Alessia es hielo, poder y control absoluto. Tras la sospechosa muerte de su padre, dirige un imperio multimillonario donde no se permiten las debilidades. Matteo es un genio informático humilde y brillante, un becado universitario ajeno a la crueldad de la alta sociedad. Dos mundos opuestos que colisionan en una alianza digital inquebrantable... y una atracción posesiva que ninguno puede frenar.
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Capítulo 8: Secretos y Confesiones
Al separarse lentamente del beso, la habitación quedó en un silencio denso. Matteo, con el corazón galopando, se ruborizó intensamente. Preso de los nervios, agachó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada a una mujer tan imponente. Alessia, fascinada por su pureza, quería seguir besándolo, pero el teléfono la interrumpió.
Al ver que era Alessandro, su expresión cambió.
—Alessia, encontré algo. Tengo pruebas sobre el asesinato de tu padre —dijo la voz tensa al otro lado.
—Voy para allá. No te muevas —sentenció Alessia con frialdad.
Con un movimiento firme de su dedo, Alessia presionó la pantalla y cortó la llamada telefónica, guardando el celular en su bolso. La seriedad de la situación con el asesino de su padre se reflejaba en su rostro, pero al levantar la vista, se topó con los ojos azul claro de Matteo, quien la observaba desde abajo con una genuina preocupación inocente.
A pesar de la urgencia que la quemaba por dentro, Alessia no pudo evitar ablandar su expresión ante la pureza del chico. Se acercó a él lentamente, acortando los pocos centímetros que los separaban, le tomó suavemente el rostro con una mano y le dio un tierno roce en los labios a modo de pico, una despedida rápida pero cargada de promesa.
—Tengo que irme, Matteo. Surgió algo urgente. Descansa —le dijo con una voz suave que contrastaba con la tensión de hace unos segundos.
En el penthouse de Alessia, Alessandro la esperaba. Él tenía sus llaves y acceso total. Sobre la mesa, abrió la carpeta: transferencias encriptadas y registros que vinculaban a Carlo Bianchi con el día de la muerte del padre de ella.
—Es una pista sólida, Alessia —dijo Alessandro, serio.
Alessia analizó los documentos con ojos gélidos.
—No es suficiente, Alessandro. Necesitamos más pruebas, algo que lo deje sin salida legal. Sigue investigando, rastrea cada movimiento de Bianchi desde la periferia hasta los bancos extranjeros. No pararemos hasta que sea irrefutable.
Alessandro asintió, agotado tras días de vigilancia. Con la confianza absoluta de ser su mano derecha y casi un hermano, se quitó el saco y la camisa, dejando ver su cansancio.
—Voy a dormir un par de horas en la habitación de huéspedes. Despiértame si surge algo más.
Alessia lo vio retirarse hacia la habitación, mientras ella se quedaba sola frente a las pruebas, calculando su siguiente movimiento contra Bianchi.
Mientras tanto, en el departamento de Brera, Matteo caminaba de un lado a otro, desorientado, nervioso y feliz. Su mente no podía procesar nada más que el beso. Sin poder contenerse, tomó su teléfono y llamó a Leo, su mejor amigo de la universidad.
—¡Leo! Necesito que vengas a mi departamento ahora mismo. Es una urgencia, no puedo estar solo con esto —dijo Matteo con la voz entrecortada por los nervios.
Media hora después, Leo entró al lujoso departamento, mirando todo con los ojos abiertos de par en par. Matteo estaba sentado al borde de la cama, pasando sus manos por su nuevo corte de cabello, visiblemente abrumado.
—¿Qué demonios pasa, Matt? ¿Por qué tanta urgencia? Pareces haber visto un fantasma —dijo Leo, dejando su mochila.
Matteo tomó aire, sintiendo que la timidez lo consumía al confesarse, con las mejillas totalmente encendidas.
—Es ella, Leo... La Signorina Romano —soltó Matteo con un hilo de voz, tapándose el rostro por la vergüenza—. Nunca me había sentido así por nadie. Es una fascinación absoluta que me desborda; cuando está cerca, siento que el corazón se me va a salir del pecho y que pierdo por completo el control de mis pensamientos. Ella es tan atrevida, tan segura de sí misma, y yo... yo siento un torbellino de emociones aquí dentro que me asusta muchísimo, pero a la vez me hace inmensamente feliz. Es un miedo constante a no saber cómo reaccionar ante lo que me hace sentir, porque me desarma por completo. Viejo, te lo juro, siento que me estoy volviendo loco de amor y no sé qué hacer con todo esto que está surgiendo en mí.