Todo Por Mi Infancia
Una infancia arrebatada, una verdad oculta y una batalla que dura toda la vida. Isaac cuenta su camino desde la inocencia hasta la madurez, enfrentando pérdidas irreparables, traiciones y peligros que amenazan con acabar con todo lo que ama. Una historia de amor, lealtad y esperanza: porque incluso en la oscuridad más profunda, siempre hay motivos para seguir adelante.
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ISAAC - TEMPORADA 2 CAPITULO 2: EL HOGAR
Llevaba 3 meses yendo al orfanato , todos los domingos.
3 meses lavando vasos en 'El Rincón'. 3 meses guardando de a poco.
El orfanato olía siempre igual. A desinfectante, a ropa húmeda y a encierro.
Rejas altas. Patio de cemento. Niños gritando por todos lados.
Los domingos eran mi única razón para seguir.
Luna corrió cuando me vio. Estaba más flaca. Con ojeras.
Se me colgó del cuello y me susurró: "Isaac... en la noche una niña grande me pega. Me quita mi pan. Me esconde la ropa. Le dije a una tía y me retó a mí".
Se me apretó todo por dentro.
La abracé fuerte. Olía a jabón barato.
"Ya hablé con la directora. Dijo que iba a poner ojo. Tú no le hagas caso, ¿ya? Tú eres fuerte".
Pero por dentro sabía que no hacían ni una wea.
Tomas estaba sentado solo en una banca. Más serio que antes.
Tenía un corte en el labio y un moretón en la costilla.
"¿Quién fue?" le pregunté.
"Nadie" dijo. "Déjalo".
Se quedó callado y después soltó: "Cuídala. Tú dijiste que eras el mayor. Cuídala tú".
"Lo intento" le respondí con la garganta cerrada. "Estoy juntando plata. En el bar me dan 10 lucas la noche. Ya tengo algo guardado".
"¿Y?" dijo seco. "¿Con eso nos sacas?"
"No. Pero me falta poco y pido la tuición cuando tenga contrato".
Tomas me miró. No me creyó.
"Ya" dijo. Y se fue a patear una piedra.
Cuando sonó el timbre de "se acabó la visita", Luna lloró.
"No te vayas. Quédate hoy día".
Tuve que soltarla. Me fui con las manos vacías y el pecho roto.
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Esa noche llegué a 'El Rincón' más tarde.
Don Hernán me tiró el delantal. "Hoy está pesado. Ojo con los de la mesa 8".
A las 12 llegaron. 3 tipos. Traje, cadena, cara de pocos amigos.
Pidieron pisco y me llamaron a mí.
Cuando fui a dejar las copas, uno me agarró delantal.
"Sírveme bien, cabrito".
Me tiró hacia él. Los otros se rieron.
"Suélteme" dije.
"Ven pa acá" y me empujó a un cuarto chico atrás de la cocina. Cerró la puerta.
Oscuro. Olía a basura.
Me tiró al suelo. Me rasgó la polera. Me tenía contra la pared tapándome la boca.
Empecé a gritar. A patalear. Pensé que ahí quedaba.
La puerta se abrió de una patada.
"¡¿QUÉ CHUCHA HACEN?!" Era don Hernán. Vino con el cocinero y el baterista.
Los tipos se pararon lentos. "Ya Hernán, no te metas".
"Este cabro trabaja para mí" dijo don Hernán. "Y si le tocan un pelo llamo a los pacos. Ustedes saben que me conocen".
Se quedaron mirando. Escupieron al piso y se fueron.
Yo quedé tirado, temblando, con la polera rota y la respiración cortada.
Don Hernán me tiró su chaqueta. "Lávate y vete. No vuelvas mañana".
Me metí al baño. Me lavé la cara, los brazos. Una y otra vez.
Me senté en el piso y lloré callado. De rabia. De impotencia.
"Por culpa mía están ahí" pensaba.
Pero me sequé. Me puse la chaqueta.
Agarré las lucas de la noche.
Caminé a las 3 AM solo por Conce.
"Se acabó. Busco pega en otra cosa. Aunque gane menos. Prefiero cargar cemento a volver a eso".
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El domingo siguiente volví al hogar.
Luna me contó que la niña la molestó otra vez.
Miré a Tomas y le dije: "Tú eres fuerte. Cuida a tu hermana estos días, ¿ya? Yo voy a buscar otra pega".
Tomas me miró serio. Asintió. "Ya, hermano. Yo la cuido".
Salí del orfanato con el puño apretado.
Me falta poco. Y los saco.
Aunque tenga que romperme la espalda.
CONTINUA EN CAPITULO 3: LA CONSTRUCCION