En un reino donde las leyendas nunca mueren, una joven noble comienza a tener sueños con una vida que no recuerda y una tragedia que aún no ha ocurrido. Mientras la sombra de una antigua profecía vuelve a extenderse sobre el imperio, su destino se entrelaza con el del príncipe heredero, un hombre marcado para morir antes de reclamar el trono.
Cada recuerdo la acerca a una verdad capaz de cambiar el curso de la historia, pero también despierta a quienes han esperado siglos para impedir que el pasado se repita. En un mundo donde nadie es completamente inocente y cada decisión tiene un precio, proteger al príncipe podría significar condenarse a sí misma una vez más.
Porque algunas promesas sobreviven a la muerte... y hay destinos de los que ni siquiera una nueva vida puede escapar.
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Bajo la misma Luna (Prólogo, parte 1)
Dicen que la luna jamás olvida.
Cuando era niña escuché aquella frase de labios de una anciana cuyo rostro ya no consigo recordar. Durante años creí que solo era una leyenda más, una de esas historias que los viejos cuentan para asustar a los pequeños o para hacer que las noches parezcan más misteriosas. Nunca imaginé que llegaría el día en que comprendería el verdadero significado de aquellas palabras.
Porque esa noche, bajo la luz de una luna inmensa y plateada, fui yo quien quedó grabada en su memoria.
El mundo estaba muriendo.
El aire era tan espeso que respirar dolía. Cada bocanada llenaba mis pulmones con el sabor metálico de la sangre y el amargo olor del humo. El viento arrastraba cenizas que descendían lentamente desde el cielo, como si estuviera nevando sobre un reino condenado. A lo lejos aún se alzaban columnas de fuego que devoraban bosques enteros, iluminando el horizonte con un resplandor rojizo que hacía parecer que el propio firmamento ardía.
No quedaba ningún sonido de victoria.
Solo el eco de los gritos que habían desaparecido hacía apenas unos minutos.
Solo el silencio de quienes jamás volverían a levantarse.
Mis piernas cedieron una vez más y tuve que apoyar una rodilla sobre la tierra ennegrecida. Sentí cómo el barro húmedo se mezclaba con la sangre que escapaba de mi cuerpo. No sabía si era la mía o la de alguien más. Después de tantas horas luchando, todas tenían el mismo color.
Mis manos temblaban, no por miedo, nunca fue el miedo, era el agotamiento.
El precio.
Habíamos sabido desde el principio que ninguno de nosotros saldría ileso de aquella batalla.
Levanté lentamente la vista.
Frente a mí se alzaba una enorme grieta suspendida en el cielo. No era una herida hecha sobre la tierra, sino sobre el propio espacio. Oscura, interminable y viva.
Parecía respirar.
De su interior surgían sombras que no tenían forma definida. A veces parecían manos tratando de escapar. Otras veces adoptaban rostros deformes que gritaban sin emitir sonido alguno. La sola presencia de aquella oscuridad hacía que el aire se volviera más frío.
No debía existir, nunca debió abrirse y, sin embargo, allí estaba.
Esperando.
La espada que sostenía comenzó a deshacerse entre mis dedos. La hoja, cubierta por pequeñas grietas luminosas, se convirtió lentamente en partículas doradas que el viento dispersó sin piedad.
Había cumplido su propósito.
Sonreí con tristeza.
—Supongo que tú también estás cansada...
Había sido mi compañera desde que era apenas una niña. Me había protegido, guiado y acompañado incluso cuando todos los demás dudaban de mí.
Ahora desaparecía igual que yo, qué irónico.
Escuché pasos apresurados detrás de mí, no necesité girarme para saber quién era.
Podía reconocer el sonido de sus pasos incluso en medio de una tormenta, incluso entre miles de soldados, incluso ahora.
—¡No!
Su voz rompió el silencio del campo de batalla, jamás la había escuchado temblar.
Era una voz firme, acostumbrada a dar órdenes, incapaz de mostrar debilidad delante de nadie, pero esa noche sonaba completamente rota.
Sentí cómo unas manos sujetaban mis hombros antes de que pudiera caer definitivamente al suelo.
—Mírame...
No obedecí, no porque no quisiera, sino porque temía que, si lo hacía, ya no tendría fuerzas para seguir adelante.
Él respiraba con dificultad.
Su armadura estaba completamente destruida y la sangre descendía por su frente, ocultándole parcialmente uno de sus ojos. Tenía varias heridas profundas en los brazos y el pecho, pero seguía sosteniéndose de pie únicamente porque yo aún respiraba.
Siempre había sido así, terco, demasiado terco.
Una risa muy débil escapó de mis labios.
—Sigues... sin escucharme...
—Cállate.
Era una orden, pero también una súplica.
—No hables.
Sentí cómo apretaba con más fuerza mi mano, intentando detener la sangre que escapaba entre sus dedos.
Era inútil, los dos lo sabíamos.
A unos metros de distancia, los pocos sobrevivientes permanecían inmóviles, caballeros, magos, guardianes.
Todos observaban la escena con una mezcla de impotencia y tristeza, nadie se acercaba, nadie decía una palabra, porque todos comprendían lo mismo.
Habíamos llegado al final.
Levanté nuevamente la vista hacia la inmensa grieta que seguía abierta sobre nuestras cabezas, aún no era suficiente, todavía podía sentir aquello.
Esa presencia dormida.
Esperando el instante preciso para despertar de nuevo, cerré los ojos, entonces llegaron los recuerdos, no de la batalla, sino de una primavera lejana.
Un jardín cubierto de flores blancas, el sonido de una fuente.
La risa de un niño corriendo delante de mí mientras insistía en que algún día sería más rápido que el viento.
—Eso es imposible —le había dicho riendo.
—Entonces seré más rápido que tú.
Siempre discutíamos, siempre terminábamos riendo, abrí lentamente los ojos.
El mismo niño estaba ahora frente a mí, solo que ya no era un niño y tampoco estaba sonriendo.
Sus ojos, aquellos que tantas veces me habían mirado con paciencia, orgullo e incluso enfado, estaban llenos de lágrimas.
Nunca lo había visto llorar.
Ni siquiera cuando perdió a las personas que más amaba, ni siquiera cuando tuvo que cargar sobre sus hombros el peso de una corona que jamás deseó, pero ahora... Ahora lloraba por mí.
Y ese dolor era mucho más difícil de soportar que cualquiera de mis heridas.
—Te prometí... —murmuré con un hilo de voz— que sonreirías más...
Él negó una y otra vez.
—No.
—Lo prometiste...
—No hables.
Intentó levantarme entre sus brazos, el movimiento arrancó un dolor insoportable de mi pecho.
No pude evitar cerrar los ojos con fuerza, algo caliente descendió por mi mejilla, no estaba segura de si era sangre...
...o una lágrima.
En ese mismo instante, el cielo volvió a rugir, no fue un trueno, fue algo mucho peor.
La inmensa grieta comenzó a expandirse lentamente, como si una fuerza invisible estuviera desgarrando el firmamento desde el otro lado.
Las sombras se agitaron, los magos levantaron sus báculos al mismo tiempo, los caballeros desenvainaron las pocas espadas que aún conservaban.
El miedo volvió a recorrer el campo de batalla. Y entonces... Una voz habló.
No provenía del cielo, ni de la tierra.
Parecía surgir desde el interior de mi propia alma.
—Aún no ha terminado...