NovelToon NovelToon
La Mujer del Capo

La Mujer del Capo

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Intrigante / Mafia / Amor a primera vista / Completas
Popularitas:7.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Izuki

Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.

Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.

Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.

Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.

Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.

Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.

En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?

*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*

NovelToon tiene autorización de Izuki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Capítulo 15

La jaula dorada

—Señorita Solís. —La voz de Don Aurelio era grave y pausada, con la cadencia de un hombre que no necesita alzar la voz para ser escuchado—. Bienvenida a nuestra casa.

Le tendió la mano. No para besarla ni para un apretón de negocios, sino con la palma hacia arriba, como quien invita a una dama a bajar de un carruaje. Un gesto de otra época. Renata le dio la mano y sintió una fuerza inesperada en esos dedos nudosos: la mano de un viejo que todavía podía romper cosas.

—Gracias, Don Aurelio. Es un honor.

—El honor es nuestro. Mi nieto habla bien de usted. —Los ojos del patriarca la recorrieron de arriba a abajo con una franqueza que no se molestó en disimular. No era la mirada de un hombre evaluando a una mujer; era la mirada de un hombre evaluando una inversión—. Tiene presencia. Eso es bueno.

Caminaron por el patio central. La fuente de cantera murmuraba en el centro, rodeada de macetas de buganvilias y helechos de sombra. Las paredes del corredor estaban cubiertas de azulejos de Talavera en tonos azul y blanco, y del techo colgaban faroles de hierro forjado que ya empezaban a encenderse con la última luz del día. Renata contó cuatro puertas a cada lado del patio. Cada una de esas puertas probablemente daba a una habitación que costaba más que el departamento completo donde ella había vivido con Andrés.

Dante la esperaba en el comedor.

Estaba de pie junto a la cabecera de una mesa larga de madera oscura, con las manos en los bolsillos del pantalón y la camisa remangada hasta los antebrazos. Sin saco, sin corbata, sin el artificio que usaba en la ciudad. En la Hacienda, Dante parecía más él mismo —o más la versión de él mismo que quería que ella viera—. Cuando Renata entró, algo cambió en su expresión: no fue una sonrisa, sino un aflojamiento mínimo de la mandíbula, como si la tensión de esperar se hubiera resuelto.

—Profesora —dijo.

—Señor Montero.

La mesa estaba puesta para seis personas. Platos de cerámica pintada a mano, copas de cristal, servilletas de tela dobladas en triángulo. En el centro, un arreglo de flores silvestres que olía a campo. No era la pompa de los eventos del Club El Olvido; era una elegancia más vieja, más arraigada, el tipo de mesa que una familia pone cuando no necesita impresionar a nadie porque ya lo tiene todo.

Marcos llegó con una copa de vino en la mano, saludó a Renata con un "buenas noches, Profesora" que sonó más a protocolo que a cortesía, y se sentó al lado izquierdo de Don Aurelio.

Después entró Tía Remedios.

Setenta y tantos años, espalda erguida como una vara, vestido negro hasta los tobillos, un collar de perlas que parecía una armadura. El pelo blanco recogido en un moño apretado. Ojos pequeños, rápidos, del tipo que catalogan defectos antes que virtudes. Se sentó frente a Marcos sin saludar a Renata y desdobló su servilleta con la precisión de quien ha cenado en esa mesa diez mil veces.

Santos estaba de pie junto a la puerta del fondo, con las manos detrás de la espalda y los ojos fijos en algún punto medio del salón. No comería con ellos. Los guardias no comían con la familia.

Don Aurelio se sentó en la cabecera. Dante, a su derecha. La silla a la izquierda de Dante estaba vacía —para Renata—.

—Siéntese, Señorita. Aquí no mordemos. —Don Aurelio hizo una pausa—. Bueno, depende de la noche.

Nadie se rio. Renata tampoco. Se sentó.

La cena empezó con un consomé de pollo con chile pasilla y hierbas que olía a hogar de alguien más. Una cocinera mayor —morena, baja, con las manos de quien ha amasado miles de tortillas— sirvió los platos sin mirar a nadie a los ojos. Renata comió despacio, atenta a los cubiertos que usaban los demás, al orden de los platillos, a la geografía invisible de poder alrededor de la mesa.

Tía Remedios habló primero.

—¿Solís? —dijo, como quien prueba una fruta que no conoce—. ¿De cuáles Solís? No recuerdo ese apellido en los círculos de Miravalle.

—Mi familia es de Guanajuato, Señora. Nos mudamos cuando yo tenía diez años.

—Ah. Provincia. —La palabra no era un insulto explícito, pero el tono la convertía en uno—. ¿Y su padre?

