Mariana odió el libro dramático que leyó. Y como castigo, el libro la teletransporta dentro de la historia. dónde ahora es la protagonista muda y tonta.
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Capitulo 6
Mientras tanto, en ese mismo momento, en otro punto de la provincia del duque; Fátima caminaba al lado de su madre con la postura recta, el mentón ligeramente elevado, cumpliendo con cada norma que le habían enseñado desde niña, aunque por dentro sentía una incomodidad que no lograba ocultar del todo en su mirada.
El conde Ernesto mantenía una sonrisa medida, de esas que se sostienen por conveniencia más que por agrado, y al frente de ellos estaba el duque, un hombre que no coincidía en lo absoluto con la imagen que Fátima había construido en su mente durante días; era demasiado delgado, su piel mostraba marcas de acné que no podían disimularse ni con la mejor luz del salón, su presencia no imponía ni intimidaba, y eso bastó para que, en el interior de la joven, surgiera un rechazo inmediato que se esforzó por esconder.
—Es un honor recibirlos en mi hogar —dijo el duque con una voz suave, inclinando ligeramente la cabeza—. Esperaba con interés este encuentro.
Fátima hizo una reverencia impecable, bajando la mirada en el momento justo.
—El honor es nuestro, su excelencia —respondió con un tono educado, controlado, sin dejar escapar ni una sola emoción de lo que realmente pensaba Fátima.
El duque la observó con atención, sus ojos tenían una calidez sincera, algo que no era común entre nobles que solo buscaban alianzas, y aun así, Fátima no pudo evitar sentirse incómoda; no era eso lo que quería, no era eso lo que esperaba.
Ernesto dio un paso adelante, interviniendo con naturalidad.
—Mi hija mayor, Lucero, ya ha contraído matrimonio —explicó con calma—. Sin embargo, mi hija menor, Fátima, está disponible.
El duque asintió sin mostrar sorpresa, como si ya supiera parte de esa información.
—Comprendo, entonces me siento afortunado de poder conocer a la señorita Fátima —respondió, con una sonrisa leve que no desaparecía de su rostro.
Fátima sostuvo la compostura, aunque por dentro la incomodidad crecía.
—Espero estar a la altura de sus expectativas, su excelencia.
Su madre la miró de reojo, satisfecha con su comportamiento, mientras el duque continuaba hablando con una cortesía constante, haciendo preguntas sencillas, interesándose por detalles cotidianos, sin intentar impresionar ni mostrar superioridad; esa actitud, lejos de agradar a Fátima, le resultaba aún más molesta.
Cuando finalmente la visita terminó, y la familia regresó a su carruaje, el silencio se mantuvo durante varios minutos, hasta que las puertas de su casa se cerraron tras ellos.
Al entrar, encontraron a Gisela en la sala, sentada con tranquilidad, como si estuviera esperando ese momento en particular.
El conde Ernesto fue el primero en hablar.
—¿Dónde está Lucero?
Gisela levantó la mirada sin prisa.
—Se fue con su esposo —respondió—. Ya partieron hacia su nuevo hogar.
Fátima soltó una risa baja, cargada de burla que no intentó esconder.
—Claro, debía irse con él —dijo mientras se quitaba los guantes con movimientos bruscos—, aunque con lo mayor que es, seguro es igual o más desagradable que ese duque.
El comentario quedó suspendido en el aire, pesado, incómodo.
Gisela no reaccionó de inmediato, recogió con calma algunas de sus pertenencias, como si necesitara unos segundos para ordenar sus palabras, y cuando finalmente habló, su voz fue firme, sin elevarse, pero imposible de ignorar.
—Te equivocas —dijo, mirándola directamente—, es más guapo que el mismo príncipe, y no solo eso, es un caballero en todo el sentido de la palabra.
Fátima frunció el ceño, sorprendida por la respuesta.
—Eso dices tú.
Gisela no discutió más, simplemente acomodó su capa.
—No necesito convencerte —añadió—. El tiempo lo hará por sí solo.
El conde Ernesto observó la escena sin intervenir, aunque su expresión mostraba una leve tensión; sabía que había cosas que no podía controlar.
Gisela se dirigió a la puerta, deteniéndose un instante antes de salir.
—Deberías pensar mejor antes de hablar de alguien que no conoces. Es tu futuro marido. Deberías guardar respeto.
Sin esperar respuesta, se marchó, dejando un silencio incómodo que nadie rompió de inmediato.
Fátima no respondió, pero su expresión dejó claro que no estaba dispuesta a aceptar esa idea.
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Había pasado varias horas de viaje. Lejos de ese ambiente tenso, Lucero descendía del carruaje junto al marqués Marcel frente a lo que sería su nueva residencia; no había torres altas ni jardines perfectamente diseñados, no había filas de sirvientes esperando en formación, lo que encontró fue movimiento, ruido y actividad constante.
Llegaron a su nuevo hogar.
Es inteligente y sensata y buena persona 🥰🥰