Pensé que lo más difícil ya había pasado. Luego encontré la firma de Kael en el documento que cambió todo. Ahora tengo que decidir si el amor que construimos puede sobrevivir conocer exactamente qué clase de hombre era antes de que yo llegara.
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La institutriz PARTE 1
La idea de buscar a Elara llegó sin aviso, como llegaban las mejores ideas — en el espacio entre dos pensamientos sobre otra cosa, cuando la mente buscaba en los márgenes lo que la atención central había estado ignorando.
Fue una mañana de la semana veinticuatro, mientras Ren revisaba con Devan los registros históricos del Ducado para la respuesta legal que estaban preparando en caso de que Lord Pellier iniciara una auditoría.
—Los registros del período anterior al Duque actual —dijo Devan, señalando una sección de la estantería — están incompletos. Hay un gap de aproximadamente ocho años que no tiene documentación completa en los archivos físicos del Ducado.
—¿Por qué? —dijo Ren.
—No lo sé con certeza —dijo Devan—. Podría ser pérdida natural de documentación. Podría ser que parte de esos archivos fueron eliminados deliberadamente. —Una pausa—. O podrían estar en otra parte.
—¿Qué otra parte?
—Alguien que trabajó en el Ducado durante ese período podría haber conservado copias —dijo Devan, con esa lógica suya que siempre encontraba la posibilidad que los demás no veían inmediatamente—. No es inusual. Los secretarios y asistentes de la época a veces guardaban registros propios como parte de su trabajo.
Ren lo miró.
Y fue en ese momento — con Devan hablando de secretarios que guardaban registros propios — que llegó el recuerdo de los recuerdos de Adalyn.
No de Adalyn adulta. De Adalyn niña. La institutriz que le enseñó los pasos de baile cuando el resto de la familia la ignoraba. Una mujer anciana incluso entonces — cuando Adalyn tenía doce años — con manos que habían pasado décadas escribiendo, que olía a tinta y a papel viejo, que tenía en el cuarto donde le daba las lecciones una estantería llena de cuadernos que nadie más miraba.
«Los cuadernos», pensó Ren. «Nunca supe qué había en esos cuadernos.»
Pero la institutriz los llenaba con una constancia que Adalyn recordaba como parte del fondo de cada tarde — el sonido de la pluma, la concentración, la forma en que a veces paraba de escribir y miraba a Adalyn con una atención que no era la de una institutriz sino la de alguien que veía algo que no podía decir en voz alta.
«Copias de documentos», pensó Ren. «O registros propios. O algo más. No lo sé. Pero está ahí.»
—Devan —dijo Ren.
—¿Señora?
—¿Sabes si la institutriz que tuvo Adalyn cuando era niña todavía está viva?
Devan la miró con la expresión de quien acaba de recibir una pregunta completamente inesperada y lo procesa en tiempo real.
—¿La institutriz?
—La mujer que le daba clases de baile y etiqueta cuando era niña —dijo Ren—. Antes del matrimonio. Era mayor entonces. No sé cuántos años tendría ahora.
Devan pensó.
—No tengo esa información —dijo Devan—. Pero puedo encontrarla. —Hizo una pausa—. ¿Por qué la busca?
—Porque —dijo Ren— puede tener documentos del Ducado que no existen en los archivos oficiales.
Devan procesó eso con la eficiencia que lo caracterizaba, conectando la pregunta con el contexto de los archivos incompletos y la posible auditoría de Lord Pellier.
—¿Cuándo la necesita?
—No urgentemente —dijo Ren—. Pero pronto.
Devan asintió y anotó algo en su cuaderno.
Ren volvió a los registros históricos.
Pero en algún lugar de su mente, más abajo de la capa del análisis y la estrategia, algo se había movido.
No el bebé esta vez.
Algo más difícil de nombrar.
La intuición específica de alguien que ha aprendido a distinguir entre los pensamientos que son solo pensamientos y los que son la señal de que algo importante está a punto de ocurrir.