—Contador. Tiene un despacho en la colonia Centro.

—¿Contador? —Tía Remedios intercambió una mirada con Marcos que Renata no se molestó en descifrar—. Qué interesante.

Marcos aprovechó la abertura como un perro que huele sangre:

—Es profesora, Tía. De la universidad pública.

—Profesora de Letras —corrigió Renata, con la voz que usaba para callar a un alumno que habla sin permiso—. Especialista en retórica forense y análisis de discurso. Mi tesis fue publicada por la Universidad de Salamanca.

Marcos parpadeó. Tía Remedios no. Don Aurelio, en la cabecera, bebió un trago de su vino con la expresión de un hombre que está viendo un espectáculo que le divierte.

La cena continuó. Mole de olla, arroz rojo, tortillas hechas a mano. La conversación circuló por temas seguros: la cosecha de mango de este año, un problema con los proveedores de la constructora, la boda de alguien que Renata no conocía. Ella escuchaba, comía poco, y archivaba cada dato en su memoria.

Entonces sonó el teléfono de Don Aurelio.

El patriarca sacó un celular viejo —no un smartphone, sino un aparato con teclado físico— y contestó con un "¿Bueno?" seco. Escuchó un momento, frunció el ceño, y dijo algo en un español rápido que Renata no alcanzó a oír. Después tapó el auricular con la mano y miró a la mesa.

—Es Dumont. De la naviera. Habla en francés y muy rápido. Marcos, traduce.

Marcos palideció.

—Yo... mi francés no es...

—Yo puedo ayudar —dijo Renata.

La mesa se quedó en silencio. Don Aurelio la miró con una ceja levantada. Dante no se movió, pero Renata sintió su atención como un cambio de temperatura.

—Adelante —dijo Don Aurelio, y le pasó el teléfono.

Renata tomó el aparato, se lo llevó al oído, y escuchó al hombre al otro lado de la línea —un francés con acento marsellés que hablaba a la velocidad de una ametralladora sobre un embarque, una fecha de llegada y un problema con la aduana de Veracruz—. Respondió en francés, con la fluidez de quien ha pensado en ese idioma durante años: confirmó la fecha, preguntó el número del contenedor, repitió la instrucción de Don Aurelio sobre el contacto aduanal.

Colgó. Le devolvió el teléfono a Don Aurelio.

—El embarque llega el jueves —dijo Renata—. Hubo un retraso en Marsella por una inspección portuaria. El contacto de aduanas en Veracruz necesita el número de referencia actualizado. Se lo enviarán mañana por la mañana.

Silencio total. Tía Remedios tenía la cuchara suspendida a medio camino de la boca. Marcos miraba su plato como si quisiera meterse dentro de él.

Don Aurelio sonrió. No una sonrisa amplia ni cálida, sino la sonrisa satisfecha de un jugador de ajedrez que acaba de ver una pieza inesperada en el tablero.

—¿Cuántos idiomas habla usted, Señorita?

—Cuatro con fluidez. Estoy aprendiendo el quinto.

Don Aurelio giró la cabeza hacia Tía Remedios.

—¿Ves? No todo se mide por el apellido.

Tía Remedios no contestó. Dobló su servilleta con movimientos precisos y pidió permiso para retirarse. Don Aurelio se lo concedió con un gesto de la mano, y la anciana salió del comedor con la espalda recta y el orgullo herido flotando detrás de ella como un perfume amargo.

---

Después de la cena, Dante y Don Aurelio hablaron a solas en el corredor del patio. Renata los veía desde el comedor a través del ventanal: dos siluetas recortadas contra los faroles, la del viejo apoyada en el bastón y la del joven con las manos en los bolsillos. Hablaron tres minutos. Don Aurelio asintió una vez, puso la mano en el hombro de Dante —un gesto que parecía tanto una bendición como una orden—, y caminó hacia el interior de la Hacienda.

Dante volvió al comedor.

—Don Aurelio quiere que te mudes a Torre Montero —dijo, sin preámbulo.

—¿Perdón?

—No al Penthouse. A otro piso. Un departamento independiente, con tu propia llave. La idea es que estés más accesible para los compromisos sociales de la familia.

Renata lo miró buscando la trampa.

—¿Y si digo que no?

—Las sugerencias de Don Aurelio no son sugerencias.

—¿Y esta fue idea de él o tuya?

Dante sostuvo su mirada sin parpadear.

—¿Importa?

Renata pensó en su departamento vacío, en la taza de Andrés boca abajo en el escurridor, en la cama que olía a una vida que ya no existía. Pensó en la ficha de huellas dactilares escondida en su oficina de la Universidad Nacional. Pensó en lo que significaba vivir en el mismo edificio que Dante Montero: vigilancia permanente, sí, pero también proximidad. Acceso. Oportunidad.

