Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.
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Capítulo 24: Las guardianas del tiempo
El quirófano había cambiado. Ya no era un lugar abandonado con paredes descascaradas y olor a antiséptico vencido. Las siete mujeres —y las que fueron llegando después— lo habían transformado sin darse cuenta. Aparecieron mantas en el suelo, velas en las repisas, libros apilados en las esquinas. Alguien había colgado un espejo en la pared —no el espejo roto, sino uno nuevo, que reflejaba lo que debía reflejar—. La camilla oxidada ahora servía como mesa de trabajo, cubierta de mapas, anotaciones y objetos ancla que las viajeras iban dejando como ofrenda.
Valentina entró una tarde de noviembre —o lo que ella creía que era noviembre, porque el tiempo en el quirófano seguía siendo una sugerencia más que una certeza— y encontró a Nora sola, escribiendo en su cuaderno.
—¿Dónde están las otras? —preguntó.
—En la plaza. Lucía está enseñándoles algo. Un juego. No sé bien.
—¿Y vos por qué no fuiste?
—Porque alguien tiene que cuidar esto —dijo Nora, señalando los mapas—. Las grietas nuevas no aparecen, pero las viejas a veces se quejan. Hay que escucharlas.
Valentina se sentó a su lado. Tomó uno de los mapas —un pergamino grueso, manchado, que parecía haber sobrevivido a siglos— y lo estudió. Marcaba puntos rojos en distintas épocas y lugares: México 1978 (Sofía), Buenos Aires 2026 (Valentina), Madrid 1987 (Clara), Londres 1941 (la piloto), París 1916 (Elena), el sanatorio 1923 (Marta), y muchos otros que no conocía.
—¿Todos estos son viajeras? —preguntó.
—Viajeras potenciales —respondió Nora—. Mujeres que tienen el don pero no lo saben. O lo saben pero no lo entienden. O lo entienden pero no tienen con quién compartirlo.
—¿Cómo las encontramos?
—Ya nos están encontrando ellas. A través de los sueños, a través de las grietas que se abren solas, a través de la bombilla que dejamos en la plaza. Lucía dice que el tiempo las atrae hacia nosotras como imanes.
—¿Y no temes que sean muchas? ¿Que el quirófano se llene?
—El quirófano se agranda cuando hace falta —dijo Nora con una sonrisa—. Es mágico. O temporal. No sé la diferencia.
Apareció la piloto, sudorosa y sonriente, como si hubiera estado corriendo. Detrás de ella, Clara enfermera y Marta, cargando una caja de madera.
—Encontramos esto en la plaza —dijo la piloto, dejando la caja sobre la mesa—. Estaba enterrado debajo de la fuente. Nadie lo había visto antes.
—¿Qué es? —preguntó Valentina.
Abrieron la caja. Adentro había objetos: una moneda romana, un peine de carey, una pluma de ave, un anillo de plata oxidada, un pañuelo bordado con iniciales que nadie reconoció. Y en el fondo, un papel doblado con una sola frase:
"Para las guardianas del tiempo. Úsenlos bien."
—Son objetos ancla —dijo Nora, tomando la moneda con delicadeza—. De viajeras que ya no están. Que cumplieron su ciclo. Los dejaron acá para que los usemos.
—¿Usarlos para qué? —preguntó Clara.
—Para ayudar a las nuevas. Cada objeto tiene una historia. Una energía. Un dolor que ya sanó. Cuando una viajera principiante toque uno de estos objetos, va a sentir que no está sola. Que alguien ya pasó por lo mismo.
Valentina tomó el anillo de plata. Era pequeño, de mujer joven, o de manos muy finas. Al posarlo sobre su palma, sintió un cosquilleo que no era eléctrico ni mágico. Era reconocimiento. Alguien más había tenido miedo. Alguien más había llorado frente a un espejo que no la reflejaba bien. Alguien más había encontrado el camino.
—¿Quién fue la dueña de esto? —preguntó.
Nora cerró los ojos. Cuando los abrió, sus pupilas doradas mostraban imágenes que sólo ella podía ver.
—Se llamaba Antonia. Nació en 1853, en un pueblo de Andalucía. Veía grietas desde niña, pero su familia la creía endemoniada. La encerraron en un convento. Allí conoció a otras mujeres con el mismo don. Juntas aprendieron a viajar. Juntas abrieron el primer quirófano, mucho antes de que nosotras existiéramos.
—¿Dónde está ahora? —preguntó la piloto.
—En la plaza. Cuidando el lugar. Como Lucía.
—¿Todas las viajeras terminan en la plaza? —preguntó Marta, con un dejo de esperanza.
—Las que quieren —respondió Nora—. Las que no tienen ataduras en el tiempo. Algunas prefieren reencarnar. Otras prefieren desaparecer del todo. La plaza es una opción, no una obligación.
Elena apareció en la puerta del quirófano. Traía el vestido manchado de tierra y una rama de árbol plateado en la mano.
—Lucía les manda esto —dijo, dejando la rama sobre la mesa—. Dice que es para la nueva que va a llegar hoy.
—¿Hoy llega alguien? —preguntó Valentina.
—Esta noche. Desde Egipto. Una arqueóloga que encontró una tumba y adentro había un espejo que no reflejaba su cara. Se llama Layla. Tiene treinta y dos años. Lleva toda su vida viendo grietas pero no lo sabía.
—¿Cómo va a llegar? —preguntó Clara.
—Sola. Como todas. El espejo la va a traer.
El quirófano se preparó para recibir a Layla. Las velas se encendieron solas. Las mantas se acomodaron en el piso. Nora puso la moneda romana, el peine, la pluma, el anillo y el pañuelo en una fila sobre la mesa, junto a la rama plateada.
—Para que elija el que más le guste —dijo.
Cayeron la tarde y la noche, aunque adentro del quirófano no había diferencia. Y cuando todas estaban a punto de dormirse, una luz verde apareció en el centro de la habitación. No era una grieta. Era una puerta.
Una mujer de piel oscura, pelo rizado recogido en un moño alto, ojos negros como el carbón, atravesó la luz. Llevaba botas de cuero, pantalones de exploradora y una camisa manchada de arena. En la mano, un espejo redondo que no reflejaba nada.
—¿Dónde estoy? —preguntó Layla, con voz firme pero temblorosa.
—En tu casa —dijo Valentina, levantándose para recibirla—. Bienvenida.