**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.
NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 15
Su altura me obligó a reclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Desde esta distancia, el calor que emanaba de su torso desnudo era como un horno. Podía ver el tatuaje tribal que adornaba su hombro izquierdo, perdiéndose bajo su espalda, y la tensión de sus abdominales perfectamente definidos que se movían con cada una de sus respiraciones pausadas.
Zayd extendió su mano grande y bronceada. Sus dedos largos se cerraron alrededor de mi cintura, atrapando la tela de la bata de satén negro. Ejerció un tirón firme hacia adelante, pegando mis caderas directamente contra las suyas.
El impacto físico me hizo soltar un jadeo ahogado. La delgada capa de satén de mi bata y el lino de su pantalón no eran barrera suficiente; sentí la longitud rígida y palpitante de su virilidad presionando directamente contra mi centro. Un espasmo de puro placer y deseo salvaje recorrió mi vientre bajo, haciéndome humedecer al instante en un torrente de lujuria contenida que odié con cada fibra de mi ser. Mi cuerpo no entendía de orgullo, ni de deudas federales; mi cuerpo solo recordaba cómo este hombre me había gobernado en la suite del hotel, y exigía más.
—Suéltame, Zayd —pedí, aunque mi voz sonó carente de fuerza, un murmullo quebrado que delató la traición de mis sentidos. Apoyé mis palmas contra su pecho desnudo para intentar empujarlo, pero mis dedos se hundieron en la firmeza de sus músculos, sintiendo el latido acelerado y poderoso de su corazón.
—No quiero soltarte —susurró él, y su mano libre subió por mi cuello, atrapando mi mandíbula con sus dedos largos, obligándome a mirarlo directamente a esos ojos ámbar que ahora ardían con una fiera mezcla de dominación y deseo desatado—. Has pasado todo el día mirándome con desprecio, Serena. Intentaste usar a tu amiga abogada, intentaste fingir demencia, y ahora intentas ponerme cerraduras. Tu resistencia es hermosa, de verdad que lo es. Hace que la recompensa de poseerte sea mucho más dulce. Pero la resistencia tiene un precio en mi corte.
Deslizó sus dedos desde mi mandíbula hacia abajo, acariciando la piel sensible de mi cuello, deteniéndose justo sobre la marca rojiza que él mismo me había provocado. Su pulgar presionó la zona con un castigo sutil, una presión lo suficientemente firme como para provocarme un gemiso agudo que fue mitad dolor y mitad puro éxtasis erótico.
—Mañana por la noche —continuó Zayd, y su aliento cálido rozó mis labios antes de descender hacia mi oído, donde su barba de tres días me provocó un escalofrío violento— se celebrará la primera cena formal con el consejo real y los miembros más influyentes de mi familia. Van a venir a inspeccionar a la mujer que he elegido para dar un heredero a mi dinastía. Van a buscar cualquier debilidad, cualquier rastro de que eres una extranjera que no respeta nuestras tradiciones.
Su mano en mi cintura bajó un poco más, colándose bajo el dobladillo de la bata de satén negro, permitiendo que su palma grande y rugosa entrara en contacto directo con la piel desnuda de mi muslo. Sus dedos ascendieron por la suavidad de mi carne, apretándola con una posesividad que me hizo arquear las caderas hacia él por puro instinto físico.
—Espero que actúes como una sumisa futura esposa ante mi corte, Serena —su voz bajó a una octava ruda, dictatorial, que me caló hasta los huesos—. Quiero que uses el vestido tradicional que he ordenado que dejen en tu armario. Quiero que guardes silencio cuando yo hable, que bajes la mirada cuando los ancianos del consejo te observen y que demuestres que respetas la corona que vas a llevar.
—¿Y si no lo hago? —desafié, reuniendo las últimas fuerzas de mi orgullo moribundo, aunque mi cuerpo temblaba bajo el roce de sus dedos que ya acariciaban la curva de mi glúteo—. ¿Qué vas a hacer si decido decirles a todos que eres un chantajista que tiene a mi familia secuestrada económicamente?
Zayd detuvo el movimiento de sus dedos, pero no se apartó. Su sonrisa se volvió gélida, una máscara de pura crueldad corporativa e internacional que me recordó quién tenía el control absoluto del tablero de ajedrez.
—Si me avergüenzas ante mi corte, Serena... si muestras una sola pizca de esa rebeldía neoyorquina ante los hombres que aprueban los presupuestos de mis rutas de distribución, habrá consecuencias inmediatas —dijo, y sus ojos ámbar se redujeron a dos rendijas gélidas—. La boda es en una semana. Si mañana por la noche cometes un solo error, el fideicomiso que mantiene libre a tu padre se cancelará antes de que se sirva el postre. Tu padre dormirá en una celda federal el martes por la mañana, y yo me encargaré personalmente de que la prensa internacional reciba cada detalle de su fraude. No me obligues a ser un monstruo en público, nena. En privado... en privado puedo lidiar con tu fuego. Pero ante mi pueblo, eres mía, y actuarás como tal.
Me quedé estática, con las lágrimas de rabia contenida agolpándose en mis ojos, pero negándome a dejarlas caer frente a él. Estaba completamente acorralada. Mi orgullo, mis deseos de libertad, todo se estrellaba contra la losa implacable de su poder. El destino de mi familia dependía de mi capacidad para sonreír y bajar la cabeza ante los mismos hombres que me consideraban una adquisición.
Zayd observó mi silencio, mi derrota aceptada a regañadientes, y su expresión se suavizó sutilmente, regresando a esa lujuria posesiva que me devoraba la piel. Se inclinó y me dio un beso corto, rudo y abrasador en los labios. No fue un beso de cortesía; fue un sello de propiedad que me dejó saboreando el cardamomo y la sal de su piel.
Se separó lentamente, quitando sus manos de mi cuerpo, lo que me provocó una oleada de frío que me hizo estremecer. Caminó de regreso hacia la puerta de interconexión con sus movimientos felinos, deteniéndose justo antes de cruzar.
—Duerme bien, Serena —dijo, mirándome una última vez de arriba abajo, deteniéndose en la seda negra de mi bata que apenas ocultaba mis curvas—. Asegúrate de descansar. Mañana empieza tu entrenamiento para ser la esposa del Jeque. Y te sugiero que dejes la cómoda donde está; moverla dos veces en una noche podría dañar el mármol, y no me gustaría tener que cobrarte también los gastos de reparación.
Cruzó el umbral hacia sus estancias oscuras y dejó la puerta entornada, una apertura de apenas unos centímetros que me recordaba que, aunque no pudiera verlo, él seguiría escuchando mi respiración durante toda la noche, recordándome que ya no había barreras para él en mi vida.