—¿Cuándo? —preguntó.

—Esta noche.

---

Torre Montero se alzaba en el centro de Miravalle como una aguja de cristal y acero. Treinta pisos. El departamento de Renata estaba en el piso dieciocho —doce pisos por debajo del Penthouse de Dante—. Joaquín la acompañó hasta la puerta, le entregó la llave electrónica, y se retiró con un "buenas noches, Señorita" que sonó casi humano.

El departamento era más grande que cualquier lugar donde Renata hubiera vivido. Sala, comedor, cocina equipada, dos recámaras, un baño con tina. Muebles oscuros, paredes blancas, cortinas grises. Todo nuevo, todo impecable, todo sin personalidad —como una suite de hotel que nadie ha usado—. En el clóset de la recámara principal había ropa: blusas, faldas, dos vestidos, zapatos planos en tres colores. Todo de su talla. Todo elegido por alguien que conocía sus medidas.

En la sala, sobre la mesa de centro, había un libro.

El conde de Montecristo, Alejandro Dumas. Edición en español, pasta dura, páginas color crema. Renata lo abrió. En la portadilla, con tinta negra y letra firme, una dedicatoria:

"Para la profesora que no le teme a los monstruos — D."

Hojeó el libro. Una página estaba marcada con una esquina doblada: la página donde Edmond Dantès asume la identidad del Conde, donde un hombre deja de ser quien fue y se convierte en alguien que el mundo no puede reconocer.

Renata cerró el libro. Lo dejó sobre la mesa. Se acercó a la ventana.

Miravalle se extendía abajo como un tablero de luces. Al norte, la sierra oscura. Al oeste, el reflejo distante del mar. Y allá arriba, doce pisos más, el Penthouse donde Dante Montero —o quien fuera realmente— miraba la misma ciudad desde una ventana idéntica.

Sacó el teléfono. Le escribió a Paulina: "Me mudé. Dirección nueva. Todo bajo control."

Después apagó la pantalla, se sentó en el sillón de una sala que no era suya, y miró el libro sobre la mesa.

Un hombre que roba la identidad de otro. Una historia de venganza disfrazada de justicia. Y Dante se la regalaba como si fuera un chiste privado.

O como una confesión.

1
Luz Mary Gomez Sierra
mucha adrenalina toda la novela gracias autora espero haya epílogo
Luz Mary Gomez Sierra
yo estoy nerviosa con un nudo en el estómago ya mismo le diría la verdad
Luz Mary Gomez Sierra
en la oficina de la u no vio en el techo la USB que escondió ahí?
Luz Mary Gomez Sierra
no me diga que Nico ya la encontró y mínimo Andrés ya tiene otro amor
Luz Mary Gomez Sierra
bueno Renata estás jugando a dos bandas al tiempo no has roto la relación con Andrés creo que eso traerá problemas no crees?
Luz Mary Gomez Sierra
párese que soy yo tengo miedo de llegar por favor mi corazón se va a salir de mi pecho
Luz Mary Gomez Sierra
ya está más enamorada de el acéptalo Renata entonces que pasa con el amor de Andrés
Graciela Saiz
hasta acá llegué me canso ..
Graciela Saiz
aburrida 🙄
Graciela Saiz
muy aburrida 🙄
Graciela Saiz
Andrés no se merece la mentira, 😡vos no lo mereces
Luz Mary Gomez Sierra
está niña se está metiendo en la boca del lobo ojalá no le suceda lo que a Tomás es muy arriesgada o valiente psrese que soy yo quien este sufriendo por Andrés
Luz Mary Gomez Sierra
muy arriesgada la profe debió confiar en Andrés el ha sido bueno con ella
Georgina Tejeda
Si le dice a Nico q está esperando un hijo pueda q el se entregue ya q el no tiene la culpa fue el viejo q ahora quiere casarlo con su amiga tiene q ser ahora no después
Nereida Hernández montes
pero no te imaginas que te mandé a vigilar y tenga cámaras en su despacho 😈👿😭 estás jugando con fuego y te puedes quemar 😭
Rosario Pelaez
un poco confusa había diálogos que no concordaban pero pues entretenida
Nereida Hernández montes
Por Dios vete lo más rápido posible
Nereida Hernández montes
Hay debe haber cámaras ocultas trata de no hablar cosas delicados solo escribir y borrar
Nereida Hernández montes
Cuídate mucho
Nereida Hernández montes
Pero yo me preguntó por qué no te disfrazas y escondes los papeles y borra esos mensajes 😈👿😭 estás trabajando para asesinos y con contacto ponte pilas
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play