✅️🔞🦋👑En el imponente Imperio de Aethelgard, la luz y la piedra dictan las leyes. En la cima de las Torres de Marfil, la princesa Lysandra gobierna las cortes con una elegancia tan afilada como un puñal. Es hermosa, calculadora y letal en el juego de la política; una experta para asegurar la supervivencia de su dinastía.
En la base del reino, entre el barro, la lluvia y el eco del acero, se encuentra la general Kaelith. Marcada por las cicatrices de una guerra interminable contra las sombras de Umbralia, Kaelith es el escudo inquebrantable del imperio. Es una mujer de disciplina marcial y pocas palabras, pero esconde un secreto que podría costarle la cabeza: su lealtad no le pertenece a la corona, sino a la mujer que la lleva.👑🦋🔞✅️
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Por su causa
El gran salón del palacio real de Aethelgard resplandecía con una luz blanca que resultaba casi insultante. Los candelabros de cristal iluminaban las largas mesas llenas de comida exótica, vino del norte y fuentes de plata. La música de las arpas y los laúdes llenaba el aire, acompañada por las risas falsas de los nobles vestidos con sus mejores sedas.
En el centro de la mesa principal, la princesa Lysandra permanecía sentada con la espalda completamente recta. Vestía un traje de gala color plata que hacía juego con su cabello, recogido en una elaborada corona de trenzas. A su lado, el príncipe heredero de Zephyria le hablaba con entusiasmo sobre la flota de barcos que acababa de atracar en el puerto del norte.
Lysandra asentía mecánicamente, esbozando una sonrisa ensayada que no llegaba a sus ojos. Su mente no estaba en el banquete, ni en las promesas de riqueza, ni en el hombre con el que se suponía que debía casarse para salvar el imperio. Su mente llevaba días atrapada en el sur.
De repente, un dolor agudo y punzante le atravesó el pecho.
Lysandra contuvo el aliento y se llevó una mano al corazón, apretando la tela de su vestido. Fue una sensación física real, como si un bloque de hielo se hubiera instalado bajo sus costillas, congelándole la respiración. Miró hacia los grandes ventanales del salón, que apuntaban directamente hacia los cañones del sur. La opresión en su pecho era tan intensa que por un segundo el ruido de la fiesta desapareció de sus oídos. Sabía que algo terrible acababa de ocurrir. Sabía, con la certeza del alma, que la barrera del sur se había roto.
—¿Se encuentra bien, princesa? —preguntó el príncipe, notando su repentina palidez.
—Sí —mintió Lysandra, forzando la voz mientras bajaba la mano lentamente—. Solo... el cansancio de los preparativos. Si me disculpa, necesito un poco de aire fresco.
Lysandra se levantó de la mesa antes de que su padre, el emperador, pudiera interrogarla. Caminó por el pasillo central del salón con paso elegante, manteniendo las apariencias ante las miradas de los cortesanos, pero en cuanto cruzó las puertas dobles y entró en los pasillos secundarios del palacio, apresuró el paso.
Pasaron tres días más. Tres días en los que la opresión en el pecho de Lysandra no disminuyó, sino que se transformó en una angustia constante que le impedía dormir. El palacio seguía adelante con los planes de la boda, ajeno al peligro que se cocinaba en las fronteras.
La tarde del octavo día desde la partida de la milicia, Lysandra se encontraba en la biblioteca real, revisando los mapas de suministro del ejército del norte. Intentaba buscar una forma de desviar tropas hacia el cañón sin que el consejo de ministros pusiera objeciones, pero cada opción legal que encontraba chocaba contra la burocracia de la corte.
El sonido de unos pasos apresurados y pesados rompió el silencio de la sala. No eran los pasos de un sirviente.
La puerta de madera se abrió de golpe. Mael entró en la biblioteca.
Lysandra se levantó de la silla de inmediato, dejando caer los mapas sobre la mesa. Mael no llevaba su armadura habitual; vestía ropas de viaje cubiertas de polvo gris y barro seco. Su rostro estaba demacrado, con ojeras profundas y una expresión de derrota que hizo que las alarmas de la princesa estallaran.
—¿Mael? —la voz de Lysandra tembló, perdiendo por completo la frialdad real—. ¿Qué haces aquí? Tu lugar está en el cañón. ¿Por qué has abandonado el frente?
Mael avanzó hacia ella. No hizo el saludo militar reglamentario. No se inclinó. En sus ojos no había el respeto habitual hacia la corona, solo una profunda amargura.
—El cañón resistió, princesa —dijo Mael, con la voz rota por el cansancio—. Contuvimos la primera oleada masiva. Tal como nos ordenó, ganamos tiempo.
—¿Y el ejército? ¿Dónde están los hombres?
—La mitad del batallón está enterrada bajo la ceniza. Los que quedan están intentando mantener las barricadas que reconstruimos a toda prisa. Pero no podrán aguantar otro ataque. El ejército principal de Umbralia está terminando de cruzar el río.
Lysandra sintió que el suelo temblaba bajo sus pies.
—Si el cañón cae, las sombras llegarán a la capital en tres días —dijo la princesa, tratando de recuperar su mente calculadora—. Tengo que hablar con mi padre. El ejército del norte ya llegó, exigiré que marchen al sur de inmediato.
