Valeria Cárdenas parecía tener una vida estable: un matrimonio envidiable, un hogar tranquilo y un esposo que, alguna vez, la amó de verdad. Pero con el tiempo, las palabras dejaron de ser cariño y empezaron a doler, y el silencio se volvió una forma de castigo que nunca supo cómo enfrentar.
Día tras día, Valeria se fue apagando entre reproches, desprecios, monotonía y culpas que no eran suyas. Sin darse cuenta, dejó de ser ella misma para convertirse en alguien sin alma, solo para no molestar.
Cuando finalmente toma una decisión de la que no hay vuelta atrás convencida de que su ausencia hará todo más fácil para quienes la rodean, entiende demasiado tarde cuánto se había perdido en el camino. Porque a veces el amor no se acaba… solo cambia hasta volverse irreconocible.
Esta es una historia donde el dolor se guarda, donde nadie ve lo que pasa puertas adentro. Y donde comprender lo que ocurrió llega cuando ya no se puede reparar.
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Una idea peligrosa
El aire había cambiado.
No era que el dolor hubiera desaparecido, ni que las palabras de Andrés o de Florencia se hubieran borrado. Seguían ahí, clavadas, latentes. Pero algo distinto había comenzado a moverse dentro de Valeria desde que bajó de ese puente.No sabía si era esperanza.
Tal vez solo era una pausa para su dolor.
Susana no la soltó del todo cuando empezaron a caminar. Iba a su lado, hablándole de cosas sin importancia, como si necesitara mantenerla anclada a la realidad.
—No te voy a dejar sola todavía —dijo en un momento, con una sonrisa ligera—. Después del susto que me hiciste pasar, mínimo me debes una salida.
Valeria la miró de reojo.
—No estoy de humor para salir —murmuró.
—Perfecto —respondió Susana sin perder el ritmo—, entonces vamos a salir sin humor. También se vale.
Valeria no respondió, pero tampoco se negó.
Y eso fue suficiente.
Caminaron varias calles hasta que llegaron a un bar. No era un lugar ruidoso ni desordenado, más bien tenía un ambiente tranquilo, con luces suaves y música baja.
—Aquí está bien —dijo Susana, entrando como si fuera su sitio de siempre.
Valeria dudó un segundo antes de seguirla.
Se sentaron en una mesa al fondo. Susana pidió dos bebidas sin siquiera preguntar.
—Necesitas algo que te despierte un poco —comentó.
Valeria se quedó mirando la mesa.
—No suelo venir a lugares así...
—Hoy no estás haciendo lo que sueles hacer —respondió Susana. Y eso es bueno.
El silencio se instaló unos segundos.
Luego, Susana apoyó los codos sobre la mesa y la miró directamente.
—Mira dijo—. No te voy a dar consejos, porque ni te conozco lo suficiente ni tengo la vida resuelta como para eso.
Valeria levantó ligeramente la mirada.
—Pero sí te voy a dar mi opinión.
Hizo una pausa breve.
—Lo primero que deberías hacer es divorciarte de ese cucaracho, horripilante.
Valeria parpadeó.
—No es tan fácil—respondió.
—Claro que no es fácil —replicó Susana—. Pero es necesario.Se recostó en la silla.
—Porque, sinceramente, ese hombre —negó con la cabeza— no merece ni que lo menciones.
Valeria bajó la mirada otra vez.
—Yo lo amo—dijo en voz baja.
Susana suspiró.
—Sí, se nota —respondió—. Pero una cosa es amar y otra muy distinta es dejar que te pisoteen como basura.
Valeria no contestó.
Susana continuó, ahora con un tono más ligero, casi provocador.
—Además, estás joven —añadió—. Tienes veinticinco años, no ochenta. No entiendo cómo se te pasó por la cabeza acabar con tu vida por alguien así, por un huevo chiquito..
Valeria frunció ligeramente el ceño.
—No es solo por él..
—Lo sé —interrumpió Susana—. Nunca es solo por una persona. Es todo lo que se acumula.
