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LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

LA HABITACIÓN QUE NUNCA DEBIÓ ABRIRSE

Status: En proceso
Genre:Casos sin resolver / Maldición / Terror
Popularitas:368
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Valeria Salvatierra ha aprendido a desconfiar de los misterios. Como periodista, sabe que detrás de cada leyenda existe una explicación y que incluso los casos más extraños pueden resolverse siguiendo las pistas correctas.
Hasta que una mañana recibe una caja sin remitente.
Dentro encuentra una fotografía antigua de cinco personas frente a una mansión abandonada. El rostro de una de ellas ha sido borrado con tinta negra. También hay un recorte de periódico sobre la desaparición de una joven ocurrida treinta años atrás... y una llave marcada con un número:
17.
En el reverso de la fotografía hay una advertencia:
«Ella murió hace treinta años. Pero anoche volvió a llamar a mi puerta.»
Valeria comienza a investigar y descubre que la desaparición está relacionada con una habitación que la policía nunca pudo registrar.
La habitación 17.
Mientras sigue las pistas, nuevos asesinatos comienzan a ocurrir y personas relacionadas con aquella antigua tragedia empiezan a morir una tras otra.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8 — La que estaba debajo

La mano apareció lentamente sobre el borde de la trampilla. Valeria retrocedió mientras Samuel levantaba el arma. Elena abrazó a Vera y la apartó de la abertura. Durante unos segundos nadie respiró. La figura terminó de subir desde la oscuridad. Era una mujer de aspecto envejecido, con el cabello largo y negro, el rostro pálido y un vestido gris cubierto de polvo. Sus ojos permanecían cerrados.

—¿Quién eres?

La mujer abrió los ojos.

Valeria sintió un escalofrío.

Eran completamente negros.

Vera comenzó a llorar.

—No la mires.

La mujer inclinó lentamente la cabeza.

—Todos dicen eso cuando me ven.

Samuel mantuvo el arma apuntándole.

—¿Isabel Montenegro?

La mujer sonrió.

—Ese nombre murió hace mucho tiempo.

—Entonces, ¿quién eres?

—La última guardiana.

Valeria miró a Elena.

—¿La conoces?

Su madre negó con la cabeza.

—Nunca la había visto.

La mujer soltó una pequeña risa.

—Eso no es verdad, Elena.

El rostro de Elena perdió todo el color.

—Cállate.

—Treinta años y todavía tienes miedo.

Valeria se volvió hacia su madre.

—¿Qué quiere decir?

Elena no respondió.

La mujer avanzó un paso.

—Ella sabe por qué cerró la puerta.

Valeria sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

—¿Qué puerta?

La mujer señaló la trampilla.

—La que nunca debió abrirse.

Samuel se acercó a Valeria.

—Tenemos que salir de aquí.

—No hasta que me diga la verdad.

—Valeria...

—¡No!

La mujer sonrió.

—Tu padre también quiso respuestas.

Valeria se quedó inmóvil.

—¿Conociste a mi padre?

—Sí.

—¿Qué ocurrió aquella noche?

La mujer la observó durante varios segundos.

—Tu padre llegó buscando a dos niñas.

Valeria miró a Vera.

—¿A nosotras?

—Sí.

—¿Y qué encontró?

—Una elección.

Elena comenzó a llorar.

—No sigas.

Valeria la miró.

—Mamá, quiero saberlo.

Elena cerró los ojos.

—Gabriel me pidió que cerrara la puerta.

Valeria sintió un vacío en el pecho.

—¿Por qué?

—Porque una de ustedes debía quedarse.

—¿Cuál?

—No lo sabía.

Valeria se acercó.

—¿Cómo que no lo sabías?

—Tu padre tampoco.

Samuel bajó lentamente el arma.

—Eso es lo que descubrió después.

Valeria lo miró.

—¿Qué descubrió?

—Que las dos niñas habían perdido sus recuerdos.

Vera levantó la cabeza.

—No todos.

Todos la miraron.

La niña tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Yo recuerdo la noche.

Valeria se arrodilló frente a ella.

—¿Qué recuerdas?

—Papá vino por nosotras.

—¿Y después?

Vera apretó los labios.

—Nos dijo que no miráramos el espejo.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Por qué?

—Porque había alguien detrás.

—¿Quién?

Vera miró hacia el espejo.

—Una mujer.

Valeria siguió su mirada.

El espejo permanecía oscuro.

—¿Isabel?

Vera negó.

—No sé quién era.

La mujer que había salido de la trampilla intervino.

—Ella sabía quién era.

Valeria se volvió.

—¿Quién?

—La mujer del espejo.

—¿Dónde está ahora?

La mujer sonrió.

—Más cerca de lo que imaginas.

Las luces comenzaron a parpadear.

Samuel miró hacia la puerta.

—Nos vamos.

—Espera.

Valeria se acercó a la mujer.

—Dijiste que conociste a mi padre. ¿Qué te pidió?

—Que protegiera a una de las niñas.

—¿A cuál?

—A la que no recordara su nombre.

Valeria quedó en silencio.

Vera bajó la mirada.

