Sangre y Cenizas
"Te mataría si pudiera dejar de amarte"
Maya es cazadora de vampiros. Lucien es el vampiro que debería haber
muerto hace años.
Entre encuentros clandestinos y besos prohibidos, descubren que existe
un amor más peligroso que cualquier arma: uno que te envenena desde
adentro, que te hace traicionar todo lo que eres, y que solo termina
de una manera.
En la oscuridad, donde el bien y el mal se desdibujan, dos almas
rotas aprenderán que algunos fuegos nunca deberían encenderse.
Pero algunos ya arden.
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CAPÍTULO 8: El Teatro de la Perdición
El viejo teatro abandonado era un monumento a la decadencia. Sus paredes estaban cubiertas de moho, sus ventanas rotas dejaban entrar corrientes de aire frío. En el interior, la oscuridad era casi tangible, como si fuera un ser vivo que respiraba.
Maya y Lucien llegaron primero, seguidos por un pequeño grupo de cazadores y vampiros. Thomas y Catherine se quedaron atrás, coordinando desde una distancia segura. El plan era simple: entrar, encontrar a Dominic, detenerlo antes de que pudiera completar su ritual.
Lo que podría salir mal era infinito.
Lucien tomó la mano de Maya mientras subían las escaleras del teatro. Su piel estaba fría, pero su agarre era fuerte, reconfortante.
—Si algo sale mal —susurró—, quiero que corras. ¿Me lo prometes?
—No —respondió Maya—. Corremos juntos o no corremos en absoluto.
Lucien sonrió, una sonrisa triste.
—Sabía que dirías eso.
El teatro interior era enorme. El escenario se elevaba como una montaña de madera podrida, las butacas estaban esparcidas como huesos de animales muertos. En el centro del escenario, había un círculo de velas encendidas, y dentro del círculo, de pie con los brazos levantados, estaba Dominic.
Era hermoso de una manera que hacía daño mirar. Su cabello era negro como la medianoche, su piel era pálida como la porcelana, y sus ojos eran de un rojo tan profundo que parecían contener toda la sangre del mundo. Llevaba un abrigo de terciopelo negro que le llegaba hasta los pies, y alrededor de él había al menos cien vampiros, todos de pie en silencio, sus ojos fijos en él como si fuera un dios.
Cuando Lucien entró, Dominic levantó la vista y sonrió.
—Lucien —dijo, su voz como miel envenenada—. Mi hijo favorito. Finalmente viniste a casa.
—No soy tu hijo —respondió Lucien, su voz peligrosa—. Hace mucho tiempo que dejé de serlo.
—¿Sí? —Dominic descendió del escenario con gracia sobrenatural—. ¿Y sin embargo, aquí estás. Trayendo cazadores a mi puerta. Traicionando a tu propia especie.
—Mi especie dejó de existir hace doscientos años —dijo Lucien—. Lo único que queda es una elección. Y yo elegí ser mejor que esto.
Dominic rió, un sonido que resonó por todo el teatro como el trueno.
—¿Mejor? —Se acercó a Lucien, sus ojos rojos brillando—. ¿Crees que eres mejor porque rechazaste lo que eres? Porque te negaste a alimentarte adecuadamente, porque intentaste vivir como un humano patético, porque te enamoraste de una cazadora?
Su mirada se posó en Maya.
—Ah, sí. Puedo olerla en ti. Puedo olerla en tu sangre, en tu aliento. La amas. —Dominic caminó hacia ella, sus movimientos fluidos como el agua—. ¿Sabes lo que eso significa, pequeña cazadora?
Maya sacó su cuchillo, pero Dominic apenas le prestó atención.
—Significa que eres su debilidad. Y las debilidades existen para ser explotadas.
Antes de que Maya pudiera reaccionar, Dominic se movió. No fue un movimiento rápido. Fue instantáneo. Estaba de pie frente a ella, sus manos tomando su rostro, sus ojos rojos mirando directamente a los suyos.
—Qué hermosa eres —susurró—. Qué hermosa y qué... frágil.
Lucien rugió, un sonido que no era completamente humano. Se lanzó hacia Dominic, pero los cien vampiros a su alrededor se movieron como un solo cuerpo, bloqueando su camino.
—Ah, ah, ah —dijo Dominic, sin soltar a Maya—. Eso sería una mala idea, mi hijo.
Luego besó a Maya.
Fue como ser tocada por la muerte misma. Su boca era fría, su lengua era como hielo, y cuando sus colmillos rozaron sus labios, Maya sintió que algo en ella se rompía. Podía sentir su poder, su antigüedad, su sed de sangre. Era como estar dentro de un huracán, como estar siendo desgarrada desde adentro.
Cuando finalmente la soltó, Maya cayó de rodillas, su cuerpo temblando.
—¡Maya! —gritó Lucien, pero los vampiros lo mantenían atrás.
—Ahora, ¿dónde estábamos? —preguntó Dominic, limpiándose los labios con elegancia—. Ah, sí. Mi plan.
