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Regresé para salvar al hombre que me destruyó

Regresé para salvar al hombre que me destruyó

Status: En proceso
Popularitas:323
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi



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Capítulo 5

Capítulo 5: El Pacto del Peón

Regla número uno: contesta mis mensajes de inmediato.

Tecleé la frase con una sonrisa torcida, el suero todavía goteando en mi vena izquierda. La habitación del hospital olía a desinfectante barato y a flores caras —cortesía de Santiago, que mandó tres arreglos florales y ni se dignó a venir en persona—. Típico de mi hermano. Resuelve todo con dinero y logística; la parte emocional se la deja a sus asistentes.

Envié el mensaje.

Esperé.

Diez segundos. Veinte. Treinta.

Nada.

Abrí el chat de nuevo y escribí:

Estoy contando.

3...

2...

1...

Mi teléfono vibró. El corazón me dio un salto ridículo —y luego vi el nombre del chat.

"Los Tres Mosqueteros."

No era Renato.

Era Diego.

El mensaje venía con un video adjunto y una cadena de emojis furiosos que solo Diego Fuentes era capaz de usar sin ironía. Abrí el clip. La cámara temblaba —claramente grabado a escondidas desde una esquina— y mostraba el pasillo de la Facultad de Deportes. Reconocí los casilleros azules, las vitrinas con trofeos polvorientos.

Y en el centro del encuadre, Renato Solís.

Tres tipos de la selección de rugby lo tenían acorralado contra la pared. Uno le empujaba el hombro. Otro le arrancaba la mochila. El tercero le decía algo al oído con esa sonrisa de quien sabe que nadie va a defenderlo.

Renato no se movía.

No porque tuviera miedo. Lo conocía demasiado bien como para creer eso. No se movía porque sabía que si lanzaba un solo golpe, la expulsión sería inmediata. Un becado con expediente manchado no sobrevive ni un semestre.

El audio del video era pésimo, pero alcancé a escuchar una frase: "...cómplice de la Duarte, ¿no? Eso dicen."

Se me heló la sangre.

Diego había escrito debajo del video: "Mosqueteros, ¿alguien me explica qué hace el sospechoso de lo de Val paseándose por campus como si nada?"

Cami respondió con un imagen de un gato con cuchillo.

Yo ya estaba arrancándome el suero.

La enfermera gritó algo sobre protocolos y firmas de alta. No la escuché. Me puse los jeans que Santiago había mandado con el chofer, una sudadera negra que me quedaba dos tallas grande, y las únicas zapatillas disponibles: unas Nike blancas que combinaban con absolutamente nada de mi atuendo de fugitiva hospitalaria.

Las llaves del McLaren de Santiago estaban en el bolsillo interior de la bolsa de ropa. Mi hermano era un descuidado monumental o un cómplice silencioso. Preferí creer lo segundo.

El motor rugió en el estacionamiento subterráneo del hospital. Ese sonido solía emocionarme en mi vida pasada —antes de perderlo todo, antes de que los buitres del consejo me obligaran a vender hasta el último auto de la familia—. Ahora solo significaba una cosa: velocidad.

Crucé la ciudad en diecisiete minutos.

Debieron ser doce, pero un semáforo de la Avenida Central me atrapó justo cuando estaba maldiciendo a Diego por no intervenir él mismo. Aunque, siendo justos, Diego medía uno sesenta y cinco y compensaba cada centímetro faltante con una cantidad obscena de actitud. Intervenir contra tres jugadores de rugby no era exactamente su especialidad.

Provocarlos desde una distancia segura, en cambio, sí.

Cuando llegué a la Facultad de Deportes, el pasillo estaba casi vacío. Casi.

Diego estaba parado frente a Renato con los brazos cruzados y esa postura de pitbull miniatura que adoptaba cada vez que se sentía justiciero. Su pelo —un mullet plateado con corte de lobo que solo él podía llevar sin parecer un villano de anime— brillaba bajo las luces fluorescentes.

—Mira, hermano, yo solo quiero que me contestes una cosa —decía Diego, apuntándole al pecho con el dedo índice—. ¿Tú estabas con la Duarte o no? Porque mi mejor amiga está en el hospital por tu culpa y a mí nadie me va a...

—Diego.

Mi voz resonó en el pasillo como un disparo.

Los dos giraron al mismo tiempo. Renato me miró con esos ojos que no cedían nada —ni sorpresa, ni alivio, ni molestia—. Diego, en cambio, abrió la boca como pez fuera del agua.

—¡Val! ¿Qué haces aquí? ¡Se supone que estás internada!

Caminé hacia ellos con toda la autoridad que una chica en sudadera dos tallas grande y zapatillas descoordinadas podía reunir. Que, tratándose de mí, era bastante.

—Quítale el dedo de encima —dije.

Diego parpadeó.

—¿Qué?

—El dedo. Quítaselo. Ahora.

Diego bajó la mano, más por confusión que por obediencia. Me planté entre los dos y miré a Renato. Tenía un moretón fresco en la mandíbula —cortesía de los de rugby, supuse— y la mano derecha envuelta en un trozo de tela gris que parecía arrancado de una camiseta vieja. La venda que le di en el hospital había desaparecido.

Por supuesto que la tiró.

Orgulloso imbécil.

Me volví hacia Diego.

—Él me salvó. ¿Entiendes? Lorena Zárate me drogó. Me llevó a ese cuarto. Renato fue el único que estuvo ahí y en vez de hacer lo que ella planeaba, destruyó la cámara y me protegió hasta que llegó la policía. Así que de ahora en adelante, Renato Solís está bajo MI protección. No lo toques. No lo interrogues. No lo mires feo. ¿Quedó claro?

