclavada en las colinas de Brianza, con vistas a los Alpes. Cada puerta era de acero, cada ventana contaba con sensores de movimiento, y el perímetro, vigilado por hombres leales que habían hecho el viaje desde Moscú, era un laberinto de cámaras y vallas eléctricas. Pero para los niños, era un castillo. Iván ya corría por los pasillos de madera oscura, persiguiendo a su hermana entre risas, mientras Lorena, con un suspiro, miraba a Dimitri. Sabía que aquel exilio dorado era una condena, pero también una oportunidad. Por primera vez en años, el Pakhan no miraba por encima del hombro; su imperio se reconfiguraba desde el exilio, y la seguridad de su familia era la única moneda que le importaba.

Esa noche, mientras el viento del norte acariciaba los cipreses, Dimitri se sentó en su nuevo despacho y encendió un cigarro, observando las luces de la ciudad. No había miedo en sus ojos, sino un cálculo frío: Milán era su nuevo tablero, y él estaba listo para jugar la partida.

A miles de kilómetros de distancia, un avión privado surcaba el cielo nocturno europeo, pero la tensión a bordo era muy distinta. Alexander Lombardi, heredero del clan, mantenía una mano firmemente entrelazada con la de Valentina, cuya barriga aún insipiente, era un recordatorio palpable de la vida que crecía en su interior. El embarazo había complicado el viaje; los médicos recomendaron reposo, pero la orden de su padre había sido terminante: debían regresar a Milán y a partir de un hilo desenredar la madeja donde murio su hermana paterna, estaria un tiempo, lejos de los disturbios que comenzaban a agitar Moscú.

El vuelo fue una odisea silenciosa. Valentina pasó las primeras horas con náuseas, aferrada a una almohada, mientras Alexander traducía partes de un libro de poesía rusa en voz baja, intentando calmarla. La turbulencia sobre los Alpes no ayudó; cada sacudida hacía que él apretara el puño, maldiciendo en italiano la distancia que los separaba de su fortaleza. Aterrizaron pasada la medianoche en un aeropuerto secundario, donde les esperaba una escolta de cuatro vehículos blindados. La casa de seguridad era una villa renacentista restaurada, oculta entre viñedos, con una bodega que ocultaba un búnker y un sistema de ventilación independiente. Al entrar, Valentina sintió el aroma a tierra mojada y a hierbas silvestres, y por primera vez en semanas, supo que estaba a salvo.

Alexander la ayudó a subir las amplias escaleras de piedra, mientras los guardias registraban cada rincón. La habitación principal tenía una chimenea encendida y un cuadro de la Virgen en la pared, una concesión de su padre. Él la sentó en la cama y arrodillándose, apoyó la cabeza en su vientre. "Aquí nacerá nuestro hijo", susurró, "lejos del frío y del peligro". Fuera, la niebla de la llanura padana envolvía la villa, y el silencio solo era roto por el ladrido lejano de un perro.

Mientras tanto, en Moscú, el invierno se aferraba a las calles con una garra de hielo. Fred y Laura caminaban por el aeropuerto internacional, cargando a su pequeño Fred, de apenas dos años, que dormía plácidamente en brazos de su madre, ajeno al mundo de poder y traición que le rodeaba. Habían viajado desde su mansión en Berlin en parte para salvar su amor y por una orden expresa del patriarca Lombardi, quien necesitaba ojos y oídos en la capital rusa ya que por fuerza mayor Dimitri y Alexander estarian fuera.

El trayecto hasta la mansión familiar fue un viaje a través de una ciudad fantasma, iluminada por letreros de neón que parpadeaban como estrellas moribundas. La residencia Lombardi en Moscú era un palacio de la era zarista, con fachadas de un amarillo pálido y columnas corintias que desafiaban la decadencia soviética. Al llegar, la puerta principal se abrió de par en par, y el calor del interior los envolvió como un abrazo.

El patriarca, un hombre de cabello plateado y ojos de acero, los esperaba en el vestíbulo, rodeado de retratos de antepasados y el aroma persistente del tabaco ruso. Fred hijo despertó y estiró sus manitas hacia el anciano, quien, con una sonrisa severa, lo tomó en brazos. "Bienvenidos a casa", dijo el patriarca, su voz grave resonando en la escalera de mármol. "Moscú no perdona a los débiles, pero nosotros no somos débiles". Laura, temblorosa, apretó la mano de Fred,bɓ aún no le decia nada de su uevpmientras los criados silenciosos recogían las maletas.

En el salón principal, un samovar hervía y las cortinas de terciopelo estaban echadas, ocultando la ciudad hostil. El patriarca los condujo a una mesa donde les esperaba un festín, y al sentarse, comenzó a hablar en un susurro: "Dimitri ha ido a Milán, Alexander regresa, pero aquí... aquí la tormenta apenas comienza". Fred asintió, sabiendo que no eran simples parientes; eran peones en un tablero cuyos límites aún no comprendían. Afuera, la nieve empezaba a caer, cubriendo las huellas de su llegada.

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