Se giró hacia sus seguidores.
—Durante siglos, hemos vivido en las sombras. Hemos sido cazados, hemos sido perseguidos, hemos sido tratados como monstruos. Pero ya no. Esta noche, vamos a cambiar eso. Esta noche, vamos a tomar la ciudad. Y luego, el mundo.
Levantó sus manos, y los cien vampiros comenzaron a cambiar. Sus cuerpos se contorsionaban, sus ojos se volvían más rojos, sus colmillos crecían. Se estaban transformando en versiones más poderosas de sí mismos, versiones que eran casi inhumanas.
—¿Ves? —dijo Dominic, mirando a Lucien—. Esto es lo que deberías haber sido. Esto es lo que podrías haber sido si no hubieras sido tan débil.
Fue entonces cuando las puertas del teatro se abrieron de par en par.
Thomas y Catherine entraron, seguidos por un ejército de cazadores. Detrás de ellos venían más vampiros, los que se habían unido a la tregua. Era una batalla que estaba a punto de ocurrir, una colisión de fuerzas que iba a sacudir toda la ciudad.
—¡Ahora! —gritó Thomas.
El caos estalló.
Los cazadores corrieron hacia los vampiros transformados, sus cuchillos de plata brillando bajo la luz de las velas. Los vampiros de la tregua se lanzaron en la otra dirección, tratando de contener a los seguidores de Dominic.
Maya se levantó, aún temblando por el beso de Dominic. Lucien finalmente logró atravesar a los vampiros que lo rodeaban y corrió hacia ella.
—¿Estás bien? —preguntó, sus manos tocando su rostro.
—Sí —mintió Maya—. Tenemos que detenerlo.
Se giraron hacia Dominic, que estaba de pie en el escenario, observando la batalla con una sonrisa de satisfacción. No parecía preocupado. Parecía... divertido.
—¡Lucien! —gritó Dominic—. ¡Ven a mí! ¡Déjame mostrarte lo que realmente significa ser poderoso!
Lucien miró a Maya.
—Quédate atrás —dijo.
—No —respondió Maya—. Vamos juntos.
Corrieron hacia el escenario, saltando sobre los cuerpos de los que caían a su alrededor. Cuando llegaron arriba, Dominic los estaba esperando, sus ojos rojos brillando con anticipación.
—Finalmente —susurró—. Finalmente, mi hijo, vamos a pelear como debe ser.
Lucien y Dominic chocaron, y fue como si dos fuerzas de la naturaleza colisionaran. Lucien era rápido, ágil, pero Dominic era antiguo. Había tenido siglos para perfeccionar su técnica. Sus movimientos eran precisos, letales, casi imposibles de seguir.
Maya intentó ayudar, pero Dominic era demasiado rápido. Con un movimiento casual, la lanzó hacia un lado, haciéndola chocar contra una columna. Sintió que sus costillas se rompían, que el aire salía de sus pulmones.
—¡Maya! —gritó Lucien, distrayéndose por un momento.
Dominic aprovechó esa distracción. Levantó su mano, y sus garras crecieron, afiladas como cuchillos. Las hundió directamente en el pecho de Lucien.
Lucien gritó, un sonido de puro dolor.
—No —susurró Maya, luchando por ponerse de pie.
Dominic levantó a Lucien del suelo, sus garras todavía enterradas en su pecho.
—¿Ves? —preguntó—. Esto es lo que sucede cuando eres débil. Esto es lo que sucede cuando amas a algo más que a ti mismo.
Maya buscó desesperadamente una arma. Su cuchillo estaba fuera de su alcance. Su pistola había desaparecido. Luego vio algo en el suelo, algo que brillaba bajo la luz de las velas.
El frasco de agua bendita que su tía le había dado hace semanas. El que nunca había usado.
Lo agarró y lo lanzó directamente a Dominic.
El frasco golpeó su hombro y se rompió, derramando el agua bendita sobre su piel. Dominic gritó, un sonido que fue tan fuerte que hizo que el techo del teatro temblara. Soltó a Lucien, quien cayó al suelo como una marioneta cortada.
Maya corrió hacia él, levantándolo.
—¿Lucien? ¿Lucien, puedes oírme?
Sus ojos rojos parpadearon, enfocándose en ella.
—Corre —susurró—. Corre ahora.
—No te dejaré.
—Debo hacer esto —dijo Lucien, su voz apenas audible—. Debo terminar esto. Debo terminar con él.
Se levantó lentamente, su cuerpo temblando de dolor y de algo más. Su sangre estaba en todas partes, manchando el suelo del escenario. Pero sus ojos se volvieron más rojos, más intensos, como si estuviera canalizando toda la rabia, todo el dolor de doscientos treinta y cuatro años.
—Adiós, mi amor —susurró, besando a Maya en la frente.
Luego se lanzó hacia Dominic, y esta vez no había miedo en él. Solo había determinación. Solo había la disposición a morir si eso significaba que ella viviría.