Diego me miró como si le hubiera anunciado que me iba a meter a monja.

—Valentina...

—¿Quedó claro?

Silencio.

Desde el otro extremo del pasillo se escuchó el repiqueteo inconfundible de botas militares sobre linóleo. Camila Reyes apareció como una aparición punk: trenzas de colores que iban del fucsia al turquesa, aretes de calavera, una chaqueta vaquera con más parches que tela original. Traía dos cafés en la mano y una expresión de absoluto deleite.

—Llegué justo para la función —dijo Cami, extendiéndome uno de los vasos—. ¿Ya terminaste de matar a Diego o todavía falta?

—Falta —respondí, sin apartar los ojos de él.

Diego levantó las manos en señal de rendición.

—Está bien, está bien. Me queda claro. El tipo es un santo. Jesús en tenis Nike. ¿Contenta?

—No uses tenis Nike —dijo Renato.

Fue lo primero que dijo desde que llegué. Su voz sonó rasposa, baja, completamente neutra. Como si estuviera corrigiendo un dato meteorológico.

Diego lo miró con cara de "¿es en serio?"

Yo tuve que morderme el labio para no sonreír.

Cuando le agarré la mano para examinar la herida, Renato se apartó como si lo hubiera quemado.

—Estoy bien.

—Tu definición de "bien" incluye una infección activa, así que perdóname si no confío en tu criterio médico.

Le quité el trozo de camiseta. Debajo, el corte que se hizo al romper la cámara estaba rojo, hinchado, con los bordes blanquecinos. Lo había lavado con agua del grifo. Agua del grifo, como si fuera un raspón de recreo y no una herida abierta llena de fragmentos de vidrio.

—Tiraste las vendas que te di —no era una pregunta.

—No necesito tu caridad.

—No es caridad. Es sentido común. Pero como claramente careces de ambos, vamos a la enfermería.

—No voy a...

—No te estoy preguntando.

Lo agarré de la muñeca —de la mano buena— y tiré de él por el pasillo. Renato era más alto que yo por una cabeza completa, más fuerte, más rápido. Podría haberse soltado sin esfuerzo. Pero no lo hizo.

Detrás de nosotros, escuché a Diego susurrar:

—Cami, ¿estoy alucinando o Val acaba de secuestrar a un tipo?

—Estás alucinando —respondió Cami—. Pero también lo está secuestrando. Las dos cosas son ciertas.

La enfermería del campus tenía una sala privada que existía exclusivamente porque Santiago Montiel poseía el doce por ciento de las acciones de la universidad. Nadie la usaba nunca. Hasta hoy.

La doctora —una mujer baja con lentes de carey y la paciencia de una santa— examinó la mano de Renato sin hacer preguntas innecesarias. Le limpió los restos de vidrio con pinzas, le aplicó antiséptico, le vendó los dedos uno por uno con la precisión de un relojero.

Renato no hizo ni un sonido. Ni un gesto. Como si le estuvieran arreglando una silla, no una mano.

Yo lo observé desde la camilla de al lado, con las piernas cruzadas y mi café frío entre las manos. Esperé a que la doctora terminara. Esperé a que recogiera su instrumental y saliera del cuarto murmurando algo sobre antibióticos y citas de seguimiento.

Y entonces saqué mi carta.

—Oye, Renato.

Él estaba flexionando los dedos vendados, comprobando el rango de movimiento. No me miró.

—¿Puedes ayudarme con algo?

Ahora sí me miró. Con desconfianza absoluta. Bien. Estaba aprendiendo.

Le mostré el dorso de mi mano izquierda. Ahí, casi invisible, había un punto rojo diminuto: la marca de la aguja donde Lorena me inyectó el sedante. Ya estaba prácticamente curado. No importaba.

—La doctora me dejó el kit de curación —dije, señalando la mesita con algodón, yodo y vendas adhesivas—. Pero me da cosa hacerlo yo sola. ¿Me ayudas?

Mentira descarada. Me había arrancado un suero del brazo hacía una hora sin pestañear. Pero Renato no sabía eso.

O tal vez sí lo sabía y decidió no decirlo.

Se levantó sin una palabra. Tomó un algodón, lo empapó en yodo, y se acercó a mí. Cuando me tomó la mano, sus dedos estaban fríos. Su expresión, cerrada. Su mandíbula, tensa.

Pero el toque.

El toque era otra cosa.

Presionó el algodón sobre la marca con una delicadeza que contradecía todo lo que su cara pretendía comunicar. Movimientos circulares, suaves, como si mi piel fuera algo frágil y él lo supiera incluso cuando fingía que no le importaba. Le vi la nuez de Adán subir y bajar cuando tragó saliva.

Sus pestañas eran absurdamente largas. Eso era un detalle que la Valentina de veinte años nunca habría notado. La Valentina que volvió del futuro, en cambio, lo memorizó como quien guarda una fotografía en un cajón secreto.

—No era necesario el yodo —dijo, sin levantar la vista—. Es una marca superficial.

—Ya lo sé.

Silencio.

Sacó una curita del empaque. La colocó sobre la marca con una precisión milimétrica, alisando los bordes con el pulgar. Y luego hizo algo que no debería haber significado nada: soltó mi mano despacio. No la dejó caer. La soltó. Como si le costara.

—Listo —dijo, y se dio la vuelta.

No vi lo que hizo después con el algodón que usó. No vi si lo tiró al basurero o si, en un gesto que no podría explicar ni él mismo, se lo guardó en el bolsillo del pantalón.

Pero el basurero, noté después, estaba vacío.

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Mara
Maravillosa 👏💐 más capitulos por favor ✨
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