—Es demasiado tarde para el ejército, y es demasiado tarde para ella —interrumpió Mael, dando un paso más hacia la mesa.
El corazón de Lysandra se detuvo por un instante. El aire pareció volverse espeso en la biblioteca.
—¿A qué te refieres con que es demasiado tarde para ella? —preguntó, aunque temía la respuesta con cada fibra de su ser—. ¿Dónde está la general Kaelith?
Mael metió la mano en el bolsillo interior de su casaca de cuero. Sacó un trozo de pergamino doblado con cuidado y sellado con cera azul. La cera llevaba la marca del fénix imperial, pero el papel estaba manchado en los bordes por gotas de sangre seca y oscura.
Mael colocó el papel sobre la mesa, justo encima de los mapas de la princesa.
—Ella lideró el contraataque contra los chamanes de Umbralia —explicó Mael, y una lágrima solitaria cruzó su rostro sucio—. Ella sola destruyó el nexo mágico que nos estaba aplastando. Si no lo hubiera hecho, yo no estaría aquí hablando con usted. Pero pagó el precio.
Lysandra miró el pergamino manchado. Sus manos empezaron a temblar tanto que apenas pudo estirar los dedos para tocar el papel. La cera azul parecía un trozo de hielo contra su piel.
—¿Está... muerta? —el susurro de Lysandra apenas tuvo fuerza. Sentía que el mundo blanco y perfecto que había construido a su alrededor se estaba desmoronando como arena.
—No lo sé —confesó Mael—. El veneno de las sombras entró en su sangre cuando cayó herida en el combate. Cuando la saqué del campo de batalla, apenas respiraba y su cuerpo estaba frío. La dejamos en la tienda médica del campamento base, bajo el cuidado del sanador del batallón, pero los recursos curativos se agotaron hace días. Ella me ordenó que, si la situación se volvía crítica, le trajera esto a usted en persona.
Mael dio un paso atrás, mirando a la princesa con un reproche silencioso que dolió más que cualquier espada.
—Ella cumplió su palabra, princesa Lysandra. Le ganó el tiempo que usted quería para su boda y sus alianzas políticas. Ahora la general se está muriendo en una tienda de campaña en mitad del barro, esperando un final que no se merece. Cumplí mi misión de traer el mensaje. Ahora regreso con mis hombres.
Mael dio la vuelta y caminó hacia la salida de la biblioteca. Antes de cruzar la puerta, se detuvo sin mirar atrás.
—Por cierto —añadió en voz baja—. Kaelith pasó sus últimos momentos de consciencia mirando hacia el norte. Estaba segura de que usted recibiría esa carta. Espero que el trono valga el precio que ella pagó por él.
La puerta se cerró, dejando a Lysandra en un silencio absoluto.
La princesa se dejó caer en la silla, sin apartar los ojos del pergamino manchado de sangre. Con los dedos temblorosos, rompió el sello de cera azul. Desdobló el papel con un cuidado extremo, como si temiera que el mensaje se disolviera en el aire si lo tocaba con demasiada brusca fuerza.
Reconoció la letra de Kaelith de inmediato. Era una caligrafía firme pero marcada por el cansancio de las trincheras. Comenzó a leer en silencio, y con cada línea, las lágrimas que había contenido durante días empezaron a rodar por sus mejillas, goteando sobre el mapa de la mesa.
«...Para mí, nunca fue un juego. Cada batalla que gané, cada cicatriz que adorna mi cuerpo, la acepté con orgullo solo porque sabía que el escudo que sostenía protegía tu sonrisa...»
La lectura continuaba, llenando la mente de Lysandra con las palabras sinceras que la general nunca se había atrevido a pronunciar en los fríos salones del palacio.
Lysandra apretó la carta contra su pecho, justo encima del lugar donde tres días atrás había sentido aquella opresión dolorosa. Ahora lo entendía todo. Aquel dolor físico había sido el momento exacto en que la vida de Kaelith se desvanecía en el sur. Mientras ella vestía de gala y sonreía a un príncipe, la única mujer que la amaba de verdad estaba derramando su sangre en la ceniza por su causa.
La máscara de la princesa calculadora se rompió por completo. Lysandra miró hacia la ventana de la biblioteca. Afuera, el sol empezaba a ocultarse Detrás de las montañas, tiñendo el cielo de un color rojo que recordaba al campo de batalla.
Se levantó de la silla con una determinación nueva en la mirada. Ya no le importaban los ministros, ni los contratos de matrimonio, ni las arcas vacías del imperio. Si Kaelith moría, ninguna alianza del norte serviría para salvar su propio mundo personal.
Dobló la carta con cuidado y la guardó dentro de su vestido. Salió de la biblioteca con paso firme, dirigiéndose hacia sus aposentos privados. Tenía que cambiarse de ropa, buscar sus provisiones médicas personales y preparar un caballo. El consejo de ministros pensaba que la princesa se quedaría en la capital esperando el día de la boda, pero Lysandra estaba a punto de demostrarles que una estratega también sabe cuándo abandonar el tablero para salvar a su pieza más valiosa.
Marcharía al sur esa misma noche, sin importar las consecuencias.