La mujer continuó.

—Pero él cometió un error.

—¿Cuál?

—Se llevó a la niña equivocada.

Valeria sintió que la respiración se le cortaba.

—¿Qué estás diciendo?

—La niña que salió de esta casa no era Valeria.

Elena comenzó a llorar.

Valeria la miró.

—¿Es verdad?

Su madre no respondió.

—¡Mamá!

Elena finalmente levantó la mirada.

—No lo sabía.

—Pero acabas de decir que sí.

—Lo descubrí después.

Valeria retrocedió.

—Entonces toda mi vida...

—Tu padre creyó que eras tú.

—¿Y tú?

Elena comenzó a llorar.

—Yo también quise creerlo.

Valeria sintió que las piernas le temblaban.

Vera se acercó lentamente.

—No eres Vera.

Valeria la miró.

—¿Qué?

—Tampoco eres Valeria.

—Entonces, ¿quién soy?

Vera negó con la cabeza.

—No lo sé.

El silencio fue aterrador.

De repente, un golpe sacudió la puerta principal.

Todos se sobresaltaron.

Otro golpe.

Samuel corrió hacia ella.

—¡Está cerrada!

—¿Quién está afuera?

Samuel miró por la ventana.

Su rostro cambió.

—Nadie.

Valeria se acercó.

—¿Cómo que nadie?

—No hay nadie.

Un tercer golpe resonó.

Esta vez venía de arriba.

Los cuatro levantaron la mirada.

—La casa está jugando con nosotros —dijo Samuel.

Valeria recordó las palabras de la mujer.

—¿Qué es esta casa?

La mujer respondió:

—Un lugar donde los recuerdos no mueren.

—Eso no responde mi pregunta.

—Aquí las personas pueden olvidar quiénes son, pero la casa nunca olvida.

Valeria miró el espejo.

Por un instante creyó ver una figura detrás de su reflejo.

Parpadeó.

Desapareció.

—¿Quién está detrás del espejo?

La mujer se acercó.

—La verdadera heredera.

—¿Isabel?

—No.

—Entonces ¿quién?

La mujer levantó una mano y tocó el cristal.

—La primera Valeria.

Valeria sintió que el cuerpo se le helaba.

—Eso es imposible.

—No para esta casa.

El espejo comenzó a empañarse.

Una palabra apareció lentamente sobre el cristal.

VALERIA.

Después otra.

NO CONFÍES EN ELLOS.

Valeria dio un paso hacia atrás.

—¿Quién escribió eso?

Vera respondió:

—Ella.

—¿Quién es ella?

La niña señaló el espejo.

—La que murió.

Valeria sintió que el corazón se le detenía.

—¿La verdadera Valeria murió?

Vera comenzó a llorar.

—Eso me dijeron.

—¿Quién?

—Papá.

Valeria se volvió hacia Elena.

—¿Mi padre sabía que ella murió?

Elena negó rápidamente.

—No.

La mujer del sótano intervino.

—Gabriel no sabía cuál de las dos había muerto.

Valeria la miró.

—Entonces, ¿cómo podemos descubrirlo?

La mujer sonrió.

—Hay una forma.

—¿Cuál?

—Bajar.

Valeria miró la trampilla.

—¿Al sótano?

—A la verdadera habitación 17.

Samuel negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque nadie que entra allí vuelve siendo la misma persona.

Valeria apretó los puños.

—Yo ya no sé quién soy.

La mujer la observó.

—Precisamente por eso debes entrar.

Elena tomó a Valeria del brazo.

—No.

—Mamá...

—No voy a perderte otra vez.

—¿Otra vez?

Elena se quedó paralizada.

Valeria la miró fijamente.

—¿Qué quisiste decir?

Su madre no respondió.

Valeria comprendió que acababa de descubrir otra mentira.

—Mamá, ¿me perdiste antes?

Elena comenzó a llorar.

—Sí.

—¿Cuándo?

—La noche que salimos de esta casa.

—¿Qué ocurrió?

Elena se cubrió el rostro.

—Durante unos minutos pensé que habías muerto.

Valeria sintió un escalofrío.

—¿Y quién salió contigo?

Elena levantó la mirada.

—Una niña.

—¿Quién?

—No lo sé.

Valeria se quedó inmóvil.

Entonces escucharon una voz detrás de ellas.

Una voz infantil.

—Yo sé.

Todos se volvieron.

Vera estaba mirando hacia la puerta.

—¿Qué sabes?

La niña señaló el pasillo.

—Quién salió aquella noche.

Valeria se acercó.

—Dímelo.

Vera levantó lentamente la mirada.

—Saliste tú.

Valeria sintió alivio durante apenas un segundo.

Pero Vera continuó:

—Pero no eras tú.

El silencio cayó sobre la casa.

Desde el espejo llegó un golpe.

Toc.

Otro.

Toc.

Y finalmente apareció una última frase sobre el cristal.

«UNA DE USTEDES MIENTE.»

Valeria miró a Vera.

Después miró a Elena.

Y por primera vez comprendió que el verdadero peligro quizá no estaba en la casa.

Estaba entre ellas.

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