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Solo su cuerpo la desea

Solo su cuerpo la desea

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor a primera vista
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.

Hasta que la ve a ella.

Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.

De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.

Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.

¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?

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Capítulo 22

Capítulo 22. Manos que se cierran

Lo cierto es que Max no se quería ir.

Había estirado la visita del té todo lo humanamente posible, y cuando ya no hubo más pretextos, se levantó, pero se movía hacia la puerta con la lentitud de quien camina contra su propia voluntad. Buscaba, con torpeza de principiante, cualquier hilo del que colgar la conversación un minuto más.

—Se ve que sabes de esto —dijo, señalando con la barbilla la máquina de coser sobre la barra—. De coser, digo. Del oficio.

—Es lo único que sé hacer bien —contestó Lucía, encogiéndose de hombros, mientras recogía las tazas.

—No lo digas como si fuera poco. —Max lo dijo en serio, y ella lo notó—. La mayoría de la gente que conozco no sabe hacer nada con las manos. Solo firmar y mandar. Tú haces cosas que existen. Que se pueden tocar.

Lucía se quedó un momento con las tazas en la mano, sin saber qué contestar a un cumplido tan raro y tan certero. Nadie le hablaba así de su trabajo. En su casa era "coser trapos"; para los clientes era un servicio; para este hombre, de pronto, era casi un arte.

Mientras ella enjuagaba las tazas, Max dejó que la mirada se le fuera —controlada, disciplinada, pero se le fue— hacia sus manos. Hacia las muñecas delgadas asomando por las mangas holgadas de la playera, hacia los dedos finos moviéndose bajo el agua. Y, sin querer, reparó en un detalle que archivó en algún lugar del pecho: ella no traía anillo. Ninguna argolla, ninguna marca. Estaba sola. La información lo alegró de una manera que le pareció indecente y que no se molestó en corregir.

Lo que Lucía no supo es que ella también había reparado en lo mismo. Al recibir la taza, al verlo gesticular, había buscado —sin proponérselo, por ese reflejo que tienen las mujeres solteras— la mano izquierda de él. Y tampoco había anillo. Ninguna argolla. El "cliente importante" del que Fernanda le había advertido, el hombre de la mirada que congela, no estaba casado.

El corazón le dio un brinco tonto, y enseguida se regañó. "Acuérdate de lo que dijo Fernanda", se dijo, cerrando la llave con más fuerza de la necesaria. "Ese tipo de hombres son bonitos de lejos. No te ilusiones, Lucía. Es tu vecino. Nada más."

Max carraspeó. Ya de verdad tenía que irse.

—Bueno. Te dejo instalarte. —Tendió la mano para despedirse, un gesto formal, de esos que se hacen sin pensar.

Y Lucía la tomó.

Fue un apretón que empezó como cualquier apretón y se volvió otra cosa. La mano de Max envolvió por completo la de ella —grande, tibia, firme—, la de Lucía desaparecía dentro, se sentía pequeña, resguardada, de una manera que le puso la piel de gallina. Y él, en lugar de soltarla al primer segundo como manda la cortesía, la sostuvo medio segundo de más. Uno solo. Pero lo bastante para que dejara de ser un saludo.

Se soltaron. Lucía retiró la mano y notó, mortificada, que le seguía latiendo el pulso en los dedos, ahí donde él la había apretado. Cerró el puño disimuladamente, como si pudiera guardar la sensación o borrarla, no supo cuál de las dos cosas.

—Gracias otra vez por el té —dijo Max, con la voz baja, sin moverse todavía del umbral.

—De nada, vecino —contestó ella, y cerró la puerta un poquito más rápido de lo necesario, antes de que se le notara en la cara lo que le pasaba por dentro.

Del otro lado, Max cruzó el pasillo hasta el 22-B, entró, cerró y se recargó contra su propia puerta con los ojos cerrados. El cuerpo, otra vez. Un apretón de manos. Un maldito apretón de manos y su cuerpo ya volvía a encenderse, terco, imposible. Se quedó ahí un momento, respirando hondo, y luego fue al baño y se mojó la cara y la nuca con agua fría, medio minuto, el viejo remedio, aunque ya empezaba a sospechar que con ella el viejo remedio no iba a servirle de nada.

Esa tarde, tocaron a la puerta de Lucía. Pero esta vez no era Max.

—¡Sorpresa, comadre! —Fernanda irrumpió con una bolsa en cada mano, una llena de botellas y otra con comida para llevar—. ¡Vine a estrenarte la casa! Traje vino, traje sushi, traje ganas de chismear. ¡Enséñame todo!

Lucía se rio y la dejó pasar. Todavía traía el cuerpo alborotado por la visita de la mañana —el roce del té, el apretón que se alargó de más—, y agradeció la irrupción escandalosa de su amiga como quien agradece que le abran una ventana en un cuarto sin aire.

Fernanda recorrió el departamento con la boca abierta, tocando las paredes, asomándose a los cuartos, soltando un "no manches" cada tres pasos.

—¡Tienes tres recámaras! ¡Tres! —Fernanda giraba sobre sí misma en la sala—. Y esta vista. Y esta cocina. Comadre, yo vivo en un estudio del tamaño de tu baño y pago el doble. Esto es un atraco. Un atraco a tu favor, pero atraco. —Se asomó a la recámara del ventanal—. ¿Y esto qué va a ser?

—Mi taller. —A Lucía se le iluminó la cara al decirlo—. Aquí voy a poner la mesa de corte, contra la ventana, para trabajar con luz natural. Y ahí el maniquí. Y una repisa para las telas por color.

—Ay, comadre. —Fernanda se puso una mano en el pecho, de pronto conmovida—. Te lo mereces. En serio. Después de aguantar a esa familia toda la vida, mírate. Tu casa, tu taller, tu nombre. —Le picó las costillas para romper el momento antes de llorar—. Ya, ya, no me pongas sentimental, que vine a chismear, no a moquear. ¡Saca copas, que traje del bueno!

Lucía buscó dos vasos entre las cajas —copas todavía no tenía— y Fernanda hizo una mueca de horror fingido antes de servir el vino igual, riéndose.

—A ver, a ver, para todo. —Se plantó en medio de la sala, con las manos en la cintura—. ¿Cómo le hiciste? Esto es Polanco, comadre. Un departamento así, con esta vista, en esta torre, cuesta un ojo de la cara y el otro también. ¿De dónde sacaste para esto?

—Te dije. Es de la casera. La señora del parque. Me lo dejó baratísimo porque es amiga de la maestra Ofelia.

—¿Baratísimo cómo? Porque baratísimo aquí sigue siendo carísimo en cualquier otro lado.

—Baratísimo baratísimo. No preguntes, no lo entiendo ni yo. Solo doy gracias.

Fernanda entrecerró los ojos, no muy convencida, pero se dejó llevar por el vino y el sushi, y las dos se acomodaron en el piso de la sala —todavía no había sillón— a comer sobre las cajas. Hablaron, se rieron, brindaron por la vida nueva. Hasta que, en un momento, Fernanda se levantó a servirse más vino y, de paso, se asomó por el ventanal y luego, curiosa, por la mirilla de la puerta hacia el pasillo.

—Oye —dijo, con esa naturalidad peligrosa suya, entrecerrando un ojo contra la mirilla—. ¿Y quién vive enfrente de ti? Porque hay una puerta ahí que se ve muy cara. Y muy sola.

Lucía, que en ese momento levantaba su copa, se quedó con la mano a medio camino, buscando a toda prisa una respuesta que no la delatara.

1
Maria Elena Gomez
Bueno
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