Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
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Capítulo XV La fragilidad de la máscara
Punto de vista de Armando
Finalmente, mi hija se había unido a la familia Volkov. Esa unión no era solo un contrato; era la llave maestra que abría una oportunidad única para nosotros. Pronto, tendría el control total de la fortuna y las propiedades que su abuela dejó estipuladas para ella y para…
Me detuve frente al ventanal de mi despacho, observando las luces de la ciudad. Lo mejor era dejar esa parte de nuestras vidas en el pasado, sepultada bajo capas de olvido y conveniencia.
Habían pasado muchos años y seguramente esa otra niña ya no existía. En caso de seguir viva, debía ser una cualquiera, una mujer insignificante a la que nadie prestaría atención.
No había dudas de que mi elección fue la mejor. Deshacerme de quien en el futuro se convertiría en la piedra en mi zapato fue la decisión más brillante de mi carrera.
Isabella era la pieza útil, la que podía moldear, la que tenía el rostro de la herencia. La otra… la otra era el error que debía ser borrado. Miranda nunca supo la verdad completa; cree que el destino fue cruel, cuando en realidad fue mi mano la que trazó el camino.
—Señor Castillo —la voz de mi asistente me sacó de mis reflexiones a través del intercomunicador—. El abogado de la sucesión de la madre de doña Miranda está en la línea. Dice que, ahora que Isabella se ha casado, los fideicomisos están listos para la transición.
—Pásame la llamada —ordené con una sonrisa gélida.
Todo estaba saliendo según el plan. Lo que no sospechaba, lo que ni siquiera pasaba por mi mente mientras ajustaba los detalles de mi próximo movimiento financiero, era que el "error" que yo había desechado hacía dos décadas no estaba muerto ni era una "cualquiera".
Estaba en una suite de lujo, compartiendo el nombre de Volkov, y tenía los mismos ojos de la mujer que yo creía haber destruido. El pasado tiene una forma muy retorcida de volver, y yo acababa de entregarle las llaves de mi reino a la única persona capaz de incendiarlo.
Punto de Vista de Elena
La cama matrimonial parecía un desierto blanco entre Alexander y yo. Él se había quitado la camisa, revelando un cuerpo que era pura fibra y tensión, pero sus ojos seguían siendo dos bloques de hielo.
—¿Qué pasa, Isabella? —preguntó él, con una voz que vibraba en la habitación—. De repente pareces una virgen asustada. ¿Dónde quedó la mujer que se jactaba de sus conquistas en cada fiesta de la ciudad?
Me quedé sentada al borde de la cama, apretando las sábanas. La mención de mi "pasado" como Isabella me recordaba el peligro en el que estaba, pero el pensamiento de mi madre y que gracias a esta mentira ella seguía viva me hizo volver a la realidad.
—Tal vez me cansé de las conquistas vacías, Alexander —respondí, mirándolo de frente—. Tal vez estar casada con un hombre que me odia es el desafío más grande que he tenido.
Él se acercó, rodeando la cama con la elegancia de un lobo. Se detuvo frente a mí y se inclinó, atrapándome entre sus brazos y el colchón.
—No me provoques —susurró, su rostro a milímetros del mío—. Porque si empiezo a creer que esta fachada de mujer decente es real, voy a querer descubrir qué hay debajo. Y no creo que estés lista para lo que sucede cuando un Volkov decide tomar lo que le pertenece.
El aire entre nosotros se volvió denso, eléctrico. Alexander no solo sospechaba de mí; estaba empezando a sentirse atraído por la persona que yo era, y eso era mucho más peligroso que su desprecio. Si él me tocaba, si él me sentía de verdad, ¿cuánto tiempo pasaría antes de que se diera cuenta de que mis manos no eran las manos de una heredera mimada, sino las de una mujer que había trabajado toda su vida para sobrevivir?
—Dijiste que no querías siquiera estar cerca de mí —le recordé, con la voz temblorosa mientras retrocedía hasta que mi espalda chocó contra el respaldo de la cama—. Esto es solo un contrato que en un año terminará.
—El abuelo quiere un bisnieto —respondió Alexander, avanzando con una tranquilidad aterradora—. Y aunque sé que no eres la mujer indicada para llevar mi sangre, no me queda otra opción que aceptar la realidad. Este matrimonio debe parecer real en todos los sentidos.
—Aléjate de mí... no quiero que me toques.
El terror me invadió hasta los huesos. No era la Isabella desafiante de la recepción; era Elena, una mujer que nunca se había sentido tan vulnerable.
—Deja de hacerte la inocente —escupió él, acortando la distancia—. Ambos sabemos que no lo eres. No pretendas que seré el primero en tu vida cuando medio país ha pasado por tu cama.
Antes de que pudiera replicar, Alexander me besó con una brusquedad que me robó el aliento. Luché, empujando sus hombros de acero, tratando de zafarme de un agarre que se sentía como una cadena.
—Déjame... no hagas algo de lo que te puedas arrepentir —logré decir entre dientes.
—Nunca me arrepiento de lo que hago —gruñó él contra mi cuello—. Y hoy voy a reclamar lo que he comprado.
Sus manos recorrieron mi cuerpo con una intensidad abrasadora. Me besaba con una furia que parecía querer castigarme, mientras yo le rogaba que se detuviera. Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas, calientes y amargas, sin que pudiera detenerlas. Estaba desesperada, atrapada en una suite de lujo que se sentía como una celda de tortura.
—Por favor... no lo hagas. No así —supliqué, con la voz quebrada.
Alexander se detuvo en seco. Sus ojos grises estaban encendidos, pero al ver mis lágrimas, algo en su expresión se fragmentó por un segundo.
—¿Tanto asco te doy? —preguntó, con una voz cargada de un orgullo herido que no lograba comprender—. Has estado con cualquiera que tuviera una billetera gorda o un apellido famoso, ¿y a mí, a Alexander Volkov, me rechazas?
—Sí, me das asco —mentí, aunque lo que sentía era pánico, no repulsión—. Te odio, y lo que menos quiero es tenerte cerca.
Vi cómo sus ojos se llenaban de una rabia líquida. Se alejó de mí con tal brusquedad que casi pierde el equilibrio. Aproveché ese segundo para cubrir mi cuerpo con las sábanas; él había logrado arrancarme la parte superior del pijama y me sentía totalmente expuesta en ropa interior.
—Más asco me das tú —sentenció él, dándome la espalda—. Solo de pensar en cuántos hombres han tocado esa piel antes que yo, me repugna.
Sin mirar atrás, entró al baño y cerró la puerta con un golpe que hizo vibrar las paredes. En cuanto escuché el sonido del agua de la ducha, me encogí sobre la cama y empecé a llorar sin consuelo. Isabella me había asegurado que Alexander la odiaba tanto que nunca se atrevería a ponerle una mano encima. Me mintió.
Lo que acababa de ver en los ojos de ese hombre no era solo odio. Había una pasión oscura, una necesidad de posesión que no podía descifrar. Pero lo más aterrador no era Alexander; era el hecho de que, por un breve instante, bajo todo ese terror, mi cuerpo había traicionado a mi mente ante su contacto.
Me quedé allí, temblando en la oscuridad de la suite, dándome cuenta de que el contrato que firmé no solo ponía en riesgo mi identidad, sino también mi integridad y lo único que me quedaba: mi propio corazón.
ojalá no bajen la Guardia