Se inclinó un poco hacia ella.
—Pero aun así no vale la pena.
Tomó su vaso.
—Y otra cosa —añadió, con una media sonrisa—. Perdóname, pero ese tipo debe ser un narcisista de mieda.
Valeria la miró, confundida.
—No lo conozco y ya me cae mal , y reegordo continuó Susana—. Con lo que me contaste, no necesito más.
Valeria no pudo evitar que una pequeña expresión apareciera en su rostro, algo entre incredulidad y cansancio.
—Mira a tu alrededor —dijo Susana de repente.
Valeria obedeció.
Había varias personas en el lugar, conversando, riendo, viviendo.
—Ese de allá —señaló discretamente Susana—. Desde que entraste no deja de mirarte.
Valeria se tensó.
—No—murmuró.
—Sí —insistió Susana—. Y no porque esté aburrido.
Valeria volvió la mirada hacia la mesa.
—No me interesa.Susana sonrió.
—No te tiene que interesar ahora —respondió—. Solo quiero que entiendas algo.
Hizo una pausa.
—Tu vida no gira alrededor de un hombre.
Las palabras quedaron flotando.
—No deberías desaparecer por alguien que no supo valorarte —añadió—. Eso sería darle demasiada importancia.
Valeria se quedó en silencio.
Pensativa.
—Además —continuó Susana, cambiando ligeramente el tono—, si no quieres estar sola, tampoco es el fin del mundo.
Valeria la miró, confundida.
—Tengo un hermano —dijo Susana, con naturalidad—. Es abogado, le va bien y no es un idiota.
Valeria abrió los ojos un poco más.
—No estoy buscando otro hombre—respondió.
—No digo que lo busques —aclaró Susana—. Solo digo que opciones hay, en este mar inmenso los hombres son como los peces en el mar, hay donde escoger.
Se encogió de hombros.
—Pero antes de pensar en eso deberías pensar en ti.
El camarero dejó las bebidas sobre la mesa. Susana tomó la suya y dio un sorbo.
—Y por cierto —añadió—, si decides divorciarte, no vayas a salir con las manos vacías.
Valeria frunció el ceño.
—No me interesa el dinero.
Susana negó.
—No se trata de interés —dijo—. Se trata de que seas inteligente de amor no se vive, aguántate tanto para salir con las manos vacías ...
Su tono se volvió más serio.
—Si alguien te engaña, te humilla y te hace sentir menos… no debería irse como si nada hubiera pasado.
Valeria bajó la mirada.
—No sé si podría hacer algo así..
—Claro que puedes —respondió Susana—. Otra cosa es que no quieras..
Valeria, estaba pensando.
—Nunca me imaginé en esta situación —dijo después de un rato—. Yo creía que, que el amor era otra cosa.
Susana la observó con atención.
—Lo es —respondió—. Pero lo que tú viviste no lo fue.
—Entonces ¿qué hago ahora?
Esa pregunta salió más clara que todas las anteriores.
Susana no respondió de inmediato.
La miró, evaluando sus palabras.
—Ahora —dijo finalmente—, no te mueres.
Valeria la miró.
—Después decides.
Tomó otro sorbo de su bebida.
—No tienes que resolver tu vida hoy. Solo no tomes decisiones desde el dolor.
Valeria asintió lentamente.
No sentía que alguien le exigiera ser algo.
Ni que la comparara.
Ni que la hiciera menos.
—Eres más fuerte de lo que crees —añadió Susana.
Valeria no respondió.
Pero tampoco lo negó.
Se quedó mirando su vaso.
Y en medio de todo ese caos…
Una idea comenzó a formarse.
Levantó la mirada.
—Si me divorcio… —dijo con duda—, ¿de verdad crees que puedo empezar de nuevo?
Susana sonrió levemente.
—No lo creo —respondió—. Lo sé.
Valeria respiró hondo.El dolor seguía ahí.
Pero ya no era lo único.Y eso...Por ahora..
Era suficiente.